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miércoles, 27 de agosto de 2025

Quememos al mundo

Recientemente publiqué un libro de anécdotas personales que había tenido guardado por años. Jamás esperé que aquellas historias de errores cometidos como inmigrante, tuvieran tanto éxito en tan poco tiempo.

Como lo he mencionado en varias entrevistas públicas, la idea de escribir mis metidas de pata fue por la necesidad propia de hacer catarsis ante las humillaciones vividas en esos momentos. La verdad hubiese preferido una terapia con una profesional, pero mi escaso presupuesto no me lo permitía, así que terminé plasmando mis sentimientos arrugados, mis frustraciones y miedos, en papeles que guardé mucho tiempo en un carpeta negra que nunca dejó de seguirme.

Chicken Parmigiana: la historia de un torpe inmigrante, comenzó a tener vida propia tras la acumulación no buscada de situaciones embarazosas a las que me veía abocado por mi premura, por esa torpeza innata que se originaba en mi nerviosismo, en la ignorancia del idioma, en el desconocimiento del sistema, en la soledad no provocada, en esa nostalgia que me ha acompañado por siempre.

Hoy, más de 20 años después de haber llegado a Estados Unidos, un país que ahora es tan propio como aquel en el que nací, puedo decir con seguridad que he hallado mi voz interior y que, ahora más que nunca la expreso sin presunciones, sin filtros. 

En una sociedad mundial erróneamente marcada por darle más valor a las adquisiciones materiales que a las del intelecto y del alma, donde todos aparentamos ser lo que no somos para encajar, y en la que todavía pensamos que la vulnerabilidad es una forma de debilidad y no de humanidad, es necesario una revolución en las relaciones interpersonales, esas que ya ni siquiera tenemos a profundidad y que nos sumergen en el vacío, las comparaciones, y por ende, en la depresión, no solamente a nivel individual, sino además colectiva en la que estamos inmersos como sociedad. 

No estoy escribiendo este blog para promocionar mi libro, eso poco importa, pero sí, porque entiendo que nunca es tarde para humanizar nuestras historias, y no dirijo mi mensaje a escritores ni oradores públicos, es para todos. Nuestras historias están enmarcadas en la forma de comportarnos, en la manera de expresarnos con el mundo, con nosotros mismos. No somos números, ni robots en modo automático que divagan en sus cotidianidades -aunque a veces lo parezcamos-. En cada uno de nosotros hay una llama de pasión por algo, no tiene que ser por la vida misma, pero todos pudiéramos  quemar a alguien si abriéramos esa puerta y compartiéramos una historia simple, y la razón es sencilla: hay una historia en cada uno que merece ser compartida. 

Imagínense como sería este cuento en el que vivimos donde cada uno hiciera lo que le apasionara, donde se comunicara desde el alma y no desde la conveniencia. Quiero pensar que no es utopía, es solo que nos malacostumbramos a transmitir lo que no somos.

La vida, esa cápsula de tiempo que aun cuesta tanto entender y que genera miles de preguntas sin solución, es corta, tan corta. Y además pasa tan rápido, que bien vale la pena hacer un alto en el camino y replantearnos por lo menos la forma en que la vivimos. No dejemos que la pasión que nos inundaba el pecho de niños, de jovenes, se extinga del todo. Nunca es tarde para revivir esa llama y decir en algún momento: me quemo los sesos, el alma, las entrañas, con lo que me mueve en realidad. Y si no es pedir mucho, quememos al mundo, o un poquito de él con eso que tanto amamos.


martes, 10 de junio de 2025

¿Miopía o astigmatismo?

Mary y Destiny son dos mujeres que, aunque no se conocen entre ellas, tienen algo en común. Ambas nacieron en Estados Unidos, y aunque residen actualmente en Miami, no hablan español. Pero desafortunadamente eso no es lo que las asemeja. 

Mary tiene 67 años y  Destiny acaba de cumplir 26, están muy cerca la una de la otra, pero quizás jamás se han visto, como es posible que muchas personas que las rodean nunca se han fijado en ellas.

Mary lleva durmiendo casi 8 meses en una banca localizada a pocas cuadras de Brickell, una de las zonas chics de Miami, donde el lujo, la buena comida, la vida nocturna y las apariencias de muchos, marca una pauta importante. Yo la veo cada mañana, tipo 6 am, en mi camino al gimnasio. A veces hace mucho frío, otras veces el calor es insoportable, en ocasiones muchas llueve fuerte; y sin importar las condiciones atmosféricas, ella sigue durmiendo a la intemperie mientras se cubre con un plástico grande al que se ha acostumbrado, tal como nos acostumbramos todos a invisibilizar a quienes residen en las esquinas de nuestras ciudades.

Por su parte, Destiny ha encontrado una esquina más iluminada en el área turística de la pequeña Habana. Allí lleva durmiendo solo 10 días. Procedente de California, la joven emana una buena energía y destila positivismo, pues sabe firmemente que es solo una mala racha y que en algún momento podrá acceder a uno de los pocos refugios que hay en la ciudad, que por cierto están atiborrados, y luego conseguir un trabajo que le brinde dignidad. 

Mary se alegra de que la llamen por su nombre, señala que lo único que quiere es un techo, que ha intentado que la reubiquen en un refugio, pero que por su condición de discapacitada física no ha sido posible. Afirma, con una sonrisa triste, que no quiere morir en la calle.

Mary y Destiny aspiran a sobrevivir otra noche, esperanzadas aún en un futuro mejor, mientras batallan con las inclemencias de la vida, los riesgos de la calle al amanecer, la penuria de un baño para sus necesidades básicas, la invisibilidad que las caracteriza.

Yo he visto a Mary y a Destiny en cada ciudad a la que voy, en muchas esquinas, con otros nombres, con otras caras, con otras necesidades, pero ahí siguen, invisibles para muchos. A veces todo lo que necesitan es un par de minutos para compartir sus historias de vida, quizás una conversación sincera las llena de mayor satisfacción que un billete, porque a todos nos gusta sentirnos parte del mundo del otro. 

Al fin y al cabo ellas siguen vivas, a veces más vivas que muchos de nosotros, que robotizados por la cotidianidad vamos dejando que se nos enfríe el alma y la empatía, esa que necesitamos tanto en este momento.





miércoles, 4 de junio de 2025

No puedo escribir.

No puedo escribir. Lo he intentado en el silencio de la madrugada frente a mi ventanal pintado de palmeras que duermen bajo la luna, también en el caótico bullicio que se forma dentro de un café a mediodía, incluso internado por días en el campo, con la naturaleza en su máximo esplendor iluminando mis páginas en blanco, esas que no logro llenar con las ideas que tengo. 


No puedo escribir lo que quiero; no por carencia de argumentos narrativos, tampoco por falta de vivencias cotidianas -que bien merecerían ser grabadas en palabras gráficas. Intento, intento e intento, y el resultado es el mismo, no logro escribir lo que quiero. Entonces me he internado en la lectura, en la magia de aquellos que sí pudieron escribir y que odio con pasión desenfrenada, la misma pasión con la que me pierdo en sus renglones convertidos en pinturas que se graban en el museo de mi mente. 


Dos libros a medio comenzar que me esperan hace más de 5 años, una serie que agoniza hace 3 años en su tercer episodio, varias entradas en este blog que no logro finiquitar… y el resultado no cambia, siguen todos ahí, paralizados como su autor, abandonados, con un futuro incierto. 


Ya incluso pensé que es momento de dejar de intentarlo, que debo ser realista y entender que no debo luchar contra mis incapacidades, que es hora de dejar de escribir, al fin y al cabo, me va mucho mejor leyendo que escribiendo. Pero luego, el desespero infinito me carcome el pecho y me doy cuenta que, no es que me niegue a aceptar el presente, lo que pasa es que corroboro otra vez que mi escritura es la forma de catarsis mundana que mejor encuentro para liberarme de mis demonios.


Si tan solo pudiera plasmar en letras todo lo que quiero escribir…


Le llaman el bloqueo del escritor, una condición de incapacidad que puede ser temporal o duradera para continuar escribiendo, a pesar de existir la intención de hacerlo. Algo que era tan sencillo como sentarme frente a mi máquina y dejar fluir sílabas hasta que llegara un punto final, ahora se ha convertido en un reto, tal como ha sido el reto de escribir estos párrafos sin editar, pero que se traban entre ellos y ahogan el sentido armónico de lo que era uno de mis placeres diarios: escribir.


No quiero que se convierta en un flagelo, en una práctica dolorosa. No quiero dejar de amar mi vicio favorito. 


Después de dos novelas publicadas, coautorías en varias obras, documentales, un blog donde podía interactuar con algo más de 40 mil personas, pensé que escribir era una de mis habilidades; pero ahora no logro hacerlo más, y me horroriza la idea de que sea definitivo.


Siempre dije que yo no escribía para nadie, que solo escribía para mí; qué equivocado estaba. 

 


sábado, 6 de enero de 2024

Es momento de regresar

Hace pocos días me reuní con un gran amigo en un
cafecito icónico de la ciudad, a sugerencia suya. Había pasado solo una semana desde su cumple 75, celebración a la que no alcancé a llegar por azares del destino. No lo veía desde el funeral de mi padre, casi dos años atrás, cuando me entregó un paquete con algunos recortes de periódicos donde salía mi viejo, y unas columnas de opinión que papá había escrito muchos años atrás en reconocidos medios locales, y que mi buen amigo había recopilado.

La comunicación entre ambos siempre ha sido constante a pesar de que no nos veamos mucho, tal y como pasa con los compinches a través del tiempo. Tras un abrazo sincero y un par de bromas de rigor, procedimos a sentarnos en una mesita frente al mar, pedimos un par de jugos de naranja para comenzar nuestro desayuno, y luego la plática se vistió de café.

-¿Te acuerdas lo que pasó la última vez que estuvimos los cinco aquí?, sonrío. 

En ese momento el silencio invadió el momento y a mi mente llegó con claridad una de las mejores conversaciones que he tenido en mi vida y el posterior pacto que hicimos en una mesa aledaña, donde decidimos desafiar los miedos diarios y los que estaban por venir, prometimos vencer las incertidumbres y las reglas milenarias impuestas para conveniencia de pocos, juramos enfrentar a la vida misma y a sus cuadriculadas tonalidades. Más allá de un pacto entre amigos, fue un compromiso propio, un despertar de la consciencia a una forma de vida sin ataduras sociales y sin fanatismos. 

-Todos te extrañamos, indicó, y en su voz sentí una especie de melancolía que poco reconocía en el hombre que se ha caracterizado por su alegría constante, su ímpetu y su magnética energía. 

-Es hora de regresar... ¿no crees?, dijo sin referirse a un lugar específico, y yo entendí claramente el mensaje. A veces regresar no implica renunciar, ni dar un paso atrás. A veces volver es solo tocar base con vos mismo pero aportando la experiencia ganada por las vivencias buenas y malas, esas que se han encargado de tonificar nuestras almas y de moldear nuestro carácter.

Como en una clase magistral, mi amigo me recordó que los miedos solo entorpecen nuestro andar, que la vida es tan profunda como queramos vivirla, y tan corta y trivial si la vivimos con prisa y atesorando cosas y no vivencias. Con un nuevo sorbo de café, dejó entrever que cada momento posee magia.

-Pero a veces esa magia duele mucho, y a veces causa problemas que no querías tener, pensé en voz alta. Él asintió, y mirándome con simpatía y complicidad supe exactamente que ambos hemos piloteado naves con itinerarios similares, aunque con destinos diferentes.

Siempre con una sonrisa, indicó que el dolor es parte de la obra prima de todos los mortales, pero la finalidad mayor de nuestro paso breve es dejar una mejor casa para los que queden en ella; aunque nada de esto me lo dijo con teorías básicas, por el contrario, su forma de expresarse era a través de vivencias que compartía conmigo como regalos que nunca terminan de abrirse.

Le conté de algunos proyectos personales que he tenido en remojo y que apenas comienzo a contemplar nuevamente, pues he estado flotando en un limbo por los últimos 22 meses. También le pedí consejo sobre una propuesta que recibí y que podría cambiar el curso de mi camino. Una y otra vez obtuve respuestas a través de ejemplos y cuentos colmados de experiencia, de sabiduría, de humanidad. 

Al final no es el camino el que importa, ni el destino final, sino la compañía, incluso si transitas por algunos momentos de manera solitaria, ya que en esos tramos en que crees que estás totalmente solo, siempre vas acompañado de aquellos que llevas en tu mente, en tus recuerdos diarios, en tus sentimientos. Quisiera narrar con más detalles el buen encuentro con el sabio de pelo gris y ojos azules, pero quizá lo relevante de esta historia es que gracias a este nuevo encuentro he regresado, y ahora mucho más vivo.







 













viernes, 15 de diciembre de 2023

No hay octavo malo

 Es casi la una de la madrugada y como de costumbre, no puedo conciliar el sueño. Pensé que con la entrada de los años el insomnio me abandonaría y me convertiría en un durmiente normal, pero ha pasado lo contrario, entre más hojas de calendario acumulo, menos duermo.

Opto entonces por salir a caminar alrededor de mi vecindario, pensando que el aire fresco podrá ayudarme a mitigar mi ansiedad. Me monto en mis tenis viejos, verificando antes que no tengan rotos en las suelas, porque lo más probable es que en cualquier momento comience a llover.

Después de varios minutos abandono mi edificio con el beneplácito de Alí, el portero de turno, quien me ha interrogado sobre las razones de mis saludas nocturnas solitarias, me ha dado consejos en contra de mis hábitos ocultos de tabaquismo, e incluso se ha quejado -en forma de chisme susurrado- porque la nueva vecina del octavo piso subió pasada de tragos con un grupo de amigos.

-Imagino la “fiestica” que van a armar allí-, argumenta de manera moralista.

No contesto nada, pero me veo muy tentado a subir a saludarla; no obstante, retomo mi proyecto primero y mejor me largo a las aceras antes de que la ansiedad se torne en algo más. Prendo un pucho (cigarrillo) y comienzo a caminar sin prisa, sin rumbo, sin motivo alguno, tal como a veces hay que dejar que la vida pase. Cruzo calles mientras mis cenizas van perdiéndose en el ambiente frío. La brisa anunciada hace su llegada, pero no es impedimento para mi caminata nocturna. Prendo otro y sigo adelante, obligándome a no pensar en nada concreto, solo enfocando mis sentidos amorfos en el momento: en el sonido de los grillos, en el de mis zapatos saltando sobre los charcos que ya se forman en las esquinas, en el del viento que golpea con fuerza mi cara afeitada. No quiero posar mi mente en ideas preconcebidas, en mis carencias, en aquellas circunstancias imperfectas que quizás son las que me generan ansiedad.

Disfruto plenamente de la lluvia fuerte que ahora me baña, de la soledad del momento, de mí mismo.

He llegado hasta un pasadizo a orillas del mar, a unas siete calles de la mía. Los edificios contiguos tienen sus luces apagadas, no hay nadie alrededor, y eso me gusta. De un momento a otro escucho el rugir de los motores de un par de autos que circulan sobre un puente que se levanta sobre el océano, y deduzco que aquellos choferes llevan prisa, esa prisa que no conduce a ninguna parte, esa que a mí me ha hecho tanto daño.

Decido allí, bajo el aguacero, que quiero vivir mis días a otro ritmo. Quiero bajar mis revoluciones y estar más presente en el ahora, controlar mis emociones, mis reacciones.

Con paso lento comienzo el regreso a casa, pero minutos después pasa otro vehículo y, a propósito, -lo afirmo con seguridad- acelera en la esquina en la que estoy para bañarme con el agua sucia acumulada en la calle.

-Pedazo de hijo de p…-, le grito con todas mis fuerzas, deseando que el motor se le funda en la otra esquina. Inmediatamente la voz de mi consciencia me dice: “Héctor Manuel: empezamos muy bien a controlar las emociones, felicidades”. Sonrío y prometo que seguiré trabajando en mis múltiples defectos, al momento en que miro calle arriba anhelando que el idiota del carro rojo se haya atascado, pero no es así.

Al llegar a mi edificio encuentro de nuevo a Alí, que me mira incrédulo por mi estado empantanado.

-No imagino cómo va a quedar tu apartamento cuando entres, seguro tu mujer se va a enojar-, me dice entre risas maliciosas.

-Nah, ella debe estar en el octavo piso enrumbada con la vecina nueva-, le contesto mientras se cierra la puerta del ascensor y veo su cara de sorpresa.

Ahora, no sé a qué piso ir.

viernes, 8 de diciembre de 2023

Cumplimos diez años.

Llegó el momento de escribir nuevamente. He pasado casi dos años sin hacerlo; meses en los que he tenido tres pérdidas en mi vida, días eternos de vacíos, de duelo infinito, de dolor. Pero no quiero regresar a este espacio con una nota negativa, ya que para bien o para mal, hay que mirar la realidad tal y como es: una rueda que baja y sube constantemente y en la que todos estamos montados.
 
Alguien especial me recordó hace algunas semanas que diez años atrás comencé a escribir este blog, por lo que bien vale la pena no dejar pasar este 2023 sin al menos subir un texto de conmemoración, o celebración. La verdad es que abrí este espacio como un ejercicio de escritura personal, posando en páginas en blanco mis propias vivencias, las formas amorfas en que veo la vida, sensaciones que pocas veces me atrevo a decir, incluso secretos y pasiones ocultas que como todos, tengo guardadas en un baúl, y que, cuando las dejo escapar generan historias sui géneris, experiencias inverosímiles, misterios, magia.
 
Jamás esperé que mis escritos sin sentido pudieran atraer a otros -quizás, tan locos como yo-. Tampoco imaginé que en un momento determinado este blog tuviera más de 38 mil lectores de muchas partes del globo, y que fuera traducido a idiomas que yo no hablo. Allí constaté que, sin importar las distancias, las culturas, las creencias, somos todos muy parecidos en nuestras historias diarias, y que el poder de la palabra escrita es valioso y nos une como seres humanos.
 
Hoy, no tengo más que agradecimiento con los lectores que interactúan con estas letras, con aquellos que toman un par de minutos de su tiempo para absorver mis líneas, con los que apoyan mis novelas, mis narraciones. Les soy sincero: el trabajo de un escritor es muy solitario y así lo neguemos, quienes escribimos necesitamos escuchar o leer alguna crítica (buena o mala) para saber que por lo menos no hacemos algo en vano.
 
Por ahora, la rueda sigue girando y no tengo otra opción que girar con ella, y seguir haciendo lo que bien o mal me gusta hacer: escribir, crear, pintar con letras mi propio sendero. Ya llegarán días mejores y con ellos, escritos más útiles que este.


miércoles, 13 de abril de 2022

El alma fragmentada

Confieso que he intentado escribir este blog durante semanas, pero no he podido hacerlo porque la melancolía, la depresión, el estrés, los dolores agudos de cabeza y otros factores similares me agobian las 24 horas de cada jornada y no me dejaban proseguirlo.

Ya ha pasado más de un mes… un difícil mes desde que mi papá dejó el cuerpo al que nos tenía acostumbrados y se sumergió en el abismal cosmos energético que no podemos ver físicamente pero que percibimos cuando nuestros sentidos más sublimes se conectan con la irrealidad atípica y mágica que existe al otro lado del camino.

Luego de millones de lágrimas, de vacíos profundos y liqueos infinitos en el alma, concluyo que mi viejo hermoso solo cambió de forma, y todavía sigue tan presente como cada una de estas líneas.

Yo no soy un ser religioso, tampoco creo en dogmas institucionales plasmados en libros milenarios, es más, mis dudas, acrecentadas aún más en este proceso de duelo, me hacen pensar de nuevo que no hay seres individuales superiores que se encargan de la salvación o la condena de los vivientes; aun así, sé por vivencia propia que hay fenómenos que lastimosamente no podemos explicar y que me dan la tranquilidad de saber que mi papá sigue con nosotros, sigue aquí conmigo.

Y es que el tabú de la muerte en nuestras sociedades incrementa el dolor de perder a un ser amado, porque pasamos la vida escondiéndonos desde siempre de este tema obligatorio, hasta el punto que fingimos que podremos evitar nuestro desenlace único, pensando que nuestros cuerpos son inmortales, sin entender muy bien que cada segundo la cadavérica nos respira en el cuello.

¿Acaso no sería más fácil ver la muerte como lo que es, una condición humana, un momento inevitable y común en la evolutiva escala universal? ¿Por qué la romantizamos tanto al punto de hacernos daño?

A partir del viaje de mi papá comencé a investigar mucho más sobre la muerte, me adentré en la tanatología, en lecturas relacionadas con el más allá, en prácticas de meditación, en grupos de apoyo que no han servido, siempre queriendo buscar una respuesta concreta a mi actual estado de pánico profundo.

Muchas noches he salido en mi auto mientras una canción de heavy metal suena con el volumen al 100%, opacando mis gritos de desespero y amargura, una técnica que bien me ha funcionado y que recomiendo a quienes pasen por momentos similares, pues luego de varios bramidos mi cuerpo queda en un estado de cansancio que me ayuda a conciliar el sueño por algunas horas.

Pero la verdad sea dicha, no hay nada que pueda remediar una tristeza causada por un duelo. No encuentro nada que me haga sentir mejor.

Sé que muchas personas están pasando por situaciones parecidas, con dolores agónicos enmarcados en hijos, parejas, hermanos, padres, seres amados que jamás volveremos a ver aquí, y sé que todas esas penas experimentadas de forma diferente son válidas y profundas.

También he aprendido que los duelos tienen varias etapas (negación, ira, negociación, depresión, aceptación) y que todas las personas reaccionan diferente ante ellas. En mi caso particular, nunca viví la negación de la ida de mi viejo, pero sí tengo rabia, mucha, y depresión, bastante, y también negocié sin frutos, y la aceptación es tácita, porque hay momentos del día en que me cuesta aceptar que ya no veré a mi mejor aliado, a mi hombre favorito. 

Extraño escucharlo, verlo, llamarlo para comentar los resultados de cada partido, llegar a casa y esperar su arroz con leche, sentarme con él a recibir sus consejos sabios, sentir su presencia que llenaba todo…

Yo no puedo despedirme de papá, porque él sigue haciendo parte de mi cotidianidad, pero ¿a quién pretendo engañar? ¡Él ya no está aquí! y odio con el alma saberlo.

El día que papá murió, una parte de mí murió con él, pero no por esto voy a rendirme ante la vida, pues él no lo hubiese querido así. Yo conservo sus recuerdos, sus enseñanzas, la familia que junto a mi madre construyó y que es pilar fundamental en mi ruta. Por siempre llevaré su legado, se lo enseñaré a mi hijo para que él también lo viva y comparta con los suyos. Mi viejo Gildardo fue un hombre de honor, su palabra era documento notariado, su fe, honorabilidad y pasión por la justicia resaltaban cada día entre quienes lo rodeábamos.

En estos momentos de amargura, donde me siento perdido y agobiado, en estos momentos que son los peores que he vivido, me he dado cuenta también quiénes son los amigos, porque a veces podés estar rodeado de mucha gente, pero cuando más los necesitas, muchos optan por tomar distancia.

La vida continúa, dicen algunos, pues sí, la verdad es que la vida sigue, pero uno ya no es el mismo, es imposible volver a hacerlo con las cicatrices que llevas por dentro.

Solo espero algún día ser la mitad del hombre que fue mi viejo hermoso, entonces ahí podré estar en paz y llegar a abrazarlo de nuevo.

Gracias papá por tu entrega y amor constante, por tus sacrificios y cuidados, por tus preocupaciones y por tu entereza. Siempre fuiste y serás un luchador. Te amo, admiro y llevo en el alma, porque somos uno.



miércoles, 31 de marzo de 2021

La tardanza que tanto espero.

Mi pequeñito viene en camino y según los cálculos iniciales de la cigüeña que contratamos para su viaje, su llegada sería a mediados de junio. Pero, imagino que por la pandemia, las fechas cambiaron y ahora nos ha puesto a correr con la construcción de una pista de aterrizaje, pues en una misiva inesperada nos indicó que planeaba sorprendernos con un arribo prematuro. Y sí... vaya sorpresa.

La verdad es que en casa lo estamos esperando con ansias, no solamente su mamá y yo, sino además un par de elefantes, un león, un cocodrilo, un tigre y un rinoceronte, que no dejan de susurrar en las madrugadas los planes que tienen para entretenerlo, logrando fácilmente que me sume a la conversación encantadora donde lo imaginamos disfrutando la vida y descubriendo con ímpetu la magia que tantos hemos olvidado. 

Sabemos por anticipado que a pesar de que ahora solo pesa dos libras y 13 onzas, su presencia es gigantesca entre sus allegados y que su sobrenombre de 'arrocito' es el común denominador de cada conversación diaria. Apenas ha comenzado a abrir los ojos en su cueva caliente y ya tiene fuera de ella una mini biblioteca con tomos llenos de fantasía, con libros que siguen llegando a su nombre de muchas partes, con poemas y canciones dedicadas a su existencia de pocos meses, con espacios designados para que él mismo los llene con sus historias favoritas.

Mi principito de movimientos acelerados, de hiperactividad extrema, de palpitaciones sonoras, presume con certeza que es generador de suspiros y, aprovechándose de nuestra desmesura de amor, está intentando casi con éxito dar un salto por los signos zodiacales y escoger su propio destino. Y a pesar de la ansiedad por tenerlo fisicamente en este plano, por verle su cara de pirata al encontrar el tesoro de la isla, por olerlo y contar cada noche sus dedos para verificar que el cocodrilo de la repisa no se ha comido alguno de ellos, le hemos pedido encarecidamente que retarde por unas cuantas semanas su descenso, que se cocine mejor en el horno casero de leña eslovaca y que entre a jugar en el segundo tiempo, pues de lo contrario le tocaría quedarse por muchas lunas en una cuna de cristal caliente VIP donde los animalitos de casa no tendrán acceso.

La verdad es que el dueño de los animales de peluche y de los corazones de muchos, aun no está del todo desarrollado como queremos y una aparición de ipso-facto puede conllevar algunos dolores de cabeza que no se curan con un solo Advil.

Pero el destino es inesperado y muchas veces, la mayoría, la rueda gira por senderos enlodados para enseñarnos a ser mejores conductores. Como dice Matilde, la abuelita de mi arrocito, "una cosa piensa el burro y otra el que lo monta", y mi pedacito de corazón, así chiquito como se ve en las pantallas de este hospital, tiene la determinación de torear la vida a su propio ritmo. 

Así que anticipado, cumplido o tardío, detrás de su figurita de 29 semanas hay un ejército de almas apoyándolo desde ya en muchos aspectos. Doctores y enfermeras que hacen esfuerzos por entretenerlo un poco más dentro de su primera morada, familiares que están pendientes a la distancia de cada patada de Kung-Fu que se escucha en los monitores, amigos que mandan desde muchas partes de este globo su mejores energías para que el paracaídas en el que viene se abra plenamente y logre caer de pie.

Y aquí, sentado en una silla que se abre a medias y en la que intento descansar desde hace varias noches (y en la que seguramente pernoctaré por semanas), analizo la vida. Quizás si esto hubiese pasado algunos años atrás estaría asumiendo un rol de víctima, preguntándome la razón por la que algunas cosas no salen de la forma en que quieres, incluso maldiciendo la suerte. Pero hoy no lo hago más, por el contrario, estoy agradecido de que mi hermoso gordito o flaquito esté a punto de reventar su globo porque pienso en todos aquellos bebés que nacen de manera anticipada sin los cuidados médicos para que logren sobrevivir, en aquellos que sufren dolencias sin acceder a servicios sanitarios dignos, justos.

A pesar de mi preocupación normal, hoy me pregunté qué estoy aprendiendo con este proceso, de qué manera esta vivencia me hace crecer. Y he hallado diversas respuestas, como que no puedo controlar todo lo que quiero, que puedo hacer un alto en el camino y tanto mi trabajo como otras obligaciones pueden continuar sin mí, que la prioridad en la vida es la familia, que tengo círculos de gente que nos apoya, que mi fe en otros se fortalece, que la vida se juega sin instrucciones y que esa fuerza universal divina definitivamente está en cada uno de nosotros y por ende somos todos.

Sin llegar todavía, el pequeño saltarín ya me está enseñando lecciones de vida, por eso no tengo duda alguna que mi mejor maestro está cada vez más cerca de este pupilo que llora con las luces apagadas.






martes, 9 de febrero de 2021

Galletas, sangre y adrenalina: el árbol prohibido.

Salgo a caminar por las calles de mi barrio. Ha pasado la medianoche y un viento frío sopla con fuerza sobre mi rostro desnudo. Me he quitado por fin el tapabocas, aprovechando la soledad de las aceras. 

Sin prisa, como en pocas ocasiones, emprendo el camino iluminado por las luces de las lamparitas que se posan cada cierto número de pasos. El sonido de los grillos me acompaña y de vez en cuando se cruza con rapidez uno que otro gato, quizás asustado por mi andar zigzagueante (por falta de equilibrio).

Respiro profundamente y me detengo en una esquina cualquiera donde se posa un enorme árbol con sus raíces salidas. Creo que he pasado por ese mismo lugar cientos de veces en los años que llevo viviendo cerca, pero es la primera vez que me detengo a contemplarlo.

Recuerdo entonces cuando hace muchos años, tantos que pareciera una vida distinta, solía subirme en uno de los árboles de la casa de mi abuela. Allí pasaba horas enteras escondido, visualizando el mundo desde la altura, comiendo galletas de dulce e imaginando que algún día edificaría una casita entre sus ramas donde pudiera pasar la noche.

Pero nunca hice esa casa en el árbol. Y el tiempo pasó inclemente. Creo que esa fue la última vez que me subí a un árbol.

Así que sin cuestionarme los motivos para no volverlo a hacer, decidí emular aquellos recuerdos satisfactorios. Ahora no tenía galletas en los bolsillos, ni tampoco tenía que esconderme de nadie, solo de mí mismo.

Para mi suerte, la esquina donde estaba el enorme tronco no tenía luces, así que nadie podría percatarse de mi inocente aventura. Sin la elasticidad de mis años de adolescencia emprendí el ascenso, pero no encontraba con facilidad un sendero de apoyo que me ayudara a escalarlo. 

Sin rendirme, pensé en una manera poco convencional para llegar hasta una de sus ramas. Tomé varios metros de impulso y corrí con prisa hacia su tronco, luego me elevé en el aire como jugador enano de baloncesto y me agarré de una de sus bifurcaciones, y con extrema dificultad y ayudado con mis piernas largas logré por fin treparme como malabarista callejero al primer piso.

-Lo logré-, me dije entusiasmado y lleno de orgullo, sin percatarme que había causado suficiente ruido como para que el vecino de la casa contigua se despertara y prendiera la luz de su habitación.

-¿Quién anda allí?-, gritó sin mucha amabilidad.

-Mierda-, pensé asustado. ¿Cómo le explico que estoy recordando viejos tiempos y que no soy un ladrón de paso que intenta saltar hasta su predio?

El hombre se asomó a su ventana y volvió a gritar. Creo que en la oscuridad de la madrugada logró ver mi sombra y se asustó. Luego ordenó a alguien más que estaba con él a que llamara a la policía.

Mil pensamientos pasaron por mi mente en un segundo. Tenía que escapar de allí antes de que llegaran los uniformados y me acusaran de melancólico en primer grado de estupidez.

No podía permitir que mis anhelos de juventud terminaran en un arresto sin motivo, así que ante las nuevas voces de emergencia que se recitaban dentro de esa vivienda, decidí que tenía que saltar del árbol, pero todo estaba muy oscuro y no tenía certeza del lugar donde caería. 

Mientras planeaba mi salto al vacío, los bichitos también se despertaron y molestos se abalanzaron contra mis piernas. Ahora estaba picado por varios de ellos, enfrentaba el peligro inminente de la caída al vacío y esperaba con espanto las sirenas policiales o un disparo del enojado sujeto.

A la voz de tres salté sin paracaídas y mi rodilla izquierda recibió el impacto de la tierra mojada. Luego emprendí los cien metros planos (zigzagueantes) como caco de vereda, tratando de llegar a mi edificio antes de que otras luces se encendieran.

Ahora estoy en casa, con una rodilla sangrando y con picaduras de hormigas hasta en las nalgas, además con un antojo mortal de galletas de dulce (inexistentes en mi cocina).

En mi pericia frustrada olvidé el tapabocas colgado en el árbol, el que servirá de evidencia reina (si se animan a hacerle examen de ADN) de que un tipo sin mucha motricidad y con sus recuerdos intactos, extraña a su abuela.





jueves, 3 de diciembre de 2020

2020: el año en que comencé a escribir el libro más importante de mi vida.

¿Qué decir del 2020 que ya no sepan? No ha sido fácil para ninguno de nosotros, ya que todos de una u otra forma lo hemos padecido. 

Más de un millón y medio de muertes relacionadas con la pandemia hasta ahora en el mundo, millones de personas que se contagiaron y que padecieron el temor a morir, secuelas físicas que aún habitan en millones de hogares, fuera de las nefastas repercusiones económicas causadas por la pérdida de empleos y el cierre de negocios que nos han sumergido en la incertidumbre sobre lo que sucederá en el futuro.

Creo que todos conocemos a alguien que murió por el virus. En muchas ocasiones, esos casos sucedieron en nuestras propias familias, teniendo que despedir a la distancia a los seres que amamos, los que no pudimos tener cerca en esos últimos instantes. Puedo asegurar que todos tenemos a alguien cercano que por lo menos se contagió. Ahora bien, el cúmulo de ansiedad generado por las malas vivencias y noticias del 2020 ha hecho mella en la psiquis colectiva, aún así, y a pesar de que los contagios continúan con fuerza en el mundo entero, la resiliencia del ser humano es siempre mayor que cualquier obstáculo.

Personalmente yo llevo encerrado en mi casa desde marzo 16, día de mi cumpleaños y momento en que los casos se acrecentaron con fuerza en mi ciudad. Ese fue el último día que estuve en mi oficina y casualmente la última vez que fui a dar clases en la universidad. A partir de ese momento todo cambió para mí, como ha cambiado igual para ustedes.

La esperanza de las vacunas venideras -de la que muchos "expertos" en teorías conspirativas siguen considerando como la marca de la bestia de la que hablan los libros religiosos, o la manera en que los poderosos controlarán las riendas del resto de los mortales-, de lo que no creo lo uno ni lo otro, genera en mí una alegría especial, porque sé que es la antesala a volvernos a abrazar con los abuelos, con nuestros padres, con la familia que no hemos podido ver porque hemos decidido no exponerlos al abismo, con esos amigos que tanto queremos. Y esa esperanza, esa luz al final de este túnel tan largo y oscuro, ayuda a que lidiemos mejor con el aún complicado presente.

Hace pocos días celebramos el Día de Acción de Gracias, una fecha en la que faltaron muchos, pero que sirvió, como ha servido el caos llamado 2020, para darnos cuenta de las cosas que realmente importan en la vida. De todas las situaciones negativas tienen que salir lecciones y aprendizajes que nos hagan crecer y de esta pandemia yo he aprendido a vivir cada día con agradecimiento máximo por seguir aquí, por tener, aunque lejos, a mi familia y saberlos protegidos, por conservar mis dos trabajos en un momento donde hacerlo es una fortuna, por amar lo que hago, por contar con un grupo de amigos cercanos que a pesar de que son pocos, son los necesarios, por la oportunidad de seguir soñando y planeando mi futuro cercano, porque aprendí entre otras cosas a no planearme más a largo plazo.

Y a pesar de que el 2020 también me atropelló, logré ponerme en pie, sacudirme el polvo y limpiar las heridas (que van por dentro) para continuar enfrentando a la vida, porque es que no veo otra forma de vivirla.

En septiembre presenté mi segunda novela (Tarde de golondrinas), que ya fue nominada como libro del año en formato de audilibro. Esto es algo que me sigue llenando de ilusión, especialmente porque antes de que finalice el año podré tenerla de manera física en mis manos.

Sé que diciembre apenas comienza, pero desde ya mi balance me deja con una sonrisa en el alma, una que no se puede controlar y que irradia una energía muy diferente en cada uno de mis poros. 

El motivo de mi éxtasis profundo es un libro que comencé a escribir y que jamás quiero terminar. No sé cómo explicar el sentimiento que me embarga ahora, pero lo comparo con un personaje imbatible, sin carencias ni enemigos suficientemente fuertes para destruirlo. Y es que no puedo darme el lujo de bajar la guardia, especialmente ahora que voy a ser papá.

Vos sos desde ya mi obra favorita.