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viernes, 3 de julio de 2020

Me cuido de la pandemia mientras estoy despierto, pero dormido no respondo

Debo confesar que desde que comenzó el cuento de la pandemia yo he estado un poco paranoico, quizás más que un poco. 

Escasamente he salido de casa, creo que desde marzo 16, día en que inició la cuarentena en mi trabajo, habré pisado el exterior un par de veces, y eso porque me he obligado a tomar algo de sol y a caminar alrededor de mi casa para respirar aire puro. 

Claro, también he ido una que otra vez al supermercado, lugar donde las precauciones que tomo son extremas. 

Ya tengo varios amigxs que se han contagiado con la pandemia, pero que afortunadamente están saliendo adelante con sus múltiples síntomas. Aunque la verdad sea dicha, nadie puede asegurarte de qué manera va a reaccionar tu cuerpo y tu sistema inmunológico ante el virus.

Por eso yo soy de los que todavía al llegar a casa, limpio y lavo las compras, boto las bolsas plásticas, y nunca entro con mis zapatos a mi apartamento. Inmediatamente arribo a mi hogar, meto mi ropa a la lavadora y mi cuerpo a la ducha.

Cada vez que salgo de casa me disfrazo con un tapabocas semi espacial que me cubre casi la cara completa, además siempre salgo con camisetas de manga larga y gorras, fuera de gafas de sol para evitar que mis ojos miopes estén expuestos a cualquier peligro. Los guantes es lo único que he dejado de usar, porque siento que tengo más control cuando mis manos están desnudas, pero de resto, siempre que salgo tiendo a ser confundido con un astronauta.

Aún así, cuando llego a casa y me quito la parafernalia, y me ducho en una ceremonia donde me echo jabón sobre el jabón, y lavo mi ropa, y desinfecto con alcohol las llaves, el celular y los pomos de las puertas, termino con dolor de garganta y pensando que me he contagiado.

Un amigo galeno me ha dicho que lo que pasa es que mientras tenemos el tapabocas puesto, vamos inhalando el monóxido de carbono que estamos exhalando y por eso se nos irrita la garganta por unas cuantas horas, una teoría que tienes sentido y que ha logrado que mi sistema nervioso esté mas relajado.

Pero, a lo que voy con este cuento, es que a veces, en la mayoría de las ocasiones, las cosas nunca pasan como vos quieres y te toca sortear la vida de la manera en que venga. 

¿A qué voy con esto? Pues bien, les cuento.

La pandemia ha generado en mi mucho estrés, no es un secreto. Esa incertidumbre sobre lo que pasará con la gente  que quiero, esos que están más susceptibles por enfermedades preexistentes; además al trabajar en un medio de comunicación es imposible controlar el flujo informativo que se maneja a diario, donde la mayoría de las noticias tienen que ver con contagios, muertes, desempleo, recesiones y un cúmulo negativo encarnado en la realidad que todos vivimos.

Yo desde el primer día he intentado balancear mi cabeza con ejercicio, meditaciones, lecturas, buena alimentación, pero a veces el estrés no me abandona.

Hace solo un par de noches desperté mientras caminaba en uno de los pasillos de mi edificio. Lógicamente estaba sin tapabocas y sin muchas otras cosas. De un momento a otro sentí que el elevador se abrió y de él salieron varias personas sin protección ninguna que me saludaron con amabilidad y risas, al ver que lo único que tenía puesto eran unos boxers.

Con mi pelo de 4 meses sin cortar, parado por todas los lados, y mi barba sin arreglar, parecía más un náufrago asustado que el patético vecino sonámbulo del 1101.

Cuando me enteré bien de lo que pasaba ya era muy tarde. Ya habían pasado a mi lado varios especímenes humanos que no llevaban tapabocas.

-Mierda-, me dije ya despierto, mientras escuché a pocos metros el sonido trágico del estornudo que desprendía uno de ellos.

Con rapidez regresé a mi cueva, me metí con urgencia a la ducha y luego me preparé un té caliente con miel y limón, pensando mientras me lo tomaba que una cosa piensa el burro y otra el que lo está enjalmando.

Por cierto, el burro de la historia soy yo, sin duda alguna.






domingo, 26 de enero de 2020

Melissa y Yolanda, una unión para siempre.

La bella Yolanda no presentía nada extraño. Su mañana era perfecta y los planes de la tarde le alegraban el alma. Después de dejar algunos documentos en su oficina, decidió regresar a casa por unos minutos y comer algo, antes de salir de nuevo a recoger a sus dos nietos en la escuela.

El sol de enero se mezclaba con el aire del invierno, y por primera vez en muchos meses hacía frío, como en el norte. El viento congelado rozaba su rostro. Se sintió viva, llena de energía, era como si aquellos soplos del ártico le revitalizaran la mente. Una bocanada de hielo la acarició al bajar la ventana de su auto, y allí no pudo evitar que una sonrisa aflorara en agradecimiento, una sonrisa sincera que sería la última de todas.

Apretó uno de los botones que estaban en su llavero intentando abrir la puerta de su garaje, y sin querer abrió fue el baúl de su auto. Yolanda levantó las cejas en señal de molestia, pero intentando resolver su error y no perder mucho tiempo, se bajó velozmente para cerrarlo.

No se dio cuenta que había dejado su auto en reversa. Con paso veloz, como siempre, llegó hasta la parte trasera de su vehículo, y con su mano izquierda cerró la puerta, sin notar que un pedazo de su saco largo gris había quedado dentro del baúl.
Y allí ocurrió su invierno.

El auto comenzó a retroceder, y ella, al intentar moverse hacia un lado cayó al piso, pues no pudo deshacerse del abrigo que la protegía y que ahora la ataba. 
La rueda trasera se incrustó en su ser. Un grito agudo llamó la atención de la única persona que pasaba cerca del lugar, una joven con un perrito.

Melissa llegó corriendo, pero era imposible mover el auto. La única solución era levantarlo con un gato hidráulico que permitiría rescatarla.

Tomando su mano, le preguntó su nombre.

-Me llamo Yolanda, indicó la mujer con la voz cortada.

Los gritos de la joven llamaron la atención de los vecinos, quienes se agruparon para intentar levantar el auto, pero no eran suficientes para lograrlo.

-Quédate conmigo Yolanda, ya está llegando la policía, le decía una y otra vez aquella muchacha intentando darle ánimos. 

Sus ojos se abrazaron fuertemente. Yolanda ya no emitía sonidos, y poco a poco iba soltando la mano de Melissa.

-Dios está con nosotras, dios está aquí, dios está aquí, repetía la joven como mantra, mientras que su humanidad se derrumbaba al ver que pasaban los segundos y la mujer se alejaba.

-Dios está con nosotras, volvió a decir Melissa entre lágrimas, esas que caían sobre la mano sin fuerza de la mujer.

Una ambulancia arribó al destino. También dos patrullas de policía y un carro de bomberos. 
Minutos después, Yolanda partía en una camilla con rumbo al hospital.

Melissa tiene el corazón partido. Hablé con ella y me dice que le duele no haber podido hacer más por la mujer.
Si solo supiera lo vital que fue su compañía en esos últimos minutos de vida de Yolanda, si solo entendiera la importancia de su mano y su voz al lado de quien partía para siempre.

Yolanda tuvo que marcharse en una mañana de viento frío, y a pesar del dolor que sintió su cuerpo, y del pánico por saber que estaba atrapada, no estuvo sola. Había una mano amorosa que la sostenía. 

Todos nos iremos algún día, pero ojalá que en ese momento haya una Melissa cerca para que nos tome de la mano y nos diga que Dios está con nosotros.




lunes, 30 de diciembre de 2019

La vida que vivimos Vs. La vida que queremos

A medida que pasan los años perdemos la capacidad de sorprendernos por las cosas que realmente valen la pena, y asumimos como ordinarias situaciones que no lo son, como un atardecer con colores que varían cada 15 segundos, un arcoiris en medio de un aguacero, el gesto de amabilidad de un desconocido, un abrazo inesperado, el te amo proveniente de unos labios sinceros, una flor y su aroma, la mirada cariñosa de un perrito que te mueve la cola, el viento que refresca, respirar otro día, un latido de más del corazón producido por alguien que te gusta, la caricia de una madre, -solo por nombrar algunas-, y nos enfocamos sin sentido en la vida rutinaria que hemos creado como sociedad y lo que ella implica, como ir a trabajar mecánicamente, comprar de más, sentirnos importantes por las marcas que se posan en nuestros artículos, crecer económicamente, vivir con prisa, pasar más tiempo con las pantallas que con los ojos; y no estoy diciendo que estas cosas no sean importantes, porque es claro que todos queremos tener mejores niveles de vida, sufrir menos, tener lo suficiente para disfrutar los días, comer rico en sitios donde hay que pagar con más billetes, invitar a los nuestros a lugares hermosos que requieren presupuesto, pero el problema radica en que en la mayoría de los casos nos olvidamos de lo verdaderamente sublime para buscar lo reemplazable. 

Como sociedad nos hemos convertido en productos egocéntricos que reflejan la codicia, pero como individuos podemos aún hacer la diferencia y mejorar la vida de muchos, la nuestra propia, la del planeta que nos acoge de manera especial, brindándonos todo lo que realmente necesitamos.


Minimizar posesiones y maximizar sentimientos, una premisa que seguramente nos ayudaría a ser más felices y vivir en mayor calma, pero que a la vez se vuelve tan complicada de obtener, pues nos hemos mal acostumbrado a hacer lo contrario, acumulamos objetos y nos autocensuramos al momento de expresar lo que sentimos, quizás porque pensamos que es una debilidad que no podemos permitirnos.


Hace poco veía unos videos de Youtube donde varias personas con enfermedades terminales, y otras de avanzada edad manifestaban sus arrepentimientos máximos, y coincidían en que si pudieran regresar el tiempo se enfocarían en viajar más, en abrazar a los que ya no están en sus vidas, en leer el mundo maravilloso que vive entre páginas mágicas, en esclavizarse menos buscando bienes materiales y liberarse más buscando lo que realmente sus corazones querían hacer, y aquí se referían a sus pasiones de vida, esas a las que muchos renunciaron porque eran inconvenientes y poco lucrativas.


¿Por qué esperar a que sea tarde para lamentarnos de no haber tenido la vida que quisimos?

sábado, 2 de noviembre de 2019

¿Quién tiene una casetera?


Hacía mucho tiempo quería limpiar el ático de mi casa, una labor que postergaba una y otra vez pensando en la cantidad de objetos que tendría que botar, en lo desordenado que estaba, y en el polvo acumulado durante tantos años.

Siempre que quería guardar algo allí abría con timidez aquella puerta y sin pensarlo demasiado metía todo a empujones, sabiendo que de un momento a otro tendría que enfrentar el momento temido. Así que hoy, y evitando que pasara otro mes, quizás incluso otro año, me di a la tarea de subir hasta aquel sitio abandonado en el tiempo, y organizarlo de una vez por todas.  

Entrar fue toda una odisea, cajas por aquí y por allá, bolsas plásticas con mil objetos desconocidos dentro, telarañas con sus arañas incluidas, maletas con ropa de invierno, maletines con recuerdos añejos, un par de juegos de mesa, herramientas, adornos navideños, en fin, suficiente material para armar un mercado de las pulgas. 

Con mi misión clara comencé a abrir caja por caja, bolsa por bolsa, y con un análisis crítico y objetivo puse a un lado las cosas que ya no deberían estar allí, esas que se van convirtiendo en estorbo y que decidí guardar un día aferrado a lo que representaban en mi memoria. Pero soy consciente de que hay que dejar fluir la energía acumulada allí, y que no debo conservar objetos que jamas utilizaré, ya que sin darme cuenta me voy llenando de cacharros hasta que un día no muy lejano me pierda entre ellos.

Entre el sudor y el polvo fui deshaciéndome de mil cosas que no uso, de ropa vieja, de lámparas oxidadas, de bates y raquetas, de zapatos y adornos, de cojines y cuadros, de nostalgias y termitas. No fue fácil tomar la decisión de donar muchas de esas cosas, pero una vez más, el apego a objetos materiales no es lo mío. Solo conservé lo que utilizo, algunos cuadernos con canciones propias, fotos de vidas pasadas, las maletas, el saxofón en su estuche nuevo, y mi colección de estampillas.

Y mientras organizaba aquel espacio -ahora libre de bichos- descubrí una contrapuerta en el piso. Me pareció increíble que no la hubiera visto cuando subí allí por primera vez 5 años atrás, tal vez la obvié por premura, y luego de eso, mis cajas y bolsas la taparon hasta hoy.

Con la linterna en la mano abrí aquella puerta pequeña, y para mi sorpresa hallé allí objetos inesperados, cual película de misterio. Uno de ellos era una tabla ouija tallada a mano, con figuras hermosas de un sol y una luna pintadas de dorado. Cada una de las letras tenía detalles especiales, y los números estaban pintados de azul y verde. A su lado estaba una cajita de madera, y al abrirla encontré un cristal en forma de ojo, el que supuse hacia parte de la ouija. También encontré en aquel sitio un casete de música (de los que cualquier persona nacida en el siglo pasado usó alguna vez), marcado con números romanos indicando el año 1977, lo que me pareció algo escalofriante, pues coincide con el de mi nacimiento. 

No pude evitar que la piel se me erizara en aquel momento, pero sin darle mayor importancia al hecho, seguí hurgando y encontré un último objeto. Se trataba de una daga pequeña con la cacha metálica, y en ella un símbolo de un compás sobre una escuadra (para los que no sepan es el utilizado por la logia de los masones), aunque la daga no llevaba la letra acostumbrada por ellos, lo que me hizo pensar que se puede tratar de algo más. 

Con el pulso acelerado por mi descubrimiento, bajé del ático lleno de polvo y de dudas, llevando en mi mano los objetos hallados y pensando en dónde iría a escuchar el contenido del casete, ya que en mi casa no tengo ningún dispositivo para hacerlo, pues ni siquiera el carro trae casetera.

Hice algunas llamadas a personas de suprema confianza, pero ninguna de ellas tiene la manera de escucharlo. He aprendido a no forzar nada, así que decidí seguir con mi trabajo, llevar los objetos que saqué del ático a los sitios correspondientes para donaciones, y regresar a casa a tomar un buen baño. 

Y aquí estoy ahora, sentado en mi buró, escribiendo mi experiencia de hoy y observando a un costado la tabla ouija, el cristal, la daga y el casete que reposan sobre uno de mis escritorios. He comenzado a hacer conjeturas de todas las clases, e imagino mil escenarios sobre el contenido del casete, y nuevamente se me pone la piel de gallina. Por alguna razón me acordé de la película Jumanji, en la que un niño encuentra el juego que lo lleva a vivir en la selva por muchos años, y entonces la idea obsesiva de escribir un libro, una serie, un cuento, o algo similar se apoderó de mi. Luego miré la daga, esperando que brillara y me diera una pista, pero no lo hizo. Y miré los objetos en silencio profundo, esperando que de un momento a otro sonará una voz del más allá, y mientras pasaban los segundos hiperventilaba con la sola idea, pero para mi fortuna no sucedió nada. 

Así que por ahora me retiraré a mis aposentos, no sin antes guardar en un cajón bajo llave aquellos objetos que para mi son el tesoro del pirata. Mañana buscaré la forma de escuchar el casete, y después quien sabe lo qué pase.

Amanecerá y veremos...
















jueves, 24 de octubre de 2019

Collage de sentimientos

Hace un par de días falleció la madre de un gran amigo en un accidente automovilístico. La noticia de su partida ha caído como un balde de agua fría, sumiéndonos en el desconcierto y la tristeza máxima. Pienso en mi amigo y en sus hermanos, y no puedo evitar esa sensación de vacío que recorre mi mundo. Solo una semana antes, ella me había escrito diciéndome que al viajar a Miami me traería unas gelatinas de pata, refiriéndose al post reciente de este blog. La vida es tan efímera, tan traicionera, tan irreal a veces, y hechos así me hacen sentir que caminamos al borde del abismo constantemente. No soy derrotista, ni quiero que esto se lea peyorativamente, solo es que cuando la muerte se acerca, el trascendentalismo se reactiva, y con él la melancolía, la necedad de buscar respuestas a las trivialidades del día a día, a la vida robótica y rutinaria, al hecho simple de respirar.

Y es que la muerte siempre está cerca, pero obviamos su presencia como cuando en un semáforo miramos al otro lado para no ver a la familia desamparada que pide dinero. 

En las pasadas semanas han muerto el tío de mi esposa, el padre de otro gran amigo, el abuelo de una amiga entrañable, el hijo de un conocido, el perro de mi prima, la abuela de mi cuñado; y yo solo he podido decirles que lo lamento en el alma y que les deseo buen viaje a sus seres amados. Pero no tengo certeza si tendrán buen viaje o no, es más, no sé si hay un viaje, si llegarán a algún sitio, si hay algo más, si la historia continúa. No tengo certeza de nada, aunque quiero creer que así es, que al dejar tu cuerpo sigues creciendo, que la energía se transforma, que el alma es imperecedera, que el dolor se acaba y el camino se ilumina. Quiero creerlo, pero no lo puedo afirmar. 
Y entonces, usando la objetividad y el sentido común que pocas veces me acompañan, me doy cuenta que mi única respuesta es demostrar mi amor a quienes siguen en este plano tridimensional, a los que aun puedo abrazar. Ser amable y compasivo, ayudar indiscriminadamente, intentar ser mejor, no juzgar, no juzgarme, deshacerme de las culpas e intentar subsanar mis errores, apartarme de la crítica, disfrutar del instante por más monótono y rutinario que sea. Luego, ya verificaré por mí mismo (o no), si hay un viaje, y si es así lo intentaré disfrutar también.

La vida se padece, pero incluso en el padecimiento se puede hallar luz, aprendizaje, amor. Todos pasamos por momentos oscuros, pero también, todos tenemos momentos de luz. Esa es la vida, una dualidad de vivencias, de emociones. Es complicada -estoy de acuerdo-, maravillosa muchas veces, putamente triste en otras ocasiones, agónica u orgásmica, o las dos a la vez, porque en la dualidad todo se puede.

Abro mis ojos, estoy vivo otro día. Respiro a fondo y comienzo de nuevo. ¿Rutina o renacimiento?, no importa, tampoco es relevante ya el agobio por lo que podría traer o no el futuro, por pensar qué haré con mi vida, por buscar respuestas vanas a preguntas irrelevantes. Lo que me importa ahora es ser bueno, aportar a la vida de los que me rodean, intentar cambiar por lo menos un poquito el mundo, mi mundo.

Y vos, ¿también estás vivo?


















lunes, 7 de octubre de 2019

Soy un cocainómano, y no me había enterado

Quiero hacer una confesión que no es fácil de asumir, y que además no será bien recibida por mis amigos, conocidos y familiares, pero no tengo más remedio que contarles la manera en que me enteré de lo que realmente sucede en mi vida.

Hace muy pocos días mi mamá llegó de Colombia y me trajo algunos dulces típicos de mi país, entre los que se encontraban unas galletas de chocolate, unos masmelos, también de chocolate, y unas gelatinas hechas con pata de res. Quizás para muchos de ustedes esto último suene algo asqueroso, es más, cuando yo lo pienso, también suena poco apetitoso, pero es que el resultado es tan rico que vale la pena probarlas. La gelatina blanca de pata, como es llamada, es un postre de mi región y que consumimos mucho los conocidos como 'paisas' en mi país. Intentando ser más descriptivo, puedo decirles que se ve como un rollo pequeño carameloso, que una vez preparado es rociado con maicena, aunque la marca en Colombia es 'Maizena', dándole externamente un color blanco. Como mi mamá sabe que a mi me encantan, pues me trajo un par de paquetes de este manjar, las que consumo con leche.

Soy consciente de que este producto es muy regional, y que en EE. UU. ni se consigue, ni se conoce, y por lo mismo resulta extremadamente difícil explicar qué es. 

Pues bien, hace solo unos días me cogió la tarde para ir a una cita. Miré el reloj y me di cuenta de que si no me apresuraba iría a llegar tarde, algo que he intentado corregir por respeto al tiempo ajeno. 

También me di cuenta que no había alcanzado a almorzar, y que posiblemente me daría hambre en plena reunión, pero ya no tenía tiempo para comer nada. Saliendo entonces de mi apartamento eché un vistazo de águila a la cocina, y pude ver dentro de una refractaria de cristal, las gelatinas que mi madre me había traído y de las que quedaban ya muy pocas. Me acerqué entonces con rapidez, y saqué una de ellas de su bolsita, y a sabiendas de que sueltan mucha 'Maizena', me la comí sobre el lavaplatos evitando ensuciar el piso con la harina blanca. Realmente me embutí de dos mordiscos aquella gelatina, y luego me dispuse a salir como bólido para alcanzar a llegar puntualmente a mi cita.

Mientras esperaba el elevador se me acercaron mis dos vecinos del apartamento contiguo. Son una pareja conformada por un cubano y un argentino con los que tengo muy poco contacto, y nuestra relación se limita a un saludo cuando los veo, cosa que no pasa muy seguido. Pero esta vez entramos los 3 al ascensor con rumbo a uno de los parqueaderos del edificio.

De un momento a otro, uno de ellos me mira fijamente con nerviosismo. Yo le sonrío y miro el reloj una vez más, algo apresurado, nervioso, pues veo el tiempo correr sin pausa alguna. Sin saber el por qué y sin disimular mucho, el mismo vecino le da un pequeño codazo a su novio, indicándole que me mire. Ahora están ambos absortos mirándome como no lo han hecho nunca.

Entonces uno de ellos, el segundo que me ha visto, se lleva la mano a su nariz y me dice:

--Vecino, tienes algo en la nariz. No te limpiaste bien.

--Mierda, tengo un moco, pienso yo avergonzado, e inmediatamente me toco la punta de la nariz con la unión de los dedos pulgar e índice de mi mano izquierda, esperando darme cuenta de qué tengo, y al no sentir nada, me miro la mano y observo entonces como el polvo de la 'Maizena' queda impregnado entre mis dedos.

Llevo además algunos días sin afeitar, así que el polvillo se ha quedado enredado en mi bigote y en parte de mi barba.

Mientras me limpio, pienso con rapidez en lo que voy a decirles, pero inmediatamente me doy cuenta de que no sé explicarles en ese momento lo que es una gelatina de pata de res rociada con 'Maizena' con el fin de darle un toque caramelizado. Además, en ese instante el elevador se abre y ellos descienden del mismo, y aun sorprendidos se despiden para después comentar que quedan confirmadas las sospechas de que el vecino colombiano es un cocainómano empedernido.

Mientras tanto, yo quedo estático en el elevador por unos segundos más, pero luego me río y pienso que no debe importarme lo que otros opinen de mí incluso si fuese verdad, porque al final de cuentas es mi vida, y yo me como las gelatinas que me de la gana.

Llego entonces a mi carro y me miro en el espejo. Tengo polvo blanco alrededor de la nariz, en la barba que cubre el mentón y en mi bigote. Es como si en vez de comerme la gelatina me la hubiera untado en la cara, y no me explico cómo logró la 'Maizena' quedar impregnada de esta forma sobre mi rostro. Mientras conduzco decido que al regresar a casa tocaré la puerta de los vecinos y les llevaré unas gelatinas para que las prueben, pero luego analizo mi plan y concluyo no llevarlo a cabo, pues no compartiré mi manjar con nadie, además me quedan muy pocas, y prefiero que se acaben en mi apartamento y no en el de los vecinos.

Han pasado casi dos semanas de esta anécdota, pero solamente hasta anoche volví a encontrar a mis dos vecinos. Yo llegaba en un Uber a eso de las 3 de la mañana luego de estar celebrando un cumpleaños con unos amigos. Entré al edificio en condiciones precarias debido a los tequilas que nos tomamos mientras cantábamos con los mariachis de la fiesta, así que mi balance no era el mejor, y en esos casos me encanta caminar en zig-zag, es como una fijación personal que no puedo evitar.

Ellos me miraron de nuevo y me saludaron cortésmente. 

-¿Qué tal la noche?, me dijo uno de ellos

-Hip, contesté con un hipo emanado por la contracción espasmódica, involuntaria y repetitiva del diafragma y los músculos intercostales que me provocaban una inspiración súbita de aire, debido a que mi estómago se encontraba demasiado lleno de gases como consecuencia de haber ingerido en exceso cerveza y otras bebidas alcohólicas con contenido gaseoso.

En fin, después del hipo, les dije que había sido una noche maravillosa.

Entonces uno de ellos sin rodeos me dijo:

-Vecino, ¿tienes?, mientras me hacía con sus dedos una señal muy cerca a su nariz inconfundible para pedirme cocaína.

Yo me reí una vez más, luego los invité a casa. Allí les dije que lamentaba jugar con sus sentimientos adictivos, pero que la única droga que consumía eran mis hermosas gelatinas blancas de pata de res. Y ante sus ojos incrédulos saqué mi bolsita del recipiente de cristal, y les ofrecí el mejor manjar que hubiesen probado jamás.

Ellos saborearon mi postre blanco, y con el rabo entre las piernas me ofrecieron una disculpa. Ahora eran sus rostros los que se ponían blancos, pero no de la 'Maizena', sino de la vergüenza y del susto al no saber cómo yo reaccionaría.

Moraleja: No hagas estereotipos de nadie por su país de procedencia, por su raza, por sus gustos, o por alguna otra circunstancia, porque podemos equivocarnos y quedar como idiotas. 

Moraleja 2: No compartas tus gelatinas blancas de pata de res con nadie que no aprecie este sabor particular.

Moraleja 3: No confíes en los títulos. La mayoría de las veces se usan para lograr que te lean.

martes, 1 de octubre de 2019

Soy el dueño de la luna

Octubre ha llegado con eclipse de luna. No figuraba en los calendarios, tampoco lo anunciaron los entendidos de los astros, así que nadie lo esperaba, mucho menos yo, que poco me entero de lo que sucede por fuera de mi planeta; pero igual llegó con fuerza, como nunca un eclipse de luna había arribado. Percibía desde hace algunos meses un cambio paulatino en el color del firmamento, era como si cada vez alumbrara más que la noche anterior, tal como si la información lumínica que recibía mis retinas se incrementase exponencialmente a través del paso del tiempo, y entendí finalmente que este cambio era el anuncio del poder que ejerce el satélite en mi vida.

Entonces fui descubriendo que muchos tenemos nuestros eclipses de luna, otros los tendrán del astro rey, ese que poco mueve mis entrañas nocturnas y al que, sin importar si yo lo venero o no, sigue activando mi glándula pineal y proporcionando que no sucumba en la depresión que me contagiaba la sociedad enferma, esa que decidí matar sin compasión meses atrás.

Conozco a muchas personas que funcionan mejor en el día, que se activan con los rayos del sol, que son más productivas cuando la luz brilla en sus calles, en sus rostros; pero a mi me pasa todo lo contrario, yo soy un tipo que adora la luna y su contexto mágico. Durante las horas de sol son muy pocas las palabras e ideas que puedo generar con convicción. Es como si el día cerrara mi inspiración, y es solo cuando el astro principal se oculta, que comienzo a generar una serie de conceptos que se afianzan con la llegada de la noche. Y entonces aparece la luna, tan cercana, tan sincera, tan mía, alumbrando de manera impertinente pero segura, esa faceta propia que descubrí hace ya muchos años en mi: -la insolencia-. 

Me transformo en otro ser durante la noche, especialmente cuando sale la luna. Y aúllo como hombre lobo sin pelos de más, ni pantalones rotos, y veo la vida con otros ojos, y me quiero sumergir completamente en la oscuridad que me regala la tierra y su rotación. 

Bueno, mi luna tiene también sus fases, y ahora tengo una luna creciente encantadora, y entre más la alimento, más ella crece, y logra convertirse en luna llena sin prejuicios. Ella se posa en la esquina posterior izquierda del ventanal de mi balcón, y no se mueve ni un instante. Allí permanece taciturna, esperando que la confunda con queso y me la coma a mordiscos. Y yo complacido lo hago, y me alimento cada noche de ella, y gracias a su presencia logro avanzar con mis proyectos más difíciles.

La siento cerca, aunque muchas veces ni siquiera la vea. Sé que la distancia que me separa de ella es abismal, casi imposible de colonizar una vez más. Yo tengo claro que mi misión no es llegar a ella, que me basta solo con saber que está presente cada noche, afianzando mis dudas y verificando que siempre termino sabiendo menos de lo que quisiera. 

Soy un hombre apasionado con la luna y poco me importa que sea el sol el que la alumbre, y que los aretes que le faltan estén guardados en el fondo del mar. Igual ella y yo nos entendemos bien a nuestra manera, y nos damos mutuamente lo que necesitamos. Ella me inspira, y yo la plasmo a diario en memorias sin caducidad, y planeo apropiarme de ella, robarme su imagen, y que todos sepan que es mía, al alcance de todos pero absolutamente mía, porque las cosas son del que las haga mejor.






lunes, 30 de septiembre de 2019

El misterio de mis huevos

Inesita llegó muy temprano a mi casa, como todos los lunes. Desde hace cuatro años se encarga de limpiar con extrema diligencia los rincones que ni siquiera sé que existen, pero que ella ha encontrado con facilidad. Con su voz ronca, por los miles de cigarrillos que dice fumó en su juventud, me saluda con alegría sincera, y me dice sin vergüenza que le prepare el desayuno que tanto le gusta.
Aceptando sus deseos semanales, entro a la cocina, prendo la cafetera, y me pongo el sombrero de chef mientras ella me cuenta cómo estuvo su fin de semana, las películas que vio con su hijo Jairito, y otras historias que no logro escuchar debido al ruido de la aspiradora. Yo le sonrío y la miro moviendo sus labios, y sin decirle nada me concentro en que no se queme lo que le preparo, pues no quiero que se enoje.

Unos minutos después nos sentamos en la mesa, y mientras ella saborea mis huevos con tocineta y sorbe el café con leche, yo sorbo mi jugo de naranja haciendo eco de su interpretación sonora.
Inesita es originaria de Maracaibo, y vive en Miami desde hace 5 años. No ha regresado a Venezuela a pesar de que la mayoría de su familia vive allá. Logró venir con su hijo de 12 años, y espera quedarse en este país y poder traer a sus otros dos hijos.
Se ha dedicado a limpiar algunas casas, a estudiar inglés, a pasear perros, a vender arepas que fabrica en su casa, y ahora quiere aprender a conducir para trabajar en Uber, pues para ella siempre ha sido una meta estar detrás del volante. 

Inesita es una mujer buena, sufrida, con artritis en su espalda y en sus manos, con sueños que inundan su cuerpo de 1.60 metros y 45 kilos, con una sonrisa tan grande como sus ganas de salir adelante, y a pesar de que su fortaleza física es limitada, su espíritu libre y aventurero no conoce de miedos. 
Aun con la boca llena, me dice que la semana pasada el desayuno estuvo mejor, pero que ella entiende que no todo el tiempo se logra tener la misma sazón. También me dice que está preocupada por mí, que me ve más flaco, que sabe que no duermo lo suficiente, que no le gusta que coma a deshoras, y que ve más canoso que antes.

Sé que tiene razón en todo lo que dice, así que no le argumento ninguna de sus preocupaciones. Luego la abrazo y le doy gracias por todo lo que hace por mi, y aprovecho para enseñarle la portada de mi nuevo libro, esperando su reacción sin filtros.

-Me gusta mucho. Ese paisaje se parece a ti, me dice con una seriedad que poco se deja ver en su rostro terso, y por primera vez la veo con cara filosófica.

- ¿A mí?, le pregunto sin entender.

-Sí, mucho. Nublado pero colorido, con misterio para los que no saben de qué va la historia.

- ¿Crees que soy misterioso?, le vuelvo a preguntar

Ella se ríe, y me dice que tienen más misterios los huevos que le preparo. Ahora reímos juntos. 

Inesita me dice siempre las cosas como me gusta escucharlas: directamente, sin tapujos. A veces cuando le presento a otra gente, les dice que es mi tía venezolana, la que más me quiere. Y aunque no es mi tía, si me quiere más que cualquier otra tía que tenga, es más, tengo más cercanía con ella que con muchas personas vinculadas a la familia por apellidos.

-¿Quieres que te planche las camisas?, pregunta mientras se ahoga en tos; yo le digo que no, que se vaya temprano, pues hay pronosticada lluvia para horas de la tarde.

Pero ella me pregunta solo por cortesía, y sin seguir mis palabras (como pasa todo el tiempo con todos), saca de un cajón todas mis camisas arrugadas y las lleva al cuarto donde está la lavadora. Le insisto que no planche nada, que las llevaré luego a la lavandería donde se encargarán de entregármelas listas para vestir, pero su rol de tía va mucho más allá de la naturaleza de sus palabras, y haciendo caso omiso a mi chachara, me dice que me vaya, que se me hará tarde, que no me preocupe tanto por ella, y que me dejará preparada una rica comida típica de su ciudad.

Con un beso nos despedimos. Luego salgo de casa, y al bajar del ascensor me encuentro a Arsenio, el portero venezolano del edificio, que me saluda con una sonrisa de oreja a oreja.

-Pero que feliz estás hoy hombre, le digo.

-Es que es lunes, y su tía Inés siempre me prepara un almuerzo que me vuelve loco. Por cierto, don Héctor Manuel, usted es un tipo súper misterioso, jamás imaginé que tuviera una tía venezolana.

-Súper misterioso Arsenio, como mis huevos.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Obra de teatro

Las calles no descansan en esta ciudad. Han pasado casi 21 horas desde que el sol asomó por última vez, y aún el movimiento sigue tan latente como en las primeras horas del día.
Recién entro a casa después de estar celebrando el cumpleaños de una de mis mujeres especiales en un bar de moda, donde retumbaban sonidos que poco me mueven, pero que a otros los hace bailar sin reposo. Y en medio de tantos y de tan pocos, me entraron los años, la consciencia filosófica que me raya el coco, esa que me sonsaca sin avisos de la cotidianidad que no me gusta, y entrando en una dimensión conocida pero lejana, recapitulé mi camino, mis cuatro décadas consumiendo dióxido de carbono y vapor de agua, y una vez más me sentí tan desterrado, tan solitario, tan lleno de preguntas, tan dubitativo.

Alguien especial en mi vida, me dijo hace poco: 
"Yo no soy 100% nada, y eso me gusta". Yo estuve pensando en su afirmación poco contundente, y me di cuenta que yo tampoco soy 100% nada, y que no lo quiero ser. No soy 100% bueno, pero tampoco soy un ser malvado al cien por ciento, como no soy un ser triste al 100%, aunque estoy cerca, pero también tengo momentos de felicidad pura, que aunque no duren mucho son fuertes y vibran con duración caduca. No tengo certeza de nada al 100%, ni de lo que quiero, lo que creo, lo que me gusta, lo que no, lo que siento, y es debido a que me permito ser un individuo cambiante, abierto, un ser que duda por completo, sobretodo de mi mismo, pues descubrí que mi imperfección me sorprende cada día.
"Todos tenemos un esqueleto en el armario", me dijo alguien más, también especial, y yo solo pude constatar en mis adentros esta frase real, pues mis esqueletos en el armario son muchos... y se van acumulando con el paso de la vida.

La verdad es que a veces pienso que no sirvo para vivir por estos lares, para lidiar con mundo que no me gusta, para asumir responsabilidades impuestas para subsistir. No entiendo la vida, y por eso realizo conjeturas como teorías banales que justifiquen mis dudas, pero estas no sacian mi curiosidad. Intento entonces desprenderme de hábitos sociales, de imposiciones centenarias generadas por conveniencias de quienes tomaron las riendas económicas del globo, y nado en contra de las riendas y los prototipos, y me sumerjo en ficciones tan profundas, tan mías, que logro idealizar mi concepto de simpleza, y soy el todo y la nada, y encarno la dualidad en su máximo concepto, y soy dios y diablo, sabiduría e ignorancia, vos y ellos, y yo. Porque me doy cuenta que todos somos casi iguales, pero nos separa el concepto social, ese que nos diferencia y nos hace creer que somos distintos. No, somos casi iguales, pero en nuestro afán por diferenciarnos marcadamente de lo que no nos gusta, obviamos lo lógico, la esencia del entorno, la raíz que nos une, ese común denominador llamado humanos.

Sin entender el rumbo sigo caminándolo, quizás porque entiendo que la incertidumbre genera tomar riesgos, y estos a su vez se traducen en enseñanzas que me permitirán crecer de alguna forma.
Sigo aquí porque a pesar de mis incredulidades, tengo fe en mí, tengo confianza en otros, en ella, en él, en vos, incluso en ellos, esos desconocidos que me sorprenderán con actos buenos que nos permitan ser mejores. 

Hoy pienso que la vida es una obra teatral, y nosotros actores subidos en tarima intentando interpretarla como mejor podamos. Entonces un día cualquiera el libreto llega al fin, y nos toca bajarnos del tablado para que otros que ya han estudiado el suyo, suban y continúen generando la misma obra, la que otros disfrutarán y aplaudirán por algún tiempo, hasta que sea su turno de rotar con nuevos artistas.

Sin importar entonces el papel que te toque interpretar, lo importante es que comas pop-corn y chocolates, al final de todo no se trata de la obra en sí, sino de la manera en que disfrutaste su entorno.











lunes, 20 de mayo de 2019

¡Me ilusionó y se fue!

-Hello?, contesto mi celular, aunque no reconozco quién me llama.
Es un número de Nueva York, y pienso que quizá es un amigo (a) que olvidé grabar en mi teléfono, o de pronto es mi hermano, que aunque llama poco, muy poco, haya cambiado su número y me esté notificando su nuevo contacto.

Es increíble todo lo que uno puede pensar en milésimas de segundo, tal como si las cientos de miles de conexiones que salen de tu cerebro se activaran en el mismo instante en que un acontecimiento ajeno sucede en tu vida, es este caso una llamada telefónica. 

-Hello!, me dicen del otro lado de la línea. Es una voz que no percibo familiar, suena como si tuviese la nariz tapada, lo que me hace suponer que tal vez las calles de Manhattan estén frías, ventosas, y mi interlocutora monosilábica esté comenzando una enfermedad viral, de esas que nos atacan a todos por el mal tiempo, o por descuido, pues a veces uno no se abriga lo suficiente y se expone a las atrocidades del tiempo. Aunque cabe otra posibilidad, y es que sea una mujer ñata que hable así por problemas de nacimiento.

-Yes, can I help you?, indico con algo de curiosidad, mientras pienso que puede ser la editorial de la que estoy esperando respuesta hace ya varias semanas y la que me tiene en ascuas. Sé que tienen una oficina en la gran manzana, y que es posible que me estén llamando para darme las fechas de publicación de mi nueva novela.

-Yes, good morning, argumenta la mocosa dama (en el mejor de los casos), porque también puede ser que su nariz defectuosa por causas de nacimiento obstaculice el aire que pasa por sus fosas nasales y llega a su garganta, lo que ocasiona una afonía persistente muy normal entre quienes tienen problemas de tabique, como yo. 

En ese momento no puedo evitar imaginar la escena que circunda a 1200 millas de distancia. La veo caminando por la Quinta avenida, envuelta en un abrigo negro que tiene sobre un vestido de flores pálidas. Sus botas le llegan a la rodilla dandole un toque de sobriedad, y hacen juego con la pañoleta color café que lleva amarrada de su cuello largo. Sostiene el celular en su mano izquierda, mientras esquiva con destreza a los transeúntes que pasan a su lado con la velocidad típica de una ciudad donde el mundo gira en círculos viciosos. En su mano derecha lleva mi manuscrito en una carpeta cerrada que agarra con vigor, evitando que el viento le arrebate las hojas y vuelen como cometas sobre las calles de todos y de nadie. 

-Morning. Who's this?, respondo, sabiendo que ahora tendré que viajar de improvisto a Nueva York para reunirme con los editores y planear la portada con el departamento de gráficas, tal como sucedió antes con mi primera novela.

Observo rápidamente el calendario pegado sobre la puerta de mi nevera, y me doy cuenta que tengo algunos días disponibles la semana entrante, así que perfectamente podré viajar en esas fechas, aunque le aclararé que debe ser un viaje relámpago, pues dos días después tengo un compromiso ineludible con una universidad local.

-My name is Margaret, señala ella, y siento como toma un respiro profundo. Claro, pienso yo, es que caminar rápido en esa ciudad y hablar por teléfono implica que por lo menos tengas un estado físico decente, porque de lo contrario o pierdes el paso y de seguro no alcanzarás el tren que te lleve a la oficina, o te cansarás hablando mientras haces otras 15 actividades al mismo tiempo. Imagino entonces a Margaret entrando a la estación de trenes en Grand Central, bajando corriendo las escaleras eléctricas, mirando el tablero enorme que indica a qué hora sale su tren con camino a su destino, y dirigiéndose con urgencia al pasillo indicado donde tendrá que batallar con otras 100 personas para alcanzar un puesto cómodo, pues de lo contrario tendrá que ir de pie, agarrada a un tubo frío y lleno de gérmenes que empeorarán su gripe.

-Pobrecita-, pienso en silencio, pues no es fácil estar enfermo con mocos en medio de tanta gente en un tren que prende y apaga sus luces mientras se menea de un lado al otro. 
Camino entonces a mi cocina y busco el tarro de vitaminas C, sabiendo que antes de mi viaje a Nueva York tengo que estar con mis defensas altas, pues de lo contrario Margaret me pegará esa peste que lleva en sus entrañas, y con la que de seguro ya ha contagiado a todos en la editorial.

-Can I speak with Lisa?-, continúa ella. 

-Lisa? respondo extrañado. -My name is Hector, recalco, esperando que ella caiga en cuenta que confundió los libros. Entonces pienso que Lisa debe de ser otra escritora, y que la mujer que me habla, Margaret, corregirá el malentendido y me dará la fecha que espero para mi viaje.

-Oh sorry. Wrong number, argumenta con voz de disculpa intrínseca, y sin mencionar una palabra de más cuelga la llamada, dejándome sumido en la incertidumbre editorial.

No entiendo en qué momento asumí que se trataba de la llamada que espero con ansias, y culpable por mi mente ficticia decido salir a tomar un respiro intenso en el balcón de mi apartamento, pero un viento frío me abraza con sutileza, y solo dos minutos después estoy estornudando con la fiereza de la ñata equivocada, la misma que a través de su llamada de mentiras me contagió de mocos y esperanzas falsas.