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martes, 9 de mayo de 2017

SIMPLES PASOS PARA ARRUINAR TU MAC


-Verifica que tu computadora portátil, casi nueva y costosa, esté prendida sobre tu escritorio.  

-Camina con prisa hacia la nevera y extrae de ella una cerveza en botella.

-Ábrela con tu mano desnuda, girando la tapa y cerciorando que una pequeña cortada se haya posado sobre la base de tu dedo anular izquierdo.

-Menciona un par de improperios al viento, de esa forma el dolor será momentáneo.

-Regresa hacia el escritorio mientras bebes un poco del líquido frío.

-Siéntate y pon la botella cerca de la laptop.

-Abre un paquete papas fritas, preferiblemente de manera apresurada, dando la sensación de que no has comido en al menos 36 horas.

-Métete una papa a la boca, verificando que no la puedas masticar bien, e intentando tragarla cuasi entera.

-Deja que la papa crocante se atore en tu tráquea (si tu rostro comienza a cambiar de color lo estás haciendo a la perfección).

-Toma la cerveza y échate a la boca un trago que ayude a bajar el sólido salado que tienes en la garganta. Intenta sumirte en el desespero (si piensas que morirás ahogado, el resultado será mucho mejor).

-Levántate de la silla mientras te llevas una mano al cuello como si pudieras tocar la papa por la parte exterior de la garganta.

-Siente como la papa baja por tu esófago, lijando con tenacidad las paredes del tubo muscular y dejando una secuela de tos ronca y una pujadera digna de tus abuelos.

-Regresa a tu asiento mientras emites un suspiro de salvación.

-Desafía la suerte y métete otra papa a la boca, sin importar que aún no estés respirando bien.

-Toma la cerveza y tómate un nuevo trago.

-Verifica que la papa que tienes en la boca se atasque cerca de la faringe y te genere falta de oxígeno.

-Vuelve a toser, esta vez con mayor desesperación que la anterior.

-Agarra la cerveza por cuarta vez y bebe lo que puedas.

-Concéntrate en respirar, olvidando por completo el sitio del escritorio donde posarás la botella.

-Mira con terror como la botella se cae sobre el teclado de tu computadora, al momento en que la cerveza se riega a borbotones sobre ella.

-Sin que hagas nada, la computadora se apagará de inmediato. Observa lentamente la manera en que la has arruinado.

-Corre con prisa y busca servilletas, papel de cocina o cualquier otro implemento que sirva para secarla (aunque ya es demasiado tarde).

-Vuelve a dejar que los improperios salgan de tus cuerdas vocales.

Nota: No importa la cantidad o el calibre de las groserías que digas, nada hará que la máquina regresa a la vida.

-Ve a un técnico y alístate a pagar por tus errores.

-No vuelvas a comer papas fritas ni a tomar cerveza junto a tu costosa laptop.

sábado, 22 de abril de 2017

Un 'threesome' a futuro

Los 40 años comienzan a reflejarse en el espejo de mi baño. Poco me observo con detenimiento, pero sin saber el por qué, hace algunas horas mientras me cepillaba los dientes, y al ver por vez primera mis ojeras profundas, analicé mi rostro y encontré marcas que eran desconocidas. Ignoro si son nuevas, quizás llevan ahí un par de meses o años, o de pronto es que ahora que tengo lentes nuevos puedo observar la verdadera forma en la que luzco.

La verdad es que poco me preocupan las arrugas, las canas que ya se asoman en mis sienes, o los huecos que se observan en mi cabeza, porque después de los 40, he decidido dejarme caer el pelo.

Siento que estoy en una buena edad, me siento conforme conmigo mismo, tengo una buena carrera profesional que sigo cultivando con esfuerzo, solo tengo un par de kilos de más, y aún, y lo digo con orgullo, no necesito tomar ayudas suplementarias para que el vigor emanado de la luna llena inunde mis ansias diarias.

Sin embargo noto cambios en mi cotidianidad que provienen de las décadas recorridas. Por ejemplo, es sábado y el reloj marca las 11 de la noche. He tenido dos invitaciones para salir; una para tomar unos tragos en un bar cercano, y otra para jugar cartas en la casa de buenos amigos, pero poco me provoca abandonar mi bunker. El bullicio y la algarabía de los sitios públicos me harta, también me causa escozor estar en medio de mucha gente, ver borrachos en la calle, grupos de amigos que actúan de la misma forma y adquieren la personalidad colectiva para querer encajar, parejas que se besuquean canivalescamente, autos que pasan con los decibeles de sus estéreos a la máxima potencia, queriendo lucir atractivos cuando la verdad es que todos sabemos que sus conductores tienen la autoestima baja y el coeficiente intelectual disminuido, chicas en tacones y minifaldas, pintadas para el circo y queriendo levantar al príncipe de la noche, el mismo que en la mañana, cuando el sol pose sus rayos sobre sus lagañas olorosas, volverá a ser el sapo de todos los días; y sobre todo, me da una mamera gigantesca (léase ‘falta de entusiasmo’), conducir en la noche y buscar parqueadero, o en su defecto pedir un Uber de ida y vuelta y esperar en la calle a que no me encuentre, y después de dar 3 vueltas a la manzana termine cancelando mi servicio).

Sin quejarme más, siento que estoy un poco agotado por mi rutina, y que cuando llega el anhelado y corto fin de semana, mi cuerpo y mi mente están tan cansados que solo quiero quedarme en casa, en mi mundo, en la tranquilidad de mi quinto piso y sin presiones de ningún tipo, saltando del sofá a la cama, de la cocina a la biblioteca, de la guitarra al piano, de una cerveza a al baño, de mis libros a mis amores. Así estoy más satisfecho, relajado y recargando baterías que se consumen con mayor rapidez que antes. 

En horas de la mañana hablé con un amigo desde Colombia con el que no conversaba desde hacía al menos 10 años. Tocamos el tema de los 40 años, pues dentro de poco, y si la suerte lo cobija, él también llegará a lo que yo llamo la mitad de la vida (claro está, en el mejor de los casos). Hablamos del presente, del trabajo, de fútbol, de la familia, y entre una cosa y la otra, vino una pregunta que me hizo pensar sobre mi realidad:

—Héctor, indicó con voz misteriosa. ¿Por lo menos ya tuviste un trio sexual?—, y sin dejarme contestar añadió: —Recuerda que entre más años las posibilidades son menores.

Hice entonces un silencio lleno de franca tristeza. Me demoré en contestarle, no porque quisiera engañarlo, si no porque me puse a pensar en sus palabras  vacías, en esas que indagan en la vida propia sin autorización ni licencia alguna. Le dije que nunca había hecho un ‘threesome’, pero que pensaba que la edad no tenía nada que ver para hacerlo, (me di ánimos), y le cambié de tema, no sin antes escuchar que para él eran experiencias fabulosas y no sé cuánta babosada más dijo, pues sin querer no le puse más atención. Luego colgamos con amabilidad y con la certeza que pasarán al menos otros diez años antes de volver a tener una charla tan vacua como esa.

Luego pensé en lo mucho que implicaría ser parte de una experiencia sexual en trío. —Debe ser desgastante, y no sé si esté al nivel para salir avante en una batalla de tal hegemonía—, me dije a mí mismo. Además, sería vergonzoso fracasar en los quehaceres horizontales de un grupo que cuenta con vos para lograr un buen objetivo; y aunque siempre me he sentido atraído por la presencia de los triángulos, ahora no podría ser hipotenusa, y posiblemente ni llegaría al cateto.

No descarto que en algún momento resuelva con seguridad al menos un teorema de pitágoras, pero por ahora me enfoco en que la vida fluya, sin presiones ni ataduras, sin búsquedas ni mapas, solo la dejo ser, sin agendas, sin pretensiones o miedos, tal cual debe ser. 

Ya no pienso más en cuál es el sentido de la existencia, o por qué estoy aquí, o cómo hago para cambiar el mundo, o todas esas dudas apoteósicas que me carcomen los sesos y que tienen respuestas subjetivas de acuerdo a mi estado de ánimo y a los acontecimientos diarios. Ya no vivo para resolver misterios inconclusos, o intentando agradar o pertenecer a sitios y organizaciones ideológicas que me valen un pepino. Creo que los años me han regalado un poco de irreverencia, de descaro, y acepto tales obsequios con los brazo abiertos.
—Es que estás atravesando la crisis de la mediana edad, me ha dicho cualquiera por ahí, argumentando que pronto me verá en un auto descapotado, o en una moto.

—La gente si habla pendejadas—, pienso de nuevo, mientras imagino el auto negro con asientos de cuero donde exploraré los avances de la trigonometría.


viernes, 24 de marzo de 2017

Lluevo sangre y Margarita lo sabe...

La depresión se confunde con un fuerte dolor de cabeza que no me deja en paz. He tomado pastillas de muchos miligramos para disminuir los punzones que me quiebran el cráneo, también tomo café, y en mi desespero nocturno hasta me he puesto rebanadas de papas crudas y otros remedios caseros que no funcionan. Repentinamente, mi nariz torcida emana sangre y me mancha el pecho y las piernas, sin contar con el rastro rojizo que queda en las baldosas blancas hasta llegar al baño. Un mar rojo diminuto inunda mi lavamanos. Allí navega por un breve instante mi temor momentáneo de tener un tumor o un daño cerebral de otra naturaleza.

Y es que admito que siempre pienso con exageración. Creo que va ligado a mi esencia. Batallo por más de tres mil seiscientos segundos para calmar la hemorragia, y en medio de la madrugada me meto a la ducha para limpiarme los glóbulos rojos que manchan mi piel. 

Descubro luego que mi sábana también ha sido decorada por la hemoglobina, y sin ganas de cambiarla decido irme al sofá y pernoctar allí hasta que mi cuerpo argumente lo contrario. Despierto con la luz del día que se cuela por las rendijas de mis persianas, y me doy cuenta que el dolor ha desparecido. Por primera vez en más de dos semanas he abierto los ojos sin malestar en mi enorme cabeza. Me siento bien, tranquilo, despejado, pensando con claridad, con total claridad.

Agradezco que es viernes, día en el que Margarita arregla mi apartamento. Saco la sábana de mi colchón y dejo las nuevas sobre la cama; luego limpio el piso para que ella no se incomode con las manchas oscuras, y tras tomarme un jugo, salgo a correr aprovechando que soy una persona ‘nueva’. Bajo las escaleras de mi edificio evitando usar el elevador, pero al llegar al primer piso me encuentro con un aguacero inesperado.

Con sombrillas algunos pasan por la calle dando salticos planeados para no meter los zapatos en los charcos que ya se forman. La lluvia no cesa, y la mañana se llena de truenos y viento.

—Mal día para salir a correr, afirma Fabio el portero, que lleva una capa de Batman y abre la puerta a los vecinos que salen a trabajar.

No le digo nada, y sin pensarlo dos veces salto a la calle y no me dejo detener por el clima. Y es que me siento tan bien, tan seguro de lo que quiero, que es imposible que la lluvia calme mi ímpetu. Corro alrededor de mi edificio sin llevar nada más que lo que tengo puesto. No tengo música en mis oídos, no cargo botella de agua, reloj, o celular en el bolsillo, ni siquiera las llaves de mi casa, las que dejé bajo una matera enorme al lado del ascensor. Voy solo con mis tenis, con mis ojos que observan la prisa que pasa a mi lado, con mis pulmones frescos que respiran pasto y tierra, deleitándome con las gotas frías que me arropan. Me vuelvo mierda, y me encanta.

Corro sin destino mientras mi camiseta se pega a mi cuerpo. Han pasado un par de carros y me han llenado de lodo, pero no me molesto. Una verdadera sensación de libertad me invade, desde los dedos de los pies que nadan dentro de mis zapatillas, hasta mi cabeza sin dolor.

—¡Dios!, grita Margarita al verme regresar empapado.

—No te preocupes, le respondo con una sonrisa, y le digo que evitaré ensuciar lo que ya ha limpiado, pero ella asustada replica:

—¿Se cayó? Está lleno de sangre.

Por ahora, desconozco lo que pasa, pero sea lo que sea se resolverá con tranquilidad y aplomo. Y es que la vida es corta, es breve, es tan solo un destello que pasa por nuestras narices con una rapidez que no alcanzamos a comprender. Preocupaciones, quejas, ambiciones, prisa propia, negativismo, y otros sentimientos por el estilo, nos carcomen las entrañas día a día, y se convierten en prioridades en el camino que cada uno de nosotros tiene en frente. Y entre el corre corre de la rutina y la insatisfacción marcada que nos abriga, se desvanece la vida propia. Por eso la sangre inesperada y el terremoto en mi cabeza, no serán suficientes para estropear las ganas de seguir desafiando las sorpresas que se crucen por mi vía.


He llegado a un momento en el que la individualidad es mi mejor aliada, en el que la soledad es valorada, en el que no estar asociado con grupos o creencias me llena de beneplácito y me sacia la mente. Un momento en el que no tengo temor a decir lo que pienso, a hablar sin tapujos, a pedir lo que quiero, a buscar mi sentido de vida, a decir no con honestidad, a que me importe un reverendo comino el qué dirán, el qué pensarán. Conozco mis múltiples defectos y trabajo para erradicar algunos, encaro con sinceridad a mis demonios, a  mis pasiones bajas, y estoy satisfecho con ellos, pues de lo contrario no tendría sentido correr bajo la lluvia sin que nada me persiga. Ahí está la diferencia.

jueves, 3 de noviembre de 2016

27 días de vida tendría la musa


—Necesito comprar una tolenada de dedicación. —Fueron mis primeras palabras al despertar sobre mi funda mojada por las babas y el sudor, y no por nada más romántico o lujurioso. Tuve pesadillas toda la noche sobre la novela que estoy escribiendo hace unos meses y la que no logro desembocar hacia el final del túnel tétrico llamado primero de diciembre, fecha en la que ‘debo’ entregarla si quiero participar en el concurso al que me han invitado. Pero algo me detiene cada vez que me siento frente a ella. He pensado que tal vez no nací para escribir, especialmente cuando veo a conocidos que emanan libros de sus vísceras cada seis meses y que están sentados día y noche forzando la musa para que les ilumine las ideas. `


A mí, la jodida musa se me esconde con frecuencia. Quizá es que no tengo una, y me he hecho un pajazo mental por años, pensando que ella me abraza en noches de luna llena y me dicta sublimemente palabras que llegarán a algún lado…¡Mentira! Aquí en mi escritorio no hay musa, y la mayoría de las veces, mis palabras solo alcanzan para que yo mismo sienta un poco de paz. La verdad es que ese instante de tranquilidad que siento después de escribir, es suficiente, aunque muchas otras veces quedo peor que antes. Pero el punto es que debo finalizar el libro, y no sé cómo lograrlo.

 

Opto entonces por intentar rentar o comprar una musa que me inspire al momento de plasmar mis palabras, pero no la encuentro en anuncios clasificados de ningún periódico o revista, tampoco en sitios online, ni en los avisos de los supermercados pegados en las paredes exteriores. La musa no existe en esta ciudad, en esta casa, en este escritorio; es una realidad innegable, y a la vez una verdad descubierta bajo la presión de una fecha para entregar el trabajo: la musa tengo que inventarla ahora mismo.

 

Podría empezar por ponerle rizos con olor a café, para que me mantenga despierto; también la adornaría con notas musicales, especialmente las que me hagan sentir insectos en la panza, y la vestiría con recuerdos de mis calles pequeñitas y lejanas, y con zapatos que brillen como lo hacen los ojos de Matilde cuando me miran.

 

Ya el resto de detalles se los dejo a ella, para que se invente como quiera, como le de la gana, con tal de que haga su trabajo bien, el de saciar mis 150 páginas en blanco en 27 días.

 

Advertencia: Si no lo logra, prometo deshacerme de ella para siempre.

miércoles, 26 de octubre de 2016

No me pidas el cuadro de la sala

La tristeza está enmarcada en la pared de la sala. Quisiera describir la magnitud del cuadro, pero no sé si la puedan apreciar de la misma manera en que yo lo hago. La luz está apagada y el reflejo del sol moribundo alcanza una esquina de mi ventana opaca. No vuelan los pájaros cerca, ni hacen ruido las moscas que merodean las frutas; no se mueven hoy las hojas de los arbustos que se detienen ante mi fachada, ni pitan los autos que circundan la avenida; no tiene color el firmamento, ni cuerdas la guitarra. No llegó la invitación a mi correo, no arribaron las señales de humo y su ausencia me quema el alma. La vida tiene cara de villana, la muerte tiene rostro de vergüenza; ambas se ríen de nosotros y planean, seguir el juego que yo aún no entiendo.
Es como cuando te cansas de la ausencia y el vacío, como cuando renuncias a permanecer en la lista. Ayer miraba el mundo que no es mío, ese que no conozco, o sea, los otros, ustedes, esos que nunca he visto, esos que están tan lejos, esos que en mi vida no existen, como yo no existo en la vida de un continente lejano, o en la charla de la vecina del frente a la que nunca me le he cruzado en el camino.
¿Te has dado cuenta que el entorno que te rodea es el mundo? ¿Pequeño…no? O ¿qué sabemos de la mujer que camina sin zapatos por una calle sin luz en el sur de Nueva Delhi? ¿O del niño rico que juega golf en el club campestre de Roma mientras sus padres discuten sobre la fiesta del sábado? ¿O de la pareja que vive a solo dos minutos de distancia y hace el amor con las cortinas abiertas esperando que alguien confirme que están enamorados? Ellos tampoco saben nada de nosotros, ni siquiera que existimos, o sea que no estamos en sus mundos, simplemente… no estamos.
¿Cambiar el mundo? Claro que es posible. Ahora lo entiendo bien. Cambiar el mundo es más fácil de lo pensado, pues es solo hacer algo para mejorar el entorno en que nos movemos, nuestro mundo.
Conozco a un anciano que cambia el mundo los jueves, cuando sale de su casa a las 6:30 de la mañana para asistir como voluntario a una esquina cualquiera donde controla el tráfico vehicular mientras los niños que van a la escuela cruzan la calle. 
También he visto cambiando un mundo al mismo indigente que en las noches alimenta a un grupo de palomas —que pertenecen a su mundo—.
Pero por más que cambia el mundo, la tristeza permanece, inmutable, como paralizada en el tiempo. La lancé al río varias veces esperando que llegara al mar, pero siempre regresaba, como si me extrañara con vehemencia.
Me subí a la terraza y en un intento de asesinato premeditado la arrojé sin decirle nada —cuando menos lo esperaba— pero ni siquiera gritó. Abrió sus brazos y se dejó estrellar en el pavimento, rompiéndose en pequeños trocitos de melancolía que rodaron por todas partes. Respiré aliviado, libre, y me dispuse a esperar la felicidad que apenas subía las escalas; pero como me lo habían advertido, la muy sonriente se fue con el primero que le hizo ojitos y se olvidó que la esperaba ansioso tras cometer mi crimen. 
Al salir de casa, cada uno de los pedazos de la tristeza me miraban fijamente, porque ahora no era una sola tristeza sino muchas de ellas, cientos, que posaban sus nostálgicos ojos sobre cada uno de mis pedazos. Así pasaron varios días; hasta que cansado de verla esparcida en la acera, decidí recogerlos y traerlos de nuevo conmigo, pues en esta ciudad tarde o temprano se roban hasta la tristeza de uno. Eso le pasó a un conocido de mi viejo, un hombre que ahora ni le va ni le viene que su hija tenga problemas. Creo que le robaron la culpa y la tristeza al salir de la iglesia, o dentro de la iglesia, porque los ladrones están por doquier, adentro y afuera.


Por eso la enmarqué, porque ya la siento mía. Y no luce nada mal, lo admito; es más, en las madrugadas ilumina con decoro mi casa. Me la han pedido prestada varias veces en noches de lluvia, y me la han intentado permutar en dos ocasiones por canciones y poemas inconclusos —con el fin de terminarlos—; pero ya tengo demasiada experiencia en malos negocios, como el que hice con el perro que me robó la fidelidad, y es mejor tristeza conocida que risas sin conocer. 

martes, 18 de octubre de 2016

Entre jeroglíficos y recuerdos.


Sus pasos retumban en mi estómago como si las mariposas se quisieran escapar. Su aroma a ganas inmorales penetra mis sentidos y logra levitar de a poquito mi cuerpo de casi cuatro décadas –incluyendo sus huesos rotos-. Me mira con ojos prohibidos y omitiendo la vida que circunda tristezas y complicaciones, me obsequia una sonrisa semi-torcida que termina muy cerca de mis labios, a pesar de estar tan distante.

Su mente es libre como un cuaderno vacío. No tiene puertas en la cabeza, y además tiene la llave para las pocas que rondan en la mía. Su nombre se pierde en la soledad de la humedad que brota de una canción antigua de rock n’ roll, y sus recuerdos me queman la existencia y me mandan al infierno más profundo, en el que impera el frío y el silencio absoluto.

Sin palabras necesarias nos comunicamos a veces. Ambos sabemos que el mundo tiene aristas y laberintos, y conocemos bien las dimensiones ocultas que se esconden entre el aroma de un café y unas tostadas en cualquier cafetería llena de meseras con dolores de cuello y clientes molestos porque la vida pasa de prisa.

Ahora, ella se baña con poemas de tintas escritas en idiomas y jeroglíficos, mientras yo sigo mamando la luz de la luna en un vaso con hielo, al momento que el reloj de bolsillo me anuncia que son las 3 de la madrugada.

Brindo por los recuerdos que se estampan en el álbum de la memoria. Esos que me hacen saber que estamos vivos.

martes, 27 de septiembre de 2016

La mujer que ha cambiado mi vida


Solo tiene dos meses de nacida y ya comienza a cambiar mi rutina. Jamás pensé que una persona tan pequeñita, tan frágil y tan apartada de la realidad del mundo en que me muevo, fuera a generar drásticas transformaciones en mi ser. Aún recuerdo la primera vez que la vi. Era una tarde de verano, donde puedo jurar que fue ella la que me escaneó con sus ojazos marrones, y luego me lanzó una mueca de aprobación. Quise cargarla, pero me dio miedo hacerle daño.

Con el paso de los días fue creciendo un fuerte lazo invisible entre ambos. Se parece a su madre –afortunadamente-. La observo mientras duerme, y me remonto a una época remota de mi infancia, donde cuidaba a mi hermanita menor, mientras ella abrazaba ángeles y morfeos.

Ya le he leído sus primeros cuentos, y sé que ella se da cuenta de que son historias mágicas, tan mágicas y fabulosas como los colores que ve y que son imperceptibles para nosotros.

Solo tiene dos meses, y ya mi vida es diferente. La amo con ternura. Cuando estoy con ella me siento una mejor persona. Como payaso de circo, le hago caras con la intención de hacerla reír. Creo que mi trabajo como bufón va dando resultado, pues ya ella se carcajea con mis idioteces.

Pero no todo es una fantasía. La pequeña llora sin parar durante las noches. No exagero al escribir que durante los dos meses de su llegada me desvelo en el infierno de su llanto y sus quejidos, que retumban en mis oídos.

Si nos vieran a las 6 de la mañana, podrían describir a una hermosa bebé que duerme plácidamente en su cunita rosada, y al vecino del apartamento contiguo que camina por los pasillos del edifico como zombi de video musical.

Con tan solo dos meses, ya es la causante de mi letargo constante.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Un buen malentendido

Conduzco mi auto hasta el edificio donde mi esposa tiene su oficina. Ha pasado ya el mediodía e iremos a almorzar.


-Bajo en 5 minutos-, me dice, entonces parqueo como puedo con las luces intermitentes en una zona con exceso de tráfico. De un momento a otro observo que salen del mismo edificio dos hermosas damas que estoy seguro son modelos de alguna firma de ropa interior–son preciosas-. Con mi mirada sigo sus pasos elegantes, sin imaginarme que las diosas caminan en dirección a donde estoy, y se montan en la parte trasera de mi carro.


-Hola-, me dicen con una sonrisa que me derrite.


-Hola-, les contesto nervioso. -¿Les puedo ayudar?-, pregunto, esperando que realmente pueda ayudarlas en cualquier cosa.
-¿Tienes la dirección a la que vamos?-, me dice la rubia de ojos verdes de una manera coqueta y tentadora.


-No tengo idea de qué hablas, y lamento no poderlas llevar a ninguna parte-


-¿Esto es un Uber?-, inquiere la morena voluptuosa, mientras ambas se muestran sorprendidas, aunque no tanto como yo.
-Nope. No es un Uber-.


-Ay corazón, discúlpanos, qué vergüenza-, y sus risas suaves chocan contra las ventanas y se devuelven como ondas rozándome los sentidos.


Luego cruzamos un par de palabras amables, y se despiden risueñas.


En ese momento, observo a mi esposa que sale del edificio y que ha observado a las dos damiselas bajándose de mi carruaje y diciendo adiós con sus manos.
Un frío de muerte me recorre el pellejo. La cara de mi amada ha cambiado. Ahora luce serie y sé que miles de pensamientos rondan su mente al mismo instante.


-¿Y esas quiénes son y de dónde las traías?-
Intento exponerle el malentendido, pero el nerviosismo se apodera de mí como si realmente aquellas dos monumentales chicas fueran mis amantes. Sin entender la razón, una risa malhechora se apodera del momento, y ella me mira mientras sé que duda de mis argumentos.


La verdad es que mi único pecado es no manejar un uber.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Casi 100 años de soledad.


Mi abuela ‘Alla’ como le decimos desde siempre, cumple 94 años. Su cuerpo aún fuerte no lo sabe bien, tampoco su mente olvidadiza que pregunta con frecuencia cuánta edad tiene, y quizás menos, muchos de sus nietos y amigos, que no tienen idea del año exacto de su nacimiento.
Alla es una mujer especial. A pesar de completar casi un siglo de vida, sus ideas son modernas y sus puntos de vista se acoplan a la tolerancia y al respeto por la diferencia. Con voz gruesa y afinada, todavía canta aquellos tangos gardelianos de una manera sublime, y en cada frase musical que brota de su alma, puedo apreciar cientos de recuerdos que llegan a su mente durante su interpretación.
Recita poemas de muchas estrofas con la capacidad de una oradora internacional y sin vacilar por un instante sobre el verso siguiente, como si aquellos escritos se hubiesen impregnado en su lengua de manera indefinida. También narra con impresionante precisión la campaña libertadora de la Nueva Granada, entregando señales y detalles concisos de la vida de Simón Bolivar, en donde con facilidad cualquiera pudiera pensar que fue su amiga o su amante.
Alla ahora ríe con frecuencia, aunque años atrás, el llanto y la tristeza eran protagonistas en su vida. Viuda desde muy joven, quedó encargada de sus cuatro hijos pequeños, a los que tuvo que sacar adelante con el sudor de su trabajo como maestra en veredas y pueblos alejados. Luego la pérdida intempestiva de su único hermano fue un golpe bajo, y el inicio de una cadena de trágicos sucesos que conllevaron la muerte de su hija, sus padres y su tía de crianza en menos de un año.
Entregada a la pena, jamás volvió a sonreír. A sus sesenta años un enfisema pulmonar, consecuencia de sus muchos cigarrillos diarios, la dejó al borde de acompañar a sus familiares ausentes, pero la parca que juega con todos, se negó a invitarla a su viaje desconocido y se enamoró de sus canciones y poemas, decidiendo entonces que la vieja enferma del alma, con los recuerdos tristes y el pecho marchito, se quedaría por mucho tiempo más.
Alla se acostumbró a olvidar sus dolores más intensos –los que llevaba en su corazón-, y abrazándose al Alzheimer que llegó como invitado de honor, comenzó a vivir una vida donde ya no la atormentan las memorias tristes. Creo que a propósito enterró en un cajón del inconsciente aquellos tragos amargos, y dejó aflorar los momentos de idilio y romanticismo que han marcado sus más de nueve décadas.
No es Juana de Arco, ni Manuelita Sáenz, o Clara Zetkin, pero su trayectoria andariega la ha convertido en una heroína para quienes la conocemos. Gracias a su trabajo e inteligencia, su familia logró educarse y entregar frutos a las nuevas generaciones. Su lucha constante la convirtió en una ícono de todos los que de una u otra forma tenemos que ver con ella, con mi abuela, la mujer de hierro, esa que a sus 94 años me dice que el secreto de la vida es hacer lo que me haga feliz sin hacerle daño a nadie, y luego –sin tapujos- me cuenta un chiste atrevido donde va implícito su inteligencia y locuacidad.
Hoy a la distancia abrazo a mi vieja, a la abuela que no sabe cocinar ni tejer, a la que no le teme a la muerte, pues ahora son amigas que se respetan y admiran.
La llamaré a felicitar y seguramente cantaremos juntos ‘Recuerdos de Ypacaraí’, nuestra preferida.
 
 


jueves, 1 de septiembre de 2016

Mis paupérrimas defensas.


Llego a mi trabajo colmado de una alta dosis de energía. Me siento bien, tranquilo, contento y hasta con más vigor de lo acostumbrado.

Al entrar al edificio, me recibe el portero y me saluda de mano. Lo noto cabizbajo, con los ojos rojos, sudando un poco, y antes de que le pregunte qué demonios le sucede, un estornudo se abre paso entre nosotros y le sacude las entrañas. Me alejo con rapidez esperando que el virus no haya impregnado mi ambiente, y a la distancia le deseo que se mejore, pero él solo contesta con otro estornudo.

Camino entonces hacia el baño, con la intención de lavarme las manos y evitar así cualquier clase de contagio. Respiro profundo y de nuevo la vitalidad que me acompaña resalta en mi cuerpo y en mi mente.

-Hoy será un gran día-, decreto con certeza, y me dirijo hacia mi oficina.

Saludo con una sonrisa a todos los que están en nuestra sala de redacción, luego arribo a mi cubículo, prendo mis pantallas, mi televisor, y me dispongo a contestar las decenas de correos que tengo pendientes; pero justo antes de comenzar, mi compañero de al lado emite un fuerte estornudo que logra desconcentrarme y pensar que el virus se acerca una vez más.

Tras su primer ‘achis’, llega el segundo, y con él un ataque de tos.

-¿Estás enfermo?-, idiotamente le pregunto.

Él me mira con ojos de chinito, como queriéndome decir que sí soy un idiota por la pregunta, y por simple cortesía me responde: -Sí, me siento un poco mal-, mientras inicia una sonata de mocos en re menor, que combina con su tos grave de tenor desafinado.

Me reincorporo entonces en mi silla, buscando a mí alrededor algo que me proteja de la gripe que me rodea, pero no encuentro nada –desearía tener una careta de hospital para protegerme, pero no es así-.

-Hola-, me saluda la periodista que está a mi otro lado. -¿Tienes alguna pastilla para el dolor de cabeza?-

Le digo que en el botiquín hay algunas, pero mi respuesta es opacada por los sonoros estornudos que ahora suenan en coro por la inmensa sala.

Alertado me doy cuenta que son varios los enfermos, entonces mi alarma personal se activa, y el pánico de contagio se apodera de mi cabeza. La verdad es que no soy un tipo que jamás haya sobresalido por tener las defensas altas, y no quiero pasar un fin de semana en cama con fiebre y la nariz roja. Busco entonces una salida de emergencia, pero no la encuentro. Decido dejar todo lo que estoy hacienda y salir del edificio a tomar aire puro.

La energía que me acompañaba ha comenzado a abandonarme. Ya no me siento bien, no estoy tranquilo ni contento, y el vigor que me rodeaba se va desbordando lentamente entre mis dedos.

Recuerdo entonces que hay un supermercado a pocos metros de distancia. Me apresuro a comprar vitaminas C, un par de jugos de naranja, algunos pañuelos desechables –por si las moscas-, un aerosol para limpiar el aire (Lysol), y una botella de desinfectante de manos.

Al regresar al edifico, eludo al portero pretendiendo que hablo por mi teléfono. Luego entro a la oficina y me incrusto en mi silla, no sin antes limpiarla con el desinfectante, al igual que mis manos, el teléfono, el mouse del computador, y esparcir al lado de mi espacio el aerosol.

Pero mis precauciones son inútiles. Solo 30 minutos después, mi nariz comienza a segregar agua.

-Mierda, me voy a enfermar-, me digo molesto, al momento en que la garganta me raspa y un latido en la cabeza surge como pájaro carpintero.

Vuelo hacia el botiquín y encuentro las pastillas mágicas de la gripe. Me tomo un par con el jugo de naranja, pero antes de terminarlo, el primer estornudo me abraza.

Odio a mi compañero de trabajo, al portero, al virus, a sus mocos y a los demás dolores que ahora quieren jugar conmigo y dañarme los planes del fin de semana.

Paso el resto de la tarde sumido entre los mocos, los ojos llorosos, el frío del ártico, y café caliente.

Al salir de la oficina oso preguntarle de nuevo al culpable de mi estado de salud:

-¿Cómo te sientes ahora?-, pero el sonido de mi voz raya en la ronquera, como si fuera un cantante de rock and roll o un fumador empedernido.

-Mucho mejor. Gracias por preguntar-, indica él. Luego me dice: -No deberías venir así a la oficina, pudieras contagiar a alguien más-