Translate

jueves, 18 de julio de 2013

Los sabios tamales

Llegué junto a Matilde (mi madre), al consultorio del podiatra. Creo que en los últimos tres meses hemos visitado a casi diez especialistas del pie en Miami. Un fuerte dolor en su tobillo izquierdo la agobia, y hasta el momento ningún médico ha logrado encontrar una solución que la satisfaga. 

El consultorio estaba lleno de viejitos (as). Fácilmente habría unos 30, y todos se quejaban del dolor en sus pies. Algunos inclusive llevaban muletas, o caminadores de apoyo.
De un momento a otro, una señora entró al consultorio cargando un bolso grande, y saludó muy amablemente a todos. Luego dijo:
-Traigo tamales cubanos de pollo y de carne. Valen solamente 1 dólar con 25 centavos-.
Inmediatamente la mayoría de los presentes se miraron unos a otros entusiasmados, no sé si con la noticia de la comida, o con su precio económico, ya que conseguir aquí cualquier comida preparada por ese valor es una completa ganga.
Inmediatamente las palabras pollo y carne se dejaron escuchar por el salón, y la vendedora comenzó a desocupar su maleta, y a llenar los estómagos de los quejambrosos y pate hinchados clientes. 
Yo miré a mi madre a la distancia, -ya que me encontraba parado al lado de la puerta, haciendo el papel de portero para los pacientes que llegaban cojeando-, y con mis ojos le pregunté si se le antojaba uno de los populares tamales. 
Ella me regresó la mirada, y sin abrir su boca me dijo: 
-No quiero, comételo vos- 
Pero la verdad sea dicha, no tenía en ese momento ni un solo centavo en mi bolsillo, y estaba convencido que aquella mujer no me aceptaría una tarjeta de crédito con miras a saciar mi gula. 
Lo que me llamó mucho la atención, fue que un hombre pidió un tamal de pollo, y una vez lo recibió, comenzó a buscar en su billetera por el dinero, llevándose una gran sorpresa al descubrir que como yo no cargaba ni una moneda. 
La señora vendedora, al descifrar que aquel anciano no tenía dinero para pagarle, lo miró y le dijo: 
-No se preocupe, otro día me paga. Buen provecho-. 
En ese instante todos nos miramos los unos a los otros, y una viejita que estaba en una esquina, y que ya llevaba tres tamales de carne consumidos en un tiempo récord, sacó un billete de 5 dólares y le dijo a la vendedora que ella invitaba a aquel hombre a comer. 
El señor, que estaba embutido con su masa de pollo, abrió la boca dejando entrever un pedazo de cuero, y dio las gracias a aquella mujer, mientras se ahogaba con una papa. 
Después de que las ventas terminaron, la ex dueña de los tamales, se sentó a descansar un rato, y fue allí donde logré su soledad para acercarme a conversar. 
Me dijo que tenía 82 años, que jamás había tenido hijos, y que llevaba más de 50 años casada con su actual esposo. Añadió además que se levanta todos los días a las 5 de la mañana junto con el amor de su vida a hacer los tamales, y después se van por separado a venderlos. 
Comparto a continuación la foto de aquella hermosa mujer.

Después de que se marchara a proseguir su venta, me puse a analizar en lo admirable que es aquella señora. Una mujer con más de ocho décadas encima, que aún no ha decidido colgar la toalla, y a la que la vida jamás le ha quedado grande. Sin importar la edad, aquella valiente luchadora y su esposo, son una muestra de entusiasmo, de amor por la vida, de ganas de salir adelante, y para mí un ejemplo a seguir en este corto camino llamado existencia.
Lamentablemente no probé sus tamales, pero su historia me supo mucho mejor.


miércoles, 17 de julio de 2013

Una flatulencia agradecida.

Es miércoles y ha sido un día supremamente agitado. Al abrir este blog el sábado pasado me propuse escribir diariamente, pero no es fácil encontrar la disciplina que se requiere para hacerlo.

No pretendo que este espacio se convierta en un diario propio, porque sé de antemano que a nadie le interesaría conocer mi aburrida rutina, sin embargo, considero que entre todas las situaciones que los seres humanos vivimos cada día, siempre hay algunas que merecen ser compartidas ya que nos dejan aprendizajes, o por lo menos experiencias de vida, anécdotas o un recuerdo (sea agradable o no).

Precisamente hace unas pocas horas, subí al piso octavo del edificio en que laboro a visitar una amiga que trabaja allí. Luego de decirnos hasta pronto, salí de su oficina, y antes de tomar el elevador que me llevara de vuelta a mi escritorio, entré al baño a desahogar (no precisamente llorando), los 4 vasos de agua que me había tomado horas antes.
Ya cuando me lavaba las manos y me dirigía a la salida, escuché la voz de un hombre dentro de uno los baños, que pedía ayuda. 
-Alguien ahí-, inquirió aquel hombre con una voz ronca que emanaba sufrimiento.
-Hola-, dije levantando el tono de la mía, pero sin acercarme demasiado a su cubículo oloroso.  
-Estás bien-, le pregunté. 
-Necesito papel higiénico. El de este baño se acabó-, me dijo, y sin verle la cara, pude sentir en su voz la verguenza que padecía en ese momento. 
Inmediatamente entré a uno de los baños, tomé un rollo de papel higiénico, y le advertí que se lo tiraría por encima. 
El desconocido, que estoy seguro estaba sufriendo de un enorme problema intestinal, soltó en ese preciso momento una flatulencia sonora que resonó como eco en aquel espacio adornado además por el olor proveniente de sus entrañas. 
-Siempre a la orden-, respondí a sus gracias traseras y sinceras, y tapándome la nariz salí de aquel cuarto, con la satisfacción de haber hecho mi obra buena del día. 
Moraleja: Antes de dejar tu ADN en un baño público, verifica que puedes encarar las consecuencias de tu alimentación.
Buenas noches.

martes, 16 de julio de 2013

Mi nombre es...torpe

Un rayito de sol entra por mi ventana y se posa sobre mi rostro. Abro los ojos con dificultad y miro el reloj. Son pasadas las 6 de la mañana. Pienso en levantarme, pero me acuerdo que me fui a dormir casi a las 3 de la madrugada, por lo que intento conciliar el sueño por una hora más. Me volteo en la cama y trato de dormir, pero al cerrar los ojos me pongo a analizar que habiendo tanto espacio en mi cuarto, el rayo de sol se tiene que posar exactamente sobre mi pálida cara. Después pienso en mis compromisos de hoy, en mi futuro, en la historia que estoy escribiendo, en mi familia, en mi Nina, en tantas cosas, y poco a poco el sueño comienza a diluirse y a escapar con el rayo de sol que lo va absorbiendo.
Me siento en la cama, me echo la bendición y tomo mi celular. Reviso el twitter y me entero de lo que está pasando en el mundo (es la mejor herramienta noticiosa de hoy). Navego en las redes por varios minutos, respondo mensajes, saludo a un par de viejos amigos en WhatsApp y me levanto.
Me visto sin ducharme y salgo de mi casa con rumbo al gimnasio, pero antes hago una parada obligatoria en el Starbucks que está a mitad de camino. La mañana está soleada por primera vez en muchos días. Todas las mesas dentro de la cafetería están llenas. Algunas personas van a trabajar y se mueven ya apresurados con sus vasos de cartón con café, vistiendo trajes y vestidos de oficina. Otros como yo, lucen atuendos deportivos, y no tienen afán ninguno. Visualizo con detenimiento a cada una de las personas que están en la tienda, pero nadie parece notarme, ni notarse unos a otros, porque todos están sumidos en sus propias rutinas.
Saludo a la mujer que me atiende, y le pregunto cómo amaneció. Me mira como si estuviera loco, y no me contesta la pregunta. Le pido mi café con leche y un croissant caliente. Me pregunta mi nombre (para escribirlo en el vaso de cartón), y como siempre le doy uno errado. Me gusta jugar con ellos cada vez que preguntan mi nombre. Me he llamado Patrick, Ramón, Michael, Pelé, hasta Martina dije una vez, y a nadie le importó. Pago mi pedido y me muevo mecánicamente tal como lo hacen todos hacia la siguiente barra donde recibiré mi desayuno.
Los minutos pasan y el movimiento en aquella tienda de café no se detiene, muchos entran, muchos salen, como si se tratara de una fábrica de chorizos, donde lo único importante es llegar, tomar tu café y salir deprisa, sin darte cuenta qué o quién está a tu lado.
Hago fila para llegar hasta la mesa donde está el azúcar, mientras me voy comiendo mi pan con queso. En vez de sentirme en un ambiente confortable, donde pueda desayunar con calma, me siento en un sitio donde el estrés de los clientes y su premura es protagonista. ¿Si tienen tanta prisa entonces por qué no vienen por el café más temprano? Me pregunto mentalmente, pero inmediatamente recuerdo que no soy nadie para juzgarlos, ya que hago lo mismo cuando voy para la oficina apresurado.
Absorto en mi análisis social, tropiezo torpemente con un hombre que está a mi lado, y desafortunadamente le echo el café con leche caliente sobre su camisa blanca y su corbata gris. El tipo me mira fijamente y pega un grito de rabia. 
-Sorry-, le digo asustado. 
De nuevo sus ojos se posan en mi cara y mueve sus fosas nasales de un lado al otro como si quisiera golpearme, pero antes de que pueda pensar en donde hacerlo, le paso unas servilletas para que se seque un poco. La mancha en su camisa es visible.
La gente que está alrededor me mira reprochando mi torpeza, y algunos le preguntan a la víctima si está bien, pero él, supremamente enojado, sacude su corbata, y se va refunfuñando palabras que van dirigidas a mi progenitora.
Los miro a todos y sonrío inconscientemente. 
Luego veo una silla vacía y me siento a disfrutar del poco café que queda en mi vaso de cartón.
El mundo actual va tan rápido que quienes vivimos en él hemos perdido la calma, la tranquilidad, y giramos al mismo ritmo que el planeta. Vivimos de prisa. Ya sea por nuestro trabajo, por el estudio, por las distancias, o por lo que sea, pero creo que de poco nos sirve apresurarnos tanto, o por lo menos a mí víctima de poco le sirvió, ya que seguramente tendrá que regresar a su casa a cambiarse por culpa de un distraído y torpe individuo como yo. (Cuidado, que estamos en todos los rincones).
No dejemos que la rutina nos convierta en seres mecánicos, en personas que olvidan saludar a los extraños, en individuos que no observan su entorno, el cielo, las flores, la lluvia, y sobre todo a quienes están a nuestro lado.
Espero que el hombre de la corbata olvide mi rostro, y no me guarde rencor.
Seguramente mañana me llamaré Josefina para confundir a quienes aún me recuerden.

lunes, 15 de julio de 2013

Estos lunes...

Subo a mi carro dispuesto a ir a trabajar. Es lunes y la mayoría de las personas perciben este día como una piedra en el zapato, argumentando que no es fácil recobrar el ritmo laboral después del fin de semana. Para mí por el contario, los lunes son visualizados como una oportunidad de comenzar mi semana de manera exitosa, y me siento más radiante y energético que cualquier otro día.  Dejo que el nuevo álbum de Draco Rosa invada el ambiente en mi Toyota, mientras me dispongo a conducir 30 minutos para llegar desde mi casa a la oficina. El firmamento está nublado y sin ser un meteorólogo, pronostico lluvias aisladas en las próximas horas. Antes de que Draco termine su primera canción, el cielo se rompe y las plumillas del parabrisas inician su coreografía de un lado al otro, mientras el artista boricua prosigue con su concierto en mi auto.
Una nube negra se posa sobre mi camino, y la lluvia no se deja esperar. De un momento a otro todo se nubla y pierdo visibilidad, teniendo que bajar la velocidad y poner las luces intermitentes. Bajo el sonido a la música para ver mejor (sé que no tiene lógica este accionar, pero siempre que me pierdo o necesito mejor visión suelo mermar el volumen del radio).  
A mi lado izquierdo pasa una camioneta a gran velocidad, y me salpica de agua. Pienso que nadie debería manejar así en medio de la lluvia, ya que no sólo pueden accidentarse, sino además causar un daño a los que manejamos relativamente bien.  
-Mucho animal-, digo en voz alta, refiriéndome al conductor de la camioneta, y le agrego a mi comentario dos o tres palabras más.
Mi teléfono suena, me pongo mis audífonos (manos libres), y contesto. La tormenta se pone cada vez peor, y analizo la posibilidad de detenerme en alguna parte, pero no tengo muchas opciones, así que decido seguir lentamente. Mi agente editorial me saluda y me solicita urgentemente que le envíe el manuscrito que estoy escribiendo, ya que la editorial que me publicará la primera novela, quiere leerlo.
Le explico que estoy en medio de una tormenta, y que el tráfico no se está moviendo mucho. Ella insiste, aduciendo que está reunida con importantes ejecutivos y que este es el momento adecuado para que ellos lo lean.
-Tienes 15 minutos-, me indica apresurada.
Le prometo que haré lo posible para que el documento esté en su email lo más pronto posible, y después de colgar la llamada, decido acelerar mi marcha. 
Los carros que van delante de mi casi ni se mueven, y comienzo a observar que sus precauciones son exageradas.
Miro el reloj y me doy cuenta que han pasado ya 5 minutos desde que colgué la llamada.                                                    
Comienzo a impacientarme, pensando que perderé una gran oportunidad con la editorial. Mientras conduzco, observo que el carril izquierdo aunque está más enlagunado, permanece con menos autos, y sin pensarlo dos veces me muevo hacia él y aligero mi movimiento.
Ahora paso por el lado de varios vehículos y los salpico de agua, y de antemano sé que aquellos conductores me están gritando calificativos que merezco, y que ahora el animal bruto soy yo.
Debido a mi proceder de correcaminos, logro adelantarme en mi carrera contra el tiempo, y ya me encuentro muy cerca de la meta.
Tomo mi celular y llamo a mi agente, pero ella no responde. Le dejo un mensaje de voz diciéndole que me espere unos minutos más y que ya estoy aparcando. (La verdad, es que en ese momento aún me faltan varias cuadras para arribar a mi destino final).
Por fin entro al parqueadero de mi edificio, pero no encuentro lugar para aparcarme en ninguna parte. Busco en el primer piso y no encuentro nada. Subo al segundo y nada. Tercero y cuarto llenos, quinto ocupado, y el reloj no detiene su caminar. Llego a la terraza, y al final del enorme patio encuentro un apretado puesto. Meto mi carro como puedo en aquel espacio diminuto, y me bajo del auto corriendo para llegar a la puerta.
-Tengo que comprar un paraguas-, pienso molesto y mojado.
Tomo el elevador hacia el primer piso, sabiendo que ya estoy cerca, pero este se detiene en cada nivel del edificio recogiendo otras personas y retardando mi llegada.
Miro el reloj de nuevo, como si al mirarlo pudiera detener el tiempo, o las cosas se movieran más rápido.
-¿Te mojaste?-, me pregunta alguien en el lobby, mientras escurro agua de pies a cabeza.
-Finjo una sonrisa, y no contesto nada-
Entro corriendo a mi oficina, prendo mi computador y en ese preciso momento recibo un mensaje de texto de mi agente editorial.
-Lo siento, ya se fueron; pero mañana me reuniré con ellos nuevamente”
Respiro profundamente, mientras mi rostro se torna rojo y algunas llamas salen por mis orejas.
-Feliz lunes Héctor ¿te mojaste?-, me pregunta alguien en la oficina.
-Un poco-, contesto en voz baja, mientras comienzo a comprender porque se odian los lunes.

domingo, 14 de julio de 2013

La familia no tiene precio.

Es domingo, y el despertador ha decidido dormir hasta tarde. Haciendo caso omiso a su horario de trabajo, ha tomado un voto de silencio inesperado.     
Quizás su pila AAA entró en huelga laboral debido a que el atlético segundero jamás se fijó en ella, o tal vez es que se dio cuenta que no pude conciliar el sueño en toda la noche, y se apiadó de mi cansancio mañanero. Sin embargo, mi teléfono celular a quien nunca he considerado un amigo cercano, resonó con su agudo timbre, logrando despertar a mis oídos antes que a mis ojos. Miré el reloj de pared y me di cuenta que era casi medio día.
-Alo-, contesté con voz de ultratumba- 
Al otro lado de la línea, la voz de mi madre me reprochaba por dormir hasta tarde, recordándome que teníamos un almuerzo ya planeado, al que asistiría toda la familia. 
-Claro que me acuerdo mamá-, (mentí) –Ya salgo para allá-, le dije con convicción, y al colgar regresé a la cama para hacer pereza por 5 minutos más. Pero antes de que pudiera cerrar los ojos, una nueva llamada interrumpió mi plácido domingo. (Ya salió de la clínica por cierto). 
Ahora es mi hermana Clara pidiéndome que pase por ella, ya que su auto tiene una llanta sin aire. Le digo que me espere una media hora, y que ya casi estoy listo. Luego camino medio sonámbulo y me dirijo al baño donde me doy una ducha que me despierte de una vez por todas. 
Una tercera llamada telefónica interrumpe mi baño caliente. Esta vez es una amiga invitándome a la playa. Le digo que tengo planes con mi familia y que no puedo obviarlos. 
Y es que por mucho tiempo el domingo familiar fue una tradición en mi hogar, interrumpida cuando  la vida dio un giro inesperado y nos obligó a salir de mi país de origen -más de diez años atrás -con rumbo a esta bella tierra. En ese instante cambió todo, ya que la adaptación a esta nueva cultura, las oportunidades de trabajo en diferentes ciudades, y en sí el proceso migratorio en general, nos llevó a tomar caminos diferentes. 
Sin embargo ahora casi todos los miembros de mi grupo familiar coincidíamos en la misma ciudad, por lo que mis padres querían regresar a la tradición de reunirnos al menos durante la tarde de domingo. 
La verdad es que mi familia no es perfecta en absoluto. Todos somos personas muy diferentes, con carreras distintas, con rutinas desiguales, con ideas pocos comunes, con filosofías de vida que han variado considerablemente a comparación de las que teníamos cuando vivíamos en Colombia más de una década atrás. No obstante, estar con ellos es una bendición infinita que no tiene precio alguno.  
Al llegar a casa de mis padres, mis tres hermanas y yo, nos despejamos de todas nuestras múltiples facetas para ser solamente lo que mejor sabemos ser: familia.  
A pesar de que el núcleo familiar ha crecido, y todos tenemos nuevos aportes de personal, cada vez que nos reunimos seguimos siendo exactamente lo que fuimos alguna vez.
Mientras almorzábamos, la nostalgia me invadió por algunos minutos, recordando esos domingos colombianos y esa enorme unión de hogar que nos caracterizó, y que gracias al universo, aun conservamos.  
Y es que puedes tener exitosos puestos de trabajo, la pareja perfecta, mucho dinero, grandes amigos o un futuro brillante, pero considero que todo lo anterior no es suficiente si no tienes en tu vida una buena relación con aquellos seres que conforman tu círculo familiar.  
No importa si tu familia es disfuncional, o si tu relación con ellos no es la que esperabas, si se inmiscuyen demasiado en tu vida, o si por el contrario están alejados, o muchos otros miles de peros más; lo importante es que estés consciente de que son tu familia, esos seres con los que creciste (en la mayoría de las ocasiones), y que están unidos a ti por un lazo de amor difícil de quebrantar. 
A veces omitimos darles a nuestras familias de origen el lugar y la dedicación que merecen, tal vez porque estamos ocupados en nuestras propias actividades, quizás porque ya tenemos una familia propia a la que debemos cuidar, o porque somos diferentes a ellos en muchos aspectos, pero al final del camino la familia es nuestro real  refugio y sustento.  
Mi familia no es perfecta, y eso lo sabemos todos, pero es mi familia, y el amor que nos tenemos nos hace perfectos como grupo.  
Desde ahora estoy esperando ansioso porque llegue el domingo y pueda regresar a decirles en un abrazo lo feliz que me hace que seamos tan imperfectos.

sábado, 13 de julio de 2013

La lluvia va por dentro.

Hoy ha llovido fuertemente en Miami. Puedo asegurar que en el sector donde resido no ha cesado de caer agua ni un instante. Tenía muchos planes de sábado, pero el aguacero y mi pereza de fin de semana se encargaron de acabar con cada uno de ellos. Llamé a algunos conocidos y cancelé dos compromisos que tenía con ellos en horas de la tarde. Ahora el plan se había traducido en quedarme en casa, dedicarme a ver televisión y quizás dejar que Morfeo hiciera de las suyas.
Decidí no salir de casa en absoluto, no contestar mi teléfono, no responder correos electrónicos, o esos mensajes de texto que me tientan con invitaciones nocturnas y a los que raramente rechazo. 
-Hoy no saldré de aquí-, me dije con convicción. 
Sin embargo, el desabastecimiento en mi nevera me obligó horas después a prender el carro y dirigirme de mal humor al supermercado. Para completar, el único lugar para parquear estaba a casi una cuadra de distancia de la puerta principal. Al bajar del auto, mi zapato izquierdo se hundió en una laguna formada por la lluvia. Ahora el agua llegaba más arriba de mis tobillos, por lo que maldije mi suerte. 
Dos minutos después estaba completamente empapado, hambriento y sobretodo molesto por jamás haber comprado un paraguas. Antes de entrar al supermercado un hombre me dio la bienvenida con extrema amabilidad. 
-¿Cómo estas hoy?-, me dijo una voz desconocida. 
-Mojado y hambriento-, respondí, mientras observé que el saludo provenía de un hombre de aproximadamente unos 35 años de edad, de cabello largo, vestimenta muy humilde, y postrado en una silla de ruedas oxidada. 
Aquel individuo me miraba amablemente mientras sonreía. 
En ese momento una señora salió de la tienda y le entregó al hombre un dólar. 
-Dios se lo pague-, la bendijo este, mientras con dificultad guardaba el billete en el bolsillo derecho de sus jeans viejos. 
Observé que sus piernas estaban atrofiadas. 
-¿Quieres un dorito?-, me dijo,  extendiendo uno de sus brazos con un paquete medio vacío con triangulitos de maíz, y nuevamente me regalaba una sonrisa. 
-No, gracias-, le contesté, sintiéndome mal por no aceptar su sincero ofrecimiento. 
Le expliqué que nunca me han gustado los doritos, y le pregunté si tenía galletas de chocolate o un pedazo de pizza por ahí guardado. Ambos reímos, y empezamos a charlar mientras me escurría un poco. 
Su nombre es Ignacio, un nicaragüense que llegó a Estados Unidos hace 9 años buscando un mejor futuro para él y su familia. Aquel hombre me dijo que está buscando trabajo, y que a pesar de haberse graduado como técnico de computadores, su búsqueda laboral no se limita a su campo profesional.  
-He hablado con el gerente del supermercado, y me dijo que hay una posibilidad de que pueda emplearme empacando víveres-, indicó aquel sujeto emanando positivismo en su voz. 
Aquella noticia me alegró profundamente. 
Ignacio me contó que solía trabajar en una empresa de teléfonos celulares, pero que fue despedido hace unos meses debido a un recorte de personal. También me dijo que estaba actualmente intentando legalizar su estatus migratorio en este país, pero debido a su precaria situación económica este proceso se había detenido.  
-Y ¿en dónde vives?-, pregunté curioso. 
-Por muchos meses dormí afuera de este supermercado, pero hace unas semanas renté un cuarto donde pago 300 dólares al mes. 
Ignacio me explicó que no es fácil conseguir este dinero, especialmente porque no está acostumbrado a pedir limosna en las calles. 
Mientras aquel sujeto me contaba un poco sobre su golpeada vida, un fuerte remordimiento atacaba la mía, sabiendo que hacía pocos minutos estaba maldiciendo el haber tenido que salir de mi casa a comprar comida en medio del aguacero. 
Y es que constantemente me dejo envolver en mi rutina, y olvido lo afortunado que soy. Lamentablemente a veces mi ritmo de vida hace que me preocupe por las idioteces que jamás deberían agobiarme y me enfoque en situaciones superfluas e intrascendentes.  
Creo que es importante estar atentos a nuestro alrededor, a quienes circundan en él, a aquellos que no conocemos pero que nos rodean, a las situaciones que suceden en frente de nuestras narices pero que son poco importantes para nosotros.  
Ignacio me habló de la poliomielitis que lo atacó a sus seis meses de edad, y se refirió a ella como un ataque del diablo. Me dijo que las oraciones de sus padres habían logrado vencer esta batalla espiritual y debido a eso había sobrevivido. 
-El diablo me tiene en esta silla de ruedas, pero nunca podrá domar mi espíritu-, añadió. 
Quise decirle que el diablo no tuvo nada que ver con su enfermedad, pero preferí no iniciar una confrontación ideológica que no llegaría a ninguna parte. 
También me habló de su fe religiosa, y aunque yo no comparto sus creencias, admiré enormemente su ímpetu de luchador, y su manera de visualizar su futuro. 
Bostezando prosiguió: -Lo que quiero es volver a trabajar y poder ayudar a otros con discapacidades como yo-, me dijo, al momento en que yo tragaba entero y aprendía de su valentía y coraje. 
Y es que el hambre y el sufrimiento no tienen religión, ni color de piel, aspecto físico o creencias de ninguna índole. El hambre y la miseria deben ser atacadas por igual, sin importar quién las padece.  
El aguacero fue mermando con los minutos, y para mi suerte aquel hombre accedió a acompañarme a la pizzería de la esquina para compartir conmigo más de su tiempo. 
Mientras almorzábamos, me contó que hablaba cuatro idiomas, (español, inglés, portugués y francés). Yo le dije que yo hablaba español y todavía batallaba con la lengua del tío Sam, y reímos nuevamente. 
La sonrisa de Ignacio era sincera. El reflejo que propiciaba uno de sus dientes de oro era sinónimo de la inocencia con la que veía la vida. 
-Tal vez regrese a mi país con mis padres-, dijo él, a sabiendas de que el futuro para un inmigrante indocumentado en Estados Unidos no es como él quisiera, y de que su condición física tiende a empeorar con los años, ya que además padece de una malformación congénita en sus huesos. 
Después de más de una hora de conversación provechosa (más para mí que para él), nos dijimos adiós con un fuerte apretón de manos, y con la convicción que estaremos viéndonos constantemente. 
Al igual que Ignacio, hay muchas personas a nuestro lado que sufren miseria, hambre, frío, soledad, abandono; y que no obstante no tiran la toalla, y siguen luchando contra una vida llena de adversidades y tristezas.  
Irónicamente hace solamente dos días, estuve en una lujosa fiesta donde el exceso fue protagonista, y donde muchos de los invitados llegaron en sus Ferraris, y otros autos pomposos demostrando su poderío. No estoy en contra de que alguien tenga una buena posición económica, ni que se monte en el carro que le dé la gana. Lo que me parece triste es que nos dejemos hipnotizar por el poder, las posiciones sociales, el glamour, la belleza, y nos olvidemos de aquellos que como Ignacio solamente sobreviven. 
A veces el ego, las ansias de poseer más, los ánimos de figurar, de ser reconocidos, el placer, los lujos, y la ambición desmedida nos convierten en seres despreciables, y en autores directos de la miseria que viven seres buenos como Ignacio y como millones más en un mundo desigual. 
Hoy, después de cenar en casa, tuve la urgencia de regresar al supermercado y llevarle a Ignacio un platico de comida, pero no lo encontré. 
Supongo que estará ya en su cuarto descansando tranquilo y planeando con su positivismo el día de mañana. 
¡Buenas noches Ignacio!