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domingo, 21 de abril de 2019

Creatividad y emprendimiento

Hace solo unos días tomé una decisión difícil en mi vida laboral: renunciar al sitio donde llevaba trabajando casi 8 años, y en donde mantenía una estabilidad profesional que me otorgaba tranquilidad. Además de ser una gran empresa (a la que siempre estaré agradecido y vinculado de alguna manera), fue una casa donde crecí en mi carrera, donde obtuve madurez, donde tuve oportunidad de entrevistar a cientos de personajes relevantes en la vida socio política y cultural del mundo actual, y conocer muchas historias de personas que aunque no son tan conocidas, van cambiando al mundo a través de su trabajo social y sus visiones de vida en muchos países de América latina. 

No fue una decisión fácil de tomar, pues es complicado salir de tu zona de confort para lanzarte al vacío sin tener una propuesta de trabajo diversa. Pero lo hice por varias razones, y una de ellas es emprender un camino por mi mismo y lograr que mi experiencia pueda ser útil para muchas personas más.
Vivimos en un tiempo de globalización extrema, donde la tecnología avanza a pasos agigantados y nos permite unirnos en segundos sin importar las distancias, aunque sabemos bien que la mal utilizamos para perder el tiempo en banalidades y alejarnos de quienes están cerca. Pero miremos el ángulo positivo de la misma, y esperemos que de esa forma podamos aprender a controlar la adicción generada a las redes sociales que poco nos nutren.

A través de la tecnología y nuestra accesibilidad a ella, podemos emprender proyectos propios con mucha más facilidad que hace pocos años atrás, ya que ahora nuestros mensajes y negocios pueden llegar a una audiencia mayor si contamos con una buena estrategia de marketing. Aún así, la naturaleza del ser humano es la de aferrarse a la certeza, a la comodidad brindada por la estabilidad, y no la de tomar pasos que nos saquen abruptamente de la rutina planeada con anticipación. Muchos de nosotros tenemos ideas grandes o medianas —pues no hay ideas pequeñas— de montar nuestras propias empresas, de generar proyectos que nos apasionen, de emprender, pero pocos, muy pocos lo intentan debido al temor constante emanado en la duda de no ser exitosos y de perder de un momento a otro lo construido por años dentro de un empleo.

En mi caso, mi trabajo en CNN me apasionó todo el tiempo, y por esa razón fue aún más difícil dejarlo, pero la vida es corta, muy corta, y a veces no nos damos cuenta de que debemos tomar decisiones drásticas que duelen, para mejorar nuestro entorno.
Para muchos, emprender es tan simple como montar un negocio. Pero la verdad es que emprender es mucho más que eso. Es hacer que las ideas nazcan, lanzarse a hacerlas posibles, apostar, ilusionarse, temer el fracaso y aun así fracasar un poco, crecer, avanzar, no quedarse quieto, caerse, levantarse, tener incertidumbre, desear que los días tuvieran 40 horas, saborear los logros y echarle la capa a las dificultades. Emprender es una aventura llena de luces y sombras, pero sobre todo, es el orgullo de poder luchar por sacar adelante algo de la nada, es sentir en las entrañas el miedo por saltar al vacío sin paracaídas. Emprender es ser valiente, tener miedos, dudar, defender una idea, superar barreras, ser inconformista, estar abierto a las oportunidades, afrontar el fracaso, creer en el talento, tener voluntad y ser constante. Ser un emprendedor es crecer como seres humanos a través de la obtención de metas personales. 

—¿Y si fracaso?—, preguntarán muchos.
Les quiero contar algo. El fracaso es el mejor maestro de todos, pues es él quien nos enseña a ser resilientes.
La mayor diferencia entre una persona exitosa y una que aún no lo es, es que la primera ha fracasado más veces de las que la segunda lo ha intentado. El fracaso sumado a la perseverancia es sinónimo indiscutible del éxito.
Yo conozco muy bien a qué sabe el fracaso, pues desde que llegué a vivir a Estados Unidos en mayo del 2001, he tenido que comérmelo a cucharadas grandes.
Fracasé por años en el mundo laboral. Quizá un cúmulo de factores internos jugaron en mi contra, como mi nerviosismo extremo, mi torpeza innata, mi ignorancia en muchos aspectos, mi inexperiencia, y sobretodo la carencia de planificación a la hora de querer realizar un nuevo emprendimiento.

Fui despedido de decenas de empleos, especialmente de aquellos trabajos de mano de obra donde resulté siendo un peligro para los empleadores.
Por mi premura y torpeza extrema quemé un hotel en Nueva Jersey donde trabajaba como mesero, destruí parte de una construcción en Miami cuando laboraba como obrero, inundé la cocina de un restaurante en Nueva York en la que fui cocinero, trabajando como barman en una fiesta de matrimonio, le pegué con el corcho de una botella de champaña a la novia en su bella cara, solo por enumerar unas pocas desgracias laborales.

—¿Eso quiere decir que todo el que intente emprender tendrá que fracasar primero?—, preguntará alguien más.
Absolutamente no. Y de ahí la importancia de canalizar y ejecutar un proyecto de la mejor manera posible, comenzando con la generación de la creatividad, una cualidad de todos que erróneamente hemos confundido con un talento, cuando la verdad es que es solamente un hábito que tenemos que educar en nuestra cotidianidad mediante prácticas sencillas.

Durante los últimos diez años he escrito varias novelas (publicadas y en via de publicación), además un libro de cuentos; y hubo momentos en que la imaginación parecía agotarse y mis hojas quedaban en blanco por largos periodos de tiempo. Entonces tuve que recurrir al estudio de la creatividad y la innovación, descubriendo teorías y prácticas relevantes para retomar las buenas ideas y permitirme volver a llenar mis páginas con historias ficticias leídas por muchos.
Y es por eso que me permito con total humildad contarles que he comenzado a dar talleres y conferencias sobre la manera en que todos podemos adquirir creatividad, y de esa manera tener las ideas apropiadas para comenzar nuestros proyectos de forma satisfactoria, al igual que otras charlas sobre emprendimiento e innovación, pues soy un convencido de que con la debida decision y preparación, es posible generar cambios en nuestra vida laboral.


Los invito a que no teman iniciar sus propios proyectos y emprendimientos, a que se arrojen a intentar dar sus primeros pasos como solistas, a que no se conformen con la estabilidad que en muchos casos no proporciona felicidad, a que salgamos de nuestras zonas de confort en búsqueda de nuestro destino, de ese que está en nuestras propias manos y no en unas ajenas.
Sin que suene a frase cliché, sí es posible triunfar por nosotros mismos con una buena idea y una estrategia para materializarla, y yo he podido ser testigo directo del éxito de muchos casos que he asesorado, y que me enorgullecen, pues la tenacidad, la pasión, la bondad y la entrega son las cualidades que indiscutiblemente nos hacen superiores como raza humana, y nos llevan de la mano por el sendero de la independencia y el triunfo.

domingo, 14 de abril de 2019

Es solo una cuestión de actitud

Ultimamente despierto la mayoría de los días sintiéndome como un niño de 12 años, relajado, sin pensar en el corre corre del día, y con ganas de hacer 'chichí'.
Me levanto sin prisa, camino hacia el baño que queda a unos breves pasos de mi cama, y dejo correr con satisfacción el primer torrente que emana de mi cuerpo, mientras muevo mi cintura de un lado al otro intentando tener la puntería de un Robin Hood disparando flechas. Luego, aún medio dormido, me dirijo al lavamanos y mecánicamente enjabono mis dedos, tomo el cepillo de dientes y dejo que le haga un masaje a mis encías, me lavo la cara para borrar los indicios de mis lagañas y me miro al espejo para darme cuenta que no tengo 12 años, ni 20 o 30. Soy un tipo con canas en la barba y en las sienes, con arrugas en la frente y patas de gallinas (esas tres rayas extrañas que salen en una esquina del ojo), con marcada miopía y carencia de pelo en algunos sectores de mi cabeza amorfa. Entonces es ahí donde el chip de mi cerebro cambia sin que yo tenga consciencia de ello, y comienzo a comportarme de acuerdo a mi edad y lo que espera el mundo de un hombre de más de 40 años.

Salgo con seriedad del baño, leo las noticias del día mientras prendo el televisor de la sala para ver lo que sucede; pero sin que pase mucho tiempo, vuelvo a ser el de 12 mientras juego con el cereal y me sirvo un jugo, y le indico a 'Alexa' que ponga mi lista favorita de Spotify y que después de la segunda canción llame a mi mamá para saludarla.
Mientras tanto, lleno el crucigrama del periódico del día, cambio el canal de noticias y termino viendo a Tom y Jerry, y al terminar el desayuno me pongo un short y una camiseta cualquiera y salgo a correr por las calles de mi vecindario, sabiendo que terminaré en el café de mis amigos franceses tomando agua con gas y comiéndome un croissant de chocolate, mientras contamos chistes en dos idiomas y hablamos de cosas irrelevantes que nutren la mañana.

Al regresar a casa tomo una ducha de 1 hora mientras canto un par de canciones y analizo la vida, pues es bajo el agua que surgen mis mejores ideas y en donde los espíritus de Platón, Pitágoras y hasta Tales de Mileto invaden el ambiente y me sumergen en sus paralelismos, esos que se desvanecen cuando los dedos se me arrugan y me doy cuenta que es hora de buscar la toalla.

Luego regreso absorto a la realidad, allí donde debo una vez más comportarme de acuerdo a la edad, pero la verdad sea dicha, ya no soy capaz de hacerlo del todo. Es que le estoy tomando un gusto especial a la vida, y sin decidirlo expresamente, he comenzado a disfrutarla mucho más que antes. ¿La razón? No lo podría decir de manera concreta, pero el simple hecho de saber que se acabará en cualquier momento, me hace sentir que no debo enfrentarla tan en serio, además no tengo una razón de peso para estar triste o amargado, y aunque no es perfecta y tengo pequeñas dificultades, me he dado cuenta que todo es mucho más fácil cuando me siento optimista y contento con mi entorno. Quizá es como dice Fito Páez en una de sus canciones, "es solo una cuestión de actitud", y desde que la buena actitud me acompaña, mis días son mucho mejor.

Se me han quitado los dolores de cabeza que no me dejaban en paz por meses, se fue el mal genio que llegaba sin otorgarme deseos, el estrés proporcionado por mis malas reacciones a las acciones ajenas, la falta de apetito (de todas clases), la pasividad en que me sumergí hipnotizado sin ver el panorama de manera clara.

La vida siempre va a tener altibajos, comeremos mierda en algunas ocasiones, no seremos inmunes al dolor, habrá injusticias, pero solamente de nosotros depende la manera en que asumimos nuestro acontecer, pues podemos dejarnos llevar por las inclemencias del día hacia el agujero negro de la decepción y la amargura, o enfrentarla como guerreros independientemente del resultado, pues incluso para perder hay que tener honor.

Me he dado cuenta que mi estado anímico no depende de otros, ni de que pasen o no las cosas que yo quiero, depende solo de mi, y por eso yo soy el único responsable de que mi presente sea el mejor posible. Quizá no será fácil todo el tiempo, pero estoy seguro que como cualquier hábito, es posible hacer cambios que transformen a la vez la manera en que la mente trabaja (es un proceso llamado neuroplasticidad, donde el cerebro cambia de acuerdo a la conducta que se asuma).

Todos tenemos adentro ese niño (a) que fuimos un día, ese ser que se maravillaba viendo un arco iris, o armando un avión de papel y viéndolo estrellarse contra la pared más cercana; pero crecemos y asumimos roles sociales que nos hacen perder de vista que la vida es un cúmulo de acontecimientos que bien podemos usar a nuestro favor. No estoy asumiendo el rol de motivador, ni más faltaba, pues quién soy yo para hacerlo, pero si asumo el rol de chofer de mi propio carro, ese que me lleva por el camino desconocido hasta que se le acabe la gasolina. En él estoy dispuesto a seguir con la mejor cara posible, manejando con la ventana abajo, tomando rutas que no aparecen en el GPS, perdiéndome a propósito a ver que experiencias nuevas encuentro, montando extraños que necesiten un aventón, y sabiendo que si me estrello, sigo el camino a pie, pues es la única forma de alcanzar la llegada, una que ahora defino como conocerme a mi mismo, y reinventarme todos los días un poco más. Tal vez es la mejor manera para ser exitoso, pues al final mi éxito se mide en mi tranquilidad, y esta a su vez es la generadora de felicidad y armonía.


Así que si me ven jugando en una esquina cualquiera, no piensen que estoy del todo loco, solamente es que estoy re-aprendiendo a vivir.





jueves, 28 de marzo de 2019

knockout en el último round.

La ginecóloga de mi esposa me sugiere que me practique un examen de esperma, pues quiere descartar que tenga algún problema para engendrar.

Acatando sus indicaciones, hago una cita en un instituto de fertilidad donde me dicen que debo llegar  con una abstinencia de al menos 3 días.

Cumplo las indicaciones (sin problemas mayores, pues ya estoy acostumbrado), y me presento a la hora indicada en el sitio correcto. Las expectativas que llevo son grandes, pues es mi primera vez haciendo algo placentero de manera obligada, además, estoy seguro hasta ese momento que el placer no será el mismo.
Me registro con una señora mayor que me hace llenar una planilla con datos personales, y me siento en medio de unos 6 o 7 hombres con cara de espanto, que pretenden mirar a ninguna parte mientras piensan de qué manera se hará el procedimiento del que todos somos especialistas añejos.

Uno de ellos, de unos 50 años, hace una llamada y habla con su mujer, y sin mermar el volumen de su voz le reprocha por no haberlo acompañado, aduciendo que se siente incómodo allí y que su ayuda era importante para cumplir su tarea. Yo sonrío tratando de asumir el momento con naturalidad, e imagino que quizá la colaboración de alguien sería valiosa en ese momento. 
Una enfermera con cara de pocos amigos sale de una puerta en la mitad del salón y comienza a llamar a los tímidos pacientes, y ellos, uno por uno con nerviosismo marcado, se adentran por un camino donde se pierden a escasos pasos.

Al fin es mi turno. Sigo a la enfermera por un pasillo congestionado, donde médicos y asistentes deambulan mientras hablan de sus procedimientos rutinarios. La mujer me señala un cuarto que queda en el mismo corredor, y al echarle una mirada ligera observo una silla y un televisor sobre una repisa.

—En ese cajón hay películas por si necesitas ayuda visual—, indica ella, y sin mirarme a los ojos me entrega un tarrito transparente que lleva mi nombre. Aduce además que no puedo usar lubricante, y que intente que la muestra completa quede dentro del recipiente. 
Ahora el que no la mira a los ojos soy yo, pues realmente es incómodo el momento.
Antes de irse, me dice que al terminar apriete un botón y ella llegará a verificar que haya firmado unos papeles finales donde hay que indicar la hora exacta de la “entrega”, y qué tan sencillo fue el proceso.

Cierro entonces la puerta con seguro, y respiro profundamente verificando que no será una jornada fácil, pues estoy más apagado que fósforo en aguacero. Abro por curiosidad el cajón, y encuentro DVD’s con nombres tan exagerados que me dan risa. “Pornocchio”, “Sex Toy Story”, “Sperminator”, “The sexorcist” entre otros que no recuerdo, y que me hacen pensar que por lo menos hay algo de creatividad tras aquellos trabajos. 
El ruido externo impide cualquier clase de concentración, pues las voces se sienten incluso al otro lado de la puerta donde hay una estación con un computador, y donde asumo hay como mínimo 3 personas, quizá imaginando lo que está pasando en los cuartitos contiguos. 

Sigo tan desactivado como entré, y prendo el televisor para despejarme un poco, pero el volumen está alto y se escuchan dos mujeres que gimen como sopranos mientras un gigante negro se les posa encima. 
Me asusto al pensar que el ruido se escuchará afuera, y al darme cuenta que el volumen no funciona, decido apagar la máquina con rapidez al momento que escucho risas ajenas.

—Mierda, no voy a ser capaz de esto—, pienso convencido, y quiero salir de ahí, pero ya he pagado 150 dólares que no quiero perder.
Como hombre precavido vale por dos, me pongo los audífonos que he llevado y así silencio el ruido de terceros que me impide la tarea única.
Luego, intento relajarme y abro en internet un sitio de ayuda visual, pero la presión del momento no juega a mi favor.
Pasan los minutos, y el segundero resuena en el pequeño cuarto con fiereza, como diciéndome: —No tienes toda la mañana, ¿qué tan difícil es dejar fluir la energía?

Pero no fluye.
Busco en la pantalla algo que me llame la atención, y paso los siguientes 15 minutos de un lado al otro sin encontrar nada que me brinde gozo.
Por fin logro concentrarme en unas imágenes hermosas que suenan bien, y me esfuerzo en dejarme ir por el momento.
—Lo estoy logrando, no te desenfoques—, me digo con certeza sabiendo que podrá dar resultado, pero en ese preciso momento entra un mensaje de WhatsApp de mi padre, y al abrirlo (por curiosidad), veo una leyenda del espíritu santo sobre una paloma, además la música de fondo con sabor a iglesia se encarga de sumirme nuevamente en el frío del ártico, y sin esperármelo comienzo a oler incienso y a imaginarme la cara buena de papá.
—Si solo supieras donde estoy y lo que intento—, sonrío nuevamente.

Respiro una vez más, y consciente de que ya llevo allí más de 30 minutos, me concentro en la misma imagen de mi celular, y vuelvo a meterme en la película encomendada. 
—Es ahora o nunca—, decido, pero solo segundos después entra una llamada.
Es mi madre. Sin saber el por qué, contesto, y antes de que me deje hablar me dice:
—Vendrás a almorzar, cociné unos fríjoles que están como para chuparse los dedos—
Le digo que sí iré, pero que no puedo hablar en ese momento pues estoy en medio de un trámite importante.
—Dale hijo, me cuentas más tarde—y se despide echándome la bendición.

Ahora nuevamente se ha apagado lo poco que estaba prendido, y la única imagen que circunda en mi cabeza es la de mi madre y sus frijoles, mientras que alrededor vuela el espíritu santo al compás de los aleluya que salen de la boca de mi  viejo.

—Mierda, concéntrate—, maldigo, pero no tengo rabia, sino risa, esa misma que opaca cualquier indicio de enarbolar mis pensamientos. 

Una hora más tarde la misión no se ha cumplido y el desespero comienza a inundarme. Aprovecho unos minutos de silencio y regreso a las imágenes didácticas que espero sean útiles.
Ruego para que nadie más me llame, ya que estoy a punto de tirar la toalla, pero sin rendirme avanzo hasta el round décimo de la pelea, y siguiendo mi entrenamiento empírico logro sacar casta y meter un gancho cruzado, y tras un jab de izquierda los ánimos del público se caldean, y aprovechando el momento cumbre, tomo un aire y con un uppercut finalizo la contienda antes de que suene la campana. 
Es un knockout en el último round. He ganado la pelea.

Instantes después, llega la enfermera primera sin mi cinturón de campeón, y mirando el reloj me dice:

—Pensé que te habías quedado dormido—


—Solo una parte de mi—, y nos miramos a los ojos por primera y última vez, sabiendo que esa mirada de triunfo es solo de mi parte, pues estoy seguro que para ella yo perdí la pelea por decisión unánime.

sábado, 16 de marzo de 2019

Apaga mi vela de cumpleaños.

Es como si nuevamente estuviera recorriendo aquellos pasos que he dado, yendo una vez más a los sitios lejanos a los que nunca regresé, viendo la gente que no puedo ver jamás, sintiendo en mi boca y en mi nariz el deseo de descubrir el mundo que ya conozco. Sigo sin dormir mucho, y las 3 de la madrugada se mantienen intactas y poderosas, tal como si fueran un lugar en vez de un fragmento del tiempo que es efímero. 
Llevo años habitando los contornos que se alojan entre las 3 y las 4 am, ahí poseo una cama, un café, un olor que no se borra, los ojos que me hipnotizan, el roce de la musa que desaparece en intervalos y que juega en su mente a quedarse conmigo, aunque no pueda. 
Me regalo el tiempo y el espacio, esos dos conceptos que creemos entender pero que se bifurcan en las mentes de los curiosos y nunca más se unen de nuevo, incluso borrando el rastro histórico y convenciéndonos que son tan innecesarios como los monarcas y las competiciones. 
Hoy cumplo un aniversario más de mi nacimiento, un buen momento para dejarse ir hacia la nada y recordar lo que la mente nos permita. Pero es que son tantas las imágenes, que quizá tardaría otras 4 décadas (y un poco más) en volver a percibir cada situación que creo haber vivido, pues ya no tengo consciencia plena de lo que imaginé y de lo que viví -no importa-, al final contaré ambas como si fueran realidad, o las escribiré como si las estuviera inventando, nadie se enterará.

Hoy no celebraré en bares o restaurantes, quiero estar en casa, rodeado de mis ficciones y realidades, de mis musas y duendes, de mis anhelos certeros, tranquilo, sin remordimientos, cargando mis errores y experiencias con la frente en alto, intentando superar al yo de hoy, aprendiendo y maravillándome de la cosas más simples en las que poco nos fijamos. Y así quisiera celebrar cada día, sin esperar a que haya otro movimiento de traslación para ponerme la mejor camisa, o estrenarme unos zapatos, o esperar a que mis amigos me llamen y me digan que me aprecian, o comerme un pastel y pedir deseos mientras le echo babas a las velas como bombero prematuro. ¿Por qué esperar tanto para celebrar? 

Así que con sinceridad los invito a que si me conocen y me ven, me regalen abrazos (así no sea mi cumpleaños), o que me llamen en cualquier momento y me digan que me aprecian, y me saquen de la inmensa soledad que llena el cuarto entre las 3 y las 4. Y si no me conocen, pues no está de más tener un nuevo amigo, al fin y al cabo son los recuerdos lo único que perdura en el espiral en que nos sumergimos.

Hoy a mis 42, comenzaré a celebrar cada día, incluso los malos, pues no quiero morirme antes de dejar de respirar.
















sábado, 2 de febrero de 2019

La solución es vomitar

Y en medio de un callejón cualquiera, decido detenerme un momento y ver salir el sol tras la montaña de mis recuerdos, esa que yace intacta en los ojos de quienes tienen la suerte de presenciarla a diario. Pero yo ya me he ido, y ahora, ese paisaje primero, el único que conocí por muchos años, es tan solo un vestigio de un verde que no da mayor esperanza. En definitivas cuentas, ya no me acuerdo bien de lo que veía desde mi ventana en mi ciudad natal; y de esa misma forma he olvidado otras nociones básicas de mi primera vida, esa que ya no tengo.

Mudé mi primera piel cuando decidí salir del país muchos años atrás, y me hice fuerte a través de los golpes, y sufrí de soledad, de tristeza máxima, y los planes rosas se transformaron en realidades grises, y tuve que nadar contra la corriente y tragar mucha agua, pero no me ahogué. Por el contrario, salí a flote y respiré un aire nuevo. 

He tenido varias vidas en una sola; es como si mi destino se empeñara en convertirme en un comodín de baraja, y sin proponérmelo tenga que enfrentar guerras no buscadas y luchar por mi vida. Yo solo quería escribir, y vivir de estas letras confusas, pero pocas veces las cosas funcionan como las quieres, y por eso, me ha tocado ser muchos en uno, y ser ninguno en todos. He sido protector de sombras en una playa, pintor de recuerdos ajenos, torero de líos y faldas, precursor de bares de mala muerte, constructor de implosiones, pirata en barcos sumergidos, redactor de recursos sin causa, suplente de extras en una escena que jamás salió al aire, corredor de bolsa de  supermercado, y en fin, muchos otros oficios que intento retocar con alegorías y tintas al narrarlos, para que suenen un poco más interesante de lo que realmente fueron.


Lo que sí es interesante es la manera en que las olas de la vida nos mueven de un lado a otro, y nos enseñan que no hay nada fijo, que nada es absoluto, que tenemos que estar preparados para lo desconocido y aprender a ser divergentes para sobrellevar las sorpresas que de seguro vendrán. Así que el reto es uno solo enmarcado en varios pasos: Prepararnos para lo incierto, fomentar la creatividad como salvavidas, y no aferrarnos a nada, pues todo está en constante movimiento; y si al final del día el mareo es muy fuerte, pues se vomita y ya.

martes, 29 de enero de 2019

MI abuela tiene poderes mágicos

Mi abuela colecciona vivencias -propias y ajenas-, esas que narra con la pasión poética de haber sobrevivido sin salir herida de muerte; además, sin cometer ilícito alguno, se apropia de otras muchas, las que acomoda a su antojo como arquitecta de naipes, narrándolas de una manera especial, mágica, y logrando incluso, que quienes las escuchen (a sabiendas de que son ficticias), queden atrapados en sus redes literarias que nunca fallan.

Algunas de esas historias son trágicas, otras tristes y desgarradoras, yo personalmente creo que ella entendió que son esas tramas las que más llaman la atención de un público ávido de estremecimiento; pero la parte triste del asunto, es que muchos de los dramas que recuerda le ocurrieron a ella, a esa vieja casi centenaria que no deja apagar la magia en sus ojos o en su garganta, y que lucha con cada respiro para que el olvido definitivo no le gane la batalla.

Con sus cuentos de antaño me doy cuenta que ella ha viajado por el mundo entero, quizá sus andanzas no son del todo reales, pero eso no importa, pues en su memoria marcada por el Alzheimer y la desventura, circunda un cúmulo de sellos cual pasaporte de estrella musical. A veces, mientras intento conciliar el sueño que no llega, me doy cuenta que su pérdida de memoria es a la vez su mayor bendición, pues de lo contrario sufriría mucho más al acordarse de esa realidad injusta que padeció. Moriría como consecuencia de la tristeza máxima que conlleva decir adioses definitivos a quienes tanto amó, padecería constantemente por la suerte amorosa que caducó a muy temprana edad, por el vacío que causa mirar hacia atrás y entender que no hay sombras, ni huellas que te persigan. Pero menos mal ese no es su caso, pues la razón por la que sufre hoy vuela con ligereza sobre sus minutos, y parte de prisa para no regresar.

Es muy difícil tenerle paciencia todo el tiempo, pues sus preguntas repetitivas, a pesar de haber escuchado respuestas elaboradas, continúan como espiral infinito cada vez con menos intervalos. Pero es mucho más difícil aún verla desorientada y saber que esa brújula que tantas veces guió a varias generaciones familiares, ahora se pierde entre el presente y el pasado, entre el sol y la noche, entre sus propias ideas que se resquebrajan sin que nadie pueda evitarlo.

Pero a pesar de todo, ella, mi abuela Clara Emilia Meza, conocida por los afortunados como Alla, no deja de ser la mujer fuerte y valiente que siempre ha sido. Esa que enviudó con 4 hijos teniendo solamente dos décadas de vida, la que con sacrificio y dedicación sacó adelante a su familia, siendo el pilar de una casa que tambaleaba y que se echó a hombros, la guerrera que entregó sus lunas en beneficio de la educación de miles de niños marginados en un país tercermundista, la que cayó tantas veces sin obtener segundas oportunidades, esa que le perdió el miedo a la vida, la que se enfrentó con la muerte, no una vez, sino en una decena de ocasiones, y a pesar de desangrarse en cada lágrima, logró ponerse de pie y proseguir entre espinas en un sendero que le pertenece más que a nadie.

Su ímpetu permanece resiliente, sus pasos aún son fuertes al igual que su voz, su risa está intacta, y se sabe de memoria los discursos que pronunciaba en sus años mozos en los colegios donde impartía clases, al igual que muchas poesías que marcaron su vida y por ende las de quienes la hemos tenido cerca.

Y como ella, hay millones de abuelos allá afuera, con vivencias y recuerdos que sostienen sus últimos años, dispuestos a entregar manantial de sabiduría a todos los que tengan un poco de compasión para escucharlos. Son ellos nuestra gran escuela, y aunque nos cansemos de oírlos con sus historias repetidas, con sus invenciones y manías particulares, nunca debemos olvidar que son ellos, mi abuela y los tuyos, gotas de abono puro en un mundo donde valoramos más las cosas que no merecen la pena, que a quienes han entregado su vida por un mejor mundo. 

Mientras tanto yo seguiré aprovechando cada segundo que tenga con ella, con mi abuela Alla, la que no necesita capa para ser mi heroína preferida. 











domingo, 27 de enero de 2019

¿Exhibicionista o voyerista?

Desnudar el alma, una misión mucho más difícil que desnudar el cuerpo, porque se hace con menor frecuencia y ante menos personas. Y me pregunto si vale la pena hacerlo con regularidad y ante todos, o si por el contrario debemos jugar las cartas de una manera estratégica, y evitar así mostrar nuestras debilidades ante un mundo que abusa de los frágiles, y enaltece a los que se muestran más fuertes.

Pero muchas veces la vida te enseña que no sos vos quien decide cómo van a suceder las cosas, y sin que lo esperes te sacude con fuerza y te deja saber que no manejas los lazos del destino, y que el simple hecho de pensar que somos los dueños absolutos de nuestro presente, es la tácita manifestación del nivel de ignorancia que erróneamente nos infla un ego que tarde o temprano nos vulnera.

El 2018 terminó de una forma inesperada para mí, muy difícil, alejándome de manera obligada de aquella rutina creada hace más de 7 años, y en la que me sentía cómodo. Pero no hay nada certero en el camino de mis pasos; y por eso, la vida es una escuela donde venimos a aprender a través de los golpes y los fracasos. Y dicen por ahí que lo importante es levantarse y seguir, pero es que no es tan sencillo hacerlo, especialmente cuando caes en limbos oscuros, y tropiezas con cada minuto, partiéndote la cabeza en pedazos y viendo como sangran tus metas, tus anhelos momentáneos, esa imagen del futuro que has creado y que se derrumba ante tu mirada encarcelada.

Y las hojas del calendario siguieron avanzando, y cambió el año, y yo esperaba que con el nuevo día llegara la normalidad y poder regresar a mi cotidianidad, pero no ha sido así. Imagino que aquí es cuando toca analizar el juego que vas perdiendo y asumir tácticas no pensadas antes, y con fuerza y con furia intentar no tirar la toalla -eso que ahora pretendo hacer-. 

Sé que mis palabras son muy vagas y pocos están entendiendo la idea, pero es así como circunda mi vida actual, de manera vaga, confusa, intentando poner en orden mi sistema y reanudar actividades que ya han perdido la esencia misma. Y mi cabeza se desgasta con las lunas, y los sonidos que percibo se hacen más opacos, e intento aprovechar el momento oscuro para respirar como nunca antes, y hacer lo que no he podido por carencia de tiempo, y empiezo a lograrlo.

Quizá todos en algún momento de nuestra existencia batallamos con huecos que se abren en el pavimento, y nos hundimos en arenas movedizas que generan incertidumbre y cambios inesperados, creo que es parte de las reglas del juego de la vida, y tenemos que seguir adelante malheridos pero con la frente en alto, con la mente posicionada en el horizonte, y así tarde el proceso, jamás nos quedaremos estancados en el abismo, pues en esta existencia no hay nada permanente, todo se mueve.

Y nuevamente a las 3 de la mañana encuentro el mejor momento para hallarme, para satisfacer mis idilios secretos, para canalizar mi yo interno y desahogar la rabia y la ansiedad sin usar pastillas ni ayudas sintéticas. Y ellas, las 4, me abrazan y me arañan la espalda, y saben a besos desconocidos, y me acarician los sentidos y mis poros, y en un orgasmo genuino encuentro un poco de lo que he  perdido...y lo agarro con fuerza, y me aferro a ello, y no estoy dispuesto a soltarlo ya más, no estoy dispuesto a sentirme perdido entre todos.

Mi alma, si la tengo aún, se ve mejor desnuda, ya no la ataviaré con trajes nunca. Igual, siempre he sido un tipo con espíritu exhibicionista, y sin miedo, me declaro además un voyerista de conductas y almas. 























domingo, 7 de octubre de 2018

El nacionalismo no está de moda.

Qué equivocados estamos cuando nos enorgullecemos al extremo de nuestros países de origen. Asumimos que somos mejores por el hecho de haber nacido en un lugar determinado, sin considerar por un momento que el lugar donde primero respiramos es un accidente de la vida, y que bien podría haber sido una pequeña ciudad en India, o una villa sueca. 

Nos damos ínfulas de ser más por el hecho de tener un acento diverso, o porque los ancestros fueron una raza altiva y fuerte de ojos claros y dinero en sus arcas. Incluso es 'normal' en nuestras sociedades enfermas y manipuladoras, una segregación de nacionalidades que se transforma con frecuencia en discriminación geográfica. 

Septiembre por ejemplo, fue el mes de la Herencia Hispana en Estados Unidos, una sana celebración donde se destacan los valores  y tradiciones de la cultura hispana y el aporte de la misma a una nación diferente; pero en los cientos de comerciales y campañas publicitarias, se comete un error constante a mi entender, y es la sobrevaloración del orgullo nacional, generadora de un ego improcedente por el simple hecho de ser ciudadano de un país determinado.

Con frecuencia escuchamos frases tan triviales como:

"Yo soy del mejor país de América Latina", o "menos mal somos colombianos, argentinos, canadienses, mexicanos, y no de un país como.."; y motivados por pajazos mentales inculcados en ideas sectarias que solo aumentan la brecha de división entre todos, vamos por la vida vistiendo imposiciones retrógradas que no nos identifican plenamente con el mundo actual, y además nos dividen como raza humana.

Y es que una cosa es identificarnos y aceptar con dignidad nuestras raíces, amar nuestras tradiciones, asumir con orgullo quiénes somos y de dónde provenimos, y otra muy diferente es cegarnos ante la idea de que nuestros terruños son el alfa y el omega del planeta, y que no hay mejor lugar en el espacio que el sitio donde nacimos.
Yo me pregunto con objetividad: ¿Acaso no debemos estar orgullosos es de haber salido adelante con la labor honesta, con el sacrificio y el esfuerzo de nuestros viejos, con el trabajo arduo y sin tener que pisotear la dignidad de otros, con el empeño constante a pesar de las dificultades que se viven en todos los países? 

¿No tiene incluso más valor ser buenos seres humanos a pesar de haber nacido en cualquier lugar del mundo? ¿Debemos estar orgullosos de nuestros políticos de turno que se enriquecen con el patrimonio de nuestros países y que consolidan a su beneficio clases sociales donde las injusticias preponderan? ¿Vale la pena incluso una discusión sobre qué país debe generar mayor orgullo?

Yo soy colombiano de nacimiento, y siempre llevo conmigo las enseñanzas de mi familia, el recuerdo de mi infancia, la influencia de muchos años allí, la nostalgia que genera estar lejos de los lugares y las personas que amo; pero no puedo taparme los ojos y aducir que todo es una maravilla en el país, porque no lo es ni en Colombia ni en ningún otro. 

Hay mil defectos en las sociedades de cualquier país (en unas más marcadas que en otras), como también gente buena y noble, con corazones dispuestos siempre a ayudar, y no implican esos defectos o cualidades estar ligados a una nacionalidad determinada, porque de lo contrario todos en un pueblo serían iguales.

Es importante estar orgullosos de quienes somos, de aceptar nuestros países con la frente en alto asumiendo los problemas que conllevan, de trabajar por ellos para que sean mejores, de aprender lo bueno que tienen otros y tratar de implementar estas fortalezas en los nuestros, de entender que un país no nos hace mejores, lo que realmente nos enaltece es la manera en que tratemos a los otros, sin importar de dónde provengamos.

Abramos nuestra mente y nuestros brazos a otros, a los que vienen de lejos, a los que tienen otras costumbres, a quienes intentan tanto como nosotros tener una vida tranquila y procurar un mejor futuro para los suyos. Asumamos como nuestros a quienes dignifican la vida en el planeta a través de la humildad, la perseverancia, la honradez, la compasión, el amor por el prójimo, los buenos actos, la tolerancia, la amabilidad, y no solo por ser compatriotas.


El nacionalismo arraigado en preceptos antiguos no está de moda, y solo conlleva la desunión de los humanos. 












viernes, 21 de septiembre de 2018

Galaxias en la madrugada de sábado

Recién acabo una semana laboral que en realidad nunca termina pero que anhelo distante. Esa rutina llena de altibajos que carcome la vida en todos sus aspectos, desde el personal hasta el más olvidado y árido, ese que se esconde en la trastienda de la memoria y que poco quiero sacar a la luz. Me siento muy cansado, agotado. Quisiera no pensar más, y lo intento en vano, pero mi mente enferma de ideas se niega a hacerle caso a mis intenciones loables. Si tan solo supiera controlar el flujo de mis neuronas haciendo galaxias en segundos y generando universos paralelos que me absorben sin delicadeza, si tan solo. En momentos como este, quisiera colapsar y quedarme en el limbo emocional por un par de décadas, quizá solo por segundos, o tal vez es el mismo tiempo en otra dimensión cercana donde el espacio y el movimiento agudo del segundero son solo ficciones.

Y es que con el paso de los días y las experiencias banales -- que son muchas en viernes --, aprendes que la vida misma, especialmente la que se vive de manera social, es una ficción inocua, una actuación para pertenecer a un mundo que poco importa, a una realidad adyacente y vaga. Y al tomar consciencia por métodos naturales o químicos (qué más da), que la vida certera es una secuencia de buenos momentos, inicias a filtrar los segundos del día sin que incluso te des cuenta, y al final, justo antes de dormir, tienes en el puño de tu mano, los minutos especiales que te ayudan a dormir con calma.

Yo siempre tuve temor a muchas circunstancias que no entendía; a la soledad, a la muerte, a la lluvia en noches de invierno, a la enfermedad interna que nadie ve, a la depresión que me acechaba por doquier, a la frustración de no lograr mis metas, al domingo en la tarde, a la apatía de los 'buenos', a la rutina, a las balas, a la idea de quedarme sin una visión religiosa a la que estaba acostumbrado. Y pasó el tiempo, y con él, el macabro viento que me voló como cometa sin control, y aterricé de bruces contra el mundo, y me quebré los dientes de leche, esos que tanto había cuidado, y me di cuenta que de eso se trata el camino, de afrontarlo de la manera en que llegue; sin quejas, sin lamentos, sin justificaciones de los errores personales, sin echarle la culpa a nadie, sin amparos, sin consuelos.

Ya no temo a la soledad, por el contrario se encuentra entre mis mejores amigas, y la muerte se ha colado en mi vida y hemos sido amantes en noches eternas llenas de lujuria y placer, y somos uno, y la lluvia fresca me ha ayudado a crecer, y la enfermedad interna me ha empoderado, y la depresión se ha mezclado con mi frustración constante y me han enseñado a ser único. Lo que no supero aún son los tristes domingos en la tarde, y creo que jamás los superaré. La apatía de los buenos es un puto problema, yo cumplo con no ser apático ni demasiado bueno, las balas las he convertido en canciones y poemas, y la religión ya no es un parámetro de mi vida, pues desde que no la tengo vivo mejor. 

Mi nueva filosofía de vida pasa más por la acción en silencio que por la oración bulliciosa. Creo en la gente, en el poder de la bondad humana, en las risas genuinas, en las miradas amables, en las buenas intenciones, y menos en iglesias y libros mágicos que condenan si piensas diferente.

Hoy siento más y analizo menos; me permito explorar sin temores, y estoy aprendiendo a dar el beneficio de la duda a todos, por lo menos una primera vez, y no tengo necesidad de más.

Mañana quién sabe qué otra galaxia explote en mi cabeza de chorlito dejando este escrito caduco y condenado a la hoguera donde los dioses nos han quemado cada que no les conviene. Si así es el mañana, vaya mierda lo que nos espera!











sábado, 18 de agosto de 2018

Otro amigo que se va...

Quisiera regresar más frecuentemente a mi ciudad natal, pero mis ocupaciones laborales y personales me lo impiden por ahora; aún así, cuando tengo la fortuna de visitarla, es obligatorio el encuentro con queridos amigos en el mismo bar de una esquina conocida con mesas de madera y sillas de mimbre, y en donde se aprecia el movimiento latente de un recuerdo que cada vez parece más real. 

Muchas veces las temporadas allí son mínimas, un par de lunas si tengo suerte, pero esos escasos momentos tienen más relevancia en mi memoria que la cotidianidad de mi vida actual. 

Revivo en cuerpo presente muchos rinconcitos en los que crecí y que fueron gigantes en mi niñez. Las calles que eran interminables y misteriosas, ahora son cortas y congestionadas, y no es que hayan perdido su magia, lo que sucede es que la lluvia que ha pasado por mi vida durante todos los años en que he estado por fuera, las ha encogido un poco.

Mi casa, esa casa que ya no es mía aunque siempre lo será en mi historia, tiene más valor emocional que material. Pocos entenderían que sus paredes azules llenas de cicatrices, fueron un bosque de luz durante dos décadas. Los marcos de las puertas aun conservan unas rayitas horizontales hechas con lápiz, casi imperceptibles, que significan que crecimos. Matilde, mi madre, solía medirnos cada cierto tiempo, y nuestra emoción radicaba en saber que la nueva marca estaría algunos centímetros por encima de la anterior. Como éramos 5 hijos, cada puerta tenía su dueño. 

La mía, donde anotábamos el efecto que hacían las vitaminas que consumía, era la puerta del cuarto de los armarios, donde se guardaban los álbumes de fotos, el árbol de navidad, los tendidos de las camas, los adornos, la mesa de planchar, la aspiradora, los juegos de mesa, los secretos.

Regresar a aquella casona grande y vieja, después de vivir por fuera muchos años, es una experiencia dolorosa. Tocar con mi mano las rayitas en las puertas, mirarme en el espejo del baño, caminar por la cocina y pensar en todas aquellas personas que ya no están y que amaban aquel lugar, donde el café era una constante, hace que la lluvia se derrame de nuevo.

Hace 6 meses estuve de regreso allí, en ese lugar que habita en mí por siempre. Intenté ver la mayor cantidad de conocidos que pude, esos que llevás tatuados en las vivencias tempranas. Compartí buenos momentos con muchos de ellos, risas y recuerdos, abrazos y planes, buenos deseos. 

Y es que es difícil imaginar que aquellos instantes pueden ser los últimos, y no vivimos conscientes de que estamos aquí de paso, que esta vida es corta, que la muerte nos respira en el hombro, y que somos frágiles, somos rayitas que como las de mi puerta van pasando a otro nivel donde casi no se perciben. 

Un día antes de mi viaje de regreso a Miami me reuní en aquel bar de la esquina preferida con algunos amigos, y el cariño se mezcló con las anécdotas de juventud, y brindamos por el futuro, y cantamos contentos por estar vivos, y el mundo siguió su rumbo al despedirnos. Pero ahora, seis meses más tarde, uno de ellos ha dicho adiós para siempre, se ha marchado de manera temprana; al igual que solo años atrás partió otro de ellos, con el que también brindamos en uno de mis viajes relámpago, precisamente en el mismo sitio, que ahora que lo analizo, ya comienza a no gustarme tanto.

El camino a casa sigue intacto. No a la casa que ya no es mía, no a las calles chiquitas, ni siquiera a los lugares que frecuentaba, no, esa no es la casa. La casa de verdad está en la memoria, en los recuerdos que nunca mueren, en el sentimiento que aflora en mis ojos cada vez que revivo las risas y los abrazos, y por esa simple razón, esos que amo nunca se van, esos son mi verdadera casa.