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sábado, 9 de junio de 2018

Suicidio: Una realidad a medias.

La vida, esta rutinaria repetición de actividades con o sin mucho sentido, que se convierten en el monólogo del tiempo en que habitamos aquí. La vida, una secuencia de momentos llenos de emotividad que recorremos con o sin consciencia de lo acontecido. La vida, un regalo para muchos, una obligación para otros tantos que sin darse cuenta van girando en torno de un sol que poco alumbra. Momentos, experiencias, sentimientos extremos, expectativas, o solo sombras que se mueven sin control ninguno.
¿Libre albedrío? Ya no sé si se le puede llamar así, pero lo que si creo saber es que aquí estamos por ahora, ustedes y yo, viviendo a nuestra manera, respirando un aire que nos mantiene en el mismo camino, buscando razones de peso para continuar.
El amor y su antagónico se mezclan en un mismo segundo, la euforia nos cobija si estamos con suerte, como también lo puede hacer la maldita depresión, ese estado inconcebible de la mente, ese enigma que aun no puede explicarse más que con algunas técnicas fallidas de relajación, o con pastillas adictivas recetadas que no curan. Y después, caes en un vacío sin paracaídas, sin entender el por qué, sin ni siquiera percibir tu propia derrota. Es un instante que dura como eco, un destello de luz que se apaga dentro de vos; y luego en un parpadeo todo puede culminar. 
La palabra suicidio se viraliza, conmociona, asusta, se prenden las alarmas, incluso comienza a perder su marco de tabú para convertirse en una realidad que nos toca a todos por igual. Pensamos erróneamente que aquellos que están más propensos a quitarse la vida son los que padecen fracasos, los que viven en el filo del abismo, aquellos que sufren porque la vida es injusta, porque la suerte no está de su lado; pero no es así. Luego vemos a quienes aparentemente lo tienen todo, y nos horrorizamos al imaginar una soga alrededor de sus cuellos. Y entonces surgen toda clase de preguntas vanas, de señalamientos religiosos, de frases inoportunas, de juzgamiento basado en la ignorancia de las circunstancias.
Pero pocos, muy pocos entienden en realidad lo que sucede en una mente deprimida. Es un segundo de inercia, un solo segundo donde se acaba la vida. 
Hace muchos años, en un mágico segundo como ese, acerqué un revolver a mi cabeza y sin premeditación disparé. 
Los sonidos del martillo y del tambor giratorio de aquel arma aturdieron mi realidad. Me di cuenta inmediatamente lo que había sucedido, y petrificado sentí mi llanto como nunca antes.  
Ha pasado mucho tiempo desde aquella tarde soleada para otros. Y la vida siga su curso, conmigo en esta ocasión. Y me he desprendido de tabúes, y aprendí a sincerarme, a intentar que mis vivencias puedan aportar algo a quienes lo necesiten, a aprender de otros, a entender que la vida siempre seguirá de largo.
Ahora bien, este escrito no es una llamada personal de auxilio en absoluto, no tengo ideas suicidas, es más, estoy seguro que mi muerte no vendrá por mi propia mano; pero ya es hora de hablar de este tema sin tapujos. La mente es una maquina compleja, poderosa, pero aun no la entendemos, y pueden ser muchos los factores que perjudiquen un momento y conlleven a una tragedia. 
Debemos estar más atentos de quienes están a nuestro lado, de quienes conforman nuestros círculos de convivencia, de quienes amamos, y de nosotros mismos. Pedir ayuda en un momento de oscuridad no debería ser vergonzoso, pues todos tendremos momentos similares durante el camino, especialmente en un mundo tan patas arriba como el que hemos creado. 
—¿Y si están callando a muchos que saben más de la cuenta, y hacen parecer que se suicidaron?—, me preguntó Ricardo, un buen amigo con el que hablaba hoy de estos temas, argumentando que muchas muertes carecen de sentido.

—No sé qué responderte—, le dije pensativo, y pensativo seguiré hasta que pueda.

domingo, 3 de junio de 2018

¿Dónde está mi nariz?

Y de nuevo me doy cuenta que algunos de mis sentidos funcionan a medias, especialmente cuando la oscuridad se apodera de mi habitación, y al tratar de rascarme la nariz no logro hacer contacto directo con ella en el primer intento. Mi locomoción tampoco es la mejor de todas, nunca lo ha sido, pero aun así me he dado mis mañas para lograr minimizar los accidentes ocasionados por mi torpeza constante. Ahora, lo único que debo hacer es tratar de enfocarme un poco más cuando realizo tareas manuales, y de esa manera prevengo las futuras situaciones anómalas a las que estoy mal acostumbrado.

Mi oído tampoco es comparable al de los perros. Trabajé tanto tiempo en bares con decibeles tan altos, que creo que perdí una buena capacidad de percepción del sonido. Mis ojos ya operados una vez, han regresado a un estado de miopía no atractiva, y sin mis antiparras es poco lo que puedo ver. Pero sin ánimo de ufanarme, puedo decir que ese sexto sentido no oficial del que muchos hablan, es el más desarrollado que tengo. Quizá es una forma de balance universal, o un regalo hereditario de mi tía Cielo, de quien dice la leyenda, tenía capacidades extrasensoriales de las que muchos se beneficiaban (menos ella).
Son esas corazonadas que dan más abajo del pecho, mal llamémoslas entonces “estomagadas”, pues es allí donde se origina la sensación de alerta que me embarga con frecuencia, y la que he aprendido a vigilar de cerca. 

Los domingos —después de las 4 pm—, tienden a teñirsen de melancolía e incertidumbre, es como si un velo empolvado se posara en mis ojos y me empañaran a medias la vida; siempre han sido iguales. Puedo afirmar que son incluso peores que los lunes, pues traen consigo un oleaje de presión por la semana que se avecina, como si hubieras quedado mal herido antes de comenzar la batalla. Y mientras más se acerca la noche, el sentimiento de malestar se hace más grande, logrando que el segundero gire con sevicia emitiendo sonidos de burla en mi contra. Pero el de hoy fue un domingo diferente, porque como dice una canción lejana, encontré en una caja musical “mi mágico aposento, mi pequeño castillo”. Y allí entró en juego el sexto sentido, el de la percepción inesperada, esa que ataca por sorpresa pero que no te sorprende con el resultado. 

Durante gran parte de mis cuatro décadas me vi abocado a hacer juicios de valores sobre mi accionar, mis decisiones, incluso mis pensamientos; y comprendí un poco tarde que limitar muchas de ellas entre bien y mal, entre lo indicado o lo erróneo, solamente coartaba mi libertad. Aprendí a darme la oportunidad de sentir más allá de los cánones sociales estipulados, a pensar sin puertas en la cabeza, a abrir la mente ante diferentes situaciones atípicas,  a crear a pesar de ser juzgado, a otorgar el beneficio de la duda antes de juzgar, a mirar el mundo con doble visión, y a ser el dueño de mis riesgos. 

Tal como lo dice el neurocientífico argentino Facundo Manes, en su libro El cerebro del futuro —libro que recomiendo con ahínco—, “... se ha evidenciado que las emociones enriquecen nuestra vida mental y que estas nos llevan a buscar el placer y evitar el dolor”. 


¿Así que por qué no darnos la oportunidad de sentir más? Les aseguro que el intento vale la pena. Feliz semana para todos.

jueves, 24 de mayo de 2018

Chris Cornell y un yogurt de cereza.

Ha pasado algún tiempo desde que publiqué una columna en este espacio, pero han sido días complicados, semanas de batalla, meses convulsionados, donde el giro de la vida me ha dejado lecciones importantes, bofetadas, pérdidas, pero sobre todo donde me he dado cuenta una vez más que la adversidad tiene magia propia, pues es en ella donde emana la fuerza que nos falta a veces para seguir adelante. 

Creo haber leído en alguna hoja, que día sin tropiezo es igual a jornada sin aprendizaje, y lo único que puedo pensar ahora, es que quien escribió tal concepto se justifica con ideas positivas absurdas para darse ánimos. La verdad, es que el aprendizaje está por doquier, en los buenos y en los malos momentos; lo que sucede es que estamos condicionados a analizar las circunstancias con mayor detenimiento en instantes oscuros, en calamidades, en las caídas, y por ignorancia o ingenuidad (que son la misma cosa), pensamos que los buenos tiempos son afines a nuestra condición de vivientes.

Y las hojas han caído de los árboles, y la lluvia se ha dejado venir sobre el asfalto, ese suelo frío e inerme que piso a diario, y en el que he mojado mis sentidos con sangre, con un fuerte dolor de cabeza que se ha propagado hasta los dedos de los pies, y con el que he aprendido a convivir sin opción alguna por el momento. Y escuchando a mi cantante favorito en esta madrugada, me acuerdo que a veces no importa que las ideas tengan sentido para todos, pues lo importante es que en el laberinto de tu cabeza se desarrolle una trama lo suficientemente poderosa para saciar el absurdo.

Me acuerdo con detalles cuando tenía 8 años y me enamoré de Claudia, una musa de mi edad que me regalaba tarjetitas diciéndome que un amigo como yo hacía la vida más bella, y por la que escuchaba las canciones románticas de Perales, suspirando en las noches de lluvia. Y luego, solamente meses más tarde, ese amor de colegio ya no estaba, había desaparecido de mi pecho y de mi mente, pero llegaba Sandra, y un mes más tarde Lina Paola, y luego Viviana quizá, o Andrea, o Pilar, y entonces conocí a mi guitarra, y la toqué con pasión, y así le escribí prosas a ellas, y a otras que no conocía, y a mis amigos, y al futuro incierto, y a la injusticia, y también a la muerte, y me enamoré de ella con locura, y ella de mí, y entonces le escribí poemas, y en un piano viejo escuché su voz por primera vez, y luego llegaron las botellas, y la euforia de la primavera, y los viajes sin regreso, y entonces se me quebró la memoria, y también algunos huesos, y me salieron arrugas en los recuerdos, y decidí hacerme fuerte, y no lo logré hasta ahora, tal vez porque jamás lo he querido lo suficiente.

Y perdí en la ruleta, y pagué altos precios por mis errores y por los errores de otros, y menosprecié momentos que se esfumaron para siempre, y algunas voces que amaba se apagaron delante de mis ojos, y entonces me perdí en un callejón sin salida por años, y divagué en el mismo punto sin movimiento, era como estar paralizado, sin rotación ni traslación, sin que nadie se diera cuenta que estaba ahogado por mi propia saliva.

Es que no es fácil entender que el mundo no gira para vos, y llega la negación fundada en prácticas comunes sin sentido, en foros etéreos, en ficciones arraigadas en nuestros entornos sociales, en mantras inentendibles que pensamos milagrosos. Pero un día cualquiera, en mi caso un jueves, la mirada interna me cambió, y entendí el mejor secreto que yo mismo me había reservado, y fue ahí cuando al comprender que yo era el artífice de mi masoquismo infinito, me despojé de aquellos demonios que me asechaban sin sentido; y fui libre por primera vez.

Poco hablo de mi con seriedad, muy poco; incluso puedo afirmar que solo yo me conozco a fondo, solo yo. Pero a veces, como hay cosas que no me gustan de mi mismo, intento crear los mundos que las voces internas no conocen, y es allí donde puedo ver todo y donde soy testigo hasta del movimiento de la más diminuta partícula, de aquellos iones que nos conforman, de esa memoria colectiva y sabia, de la infinidad que llevamos en cada pelo. 

No, no estoy escribiendo bajo sustancias químicas, a no ser que el yogurt de cereza esté caduco, y entonces ya estaría vomitando más que estas palabras.

Les recomiendo escuchar la voz majestuosa de Chris Cornell, no se arrepentirán. 



viernes, 20 de abril de 2018

Adiós, bienvenidos y buena suerte.

Los días son sorpresivos.
En la mañana del viernes asistí al funeral del esposo de una compañera de trabajo, hecho este que marcó mi semana y me ha hizo analizar la fragilidad de la propia vida.
Sin entrar en detalles, puedo decir que fue una muerte inesperada, una que nos tomó a todos por sorpresa y nos embargó en la tristeza máxima.

Al salir de la capilla, recibí una llamada de un buen amigo, en la que me contaba emocionado que su bebé había acabado de nacer. La noticia afloró una sonrisa en mi alma, y a cientos de kilómetros de distancia lo felicité y me uní a su alegría.

Pero ese mismo día, (y no es un viernes 13), recibí la noticia de la muerte de un gran amigo. Willie acababa de tener un infarto masivo que le arrebató la vida en un instante. Nuevamente me sumía en la tristeza de una partida repentina. Willie es un paraguayo de 65 años que vive en Nueva York (y si escribo en presente porque aun no tengo la capacidad de realismo para hacerlo en pretérito; pero intentaré hacerlo). Fue la persona que cuando llegué con mi familia procedente de Colombia, nos abrió las puertas de su vida, de su hogar, de su círculo, y nos arropó a todos, brindándonos enormes ayudas en momentos difíciles. Willie fue aquel ángel humano que siempre ayudó a todos por igual, esa persona que entendió que el significado de la vida es servir, el tipo al que todos acudimos por consejos, y que sin rayar en el prototipo absurdo del abuelito-sabio, buscaba aventuras diarias montado en su moto, para luego hacer chistes de colores fuertes, y terminar cualquier jornada con un plato de carne asada y una copa de vino tinto.

La imagen de Willie no se borra de mi mente, ni sus dichos, sus acciones jocosas y la conversación que tuvimos la última vez. 

Destapé una cerveza y brindé entonces por Willie, por Ismael (el esposo de mi amiga), y por Esmeralda, la pequeña de mi amigo; pensando que en la vida todo llega y pasa, y se renuevan los días, y nada se detiene, y el tiempo corre deprisa, y el camino de la historia nunca cesa pero las huellas desaparecen.

Y mañana hay una boda. Y se casan dos amigos que pronto procrearán nuevas huellas para que prosigan el sendero interminable de la ausencia, y alumbrarán con sus risas otras vidas, y sufrirán la partida de los que aman, y luego ellos también se irán como hoy lo hacen Ismael y Willie, y sus hijos emularán el ciclo macabro lleno de magia, la rueda que no detiene el giro, esa que se mueve con el viento que emana del movimiento de los que parten.

Adiós chicos, bienvenida bebé hermosa, y buena suerte tortolítos enamorados. Cada uno es una historia diferente dentro del mismo libro.








martes, 10 de abril de 2018

Vivir dos veces

La memoria… ese ser incomprensible y misterioso que juega a su antojo con los sentimientos ajenos, y que sin avisar logra crear los momentos más sublimes de la existencia, pues el recuerdo se vive doblemente.

La hojarasca anterior deriva de una canción que escuché hace unas horas, y que me transportó a una época donde mi vida era distinta, donde seres que ya no están presentes ocupaban roles protagónicos en mi película diaria, donde el tiempo marchaba con pasos despaciosos, cautos, y la vida me alcanzaba para todo.

Seguí entonces escuchando la canción, y al llegar al coro, viajé por un túnel directo al pasado, donde encontré a mi hermana mayor hecha una pequeña, con su uniforme azul, llamándome con su manita para que jugáramos en la planta baja de mi casa que estaba desocupada, y donde nos esperaba un triciclo verde y una casa de muñecas para su Barbie y su Ken.

Y pidiendo con el alma que la canción no terminara, accedí a acompañarla, y al bajar las escalas internas de mi casa, sentí el olor a cemento húmedo producto de la construcción que allí se llevaba a cabo. Vi las paredes azules, los muros intactos con sus columnas donde nos sentábamos a imitar columpios que nos levantaban hasta una nube, las puertas dobles de madera con aldabas de hierro, las baldosas amarillas con manchas rojizas, el patio con paredes en ladrillo sin resanar, formando figurillas de súper heroes y villanos con los que armábamos historias que nunca acababan. 

La canción terminó intempestivamente, pero ahora, mi memoria anárquica estaba sumida en aquel momento mágico, donde veía a los míos, a los que ya no veo, a esos que tantos nos amaban. Y siento el olor de los viejos, de esos viejos que fueron todo un día, y con sus miradas pasivas me llenan. 

Y ahora, mi memoria se ha encargado de que mis pupilas se llenen de lluvia, y aunque ya suena otra canción que no me recuerda nada, sigo absorto en aquel momento que pensaba olvidado, aquel instante del que no tuve consciencia plena y que valía tanto.

Respiro profundo mientras me limpio la cara, y un suspiro me invade el alma.
Ahora, levanto la mirada, y miro la ventana que tengo al frente de mi escritorio. El sol se refleja sobre la calle, creando la sombra de algunas palmeras que se mueven por el viento del día. Y me doy cuenta que el tiempo ha pasado, y que estoy solo, sin ellos, sin poder llamarlos o regresar a la casa de los bajos para abrazarlos, y robarme los dulces que escondían en sus batas levantadoras adrede, y jugar a armar aviones de plastilina. 

Pero como las canciones, los recuerdos permanecen intactos en un cajón misterioso que todos llevamos, quizá no lo abrimos con regularidad, pues lo que allí hallamos nos puede causar terremotos internos; aunque de vez en cuando es necesario volver a tocar base con la única realidad que tenemos, la que vivimos, esa que es nuestra y que nadie puede robarnos.

Es cierto; cuando recordamos vivimos doblemente, para bien o para mal.


¡Viva la memoria! aunque a veces nos tome desprevenidos, fuera de base; y nos sumerja en los océanos de los que jamas logramos naufragar, ya sea porque nunca quisimos hacerlo, o porque por mas que nademos no existe una orilla en la que queramos acampar.






domingo, 1 de abril de 2018

Mi día de suerte.

Abro la galleta china de la suerte después de comer en el restaurante de mi amiga Lee, y me dispongo a leer con entusiasmo el mensaje mágico que conlleva:
“Hoy es tu día de suerte…una buena noticia a puertas”.
Inmediatamente una llama de buena vibra me recorre el cuerpo, y el poder de la sugestión se apodera de mi ser. Me siento como si fuera el dueño del universo, incluso siento que tengo unos centímetros más de estatura y unos menos de barriga.
Pago entonces mi cuenta con enorme satisfacción, sabiendo de antemano que es mi día de suerte y que no tengo limites por las siguientes horas.
El mesero, un hombre treintañero, achinado y con poco manejo en el idioma extranjero, se ha limitado a sonreírme con timidez cada vez que le pido algo, y ahora no lo veo para despedirme. Me acerco entonces a mi amiga Lee y le doy un abrazo de despedida, de gratitud por su amistad sincera; pero al voltear hacia la salida, aquel sujeto que se había perdido de mi radar me choca con una bandeja llena de refrescos, y me los tira sobre la ropa dejándome empapado.
-Soly soly-, indica asustado queriéndome limpiar, pero no hay mucho qué hacer para evitar que tenga que regresar a casa a tomar una ducha y vestirme de nuevo. Le digo que no se preocupe, que accidentes pasan todos los días, además pienso que es mi día de suerte y nada ni nadie podrá evitar que tenga un final feliz.
Camino entonces con rumbo a mi carro, sin percatarme que unos pasos más adelante hay una caca de perro que no han limpiado y en la que poso mi zapato, sintiendo cómo se sumerge la suela del mismo en aquella movediza plasta. Maldigo por primera vez, imaginándome a la bestia, que no limpió aquel excremento. 
Los próximos quince minutos los invierto en la limpieza de mi zapato, y en quitar la olorosa mierda de los canales curvos de la suela. Para tal efecto, uso una de las muchas llaves que siempre cargo, y la que aun no sé qué puerta abre, pero por lo menos ahora ha servido para algo.
Arrojo el zapato medio untado al suelo de la parte de atrás del auto, y entro a brincos evitando que el pie toque el asfalto mojado por la lluvia que ha comenzado a caer.
Prendo el carro y me doy cuenta que hay una luz encendida (la de la gasolina), y presumo que con el combustible que reside en el fondo de mi tanque no será suficiente para llegar a casa. Maldigo por segunda vez, ya que tuve la oportunidad de ir a la gasolinera en la mañana, pero lo pospuse porque me he acostumbrado a posponer todo en mi vida.
Ahora cae un aguacero dilúvico, solo tengo puesto un zapato, y no tenia presupuestado regresar a casa.
—Llegaré tarde a trabajar—, aseguro molesto mentalmente mientras busco un plan para ahorrar tiempo, pero no lo hallo.
Respiro con profundidad; y leyendo el mensaje chino me digo molesto: —Vaya día de suerte. Gente de mierda la que escribe estas putas galletitas—.
Encuentro una estación de gasolina y resuelvo el primer problema, luego me dirijo a casa, me doy una ducha maratónica y en cinco minutos vuelvo a entrar al auto, que ahora apesta porque se me olvidó bajar el zapato.
Prendó el aire acondicionado a todo lo que da, aviso a un par de colegas que me tardaré un poco, y emprendo mi ruta, para encontrarme minutos luego con un trancón vehicular generado por la precipitación y un accidente cualquiera que paraliza al menos dos carriles de la autopista.
—Mi día de suerte—, pienso por enésima vez, mientras contesto una llamada que no esperaba en absoluto.
Al colgar, decido entonces tomar la primera salida que encuentro, y parar en una tienda de café. Paso las siguientes horas digiriendo la vida y su contexto, con la mente posada en el camino recorrido, en los recuerdos, con las manos aún frías y las palpitaciones haciendo ruido en mi cabeza.
Decido con el último sorbo del café aceptar la adversidad como parte del sendero, como balance de aquellos momentos de placer y calma que también recibo a menudo, como maestra de crecimiento y entidad complaciente de mi masoquismo extremo.
Regreso a la oficina un poco tarde, un poco mojado por dentro y por fuera, pero con la certeza plena de ser el dueño de mis emociones y mis actos, ahora más que siempre.
Solo horas más tarde me poso en unos brazos que me cobijan y me dan valor, luego en otros y en otros, y en las voces cálidas llenas de amor de quienes son cercanos, pocos pero suficientes para mí.
No puedo cerrar los ojos aunque sean las 4 de la mañana, de otra mañana que muchos damos por obligada, o que a veces ni siquiera la vemos pasar sobre nuestro cuerpo, sobre nuestra rutina, porque se ha convertido exactamente en eso: una macabra rutina, donde es lo mismo las 5 am que las 11, un trueno en la tarde que en la noche, un trino de un pájaro al salir el sol que cuando se oculta. Perdimos la noción de la importancia auténtica, y nos sumergimos en pantallas y pretensiones, en ganar adeptos y perder realidades, en maquinizarnos y crecer desde afuera, no desde adentro. 

Por fin entiendo ahora que la galletita del medio día tenía razón: es mi día de suerte, tengo suerte de estar aquí, pensando de la manera en que lo hago, y dispuesto a combatir al enemigo que a veces es mi mejor amigo.

lunes, 19 de marzo de 2018

Sin boleto de regreso


Con el paso de los años comienzan a generarse ideas diversas, como si con cada experiencia marcada en el cúmulo de hojas de calendario, la mente se volviera un aeropuerto internacional, donde pueden arribar sin pasaporte todas las opiniones derivadas de vivencias varias, y en donde vos decides cuales se quedarán a vivir en tu país.
Por cuestiones que no vienen al caso (porque el caso no perdura), puedo saborear con placer prolongado, los adioses que decido, esas deportaciones a la postrimería de quienes por ingenuidad logré confundir con circuitos arraigados a mi sistema, pero que en realidad carcomieron las entrañas del plan mismo.

Con el paso de las lunas, y con los fracasos diarios que nos llenan de luz, se puede seguir avanzando por el sendero, con calma imponente, con esa tranquilidad que te arropa el sueño y los ojos de tus seres amados.

Los pasos continúan, la mayoría de las veces torcidos, pero la mirada, con sus defectos y empaño, siempre está posicionada en la magia, esa que me hace cometer tantos errores adrede, esa de la que emanamos y que nos mueve como fichitas de juego de mesa.

Hoy entiendo menos el destino, pero más el camino, el que yo mismo pavimento al ritmo de mis ideas diversas.

Todos son bienvenidos a caminar un rato en él, luego yo decido quienes continúan a mi lado.



martes, 27 de febrero de 2018

La voz de la mente,

¿Y si dijéramos las cosas tal cual las pensamos?
¿Sería entonces un mundo más fácil de digerir que el actual, o por el contrario haríamos todo más complicado?
Muchas veces revestimos de filtros nuestras palabras para quedar bien con los demás, las adornamos con papeles de celofán plateados como si fueran regalos que debemos entregar con sutileza, evitando así herir susceptibilidades y lo más importante (lo menos importante), que no nos juzguen, señalen, o quedemos estereotipados como aquellos individuos rudos que hablan sin consideración por nadie.

La verdad duele, afirma siempre mi amigo David; pero es necesaria, le contesta mi amigo Luis Miguel, en una de nuestras conversaciones innocuas y constantes sobre los beneficios a largo plazo que tendría decir lo que pasa por nuestra mente de manera sincera.

La vida es corta, y aún más relevante que su duración debe ser la responsabilidad propia con que la debemos asumir. Intentar agradar a todos es simplemente una actitud pusilánime. Es vital tomar decisiones de vida, defender un punto de vista, tener una visión propia de nuestra realidad única, crecer como seres individuales, auténticos. 

Todos batallamos en guerras diversas, personales, y nadie aprende por errores cometidos por otros, pero tampoco nadie crece sin toparse de narices con el sentimiento de debilidad y cobardía que embarga la piel cuando sabemos que obramos de una forma equivocada solo por el hecho de buscar pertenencia a un grupo (sociedad) que está más perdido que nosotros.

La zona de comodidad es un enemigo acérrimo que nos sumerge en una pasividad viciosa, y comenzamos a girar dentro de una esfera enfermiza que debido a su velocidad imposibilita que salgamos de ella y por ende que crezcamos.

Las religiones, creadoras de brechas entre pecadores y redentores, generadoras de odios y manipuladoras de ideas salvadoras a su antojo, los cánones establecidos como imposiciones sociales, el desprecio por las diferencias, por los gustos sexuales ajenos a los 'convencionales', por la diversidad cultural, por las visiones libres y científicas que ponen en riesgo las verdades absolutas, nos han enterrado vivos por siempre. No hay manera de evolucionar como sociedad sin que nos deshagamos de estas cadenas que nos esclavizan.

Somos más de 7 mil millones de seres divagando en un planeta que nos acoge por obligación. Personas que sufren padecimientos extremos, hambre, soledad, humillaciones, abandono, secuestros, torturas; algunos con mentes tan brillantes que es casi imposible pertenecer a un plano que no los entiende y por ende sufren de vejaciones enmarcadas en tecnicismos que los aleja de la normalidad. 
¿Acaso no es más importante enfocarnos en aquellos que sufren en nuestro entorno, que en deidades que no vemos?
¿Acaso la supuesta salvación a la que muchos aspiran (no es mi caso), no debería lograrse ayudando a nuestros semejantes y no por medio de rezos y diezmos?
¿Será que seguimos haciendo todo al revés?

No hay que ir a la India para hallar pobreza absoluta, ni hacer el camino de Santiago para que la espiritualidad emane. No. Tenemos sufrimiento al lado; incluso si vivimos en Suiza.

Igual tengo confianza plena en el futuro lejano, y sé que los templos serán museos, y nadie dormirá en las calles a la intemperie, ni se aguantará hambre, ni se matará porque el dios de un bando es más importante que el del otro grupo de fanáticos. Creo en la evolución, y aunque esta se mueva a pasos de tortuga, aguardo en ella, aunque sea para imaginármela desde mi cuerpo irreal que un día desaparecerá para suerte de todos.














lunes, 19 de febrero de 2018

Sugestión onírica


No puedo aún entender bien lo sucedido. Me acosté alrededor de las 3 de la mañana como de costumbre, y tras una hora hedonista al lado de una copa y una musa de colores brillantes, me invadió el sueño.

Inmediatamente comencé a caminar sobre una montaña de arena blanca donde mis pies se hundían y me dificultaban cada paso siguiente. Un fuerte bochorno hizo que me fuera deshaciendo de mis harapos cual bailarín de club nocturno mediterráneo, hasta el punto de quedar solo con una media puesta.

Busqué sombra para desfallecer, pero en vano mis esperanzas quedaron en el utópico ‘morfeano’. Toda la vida a cuestas, todas las metas logradas, el sacrificio, los años de andariego peregrinaje, para terminar sucumbido entre la nada caliente, dándome cuenta de que la vida misma es el oropel de quienes la inventan, y la esclavitud de quienes la padecemos.

Sin fortaleza avancé un paso más, pero en ese instante fui capturado por dos hombres gigantes y llenos de vigor, quienes con una risa burlona me golpearon con sus puños desnudos. La arena se fundió en mi lengua, en mis pupilas.

Con dos barras de hierro, los energúmenos desconocidos comenzaron a quebrarme las piernas. Intenté gritar, pero no obtuve respuesta de mi garganta seca arenosa. Solo sentía como las rodillas se fracturaban y se desgarraban mis tendones. Un golpe más me sacudió cada tobillo. Apreté los ojos y en medio de mi agonía disfruté el sufrimiento hasta el punto de lograr recordar la copa ingerida segundos antes.

Abrí tímidamente mis ventanas faciales para ver como el más perverso de los dos villanos levantaba el hierro para volarme lo que quedaba de mi cabeza. En ese preciso instante desperté abruptamente en el costado de mi cama. Aun respirando de manera pesada, me reincorporé sintiendo granos de arena sobre mi cara. Bebí el asiento del vaso que reposaba sobre la mesa de noche, y me revisé las rodillas.

Eran solamente las 3:03 de la mañana.

No fue fácil conciliar el sueño nuevamente. Desperté varias veces en la noche, hasta que las 7 de la mañana propiciaron mi levantada por partida doble. Sin embargo, hoy he tenido un fuerte dolor en las piernas que me han impedido caminar de manera orgánica.

¿Sugestión? Quizá, pero la dolencia es real.

Espero esta noche soñar con el bacanal de la antigua Roma, y amanecer satisfecho de la rumba a la que me auto invito.

sábado, 3 de febrero de 2018

Vaya deportista...

Comienza a caer la noche sobre medio planeta. Es fin de semana, y la temperatura es propicia para hacer ejercicio. Manejo mi auto con un plan determinado sin que ningún desvío se interponga en mi camino. Luego llego hasta un enorme parque, con vista al agua, donde cientos de personas practican diferentes actividades deportivas. 

Camino con sigilo planeando en cuál de ellas me aventuraré, pero mientras voy decidiéndolo, topo con una banca que está justo debajo de un frondoso árbol que aromatiza el lugar.

Poso mi mermado trasero sobre aquella madera pintada de blanco, y analizo mi próximo movimiento. Algunos juegan fútbol a escasos metros, otros voleibol; más allá, un grupo arroja un disco que vuela por el aire en forma de platillo volador, pasando sobre las cabezas de quienes circundan en sus bicicletas.

No soy un gran deportista (nunca lo he sido), y consciente de mi realidad, sacó de mi bolsillo un cigarrillo mentolado y le doy vida a las páginas del libro que traigo en mi mochila.

El bullicio de los deportistas me apacigua la mente, y la hermosa vista del agua que suena a lo lejos, se funde con la grata sensación del humo saliendo de mi boca, ya que no aprendí jamás a expirarlo por mis torcidas fosas nasales.

Paso casi dos horas carcomiendo la magnífica historia que tengo en mis piernas, e intentando de vez en cuando hacer una bocanada con forma de anillo, pero fracaso en el intento y lo único que sale de mi boca es un fantasma sin forma que se difumina en la noche.

No soy un tipo de muchos amigos, tampoco alguien que disfrute de la compañía de grupos, pues sin saber el por qué, pierdo fácilmente el enfoque de las palabras escuchadas, y termino divagando entre notas musicales y curvas de damiselas. Pero me gusta estar rodeado de otros que no estén conmigo, sentir el mundo a mi alcance, saber que depende de mí asociarme o desasociarme con la realidad en la que no habito completamente.

No se trata de timidez, pues no sufro de este contratiempo; es solo que en el silencio de mi boca hallo la tranquilidad que pierdo en el bullicio de las sílabas. 

Analizándolo bien, me atrevo a asegurar que mi situación no es atípica, y por eso es que en la actualidad vemos a tantos seres mecanizados y perdidos en las pantallas de sus artefactos tecnológicos, socializando con espectros que no están al alcance de la mano, pero en un entorno lleno de gente. 

Y rindiéndole un tributo al último cigarrillo de la caja, decido consumirlo con lujuria, especialmente porque me quedan las dos páginas finales de quien fue compañera por una semana. 

Me embarga una especie de melancolía siempre que termino de leer un buen libro; es como si me despidiera para siempre de un amor que no quiero dejar, como si se me cayera un diente más. Con un suspiro le doy las gracias y boto la colilla del pucho a la basura. 

Ahora puedo regresar a casa después de un viaje al pasado y un amor inconcluso... mis deportes favoritos.