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jueves, 24 de mayo de 2018

Chris Cornell y un yogurt de cereza.

Ha pasado algún tiempo desde que publiqué una columna en este espacio, pero han sido días complicados, semanas de batalla, meses convulsionados, donde el giro de la vida me ha dejado lecciones importantes, bofetadas, pérdidas, pero sobre todo donde me he dado cuenta una vez más que la adversidad tiene magia propia, pues es en ella donde emana la fuerza que nos falta a veces para seguir adelante. 

Creo haber leído en alguna hoja, que día sin tropiezo es igual a jornada sin aprendizaje, y lo único que puedo pensar ahora, es que quien escribió tal concepto se justifica con ideas positivas absurdas para darse ánimos. La verdad, es que el aprendizaje está por doquier, en los buenos y en los malos momentos; lo que sucede es que estamos condicionados a analizar las circunstancias con mayor detenimiento en instantes oscuros, en calamidades, en las caídas, y por ignorancia o ingenuidad (que son la misma cosa), pensamos que los buenos tiempos son afines a nuestra condición de vivientes.

Y las hojas han caído de los árboles, y la lluvia se ha dejado venir sobre el asfalto, ese suelo frío e inerme que piso a diario, y en el que he mojado mis sentidos con sangre, con un fuerte dolor de cabeza que se ha propagado hasta los dedos de los pies, y con el que he aprendido a convivir sin opción alguna por el momento. Y escuchando a mi cantante favorito en esta madrugada, me acuerdo que a veces no importa que las ideas tengan sentido para todos, pues lo importante es que en el laberinto de tu cabeza se desarrolle una trama lo suficientemente poderosa para saciar el absurdo.

Me acuerdo con detalles cuando tenía 8 años y me enamoré de Claudia, una musa de mi edad que me regalaba tarjetitas diciéndome que un amigo como yo hacía la vida más bella, y por la que escuchaba las canciones románticas de Perales, suspirando en las noches de lluvia. Y luego, solamente meses más tarde, ese amor de colegio ya no estaba, había desaparecido de mi pecho y de mi mente, pero llegaba Sandra, y un mes más tarde Lina Paola, y luego Viviana quizá, o Andrea, o Pilar, y entonces conocí a mi guitarra, y la toqué con pasión, y así le escribí prosas a ellas, y a otras que no conocía, y a mis amigos, y al futuro incierto, y a la injusticia, y también a la muerte, y me enamoré de ella con locura, y ella de mí, y entonces le escribí poemas, y en un piano viejo escuché su voz por primera vez, y luego llegaron las botellas, y la euforia de la primavera, y los viajes sin regreso, y entonces se me quebró la memoria, y también algunos huesos, y me salieron arrugas en los recuerdos, y decidí hacerme fuerte, y no lo logré hasta ahora, tal vez porque jamás lo he querido lo suficiente.

Y perdí en la ruleta, y pagué altos precios por mis errores y por los errores de otros, y menosprecié momentos que se esfumaron para siempre, y algunas voces que amaba se apagaron delante de mis ojos, y entonces me perdí en un callejón sin salida por años, y divagué en el mismo punto sin movimiento, era como estar paralizado, sin rotación ni traslación, sin que nadie se diera cuenta que estaba ahogado por mi propia saliva.

Es que no es fácil entender que el mundo no gira para vos, y llega la negación fundada en prácticas comunes sin sentido, en foros etéreos, en ficciones arraigadas en nuestros entornos sociales, en mantras inentendibles que pensamos milagrosos. Pero un día cualquiera, en mi caso un jueves, la mirada interna me cambió, y entendí el mejor secreto que yo mismo me había reservado, y fue ahí cuando al comprender que yo era el artífice de mi masoquismo infinito, me despojé de aquellos demonios que me asechaban sin sentido; y fui libre por primera vez.

Poco hablo de mi con seriedad, muy poco; incluso puedo afirmar que solo yo me conozco a fondo, solo yo. Pero a veces, como hay cosas que no me gustan de mi mismo, intento crear los mundos que las voces internas no conocen, y es allí donde puedo ver todo y donde soy testigo hasta del movimiento de la más diminuta partícula, de aquellos iones que nos conforman, de esa memoria colectiva y sabia, de la infinidad que llevamos en cada pelo. 

No, no estoy escribiendo bajo sustancias químicas, a no ser que el yogurt de cereza esté caduco, y entonces ya estaría vomitando más que estas palabras.

Les recomiendo escuchar la voz majestuosa de Chris Cornell, no se arrepentirán. 



viernes, 20 de abril de 2018

Adiós, bienvenidos y buena suerte.

Los días son sorpresivos.
En la mañana del viernes asistí al funeral del esposo de una compañera de trabajo, hecho este que marcó mi semana y me ha hizo analizar la fragilidad de la propia vida.
Sin entrar en detalles, puedo decir que fue una muerte inesperada, una que nos tomó a todos por sorpresa y nos embargó en la tristeza máxima.

Al salir de la capilla, recibí una llamada de un buen amigo, en la que me contaba emocionado que su bebé había acabado de nacer. La noticia afloró una sonrisa en mi alma, y a cientos de kilómetros de distancia lo felicité y me uní a su alegría.

Pero ese mismo día, (y no es un viernes 13), recibí la noticia de la muerte de un gran amigo. Willie acababa de tener un infarto masivo que le arrebató la vida en un instante. Nuevamente me sumía en la tristeza de una partida repentina. Willie es un paraguayo de 65 años que vive en Nueva York (y si escribo en presente porque aun no tengo la capacidad de realismo para hacerlo en pretérito; pero intentaré hacerlo). Fue la persona que cuando llegué con mi familia procedente de Colombia, nos abrió las puertas de su vida, de su hogar, de su círculo, y nos arropó a todos, brindándonos enormes ayudas en momentos difíciles. Willie fue aquel ángel humano que siempre ayudó a todos por igual, esa persona que entendió que el significado de la vida es servir, el tipo al que todos acudimos por consejos, y que sin rayar en el prototipo absurdo del abuelito-sabio, buscaba aventuras diarias montado en su moto, para luego hacer chistes de colores fuertes, y terminar cualquier jornada con un plato de carne asada y una copa de vino tinto.

La imagen de Willie no se borra de mi mente, ni sus dichos, sus acciones jocosas y la conversación que tuvimos la última vez. 

Destapé una cerveza y brindé entonces por Willie, por Ismael (el esposo de mi amiga), y por Esmeralda, la pequeña de mi amigo; pensando que en la vida todo llega y pasa, y se renuevan los días, y nada se detiene, y el tiempo corre deprisa, y el camino de la historia nunca cesa pero las huellas desaparecen.

Y mañana hay una boda. Y se casan dos amigos que pronto procrearán nuevas huellas para que prosigan el sendero interminable de la ausencia, y alumbrarán con sus risas otras vidas, y sufrirán la partida de los que aman, y luego ellos también se irán como hoy lo hacen Ismael y Willie, y sus hijos emularán el ciclo macabro lleno de magia, la rueda que no detiene el giro, esa que se mueve con el viento que emana del movimiento de los que parten.

Adiós chicos, bienvenida bebé hermosa, y buena suerte tortolítos enamorados. Cada uno es una historia diferente dentro del mismo libro.








martes, 10 de abril de 2018

Vivir dos veces

La memoria… ese ser incomprensible y misterioso que juega a su antojo con los sentimientos ajenos, y que sin avisar logra crear los momentos más sublimes de la existencia, pues el recuerdo se vive doblemente.

La hojarasca anterior deriva de una canción que escuché hace unas horas, y que me transportó a una época donde mi vida era distinta, donde seres que ya no están presentes ocupaban roles protagónicos en mi película diaria, donde el tiempo marchaba con pasos despaciosos, cautos, y la vida me alcanzaba para todo.

Seguí entonces escuchando la canción, y al llegar al coro, viajé por un túnel directo al pasado, donde encontré a mi hermana mayor hecha una pequeña, con su uniforme azul, llamándome con su manita para que jugáramos en la planta baja de mi casa que estaba desocupada, y donde nos esperaba un triciclo verde y una casa de muñecas para su Barbie y su Ken.

Y pidiendo con el alma que la canción no terminara, accedí a acompañarla, y al bajar las escalas internas de mi casa, sentí el olor a cemento húmedo producto de la construcción que allí se llevaba a cabo. Vi las paredes azules, los muros intactos con sus columnas donde nos sentábamos a imitar columpios que nos levantaban hasta una nube, las puertas dobles de madera con aldabas de hierro, las baldosas amarillas con manchas rojizas, el patio con paredes en ladrillo sin resanar, formando figurillas de súper heroes y villanos con los que armábamos historias que nunca acababan. 

La canción terminó intempestivamente, pero ahora, mi memoria anárquica estaba sumida en aquel momento mágico, donde veía a los míos, a los que ya no veo, a esos que tantos nos amaban. Y siento el olor de los viejos, de esos viejos que fueron todo un día, y con sus miradas pasivas me llenan. 

Y ahora, mi memoria se ha encargado de que mis pupilas se llenen de lluvia, y aunque ya suena otra canción que no me recuerda nada, sigo absorto en aquel momento que pensaba olvidado, aquel instante del que no tuve consciencia plena y que valía tanto.

Respiro profundo mientras me limpio la cara, y un suspiro me invade el alma.
Ahora, levanto la mirada, y miro la ventana que tengo al frente de mi escritorio. El sol se refleja sobre la calle, creando la sombra de algunas palmeras que se mueven por el viento del día. Y me doy cuenta que el tiempo ha pasado, y que estoy solo, sin ellos, sin poder llamarlos o regresar a la casa de los bajos para abrazarlos, y robarme los dulces que escondían en sus batas levantadoras adrede, y jugar a armar aviones de plastilina. 

Pero como las canciones, los recuerdos permanecen intactos en un cajón misterioso que todos llevamos, quizá no lo abrimos con regularidad, pues lo que allí hallamos nos puede causar terremotos internos; aunque de vez en cuando es necesario volver a tocar base con la única realidad que tenemos, la que vivimos, esa que es nuestra y que nadie puede robarnos.

Es cierto; cuando recordamos vivimos doblemente, para bien o para mal.


¡Viva la memoria! aunque a veces nos tome desprevenidos, fuera de base; y nos sumerja en los océanos de los que jamas logramos naufragar, ya sea porque nunca quisimos hacerlo, o porque por mas que nademos no existe una orilla en la que queramos acampar.






domingo, 1 de abril de 2018

Mi día de suerte.

Abro la galleta china de la suerte después de comer en el restaurante de mi amiga Lee, y me dispongo a leer con entusiasmo el mensaje mágico que conlleva:
“Hoy es tu día de suerte…una buena noticia a puertas”.
Inmediatamente una llama de buena vibra me recorre el cuerpo, y el poder de la sugestión se apodera de mi ser. Me siento como si fuera el dueño del universo, incluso siento que tengo unos centímetros más de estatura y unos menos de barriga.
Pago entonces mi cuenta con enorme satisfacción, sabiendo de antemano que es mi día de suerte y que no tengo limites por las siguientes horas.
El mesero, un hombre treintañero, achinado y con poco manejo en el idioma extranjero, se ha limitado a sonreírme con timidez cada vez que le pido algo, y ahora no lo veo para despedirme. Me acerco entonces a mi amiga Lee y le doy un abrazo de despedida, de gratitud por su amistad sincera; pero al voltear hacia la salida, aquel sujeto que se había perdido de mi radar me choca con una bandeja llena de refrescos, y me los tira sobre la ropa dejándome empapado.
-Soly soly-, indica asustado queriéndome limpiar, pero no hay mucho qué hacer para evitar que tenga que regresar a casa a tomar una ducha y vestirme de nuevo. Le digo que no se preocupe, que accidentes pasan todos los días, además pienso que es mi día de suerte y nada ni nadie podrá evitar que tenga un final feliz.
Camino entonces con rumbo a mi carro, sin percatarme que unos pasos más adelante hay una caca de perro que no han limpiado y en la que poso mi zapato, sintiendo cómo se sumerge la suela del mismo en aquella movediza plasta. Maldigo por primera vez, imaginándome a la bestia, que no limpió aquel excremento. 
Los próximos quince minutos los invierto en la limpieza de mi zapato, y en quitar la olorosa mierda de los canales curvos de la suela. Para tal efecto, uso una de las muchas llaves que siempre cargo, y la que aun no sé qué puerta abre, pero por lo menos ahora ha servido para algo.
Arrojo el zapato medio untado al suelo de la parte de atrás del auto, y entro a brincos evitando que el pie toque el asfalto mojado por la lluvia que ha comenzado a caer.
Prendo el carro y me doy cuenta que hay una luz encendida (la de la gasolina), y presumo que con el combustible que reside en el fondo de mi tanque no será suficiente para llegar a casa. Maldigo por segunda vez, ya que tuve la oportunidad de ir a la gasolinera en la mañana, pero lo pospuse porque me he acostumbrado a posponer todo en mi vida.
Ahora cae un aguacero dilúvico, solo tengo puesto un zapato, y no tenia presupuestado regresar a casa.
—Llegaré tarde a trabajar—, aseguro molesto mentalmente mientras busco un plan para ahorrar tiempo, pero no lo hallo.
Respiro con profundidad; y leyendo el mensaje chino me digo molesto: —Vaya día de suerte. Gente de mierda la que escribe estas putas galletitas—.
Encuentro una estación de gasolina y resuelvo el primer problema, luego me dirijo a casa, me doy una ducha maratónica y en cinco minutos vuelvo a entrar al auto, que ahora apesta porque se me olvidó bajar el zapato.
Prendó el aire acondicionado a todo lo que da, aviso a un par de colegas que me tardaré un poco, y emprendo mi ruta, para encontrarme minutos luego con un trancón vehicular generado por la precipitación y un accidente cualquiera que paraliza al menos dos carriles de la autopista.
—Mi día de suerte—, pienso por enésima vez, mientras contesto una llamada que no esperaba en absoluto.
Al colgar, decido entonces tomar la primera salida que encuentro, y parar en una tienda de café. Paso las siguientes horas digiriendo la vida y su contexto, con la mente posada en el camino recorrido, en los recuerdos, con las manos aún frías y las palpitaciones haciendo ruido en mi cabeza.
Decido con el último sorbo del café aceptar la adversidad como parte del sendero, como balance de aquellos momentos de placer y calma que también recibo a menudo, como maestra de crecimiento y entidad complaciente de mi masoquismo extremo.
Regreso a la oficina un poco tarde, un poco mojado por dentro y por fuera, pero con la certeza plena de ser el dueño de mis emociones y mis actos, ahora más que siempre.
Solo horas más tarde me poso en unos brazos que me cobijan y me dan valor, luego en otros y en otros, y en las voces cálidas llenas de amor de quienes son cercanos, pocos pero suficientes para mí.
No puedo cerrar los ojos aunque sean las 4 de la mañana, de otra mañana que muchos damos por obligada, o que a veces ni siquiera la vemos pasar sobre nuestro cuerpo, sobre nuestra rutina, porque se ha convertido exactamente en eso: una macabra rutina, donde es lo mismo las 5 am que las 11, un trueno en la tarde que en la noche, un trino de un pájaro al salir el sol que cuando se oculta. Perdimos la noción de la importancia auténtica, y nos sumergimos en pantallas y pretensiones, en ganar adeptos y perder realidades, en maquinizarnos y crecer desde afuera, no desde adentro. 

Por fin entiendo ahora que la galletita del medio día tenía razón: es mi día de suerte, tengo suerte de estar aquí, pensando de la manera en que lo hago, y dispuesto a combatir al enemigo que a veces es mi mejor amigo.

lunes, 19 de marzo de 2018

Sin boleto de regreso


Con el paso de los años comienzan a generarse ideas diversas, como si con cada experiencia marcada en el cúmulo de hojas de calendario, la mente se volviera un aeropuerto internacional, donde pueden arribar sin pasaporte todas las opiniones derivadas de vivencias varias, y en donde vos decides cuales se quedarán a vivir en tu país.
Por cuestiones que no vienen al caso (porque el caso no perdura), puedo saborear con placer prolongado, los adioses que decido, esas deportaciones a la postrimería de quienes por ingenuidad logré confundir con circuitos arraigados a mi sistema, pero que en realidad carcomieron las entrañas del plan mismo.

Con el paso de las lunas, y con los fracasos diarios que nos llenan de luz, se puede seguir avanzando por el sendero, con calma imponente, con esa tranquilidad que te arropa el sueño y los ojos de tus seres amados.

Los pasos continúan, la mayoría de las veces torcidos, pero la mirada, con sus defectos y empaño, siempre está posicionada en la magia, esa que me hace cometer tantos errores adrede, esa de la que emanamos y que nos mueve como fichitas de juego de mesa.

Hoy entiendo menos el destino, pero más el camino, el que yo mismo pavimento al ritmo de mis ideas diversas.

Todos son bienvenidos a caminar un rato en él, luego yo decido quienes continúan a mi lado.



martes, 27 de febrero de 2018

La voz de la mente,

¿Y si dijéramos las cosas tal cual las pensamos?
¿Sería entonces un mundo más fácil de digerir que el actual, o por el contrario haríamos todo más complicado?
Muchas veces revestimos de filtros nuestras palabras para quedar bien con los demás, las adornamos con papeles de celofán plateados como si fueran regalos que debemos entregar con sutileza, evitando así herir susceptibilidades y lo más importante (lo menos importante), que no nos juzguen, señalen, o quedemos estereotipados como aquellos individuos rudos que hablan sin consideración por nadie.

La verdad duele, afirma siempre mi amigo David; pero es necesaria, le contesta mi amigo Luis Miguel, en una de nuestras conversaciones innocuas y constantes sobre los beneficios a largo plazo que tendría decir lo que pasa por nuestra mente de manera sincera.

La vida es corta, y aún más relevante que su duración debe ser la responsabilidad propia con que la debemos asumir. Intentar agradar a todos es simplemente una actitud pusilánime. Es vital tomar decisiones de vida, defender un punto de vista, tener una visión propia de nuestra realidad única, crecer como seres individuales, auténticos. 

Todos batallamos en guerras diversas, personales, y nadie aprende por errores cometidos por otros, pero tampoco nadie crece sin toparse de narices con el sentimiento de debilidad y cobardía que embarga la piel cuando sabemos que obramos de una forma equivocada solo por el hecho de buscar pertenencia a un grupo (sociedad) que está más perdido que nosotros.

La zona de comodidad es un enemigo acérrimo que nos sumerge en una pasividad viciosa, y comenzamos a girar dentro de una esfera enfermiza que debido a su velocidad imposibilita que salgamos de ella y por ende que crezcamos.

Las religiones, creadoras de brechas entre pecadores y redentores, generadoras de odios y manipuladoras de ideas salvadoras a su antojo, los cánones establecidos como imposiciones sociales, el desprecio por las diferencias, por los gustos sexuales ajenos a los 'convencionales', por la diversidad cultural, por las visiones libres y científicas que ponen en riesgo las verdades absolutas, nos han enterrado vivos por siempre. No hay manera de evolucionar como sociedad sin que nos deshagamos de estas cadenas que nos esclavizan.

Somos más de 7 mil millones de seres divagando en un planeta que nos acoge por obligación. Personas que sufren padecimientos extremos, hambre, soledad, humillaciones, abandono, secuestros, torturas; algunos con mentes tan brillantes que es casi imposible pertenecer a un plano que no los entiende y por ende sufren de vejaciones enmarcadas en tecnicismos que los aleja de la normalidad. 
¿Acaso no es más importante enfocarnos en aquellos que sufren en nuestro entorno, que en deidades que no vemos?
¿Acaso la supuesta salvación a la que muchos aspiran (no es mi caso), no debería lograrse ayudando a nuestros semejantes y no por medio de rezos y diezmos?
¿Será que seguimos haciendo todo al revés?

No hay que ir a la India para hallar pobreza absoluta, ni hacer el camino de Santiago para que la espiritualidad emane. No. Tenemos sufrimiento al lado; incluso si vivimos en Suiza.

Igual tengo confianza plena en el futuro lejano, y sé que los templos serán museos, y nadie dormirá en las calles a la intemperie, ni se aguantará hambre, ni se matará porque el dios de un bando es más importante que el del otro grupo de fanáticos. Creo en la evolución, y aunque esta se mueva a pasos de tortuga, aguardo en ella, aunque sea para imaginármela desde mi cuerpo irreal que un día desaparecerá para suerte de todos.














lunes, 19 de febrero de 2018

Sugestión onírica


No puedo aún entender bien lo sucedido. Me acosté alrededor de las 3 de la mañana como de costumbre, y tras una hora hedonista al lado de una copa y una musa de colores brillantes, me invadió el sueño.

Inmediatamente comencé a caminar sobre una montaña de arena blanca donde mis pies se hundían y me dificultaban cada paso siguiente. Un fuerte bochorno hizo que me fuera deshaciendo de mis harapos cual bailarín de club nocturno mediterráneo, hasta el punto de quedar solo con una media puesta.

Busqué sombra para desfallecer, pero en vano mis esperanzas quedaron en el utópico ‘morfeano’. Toda la vida a cuestas, todas las metas logradas, el sacrificio, los años de andariego peregrinaje, para terminar sucumbido entre la nada caliente, dándome cuenta de que la vida misma es el oropel de quienes la inventan, y la esclavitud de quienes la padecemos.

Sin fortaleza avancé un paso más, pero en ese instante fui capturado por dos hombres gigantes y llenos de vigor, quienes con una risa burlona me golpearon con sus puños desnudos. La arena se fundió en mi lengua, en mis pupilas.

Con dos barras de hierro, los energúmenos desconocidos comenzaron a quebrarme las piernas. Intenté gritar, pero no obtuve respuesta de mi garganta seca arenosa. Solo sentía como las rodillas se fracturaban y se desgarraban mis tendones. Un golpe más me sacudió cada tobillo. Apreté los ojos y en medio de mi agonía disfruté el sufrimiento hasta el punto de lograr recordar la copa ingerida segundos antes.

Abrí tímidamente mis ventanas faciales para ver como el más perverso de los dos villanos levantaba el hierro para volarme lo que quedaba de mi cabeza. En ese preciso instante desperté abruptamente en el costado de mi cama. Aun respirando de manera pesada, me reincorporé sintiendo granos de arena sobre mi cara. Bebí el asiento del vaso que reposaba sobre la mesa de noche, y me revisé las rodillas.

Eran solamente las 3:03 de la mañana.

No fue fácil conciliar el sueño nuevamente. Desperté varias veces en la noche, hasta que las 7 de la mañana propiciaron mi levantada por partida doble. Sin embargo, hoy he tenido un fuerte dolor en las piernas que me han impedido caminar de manera orgánica.

¿Sugestión? Quizá, pero la dolencia es real.

Espero esta noche soñar con el bacanal de la antigua Roma, y amanecer satisfecho de la rumba a la que me auto invito.

sábado, 3 de febrero de 2018

Vaya deportista...

Comienza a caer la noche sobre medio planeta. Es fin de semana, y la temperatura es propicia para hacer ejercicio. Manejo mi auto con un plan determinado sin que ningún desvío se interponga en mi camino. Luego llego hasta un enorme parque, con vista al agua, donde cientos de personas practican diferentes actividades deportivas. 

Camino con sigilo planeando en cuál de ellas me aventuraré, pero mientras voy decidiéndolo, topo con una banca que está justo debajo de un frondoso árbol que aromatiza el lugar.

Poso mi mermado trasero sobre aquella madera pintada de blanco, y analizo mi próximo movimiento. Algunos juegan fútbol a escasos metros, otros voleibol; más allá, un grupo arroja un disco que vuela por el aire en forma de platillo volador, pasando sobre las cabezas de quienes circundan en sus bicicletas.

No soy un gran deportista (nunca lo he sido), y consciente de mi realidad, sacó de mi bolsillo un cigarrillo mentolado y le doy vida a las páginas del libro que traigo en mi mochila.

El bullicio de los deportistas me apacigua la mente, y la hermosa vista del agua que suena a lo lejos, se funde con la grata sensación del humo saliendo de mi boca, ya que no aprendí jamás a expirarlo por mis torcidas fosas nasales.

Paso casi dos horas carcomiendo la magnífica historia que tengo en mis piernas, e intentando de vez en cuando hacer una bocanada con forma de anillo, pero fracaso en el intento y lo único que sale de mi boca es un fantasma sin forma que se difumina en la noche.

No soy un tipo de muchos amigos, tampoco alguien que disfrute de la compañía de grupos, pues sin saber el por qué, pierdo fácilmente el enfoque de las palabras escuchadas, y termino divagando entre notas musicales y curvas de damiselas. Pero me gusta estar rodeado de otros que no estén conmigo, sentir el mundo a mi alcance, saber que depende de mí asociarme o desasociarme con la realidad en la que no habito completamente.

No se trata de timidez, pues no sufro de este contratiempo; es solo que en el silencio de mi boca hallo la tranquilidad que pierdo en el bullicio de las sílabas. 

Analizándolo bien, me atrevo a asegurar que mi situación no es atípica, y por eso es que en la actualidad vemos a tantos seres mecanizados y perdidos en las pantallas de sus artefactos tecnológicos, socializando con espectros que no están al alcance de la mano, pero en un entorno lleno de gente. 

Y rindiéndole un tributo al último cigarrillo de la caja, decido consumirlo con lujuria, especialmente porque me quedan las dos páginas finales de quien fue compañera por una semana. 

Me embarga una especie de melancolía siempre que termino de leer un buen libro; es como si me despidiera para siempre de un amor que no quiero dejar, como si se me cayera un diente más. Con un suspiro le doy las gracias y boto la colilla del pucho a la basura. 

Ahora puedo regresar a casa después de un viaje al pasado y un amor inconcluso... mis deportes favoritos.









miércoles, 31 de enero de 2018

Cierre de mes

Es un día como cualquier otro para mí. Salgo a correr en mi barrio, aprovechando el viento frío que se apodera de la ciudad desde hace unos cuantos días. Son las algo y veinte minutos del final de enero, de un cierre de mes que se pinta con la sublime luna roja que todos queremos ver. 

Tomo dos bocanadas de aire y comienzo mi galope rítmico sobre el asfalto mojado por el rocío de la mañana. Paso por las calles que recorro con frecuencia, mermando mi velocidad escasa al ver a pocos metros como los vecinos se mueven con ligereza de un lado al otro de la acera para dirigirse a sus habituales lugares. 

Esbozo sonrisas de saludo y prosigo mi maratón personal montado en los tenis negros que me acompañan desde el siglo pasado. El firmamento gris se viste de nubes que ocultan el sol, ese sol que hoy quisiera sentir con fuerza sobre mi piel helada. A medida que avanzo sobre una carretera cualquiera, anhelo regresar a casa, tomar una ducha de agua caliente mientras hierve el café en mi máquina favorita, y abrigarme con un saquito. 

Decido entonces dar la media vuelta mientras la boca se me hace café, pero al doblar la esquina observo a una mujer que está sentada sobre unos cartones a merced del mundo. Ella parece no fijarse en nadie más que sus dos perros, con los que incluso mantiene una conversación. 

Detengo mi carrera y paso a su lado caminando, evitando así que uno de los fieles canes se abalance sobre mí y me muerda el cansancio. 
La mujer me sonríe, y sus perros -créanme o no- también me hacen una mueca de beneplácito seguida por bostezos, que asumo son de hambre y resignación. 

Es un día como cualquier otro para mí, e imagino con tristeza que es un día como cualquier otro para ellos, los que sin techo, ni máquinas de café en casa, sin sacos, frazadas o pisos, tienen que sobrevivir como pájaros, de rama en rama, a expensas de migajas o de cualquier gusano que se asome en un agujero para ser devorado por necesidad.

Y mientras tanto, la luna sigue asomándose cada noche sin importarle nuestra suerte, y el viento por inercia, balbuceando secretos milenarios que nos negamos a comprender, sin ni siquiera imaginar que es tan sabio como la mirada de aquellos tristes ojos que siempre están presentes, lo que pasa es que la mayoría de las veces no abrimos el corazón para verlos.




sábado, 27 de enero de 2018

Para nadie.

¿Y qué es realmente la vida?, se preguntará un hombre cualquiera casi a las 3 de la mañana desde el ocaso de su sábanas mojadas por la sudoración del recuerdo inconcluso.
La vida es, se responderá en silencio mediante palabras escritas, el sinnúmero de melodías arrumadas en su propia mente, aquellas canciones que conllevan las memorias de momentos que ya no sabe si existieron o se los imaginó, el sabor del polvo después de una caída milenaria que quebró sus huesos para siempre, la lágrima sin caer que guarda en su pupila como tesoro enterrado sin mapa.

La verdad es que la vida puede ser solo una mítica excusa para el error, la secuencia de puntos inconclusos plasmados en las membranas ajenas, el precipicio en el que no acabamos de sumergirnos por miedo a ver nuestras propias miserias.


Luego, aquel hombre desvanecido en remotas pesadillas de colores, tiene un momento de lucidez, y bajo la sombra de su propia nada entiende que la vida no se puede definir, mucho menos encasillar en preceptos cósmicos liderados por otros que sumidos en la cruel ignorancia del alma, indican con convicción que poseen una verdad que no tiene bases sólidas.


Y con las campanadas lejanas de un reloj perdido en el ático, se da cuenta que justo a las tres, una ráfaga de viento asecha su piel desnuda para sacudirle las neuronas y abofetear su curiosidad de papel; ya que no vale la pena saber el qué, especialmente cuando no se ha comprendido el para qué.


Menos mal yo no soy ese hombre somnoliento de las tres de la madrugada que con ansiedad desmedida implora por preguntas a sus respuestas mutantes. No quisiera estar en los poros desesperados de aquel desdichado que sin brújula navega por el mar del desencanto, en busca de sus propios ojos.


Para mi infortunio, las ideas de aquel individuo de magnificencia efímera se meten por la ventana de mi edificio y llegan con fuerza, poseyendo a los que con otras dudas amorfas tampoco podemos conciliar el sueño que últimamente es el lujo de los que nada tienen.


Mejor apagaré las velas que me rodean, y entre la calamidad de mis ronquidos graves intentaré resguardarme para que por lo menos, la vida no se defina nunca con palabras.