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domingo, 1 de abril de 2018

Mi día de suerte.

Abro la galleta china de la suerte después de comer en el restaurante de mi amiga Lee, y me dispongo a leer con entusiasmo el mensaje mágico que conlleva:
“Hoy es tu día de suerte…una buena noticia a puertas”.
Inmediatamente una llama de buena vibra me recorre el cuerpo, y el poder de la sugestión se apodera de mi ser. Me siento como si fuera el dueño del universo, incluso siento que tengo unos centímetros más de estatura y unos menos de barriga.
Pago entonces mi cuenta con enorme satisfacción, sabiendo de antemano que es mi día de suerte y que no tengo limites por las siguientes horas.
El mesero, un hombre treintañero, achinado y con poco manejo en el idioma extranjero, se ha limitado a sonreírme con timidez cada vez que le pido algo, y ahora no lo veo para despedirme. Me acerco entonces a mi amiga Lee y le doy un abrazo de despedida, de gratitud por su amistad sincera; pero al voltear hacia la salida, aquel sujeto que se había perdido de mi radar me choca con una bandeja llena de refrescos, y me los tira sobre la ropa dejándome empapado.
-Soly soly-, indica asustado queriéndome limpiar, pero no hay mucho qué hacer para evitar que tenga que regresar a casa a tomar una ducha y vestirme de nuevo. Le digo que no se preocupe, que accidentes pasan todos los días, además pienso que es mi día de suerte y nada ni nadie podrá evitar que tenga un final feliz.
Camino entonces con rumbo a mi carro, sin percatarme que unos pasos más adelante hay una caca de perro que no han limpiado y en la que poso mi zapato, sintiendo cómo se sumerge la suela del mismo en aquella movediza plasta. Maldigo por primera vez, imaginándome a la bestia, que no limpió aquel excremento. 
Los próximos quince minutos los invierto en la limpieza de mi zapato, y en quitar la olorosa mierda de los canales curvos de la suela. Para tal efecto, uso una de las muchas llaves que siempre cargo, y la que aun no sé qué puerta abre, pero por lo menos ahora ha servido para algo.
Arrojo el zapato medio untado al suelo de la parte de atrás del auto, y entro a brincos evitando que el pie toque el asfalto mojado por la lluvia que ha comenzado a caer.
Prendo el carro y me doy cuenta que hay una luz encendida (la de la gasolina), y presumo que con el combustible que reside en el fondo de mi tanque no será suficiente para llegar a casa. Maldigo por segunda vez, ya que tuve la oportunidad de ir a la gasolinera en la mañana, pero lo pospuse porque me he acostumbrado a posponer todo en mi vida.
Ahora cae un aguacero dilúvico, solo tengo puesto un zapato, y no tenia presupuestado regresar a casa.
—Llegaré tarde a trabajar—, aseguro molesto mentalmente mientras busco un plan para ahorrar tiempo, pero no lo hallo.
Respiro con profundidad; y leyendo el mensaje chino me digo molesto: —Vaya día de suerte. Gente de mierda la que escribe estas putas galletitas—.
Encuentro una estación de gasolina y resuelvo el primer problema, luego me dirijo a casa, me doy una ducha maratónica y en cinco minutos vuelvo a entrar al auto, que ahora apesta porque se me olvidó bajar el zapato.
Prendó el aire acondicionado a todo lo que da, aviso a un par de colegas que me tardaré un poco, y emprendo mi ruta, para encontrarme minutos luego con un trancón vehicular generado por la precipitación y un accidente cualquiera que paraliza al menos dos carriles de la autopista.
—Mi día de suerte—, pienso por enésima vez, mientras contesto una llamada que no esperaba en absoluto.
Al colgar, decido entonces tomar la primera salida que encuentro, y parar en una tienda de café. Paso las siguientes horas digiriendo la vida y su contexto, con la mente posada en el camino recorrido, en los recuerdos, con las manos aún frías y las palpitaciones haciendo ruido en mi cabeza.
Decido con el último sorbo del café aceptar la adversidad como parte del sendero, como balance de aquellos momentos de placer y calma que también recibo a menudo, como maestra de crecimiento y entidad complaciente de mi masoquismo extremo.
Regreso a la oficina un poco tarde, un poco mojado por dentro y por fuera, pero con la certeza plena de ser el dueño de mis emociones y mis actos, ahora más que siempre.
Solo horas más tarde me poso en unos brazos que me cobijan y me dan valor, luego en otros y en otros, y en las voces cálidas llenas de amor de quienes son cercanos, pocos pero suficientes para mí.
No puedo cerrar los ojos aunque sean las 4 de la mañana, de otra mañana que muchos damos por obligada, o que a veces ni siquiera la vemos pasar sobre nuestro cuerpo, sobre nuestra rutina, porque se ha convertido exactamente en eso: una macabra rutina, donde es lo mismo las 5 am que las 11, un trueno en la tarde que en la noche, un trino de un pájaro al salir el sol que cuando se oculta. Perdimos la noción de la importancia auténtica, y nos sumergimos en pantallas y pretensiones, en ganar adeptos y perder realidades, en maquinizarnos y crecer desde afuera, no desde adentro. 

Por fin entiendo ahora que la galletita del medio día tenía razón: es mi día de suerte, tengo suerte de estar aquí, pensando de la manera en que lo hago, y dispuesto a combatir al enemigo que a veces es mi mejor amigo.

lunes, 19 de marzo de 2018

Sin boleto de regreso


Con el paso de los años comienzan a generarse ideas diversas, como si con cada experiencia marcada en el cúmulo de hojas de calendario, la mente se volviera un aeropuerto internacional, donde pueden arribar sin pasaporte todas las opiniones derivadas de vivencias varias, y en donde vos decides cuales se quedarán a vivir en tu país.
Por cuestiones que no vienen al caso (porque el caso no perdura), puedo saborear con placer prolongado, los adioses que decido, esas deportaciones a la postrimería de quienes por ingenuidad logré confundir con circuitos arraigados a mi sistema, pero que en realidad carcomieron las entrañas del plan mismo.

Con el paso de las lunas, y con los fracasos diarios que nos llenan de luz, se puede seguir avanzando por el sendero, con calma imponente, con esa tranquilidad que te arropa el sueño y los ojos de tus seres amados.

Los pasos continúan, la mayoría de las veces torcidos, pero la mirada, con sus defectos y empaño, siempre está posicionada en la magia, esa que me hace cometer tantos errores adrede, esa de la que emanamos y que nos mueve como fichitas de juego de mesa.

Hoy entiendo menos el destino, pero más el camino, el que yo mismo pavimento al ritmo de mis ideas diversas.

Todos son bienvenidos a caminar un rato en él, luego yo decido quienes continúan a mi lado.



martes, 27 de febrero de 2018

La voz de la mente,

¿Y si dijéramos las cosas tal cual las pensamos?
¿Sería entonces un mundo más fácil de digerir que el actual, o por el contrario haríamos todo más complicado?
Muchas veces revestimos de filtros nuestras palabras para quedar bien con los demás, las adornamos con papeles de celofán plateados como si fueran regalos que debemos entregar con sutileza, evitando así herir susceptibilidades y lo más importante (lo menos importante), que no nos juzguen, señalen, o quedemos estereotipados como aquellos individuos rudos que hablan sin consideración por nadie.

La verdad duele, afirma siempre mi amigo David; pero es necesaria, le contesta mi amigo Luis Miguel, en una de nuestras conversaciones innocuas y constantes sobre los beneficios a largo plazo que tendría decir lo que pasa por nuestra mente de manera sincera.

La vida es corta, y aún más relevante que su duración debe ser la responsabilidad propia con que la debemos asumir. Intentar agradar a todos es simplemente una actitud pusilánime. Es vital tomar decisiones de vida, defender un punto de vista, tener una visión propia de nuestra realidad única, crecer como seres individuales, auténticos. 

Todos batallamos en guerras diversas, personales, y nadie aprende por errores cometidos por otros, pero tampoco nadie crece sin toparse de narices con el sentimiento de debilidad y cobardía que embarga la piel cuando sabemos que obramos de una forma equivocada solo por el hecho de buscar pertenencia a un grupo (sociedad) que está más perdido que nosotros.

La zona de comodidad es un enemigo acérrimo que nos sumerge en una pasividad viciosa, y comenzamos a girar dentro de una esfera enfermiza que debido a su velocidad imposibilita que salgamos de ella y por ende que crezcamos.

Las religiones, creadoras de brechas entre pecadores y redentores, generadoras de odios y manipuladoras de ideas salvadoras a su antojo, los cánones establecidos como imposiciones sociales, el desprecio por las diferencias, por los gustos sexuales ajenos a los 'convencionales', por la diversidad cultural, por las visiones libres y científicas que ponen en riesgo las verdades absolutas, nos han enterrado vivos por siempre. No hay manera de evolucionar como sociedad sin que nos deshagamos de estas cadenas que nos esclavizan.

Somos más de 7 mil millones de seres divagando en un planeta que nos acoge por obligación. Personas que sufren padecimientos extremos, hambre, soledad, humillaciones, abandono, secuestros, torturas; algunos con mentes tan brillantes que es casi imposible pertenecer a un plano que no los entiende y por ende sufren de vejaciones enmarcadas en tecnicismos que los aleja de la normalidad. 
¿Acaso no es más importante enfocarnos en aquellos que sufren en nuestro entorno, que en deidades que no vemos?
¿Acaso la supuesta salvación a la que muchos aspiran (no es mi caso), no debería lograrse ayudando a nuestros semejantes y no por medio de rezos y diezmos?
¿Será que seguimos haciendo todo al revés?

No hay que ir a la India para hallar pobreza absoluta, ni hacer el camino de Santiago para que la espiritualidad emane. No. Tenemos sufrimiento al lado; incluso si vivimos en Suiza.

Igual tengo confianza plena en el futuro lejano, y sé que los templos serán museos, y nadie dormirá en las calles a la intemperie, ni se aguantará hambre, ni se matará porque el dios de un bando es más importante que el del otro grupo de fanáticos. Creo en la evolución, y aunque esta se mueva a pasos de tortuga, aguardo en ella, aunque sea para imaginármela desde mi cuerpo irreal que un día desaparecerá para suerte de todos.














lunes, 19 de febrero de 2018

Sugestión onírica


No puedo aún entender bien lo sucedido. Me acosté alrededor de las 3 de la mañana como de costumbre, y tras una hora hedonista al lado de una copa y una musa de colores brillantes, me invadió el sueño.

Inmediatamente comencé a caminar sobre una montaña de arena blanca donde mis pies se hundían y me dificultaban cada paso siguiente. Un fuerte bochorno hizo que me fuera deshaciendo de mis harapos cual bailarín de club nocturno mediterráneo, hasta el punto de quedar solo con una media puesta.

Busqué sombra para desfallecer, pero en vano mis esperanzas quedaron en el utópico ‘morfeano’. Toda la vida a cuestas, todas las metas logradas, el sacrificio, los años de andariego peregrinaje, para terminar sucumbido entre la nada caliente, dándome cuenta de que la vida misma es el oropel de quienes la inventan, y la esclavitud de quienes la padecemos.

Sin fortaleza avancé un paso más, pero en ese instante fui capturado por dos hombres gigantes y llenos de vigor, quienes con una risa burlona me golpearon con sus puños desnudos. La arena se fundió en mi lengua, en mis pupilas.

Con dos barras de hierro, los energúmenos desconocidos comenzaron a quebrarme las piernas. Intenté gritar, pero no obtuve respuesta de mi garganta seca arenosa. Solo sentía como las rodillas se fracturaban y se desgarraban mis tendones. Un golpe más me sacudió cada tobillo. Apreté los ojos y en medio de mi agonía disfruté el sufrimiento hasta el punto de lograr recordar la copa ingerida segundos antes.

Abrí tímidamente mis ventanas faciales para ver como el más perverso de los dos villanos levantaba el hierro para volarme lo que quedaba de mi cabeza. En ese preciso instante desperté abruptamente en el costado de mi cama. Aun respirando de manera pesada, me reincorporé sintiendo granos de arena sobre mi cara. Bebí el asiento del vaso que reposaba sobre la mesa de noche, y me revisé las rodillas.

Eran solamente las 3:03 de la mañana.

No fue fácil conciliar el sueño nuevamente. Desperté varias veces en la noche, hasta que las 7 de la mañana propiciaron mi levantada por partida doble. Sin embargo, hoy he tenido un fuerte dolor en las piernas que me han impedido caminar de manera orgánica.

¿Sugestión? Quizá, pero la dolencia es real.

Espero esta noche soñar con el bacanal de la antigua Roma, y amanecer satisfecho de la rumba a la que me auto invito.

sábado, 3 de febrero de 2018

Vaya deportista...

Comienza a caer la noche sobre medio planeta. Es fin de semana, y la temperatura es propicia para hacer ejercicio. Manejo mi auto con un plan determinado sin que ningún desvío se interponga en mi camino. Luego llego hasta un enorme parque, con vista al agua, donde cientos de personas practican diferentes actividades deportivas. 

Camino con sigilo planeando en cuál de ellas me aventuraré, pero mientras voy decidiéndolo, topo con una banca que está justo debajo de un frondoso árbol que aromatiza el lugar.

Poso mi mermado trasero sobre aquella madera pintada de blanco, y analizo mi próximo movimiento. Algunos juegan fútbol a escasos metros, otros voleibol; más allá, un grupo arroja un disco que vuela por el aire en forma de platillo volador, pasando sobre las cabezas de quienes circundan en sus bicicletas.

No soy un gran deportista (nunca lo he sido), y consciente de mi realidad, sacó de mi bolsillo un cigarrillo mentolado y le doy vida a las páginas del libro que traigo en mi mochila.

El bullicio de los deportistas me apacigua la mente, y la hermosa vista del agua que suena a lo lejos, se funde con la grata sensación del humo saliendo de mi boca, ya que no aprendí jamás a expirarlo por mis torcidas fosas nasales.

Paso casi dos horas carcomiendo la magnífica historia que tengo en mis piernas, e intentando de vez en cuando hacer una bocanada con forma de anillo, pero fracaso en el intento y lo único que sale de mi boca es un fantasma sin forma que se difumina en la noche.

No soy un tipo de muchos amigos, tampoco alguien que disfrute de la compañía de grupos, pues sin saber el por qué, pierdo fácilmente el enfoque de las palabras escuchadas, y termino divagando entre notas musicales y curvas de damiselas. Pero me gusta estar rodeado de otros que no estén conmigo, sentir el mundo a mi alcance, saber que depende de mí asociarme o desasociarme con la realidad en la que no habito completamente.

No se trata de timidez, pues no sufro de este contratiempo; es solo que en el silencio de mi boca hallo la tranquilidad que pierdo en el bullicio de las sílabas. 

Analizándolo bien, me atrevo a asegurar que mi situación no es atípica, y por eso es que en la actualidad vemos a tantos seres mecanizados y perdidos en las pantallas de sus artefactos tecnológicos, socializando con espectros que no están al alcance de la mano, pero en un entorno lleno de gente. 

Y rindiéndole un tributo al último cigarrillo de la caja, decido consumirlo con lujuria, especialmente porque me quedan las dos páginas finales de quien fue compañera por una semana. 

Me embarga una especie de melancolía siempre que termino de leer un buen libro; es como si me despidiera para siempre de un amor que no quiero dejar, como si se me cayera un diente más. Con un suspiro le doy las gracias y boto la colilla del pucho a la basura. 

Ahora puedo regresar a casa después de un viaje al pasado y un amor inconcluso... mis deportes favoritos.









miércoles, 31 de enero de 2018

Cierre de mes

Es un día como cualquier otro para mí. Salgo a correr en mi barrio, aprovechando el viento frío que se apodera de la ciudad desde hace unos cuantos días. Son las algo y veinte minutos del final de enero, de un cierre de mes que se pinta con la sublime luna roja que todos queremos ver. 

Tomo dos bocanadas de aire y comienzo mi galope rítmico sobre el asfalto mojado por el rocío de la mañana. Paso por las calles que recorro con frecuencia, mermando mi velocidad escasa al ver a pocos metros como los vecinos se mueven con ligereza de un lado al otro de la acera para dirigirse a sus habituales lugares. 

Esbozo sonrisas de saludo y prosigo mi maratón personal montado en los tenis negros que me acompañan desde el siglo pasado. El firmamento gris se viste de nubes que ocultan el sol, ese sol que hoy quisiera sentir con fuerza sobre mi piel helada. A medida que avanzo sobre una carretera cualquiera, anhelo regresar a casa, tomar una ducha de agua caliente mientras hierve el café en mi máquina favorita, y abrigarme con un saquito. 

Decido entonces dar la media vuelta mientras la boca se me hace café, pero al doblar la esquina observo a una mujer que está sentada sobre unos cartones a merced del mundo. Ella parece no fijarse en nadie más que sus dos perros, con los que incluso mantiene una conversación. 

Detengo mi carrera y paso a su lado caminando, evitando así que uno de los fieles canes se abalance sobre mí y me muerda el cansancio. 
La mujer me sonríe, y sus perros -créanme o no- también me hacen una mueca de beneplácito seguida por bostezos, que asumo son de hambre y resignación. 

Es un día como cualquier otro para mí, e imagino con tristeza que es un día como cualquier otro para ellos, los que sin techo, ni máquinas de café en casa, sin sacos, frazadas o pisos, tienen que sobrevivir como pájaros, de rama en rama, a expensas de migajas o de cualquier gusano que se asome en un agujero para ser devorado por necesidad.

Y mientras tanto, la luna sigue asomándose cada noche sin importarle nuestra suerte, y el viento por inercia, balbuceando secretos milenarios que nos negamos a comprender, sin ni siquiera imaginar que es tan sabio como la mirada de aquellos tristes ojos que siempre están presentes, lo que pasa es que la mayoría de las veces no abrimos el corazón para verlos.




sábado, 27 de enero de 2018

Para nadie.

¿Y qué es realmente la vida?, se preguntará un hombre cualquiera casi a las 3 de la mañana desde el ocaso de su sábanas mojadas por la sudoración del recuerdo inconcluso.
La vida es, se responderá en silencio mediante palabras escritas, el sinnúmero de melodías arrumadas en su propia mente, aquellas canciones que conllevan las memorias de momentos que ya no sabe si existieron o se los imaginó, el sabor del polvo después de una caída milenaria que quebró sus huesos para siempre, la lágrima sin caer que guarda en su pupila como tesoro enterrado sin mapa.

La verdad es que la vida puede ser solo una mítica excusa para el error, la secuencia de puntos inconclusos plasmados en las membranas ajenas, el precipicio en el que no acabamos de sumergirnos por miedo a ver nuestras propias miserias.


Luego, aquel hombre desvanecido en remotas pesadillas de colores, tiene un momento de lucidez, y bajo la sombra de su propia nada entiende que la vida no se puede definir, mucho menos encasillar en preceptos cósmicos liderados por otros que sumidos en la cruel ignorancia del alma, indican con convicción que poseen una verdad que no tiene bases sólidas.


Y con las campanadas lejanas de un reloj perdido en el ático, se da cuenta que justo a las tres, una ráfaga de viento asecha su piel desnuda para sacudirle las neuronas y abofetear su curiosidad de papel; ya que no vale la pena saber el qué, especialmente cuando no se ha comprendido el para qué.


Menos mal yo no soy ese hombre somnoliento de las tres de la madrugada que con ansiedad desmedida implora por preguntas a sus respuestas mutantes. No quisiera estar en los poros desesperados de aquel desdichado que sin brújula navega por el mar del desencanto, en busca de sus propios ojos.


Para mi infortunio, las ideas de aquel individuo de magnificencia efímera se meten por la ventana de mi edificio y llegan con fuerza, poseyendo a los que con otras dudas amorfas tampoco podemos conciliar el sueño que últimamente es el lujo de los que nada tienen.


Mejor apagaré las velas que me rodean, y entre la calamidad de mis ronquidos graves intentaré resguardarme para que por lo menos, la vida no se defina nunca con palabras.



miércoles, 17 de enero de 2018

Los alaridos sexuales de mis vecinos.

Nos quejamos a menudo sobre las condiciones en las que vivimos: sociedades materialistas, gobiernos corruptos, políticos avaros, brechas sociales inalcanzables, egoísmo como himno, carencia de solidaridad, soledad.
Es fácil asumir que el mundo se ha deformado por conveniencias personales de otros, porque pesa menos la justificación de saberlo marchito que la responsabilidad que tenemos para mejorarlo.

Nos hemos acostumbrado a pensar que la carga de la prueba, o el deber de hacer de la vida una mejor pertenece a aquellos que nos lideran, al gobierno de turno, a los poderosos; y así nos desligamos de cualquier obligación, ¿pues si no pueden ellos, cómo podremos nosotros?

No controlamos nuestro destino pues se nos ha enseñado a ser gobernados en todos los niveles, hemos perdido la capacidad de generar ideas de cambio porque nos minimizamos pensando que, para que surjan, se necesitan maquinarias que las impongan. Nos hemos dividido en dos grupos: los realistas y 'triunfadores', o los ilusos soñadores, aquellos utópicos que viven en las nubes y que tarde o temprano tienen que caer para entender que la vida es cruda y que es imposible cambiar un esquema (viciado o no), que funciona desde siempre.

Frases como: -Sabes lo peligroso que es ir en contravía del sistema-, -mejor no meterse en esos asuntos-, -es imposible con el poco poder que tenemos comparado a los verdaderamente poderosos-; son verdugos de la creatividad humana. 
Luchar en contra de la injusticia de siglos no es descabellado, lograr un cambio generacional es posible, modificar el sistema que conocemos es viable, organizar el mundo de otra forma, de una manera más equitativa depende de nosotros. 

Los sistemas financieros globales controlan la vida diaria, y por ende quienes los manejan. Somos esclavos del oligopolio bancario, rehenes de los titiriteros bursátiles, adoquines frente a los hilos conductores, y lo peor de todo es que estamos tan adaptados al yugo impuesto que ni siquiera nos replanteamos un escenario diferente, y sucumbimos mezquinamente con un síndrome de Estocolmo que ni siquiera comprendemos.

Hay maneras sencillas de ser epicentro de terremotos que sacudan las estructuras arraigadas en el concepto conocido como mercado.

Todos pertenecemos a grupos en menor o mayor cuantía. La familia, los amigos, los compañeros de trabajo, los grupos de WhatsApp -tan usados ahora-, los de entrenamiento, las escuelas, los vecinos, las ciudades, los países, etc.
Todos podemos aportar un aprendizaje a los demás en esos mismos grupos, y a la vez beneficiarnos de las enseñanzas de otros miembros. Un trueque moderno donde el intercambio de dones resulte en  un modelo de nuevo mercado. Donde se hagan listas y cada uno de los integrantes pueda enseñar lo que sabe, sin importar si se beneficiará o no de otro.
Por ejemplo, A, B y C. Donde A pueda aportar su conocimiento musical y enseñar a tocar la guitarra una hora a la semana de manera gratuita a B, o a C, o a ambos. Donde C quiera enseñar un idioma, sin importarle que los servicios que ofrecen A y B sean o no de su agrado; porque sabe que a largo plazo llegará H o K, que le aportarán de manera gratuita algo que si le satisfaga. 

Listas a gran escala, donde podamos de una vez por todas controlar al menos un poco nuestro destino sin tener que depender de las finanzas, donde las limitaciones no sean económicas. 

Tenemos en nuestras manos todas las herramientas para generar modelos diferentes que desaten cadenas. Intercambio de servicios sin interrumpir drásticamente el flujo normal de nuestras actividades, y a la vez interrumpiendo el flujo del capital que llega a las mismas arcas.

Uno más uno es solamente dos, pero cuando la cifra se visualiza de manera exponencial, ese dos es imparable.

Por cierto, sé que el título no concuerda con el contenido, pero créanme que mi intención al comenzar a escribir siendo las 4 am, era diferente al resultado. Y sí, los vecinos han cesado en su euforia, y a diferencia de ellos yo no puedo conciliar el sueño que me han robado. Al menos alguien descansa plácidamente. 







domingo, 14 de enero de 2018

Es una llama que me quema las entrañas.

Mi tío favorito era un hombre multifacético, un visionario, un poeta enamorado de las circunstancias que cobijaban su camino. Ese hombre que cantaba con ecos de tango, el que podía contar historias inverosímiles al mismo mago de Oz, y cuentos terroríficos a cualquier espanto, logrando salir avante en su oratoria peculiar y mágica. Aquel sujeto especialista en leyes, que memorizaba cualquier articulo de los códigos penales, civiles, laborales, como si el mismo los hubiera escrito en una tarde de somnolencia. El sujeto que enseñaba a cientos de alumnos sobre las virtudes de la ética y la moral, sobre los grandes pensadores de la historia, sobre la vida y sus decisiones; y que me enseñaba a mí de manera privada sobre el arte del romanticismo y el poder de la lujuria, sobre la mejor manera de mirar la tarde y las curvas femeninas, sobre cómo ser un experto en la conquista y a la vez un erudito de la noche y los misterios.

Mi tío era un hombre como pocos, como muy pocos. No era un ser común y corriente como los demás hermanos de mis viejos, no era un sujeto que se pudiera encasillar en preceptos determinados, no era aquel individuo que regía su accionar por las conveniencias sociales; no, él era un atípico, un loco solitario lleno de virtudes, un genio de los días, un artífice inequívoco de los errores, esos que lo conducían al placer de las derrotas y de las ganancias.


Mi tío Darío era un continente aparte. 

-Es una llama que me quema las entrañas y me produce una ansiedad extralimitada-, me confesaba, explicando la sensación que lo embargaba ante la necesidad de un trago. 

Luego me explicaba que no era fácil abstenerse de tomar, y por mas que lo intentaba, siempre terminaba sucumbiendo ante las gotas de belleza que abrían esas puertas dimensionales y lo convertían en un sujeto dual: villano y héroe de historias inconclusas.


-Es una llama que me quema las entrañas-, me repetía con padecimiento, con dolor en el alma, con sabor a fracaso, con mirada de niño.


Mi tío Darío partió hace muchos años, pero inexplicablemente siempre me acompaña, y no hablo solo de su recuerdo, de sus palabras, de sus anécdotas, de su gallardía, de sus batallas; me refiero a que desde el mismo día de su viaje dimensional, ha estado conmigo; dejándome mensajes que ahora entiendo, expresando sus ideas en el aire, aduciendo que la vida no se gana ni se pierde, solo se vive tal como es.


Yo también siento esa llama que me quema las entrañas, es un desespero en el pecho generador de ansias, una taquicardia en los huesos, un descomunal incremento de ideas, un sinnúmero de respuestas sin preguntas, dos sombras en la pared cuando camino, la certeza de que nada existe y a la vez yo soy el todo, esa peculiar y abrumadora sensación de poder que me libera del yugo ideológico impuesto a los humanos, una carcajada abrupta que se silencia en la garganta un segundo antes de emanar de mi boca. Esa llama que me quema es mí motor para dar el otro paso, para escribir la siguiente letra, y la otra, y la que sigue, y emancipar mi rumbo, y llenarme de vacíos que me regresan al secreto del que hago parte.


La diferencia es que mi hermoso tío solo sentía esa llama cuando necesitaba del etílico para ser nuevamente él, y yo, yo la siento a diario cuando la noche llega, cuando se prenden mis velas, y mis puertas se abren de par en par, sin limitaciones.









domingo, 7 de enero de 2018

Una nueva etapa.

Estoy cansado de explicarme. No lo haré más, por lo menos por un buen tiempo, y luego, solo a las personas indicadas. No sé por qué algunos quieren esclarecimiento de mis acciones, de mis ideas, de mis palabras, incluso de mis miradas, como si entender a un tipo como yo fuera la gran panacea para lograr el orgasmo cósmico.
Yo no pretendo que me entiendan, de ser así iría a un psicoanalista o a alguien con una profesión similar, pero no es importante en mi momento de vida. Yo solo quiero ser, sin argumentos.
El problema es que los seres humanos pasamos buena parte del tiempo ejercitando acciones para intentar lograr, de alguna forma, pertenecer al grupo que nos rodea, pero ya estoy harto, y ‘ser parte de’ es lo que menos me interesa en este momento.
La individualidad escasea en el mundo de hoy. Encontrar seres que piensen por sí mismos sin importar el comentar ajeno, es complicado. Aun no logramos superar el miedo a quedar solos, a defender nuestras posturas aunque vayan en contravía de los postulados sedentarios impuestos por generaciones, hay un temor latente a crecer con raíces propias. No es fácil abrir los ojos y comprender que cuestionar lo aprendido es relevante para sacar conclusiones personales, para crecer.
Detendré las explicaciones sobre lo que envuelve mi forma de existir; y aunque no hay libertad completa, intentaré alcanzar su sombra, por distante que esté de mis pasos. 
Tampoco quiero escuchar explicaciones ajenas, ni mucho menos justificaciones. El problema es que intentamos figurar con desespero, ser reconocidos, ser bien vistos, admirados, respetados, incluso, adorados. Esos sentimientos magnifican nuestro ego, nos empoderan de una manera errónea. De una u otra forma buscamos relevancia, y no es nuestra culpa. Es la culpa del sistema errado en el que existimos, donde sabemos que entre más importancia tengamos, mayores beneficios adquiriremos. -Premisa cierta en su totalidad-. Y es por ese ciclo vicioso y vacío, que el mundo sigue sumergiéndose en el caos de las clases sociales, de la rivalidad, del clasismo, de la falsedad, de la materialidad y la hipocresía aguda que corta bondades con su filo de doble faz.
Una vez más lo digo, no es nuestra culpa como seres vivos. Todo ha sido manipulado de esta forma para dividirnos como especie, para controlarnos. Dudo que haya una solución integral, dudo que el mundo pueda cambiar con ligereza, dudo que la vida aquí deje de ser injusta. 
Todos queremos figurar. Todos. Ser los mejores en lo que hacemos, estar en el foco de la visualización, ser aplaudidos, aumentar el ego. La explicación es sencilla: sin el ego no somos nada, porque así nos lo han impregnado en el ADN desde que nacemos.
Yo escribo, e inmediatamente subo a mis redes sociales una alerta para que otros me lean. ¿Qué es eso sino ganas de figurar? Me complazco viendo comentarios sobre lo que escribo, me hago pajazos mentales con ideas superfluas que a veces no me aportan nada.
Por eso, a partir de hoy, anunciaré poco mis escritos. La verdad es que me desgasta hablar de lo que escribo, y por esa misma razón es que lo plasmo en hojas, porque prefiero hablar poco.
No quiero decir con esto que ahora soy una persona mejor. No, sigo siendo el mismo ser imperfecto de siempre, el que no cree en dioses ni en cielos, el que ama la soledad y el silencio que emana de la voz de Billie Holiday, el que sin filtros dice lo que piensa, y el que ahora no intentará explicarse más.
Escribir es mi salida, mi desahogo, mi terapia máxima; incluso cuando lo que palpo sobre las hojas blancas no tenga sentido para nadie (lo tiene para mí, y por eso, siempre he escrito para mí). 

Antes lo gritaba a los cuatro vientos, con la sed de ser leído, de que otros carcomieran un pedazo de mis sesos. Ahora, lo hago sabiendo que mis sesos ya están carcomidos y se regeneran con la nostalgia y la algarabía de mis ilusiones oscuras.

El anonimato es imposible, pero mi silencio aducido no.