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lunes, 7 de marzo de 2016

Un niño hijo de puta


No se alarmen ni me ataquen, que no me estoy refiriendo a ninguno de sus niños, ni siquiera a un niño desconocido, porque estoy hablando de mí.

Mucho lo pensé antes de titular esta nota, pero después de analizarlo bien, creo que ningún calificativo se acomoda mejor.

Quiero contarles un par de acciones violentas a las que niego llamar travesuras de niños, ya que en ellas iban encerradas la maldad contra bichitos y criaturas vivas que aunque pequeñas o repugnantes no dejaban de ser vidas.

Cuando tenía aproximadamente 9 años, nos juntábamos con amiguitos en el patio del colegio y buscábamos hormigueros, los que suelen lucir como pequeños volcancitos con un agujero en la cima por donde entran y salen los invertebrados insectos. Luego tomábamos una ramita larga, prendíamos con una candela la punta inferior, la misma que introducíamos al agujero, a sabiendas de la calamidad interna que causábamos. Dentro del hormiguero había un incendio y una bocanada de humo que ahogaba los pequeños de ocho patas.

Lo peor de todo, cuando lo recuerdo hoy, es que en ese momento yo lo disfrutaba. No sé si los niños son crueles, no puedo hablar por otros, pero yo, era un hijo de puta.

Al pensar en esta horrible barbarie cometida con sevicia, me doy cuenta de mi maldad infantil y me avergüenzo de ella. Quemé hormigas emulando a un ignorante representante de la iglesia católica en los siglos 12 y 13, tal como si ellas fueran mujeres sabias interesadas en el conocimiento. La inquisición en aquellos hormigueros era una barbarie completa.

Además de aquellos crueles asesinatos, mis acciones despiadadas llegaban también a las cucarachas. Recuerdo que teniendo unos 10 años me paraba levemente sobre estos insectos desagradables, para que no murieran inmediatamente. Al sentirse herida, la cucaracha daba media vuelta y se posaba patas arriba, y yo, sin la menor compasión, tomaba unos fósforos y quemaba sus antenas y sus patas hasta que se chamuscaran.

Lógicamente el pobre insecto vibraba del dolor, mientras yo me refugiaba en el placer. Al pensarlo no puedo evitar decir en voz alta que era un gran hijo de puta.

Otra de mis víctimas mortales eran las babosas. Ignoro quién me dijo que al echarles sal estas se derretían. Junto a otros compañeros de mi edad, torturábamos los inocentes moluscos rastreros hasta que sucumbían a nuestra maldad.

No sé por qué los niños pueden ser tan crueles. Quizás es porque a esa edad uno no tiene conciencia del valor de la vida, tal vez porque mis padres nunca se dieron cuenta de mi maldad en contra de ellos, y por eso no me dieron las palmadas que merecía.

Hoy en día no soy capaz ni de pararme en el pasto, para no hacerle daño a las flores que allí crecen. Si tengo que matar un mosquito lo hago de un golpe seco para que no sufra. He visto cucarachas en la calle que pasan cerca de mis zapatos, y prefiero voltear mi vista hacia otra parte que posar mi suela y acabar sus vidas.

Esta nota no es una forma de hacer catarsis, no. Es una forma de declararme culpable e hijo de puta por los crímenes cometidos. De verdad les cuento que me arrepiento de esa maldad en contra de seres inocentes.

Creo que es importante hablar con nuestros niños y generarles un sentido de responsabilidad con la vida en todos sus niveles.

Que en paz descansen los bichitos que maté.

viernes, 26 de febrero de 2016

Consejos inútiles para contratar empleados

Mi padre siempre ha dicho a sus hijos:
-Hay dos clases de personas: El que es negociante, y el que no. Aquellos que lo somos, tenemos una ventaja, porque de alguna forma aprendemos a hacer empresa y salir adelante-.

Mi viejo es un gran comerciante, con una amplia y próspera visión de negocios, y con la capacidad mercantil necesaria para llevar con éxito sus emprendimientos.

Mis tres hermanas y mi hermano, tienen el olfato de mi padre: son sagaces, inteligentes, con extremo sentido de la disciplina y con una calculadora visión analítica a futuro que los hace triunfar.

Lamentablemente, mi olfato para los negocios es nulo, inexistente, equívoco, y en la mayoría de las ocasiones: idiotamente errado.

Por ejemplo, hace pocos días necesitaba sacar un enorme sofá de mi apartamento ubicado en un quinto piso. Debido al tamaño gigantesco del mueble, fue imposible que cupiese en alguno de los elevadores liliputienses de mi edificio.

Recordé con dolor el momento cuando tuve que subir el animal de madera por las escaleras curvas del inmueble. Junto con tres amigos dijimos todas las groserías existentes esa tarde, sudamos, nos golpeamos los dedos, mentamos nuevas groserías que el sofá merecía, nos enfurecimos, nos reímos, pensamos en la mitad del camino que lo mejor era devolvernos y quemar el armatoste en la calle mientras lo pateábamos, hasta que por fin, al cabo de diez siglos, llegamos a mi nueva morada. Ahora, dos años más tarde, el enorme animal, debía salir de allí, pero mis tres amigos ya no estarían para ayudarme. (No quise maltratar la amistad de nuevo).

Decidí entonces conducir hasta una enorme cadena de ferreterías llamada (Home Depot), donde es fácil encontrar trabajadores que se apuestan cerca de la puerta, buscando trabajo por horas. Allí sería conveniente encontrar ayuda para esta misión cuasi imposible.

Al llegar al sitio, observé a un grupo de hombres fornidos que se apostaban en la acera, mientras hablaban y fumaban un cigarrillo. Supuse que cualquiera de ellos pudiera ser mi otro par de brazos para sacar el sofá de mi casa.

Al arrimarme en mi auto al sitio, bajé la ventanilla del copiloto y pregunté:

-¿Puede alguien ayudarme a bajar un sofá de un quinto piso?-

Antes de terminar mi frase, ya había un hombre regordete sentado en mi auto, mientras otros de su mismo tamaño se abalanzaban a mi carro, pretendiendo que me los llevara a trabajar.

La verdad es que me incomodó la manera en que aquel hombre entró a mi vehículo intempestivamente. Le pedí entonces el favor que se bajara, mientras observaba al grupo para escoger a mi ayudante.

Detrás de todos los hombres, vi sentado en la acera a un señor de unos 40 y tantos años, de brazos fuertes y gran estatura. Me conmovió el hecho de que los otros hombres lo opacaran.

-Señor, ¿quiere venir conmigo a ayudarme?

Él giró su cabeza hacia mí. Su mirada era humilde. Se llevó entonces su mano hacia su pecho y respondió:

-¿Yo?-

-Sí señor. Si quiere vamos y yo lo regreso a este sitio-

El hombre se puso de pie y caminó hacia mi auto. Vestía unos pantalones viejos y una camiseta con algunos orificios. Supuse entonces que aquel hombre estaba necesitado.

En el camino le expliqué que deberíamos bajar un sofá enorme por unas escaleras angostas, pero que entre ambos podíamos hacerlo. Él no emitió palabra alguna sobre el tema.

Luego le pregunté sobre su origen. Me contó que era cubano, que tenía dos hijos en su país, y que había llegado a Estados Unidos tres meses atrás. Su plan era traer a su familia tarde o temprano. Me habló de la odisea de su viaje, también de la vida en Cuba actualmente, de su familia y de lo extraño que le resulta este país.

Al llegar a mi apartamento (media hora más tarde) dijo sus primeras palabras sobre la labor encomendada:

-Espero que el sofá no sea muy pesado, pues tengo un problema en la espalda-

-¿Qué qué?-, pensé en silencio, recordando que el animal pesaba como cien millones de toneladas.

-¿Tienes un problema en la espalda?-, le pregunté preocupado.

-Sí, además tenemos que hacerlo despacio porque tengo dañado el hombro, ya sabe, las consecuencias de jugar pelota (béisbol), añadió con tranquilidad.

-¿Y por qué no me dijo eso antes de venirse conmigo?

-Usted no me preguntó, además yo ni me ofrecí ¿recuerda?

Maldije entonces mi estupidez por haber sacado del auto al regordote que se ofreció primero, y del que estoy seguro ya tendría el sofá en la calle.

-¿Ya desayunó?

-No señor-, contestó con la mirada baja.

Frite dos huevos, serví café con pan y queso, y nos sentamos a desayunar antes de comenzar el trabajo.

Luego iniciamos la labor.

-¿Por qué no se va usted adelante? La verdad es que no tengo balance y me da miedo caerme por las escaleras

-¿Pero me está hablando en serio?-, volví a pensar, presintiendo que me tocaría a mi jugar el papel de sansón.

El hecho es de que comencé a bajar primero con el sofá, viéndome muy cerca de rodarme por algunas escalas con el pesado e incómodo mueble encima. Aquel hombre era un fracaso como ayudante.

Cada dos escalas me pedía una pausa.

-Despacio, despacio-, me gritaba como si yo fuera capaz de controlar la fuerza de gravedad.

De nuevo las groserías que con mis tres amigos dijimos al sofá dos años atrás, salieron a relucir, pero ahora el destinatario de aquellas palabrotas ‘mentales’ era otro.

-Qué mierda haberme traído a este loco tan inútil-, pensé molesto, y por un instante la voz de mi padre llegó a mi cabeza sudorosa:

-“Hay dos clases de personas: El que es negociante, y el que no. Aquellos que lo somos, tenemos una ventaja, porque de alguna forma aprendemos a hacer empresa y salir adelante”-

Deseé entonces llamar a mi viejo y preguntarle cómo podemos sobrevivir los que no somos negociantes, pero mi celular estaba en mi mesa de noche.

-Despacio, despacio-, volvía a gritar, sin percatarse que solo dos metros de distancia lo salvaban de que mis manos magulladas por las paredes lo ahorcaran.

Al cabo de muchos insultos mentales, piscinas de sudor y dos dedos jodidos y ensangrentados, llegamos al primer piso.

-¡Uff! Me sacaste la madre-, osó en decirme

Yo lo miré con furia, pero inmediatamente recordé que el error era propio, y me di golpes de pecho por no haber heredado la suspicacia de mi viejo.

-Hombre, la próxima vez diga que tiene problemas musculares antes de ofrecerse a un trabajo-, le dije con seriedad.

Su respuesta fue la misma:

-Yo no me ofrecí. Usted me insistió ¿recuerda?

-¿Cómo olvidarlo?- contesté entre dientes.

40 minutos más tarde, dejaba a mi inservible ayudante en su acera.

Después de pagarle me dijo:

-Si quiere anote mi teléfono, para que me llame cuando me necesite-

-Deje así mijo. Deje así-.

lunes, 22 de febrero de 2016

Yoga: Una práctica no creada para mí


Todos practican yoga. Creo que es la modalidad de moda, en donde el cuerpo y la mente armonizan para brindar tranquilidad y paz a nuestras vidas atareadas por los problemas, las incertidumbres, los ajetreos constantes, la prisa, los deberes, y en fin, un sinnúmero de facetas que nos vuelven locos.

Yo estoy medio loco (como muchos de ustedes), quizás en mayor o en menor grado, eso ya lo deciden los que me conocen; y a veces soy consciente de que necesito urgentemente encontrar un balance entre mi rutina, mi mente y mi cuerpo.

–La solución es que practiques yoga-, me dice mi esposa, quien es una seguidora constante de esta bella práctica, donde sus extremidades se doblan al compás de su respiración calmada, y en donde el control de su hermoso cuerpo gira tranquilamente mientras la comisura de sus labios se arquea en una mueca de placer y serenidad.

-Vamos, inténtalo-, me reta en inglés, hasta el punto de que decido seguirle la corriente y acompañarla una tarde de sábado, a una de sus clases.

Comienzo entonces mi práctica de estiramiento forzado observándola como guía, pero cuando inicio a emular sus posiciones de contorsionista de circo, me agarra un calambre horrible en el muslo derecho que me sube por la nalga, logrando que contorsione sobre la alfombrilla especial de yoga y me retuerza como un gusano asustado.

-Lo estás haciendo muy bien para ser tu primera vez-, pensará ella y sus amigas, mientras todas respiran profundo carcomidas por la envidia de mis movimientos involuntarios, y sin decir nada, se ponen de pie, siguiendo las instrucciones de la profesora, quien ya observa con desagrado mi carencia de flexibilidad.

Adolorido me pongo de pie y sigo la pantomima muscular que no me agrada para nada. Junto las manos y las estiro, luego hago una patética mal interpretación de un movimiento donde la pierna derecha se posa sobre la izquierda, mientras las palmas de mis manos descansan sobre mi pecho. Comienzo a ladearme de un lado a otro como palmera en noche de viento, estando seguro que luzco como una ‘mantis religiosa’, pero con el balance de un yoyo manejado por un anciano con artritis.

El martirio continúa. Miro alrededor. Las sonrisas de satisfacción se mezclan con mi cara de dolor e inconformidad.

-Volvamos a la posición de ‘dandasana’-, indica la bruja malvada, a sabiendas que no entendí ni pío de lo que dijo, y de que no pertenezco a su aburrida clase. Inmediatamente las 12 personas que están a mi lado, se arrodillan y posan su cabeza sobre la alfombrilla. Cuando por fin logro entender lo que debo hacer, y como si la instructora quiere joderme la vida, les indica que hagan otra posición, por lo que todos se mueven con ligereza mientras yo apenas me arrodillo.

La coreografía perfecta es opacada entonces por un idiota descoordinado que se mueve en contravía: Yo.

Los minutos se hacen siglos en aquella clase. Mi mujer me mira y sonríe, como si una mueca fuera suficiente para que mis huesos y musculos entiendan qué hacer.

Deseo levantarme y mandar todo a la mierda. Odio el yoga, los estiramientos, las respiraciones controladas, las miradas de burla de la instructora, y el dolor muscular que me impide largarme de allí.

Terminamos la clase con una meditación profunda, en donde no logro dejar mi mente en blanco, debido a que me duele respirar.

-Estoy orgullosa de vos-, me dice ella, argumentando que mañana la clase será incluso más divertida y que poco a poco comenzaré a encariñarme de esta práctica de vida.

-¿Mañana?-, pienso alarmado, sabiendo que no asistiré.

La verdad es que no le encuentro el gusto, ni considero que es lo que necesito para relajar mi mente y mi cuerpo.

Luego en la tarde me voy a nadar un rato, logrando que mis tensionados músculos regresen a su estado normal, y más tarde me encierro en mi cuarto con mi guitarra eléctrica y mi amplificador potente, para desahogar mi mente y encontrar soluciones a los problemas que me agobian.

Realmente no necesito yoga ni meditación para encontrarme a mí mismo. Respeto a quienes les encanta, pero he decidido que por ahora, mi mejor relajación son las notas de mi guitarra, mi café negro hirviendo, y estas hojas en blanco que lleno con hojarasca.

martes, 19 de enero de 2016

La batalla constante contra la intolerancia

Batallo constantemente con la vida, especialmente porque mi forma de pensar no va acorde a la de muchos que me rodean.

-Si piensas de determinada manera, al menos no lo digas. Puedes herir susceptibilidades ajenas con tus comentarios-, me indican constantemente.

Me pregunto entonces si los comentarios ajenos no hieren mi susceptibilidad, y si otros se detienen a analizar que hay personas que piensan diferente a la mayoría y por ende la balanza de valores y prejuicios también se inclina a su lado.

Creo que no deberíamos vivir ocultando lo que pensamos, siempre que lo expresemos de manera respetuosa. Siento que es triste que al decir que no creo en algunas cosas, sea apedreado con comentarios intolerantes y sesgados a una ficción antigua.

Pero la culpa no es de otros, no es mía, no es tuya. La culpa es de la vil ignorancia que embarga y ha sucumbido siempre a nuestro planeta y a nuestra sociedades ciegas y sordas.

Desde siempre los preceptos religiosos y sociales han carcomido nuestra mente. Nos hemos regido por siglos por reglas religiosas que son socialmente aceptadas, y que se han convertido en leyes morales y éticas con penas horrorosas para la eternidad.

Como robots de lata, hemos aceptado sin cuestionarnos todas las frases e historias añejas que han lucrado y posicionado a algunos en lugares de poder económico y político, y quienes abusan de todos gracias a que manejan a su antojo, y con nuestro permiso tácito, los  hilos de nuestra vida.

Seguimos aceptando en nuestra cotidianidad mentiras irreales que nos convierten en un producto jodido y acabado, sin ánimo de salir de la coyuntura que nos subyuga ante luces que no osamos a apagar, debido a que el mero intento de hacerlo es castigado por la misma sociedad ignorante de la que somos parte.

En el mundo actual, no hay cabida para cuestionarnos sobre nuestras creencias personales, sobre las plataformas políticas que nos manejan, sobre la información que escuchamos y repetimos como loras, sobre nuestros sentimientos, sobre el por qué tenemos que comportarnos de alguna manera determinada, incluso en contra de lo que sentimos.

No estoy tratando de jugar al ateo (porque no lo soy), ni al anarquista (pues no me considero uno), pero sí cuestiono la vida que la sociedad me ha tratado de imponer. (Tal como a vos te la han impuesto).

¿Y el libre albedrío?-, pensarán los más ingenuos. El libre albedrío es limitado, ya que estamos tan afectados por las imposiciones de los monarcas religiosos y políticos, que tomar una decisión personal afecta el rumbo de nuestro propio camino.

Silenciar al que piense diferente es la constante desde épocas antiguas. ¿Cuántos han muerto por pensar diferente a la conveniencia de los poderosos? ¿Cuántos han desaparecido por alzar una voz de duda? ¿Cuántos son juzgados porque no se comportan como la mayoría?

No se trata tampoco de hacer un juicio de valores sobre lo que vos o yo creamos. Realmente lo que debemos hacer para vivir en armonía es ser tolerantes.

¿Acaso por no creer en una religión determinada, o en sus libros 'sagrados' valemos menos que otros? ¿Acaso por no creer en frases de cajón como 'los tiempos de Dios son perfectos', debamos ser mirados con desprecio? ¿Acaso por no creer en cielos ni infiernos, ni en penas, pecados, profetas, finales de mundo, sacramentos, rituales, investiduras, grupos organizados, bandos políticos, líderes espirituales, doctrinas, símbolos; tengamos que padecer el escarnio público y el ultrajo social?

Pues bien, si los precios a pagar por no creer en lo mismo, es ser relegado a un lado, o perder 'amigos'; pues bien se paga con satisfacción, ya que nada vale más que poder decir lo que pensamos, y respetar las creencias ajenas sin que estas violenten las propias (y viceversa).

La bondad de un ser humano no se mide en rezos, o en creencias, ni en repeticiones de parábolas, promesas, obras de conveniencia, discursos de tres pesos o prejuicios para satisfacción de algunos. La humildad y el buen corazón no depende del lado político o económico al que pertenezcamos. Todos sin excepción estamos llamados a cambiar el mundo con nuestros propios actos de amor hacia los demás.



Para mí, no hay nada más importante.

jueves, 7 de enero de 2016

Luis tiene flores para vos


Su nombre es Luis y en pocos días cumplirá 73 años. Luis nació en Cuba, y lleva más de 10 años viviendo en Miami con su esposa y su hija. Lamentablemente la vida no ha sido fácil para él y su familia.

Luis trabaja en la esquina de la calle 67 con la avenida 122 en Hialeah (Miami). Su labor comienza a las 6 de la mañana, hora en la que tiene que salir de su casa con rumbo a una tienda de flores, donde compra pequeños ramos de rosas, claveles, girasoles y de vez en cuando una que otra orquídea.

Una vez con las coloridas y aromáticas en sus artríticas manos, el viejo Luis se dispone a caminar más de 20 cuadras hacia la esquina donde lleva trabajando por más de 5 años. Allí, sin importar la inclemencia del tiempo, aquel hombre intenta vender sus flores, sabiendo que de ellas depende parte del sustento de sus dos mujeres.

-Mi esposa está muy enferma en cama, y yo soy la única persona que la cuida-, me dice aquel hombre de pocos dientes, y mirada noble.

Luis me comenta que diariamente gana un promedio de 20 dólares, ya que por paquete vendido se lleva para su propio bolsillo un dólar, aunque los fines de semana la venta aumenta, y puede ganar hasta 30 dólares.






En medio de nuestra conversación, el semáforo se pone en rojo, y entonces, aquel experto vendedor de flores aprovecha y se acerca a cada carro ofreciendo sus bellas ejemplares, pero no tiene suerte alguna y no logra despojarse de sus ramos.

Luis no se da por vencido, y confiado en que podrá deshacerse de ellas, levanta la mano y exhibe al aire los girasoles, mientras sonríe a los choferes, esperando que alguno de ellos se enamore de las bellas hojas amarillas que iluminan aquella esquina.



Una vez más la luz cambia a verde, y Luis regresa al andén y continuamos nuestra entrevista no oficial.

Le pregunto cuántas horas se queda allí, pensando que es posible que venda sus flores en un par de horas, pero para mi sorpresa, me dice que se queda hasta las 5:30 de la tarde, y la mayoría de las veces no logra vender la totalidad de ellas, y tampoco puede regresarlas a la tienda.

-Cuando no logro vender algunas, se las llevo a mi hija. A ella le encantan las rosas rosadas-, indica el buen Luis, aduciendo que su primogénita de 42 años, padece una discapacidad mental.

Mi curiosidad permanece, y le pregunto qué hace cuando tiene ganas de orinar, pues no veo alrededor un sitio donde aquel hombre pueda entrar al baño. Luis me dice sin tapujos que orina detrás de un arbolito, y me cuenta también que tiene en un balde una botella de agua y un emparedado para su almuerzo.

Pienso en preguntarle si se cansa con facilidad, o qué hace cuando llueve y tiene todas sus flores, pero las palabras sobran en aquel momento, ya que las respuestas son lógicas y las conozco por adelantado.
Me entristece que Luis, a su edad, esté de pie en una esquina por horas y horas, implorando que alguien le compre una flor.
La mañana en Miami está fría. El viento helado al que poco estamos acostumbrados en esta ciudad, hace que los transeúntes caminen con prisa, pero aquel hombre no tiene opción.
Me despido de Luis con un apretón de manos, deseándole fortaleza y suerte. Él me regala una sonrisa sincera, me desea un buen año y continúa con positivismo y energía en sus movimientos, vendiendo sus bellas flores.
De camino a casa, analizo la importancia de conversar personalmente con la gente que nos rodea. Aprender de ellos el valor del trabajo, y primordialmente entender que a veces nos quejamos por estupideces irrelevantes. Maldecimos nuestros días por razones que a Luis le parecerían una burla.
Con el corazón arrugado, agradezco al universo por mi suerte. Por tener a mi viejo a sus 76 años en casa descansando. Pero también soy consciente que hay millones de personas como el buen Luis, sufriendo las adversidades económicas del presente, y esperando obtener el sustento básico hora tras hora.
Mi abrazo en la distancia es para Luis, por su trabajo, dedicación y amor desinteresado por su familia.
El mundo sería mejor si hubiesen más seres como Luis, y menos políticos que ganan cantidades desorbitantes y son los culpables de que los ‘Luis’ de cualquier país, estén sufriendo tanto.
























jueves, 31 de diciembre de 2015

Contrabando en año viejo

Entro a un supermercado hoy 31 de diciembre. Mi labor es sencilla: Comprar una botellita de champaña, unas salchichas y galletas. Camino hacia la sección del licor y veo a decenas de personas enloquecidas alrededor de cientos de paquetes de uvas. Todos quieren un racimo, y veo como incluso dos mujeres compiten por una bolsita con las redondas moradas que serán embutidas a las 12 de la noche, en espera de que cumplan deseos.

Pienso entonces que somos muy pendejos todos los que creemos en esas cosas, y no intento ni siquiera acercarme a las uvas, porque he decidido que los deseos del año me los forjo yo mismo con trabajo (Iluso soy a veces).

Luego tomo mis tres artículos y me dispongo a hacer la enorme fila para pagar. Parece que todos dejamos para último minuto nuestras compras de año viejo. (Imagino que hay mucho colombiano en mi sector).

Cuando ya estoy cerca de la caja registradora, mi celular timbra. Es una llamada de mi casa:

-No te vayas a venir sin comprar uvas por favor-, me ordenan con firmeza, y antes de que comience a responder, me cuelgan la llamada con una advertencia que no suena nada agradable.

Maldigo la llamada, las uvas y la fila que perderé después de permanecer en ella casi 15 minutos. Me dispongo entonces a caminar hacia el pabellón de las uvas, pero al llegar allí, observo con terror que ya no quedan paquetes ni de moradas ni de verdes.

-Mierda-, expreso en voz alta, y un empleado me escucha y me pregunta qué necesito. Le digo que si llego a casa sin uvas posiblemente me quemen como un año viejo (muñecos de tela rellenos de pólvora que algunos culturas suelen prender a media noche).

El empleado se apiada de mi cara de perro regañado, y me dice que lo siga hasta la trastienda. Mientras caminamos hacia el final de un pasillo, me hace gestos sospechosos que no comprendo. Me siento como si fuera a robar el supermercado, o hiciera una transacción ilegal. 

Me doy cuenta que aquel joven está nervioso, y no sé el por qué. Verifico que aquel chico tenga puesto el uniforme del negocio, y entro con él por una puerta que jamás había visto y que se posa al final de un pasillo, cerca a los baños públicos.

Es allí, donde el sujeto me invita a entrar a un cuarto medio oscuro lleno de cajas, y en donde mi compinche guarda secretos, bananas, papas y uvas.(entre otras cosas que ignoro).

El empleado mira a los lados para verificar que nadie se acerca. Mi corazón comienza a latir velozmente, tal como si estuviera a punto de robarme un litro de leche, o una peineta.

-Ok. ¿Cuántas uvas quieres?-, me pregunta con voz de villano.

-Unas 36-, le contesto cagado del susto, pensando que en algún momento entrará un policía encubierto y amaneceré en la cárcel durante el primer día del año.

Con rapidez, mete en una bolsa negra de plástico algunas uvas (creo que 36), y me dice una vez más con voz grave:

-Son 20 dólares-

-¿20 dólares?-, no me creas tan pendejo-, le digo, pero ante su mirada de descontento y de maldad, presumo que si no las compro, quizás me asesine golpeándome la cabeza con un talego de zanahorias, o peor aún, me eche en los ojos el jabón que se ha robado, y quede ciego de por vida.

-¿Las quieres o no?-, indica, mientras un segundo hombre, nos vigila desde la puerta, cuidando que nadie llegue a interrumpir el contrabando que llevamos a cabo.
Sin palabras, saco de mi bolsillo un billete arrugado de 20 dólares, y se lo entrego. 

Luego lo miro con seriedad y le hago dos preguntas:

-¿Son de buena calidad? ¿Están completas?-

-Te eché un par de más. Feliz año nuevo-, responde, y con su mano me señala la salida.

Llego entonces a casa media hora luego, con mis uvas de contrabando, pero sin la champaña, las salchichas y las galletas. (La verdad estaba tan asustado que opté por no comprarlas en el mismo sitio).

Al abrir la puerta de mi casa, encuentro a mi hermana, mi cuñado y mi sobrinito que me saludan con alegría.

-Feliz año tío-, me dice Julián, y luego suelta la frase que mata mi año viejo:


-Te trajimos uvas-.

martes, 22 de diciembre de 2015

¿De qué marca es tu cara?


Salgo del parqueadero de mi edificio en mi carro, al momento en que uno de los muchos vecinos que tengo y desconozco, entra en su auto convertible. Por un segundo nos detenemos frente a frente y nuestras miradas se cruzan. Le obsequio una sonrisa de cortesía, y él me la cambia por una mirada de enfado con ceño fruncido incluido.

Sin saber, ni importarme el motivo de la mala cara, sigo mi ruta. Justamente en la esquina, pasa una mujer en una camioneta gigantesca y me corta el camino. Logro reaccionar con rapidez y evitar un choque inminente. La conductora me mira como si yo fuera el culpable, y me grita una grosería que me llega directamente al oído izquierdo. Luego acelera y se pierde a la distancia, dejándome ver uno de sus dedos (artrítico y torcido).

Sigo mi camino y me detengo en una luz. Junto a mí hay un carro pequeñito que suena como cafetera oxidada. Miro al dueño del carruaje, y este también me mira y me sonríe. Una sonrisa también aflora en mi cara, seguida de un saludo cordial.

Minutos después arribo a mi trabajo. En la entrada del parqueadero hay un lujoso auto deportivo obstaculizando el paso. Espero con paciencia a que el conductor se mueva y me deje continuar, pero este sigue charlando con alguien y parece no importarle la suerte de los que venimos atrás.

Después de casi un minuto, decido que es más sutil subir la luz alta que pitar. Al ver que el hombre no se mueve hacia un lado para que yo pase, pito con suavidad. Inmediatamente se baja de su hermoso carro y me dice en inglés ¿cuál es tu problema amigo?

Le explico que necesito pasar y que he estado esperando por dos minutos a que se mueva.

Como si yo fuera culpable de un delito, el individuo se despide de sus interlocutores y avanza, mientras ellos me dan una mirada de descontento y hablan entre ellos de lo rudo que he sido. Pienso por un segundo en decirles que llevamos esperando mucho rato a que su amigo se mueva, pero decido no botar mis frases al aire, porque estoy seguro que ellos no quieren escucharlas. Logro aparcar el auto en un rincón cualquiera y camino hacia el elevador, y en ese momento escucho el pito repetitivo de otro auto detrás de mí. Giro mi enorme cabeza y veo a una mujer que me indica que se ha caído algo.

La miro y le doy las gracias, mientras busco mis gafas en el piso. La señora que conduce un Toyota parecido al mío, espera a que me ponga en pie y me desea un buen día.

Ignoro el por qué, pero la mayoría de las ocasiones que veo a alguien manejando un auto lujoso, por alguna razón o ley universal desconocida, esta persona tiende a tener un comportamiento inaceptable, como si fueran más que otros porque manejan un carro más costoso. No quiero generalizar, pero es normal ver a sujetos tras volantes de Ferraris, Maseratis, incluso BMW’s y Mercedes, que adoptan actitudes incomprensibles mientras manejan.

Es como si la marca del auto la llevaran en su cara o en su accionar. Es más fácil ver al dueño de un auto de lujo acelerar y volarse un semáforo en rojo (mientras nos hacen escuchar a todos los transeúntes su música preferida), que ver al dueño de un Hyundai, un Nissan o un Chevrolet, con cara de villano y pensando que son más importantes que los demás.

¿Será que es requisito al manejar un coche de lujo, llevar cara de amargado o actitud de hijo de puta?

Quizás sí, habría que leer las instrucciones del auto.

Por ahora te pregunto ¿de qué marca es tu cara?

lunes, 21 de diciembre de 2015

Mi peor navidad

Nuevamente nos arrolla la época preferida por muchos: La Navidad. Tiempo de 'amor y amistad', tiempo de compartir, tiempo de intentar ser mejores individuos, de aflorar la amabilidad y entregarla por doquier, de perdonar, tiempo de abrazos, de besos, de cariño, de despegarnos de todos los malos sentimientos que coleccionamos durante el año y arrojarlos a la basura, de darnos el regalo propio de un nuevo comienzo.
La verdad es que la navidad no es mi época favorita, hace muchos años lo dejó de ser, a pesar de que me gustan ciertos momentos del mes (especialmente en los que hay comida de por medio).
Recuerdo con nostalgia los años de niñez, cuando junto a mi madre y hermanos, realizábamos nosotros mismos los adornos navideños que posábamos en el árbol plateado que teníamos. Mientras mi vieja cortaba las figuras y pegaba lazos y botas, nosotros nos acomodábamos alrededor de la mesa a ayudarla, sabiendo que estábamos en un mes especial lleno de colores, regalos, integración y fiestas.
Me acuerdo cuando juntos armábamos el pesebre con cajas, papel aluminio que emulaba lagos y riachuelos donde descansarían las figuras de unos patos que teníamos, y que a veces eran más grandes que las casitas del pueblo.
No puedo evitar pensar en las ovejas y los pastores que se acomodaban a lo largo y ancho del papel verde que parecía pasto, y que soltaba basura por doquier. Luego, mi padre, hacía cada año una choza de madera y paja, que serviría de portal para que las figuritas de la Virgen María y San José, se pararan al lado del burro gris y el buey caoba que estaba ya descolorido en su oreja izquierda.
Teníamos camellos, perros, vacas, ovejas, gansos, patos, caballos, y cerdos. En algunas ocasiones los marranos eran más grandes que los camellos, o el perro quería morder a un rey mago, y por eso me tocaba alejarlo y parquearlo al otro lado del pueblo, allí donde solo llegaba una oveja negra a hacerle compañía.
Un ángel de cabellera larga y hábito azul, se elevaba sobre la choza del niño Dios, mientras un carrito de carreras que me gustaba meter al pesebre, pasaba cerca de un pastor, tirándole el polvo de la carretera en la cara, y ahogando a su rebaño, que quedaba grisáceo por el humo sucio del exhosto.
Me acuerdo que nos sentábamos juntos cada noche a partir del 16 del mes, para rezar la novena al niño Jesús, y entre cantos y oraciones, pedíamos con fervor por nuestras necesidades, las de terceros, y lógicamente por los regalos que habíamos pedido ese año.
El 24 de diciembre era un día especial. El árbol de navidad se llenaba de regalos en su base, el olor a buñuelos calientes y natilla, llenaba nuestra casa. Desde que despertábamos sonaban en la radio villancicos (cantos navideños), con los que amenizaban el día. En mi hogar había siempre un aroma de alegría, de camaradería, de amor puro. La navidad era eso: Amor puro.
Siempre estaba feliz en diciembre, hasta que hubo un hecho que marcó mi vida en un 24 de diciembre: Cenamos en familia, rezamos, cantamos, y nos sentamos en la sala a destapar los regalos debajo del árbol, que nos dábamos unos a otros. (Los del niño Dios llegaban a media noche sobre nuestras camas).
De un momento a otro, un fuerte aguacero inundó la ciudad. Un trueno estrepitoso sacudió el ambiente, y la electricidad colapsó. Todo quedó en tinieblas. Mis padres fueron por velas e iluminaron el recinto. Yo caminé hacia una de las tres ventanas dobles de mi segundo piso, y miré a la calle y al fuerte vendaval que azotaba sobre mi sector. En la esquina estaba una mujer joven con tres niños pequeños, uno de brazos, y los otros dos más grandecitos. Como podían se resguardaban de la lluvia bajo una cornisa diminuta.
La familia en cuestión estaba desamparada. Su pobreza máxima se veía, aún a pesar de la oscuridad y el mal tiempo atmosférico.
En ese momento me di cuenta que uno de los pequeños tenía más o menos mi edad. A partir de ese instante mis navidades cambiaron para siempre.
Mi viejo al darse cuenta, buscó a la familia en apuros, pero al llegar a la esquina, ya no estaban. Parece (según mi padre), que alguien más los vio y los invitó a pasar a su casa. Mi padre regresó al cabo de unos minutos de búsqueda, mojado de pies a cabeza, y por casi una hora estuvimos en las ventanas tratando de verlos de nuevo, pero esto no sucedió.
La lluvia menguó con los minutos, la luz regresó a la ciudad, pero la familia necesitada no apareció más. Una vez más, mi padre salió a buscarlos, pero no tuvo suerte en su segundo intento.
Después, iniciamos de nuevo la apertura de regalos, pero la magia había desaparecido. Ahora, la única imagen que se posaba en mi mente, era la de aquella mujer y sus tres niños pobres. Miraba los regalos empacados con papeles brillantes y lazos rojos, y pensaba en que aquella familia. Aquellos menores no recibirían nada esa noche.
Esa fue mi peor navidad. El llanto se apoderó de mí a partir de ese momento. Lloré toda la noche mientras destapaba mis juguetes y ropa. No podía quitarme de encima la foto mental que tomé desde mi ventana.
Mi madre me abrazó y me dijo que como aquella familia, había cientos de miles en el mundo entero (se quedó corta en su cifra). Me dijo además que debía ser agradecido por lo que teníamos, y siempre ayudar a los que lo necesitaban. Sus bellas palabras, junto con los consejos  sabios de mi padre, no fueron suficientes para quitarme la tristeza que me embargaba.
Pensaba que no era justo que mientras yo destapaba todo lo que quería, allá afuera, otros niños de mi edad sufrían por comer. Pensaba que no merecía ser tratado diferente en plena navidad. Pensaba que el 24 de diciembre no era una fecha de alegría para la humanidad, como me lo habían hecho creer en las historias que me leían, o en las caricaturas que veía en televisión.
Mi mundo cambió en ese momento, y pensé que el niño Dios que me traía los regalos sobre la cama, era un tipo injusto, que discriminaba a los más pobres, y que no se compadecía del sufrimiento del mundo, como mi mamá rezaba en la novena.
Comencé a pensar que lo que el niño Dios había dicho en su novena ("Todo lo que quieras pedir, pídelo por  los méritos de mi infancia y nada te será negado"), eran solo palabras vacías, pues yo había pedido durante los 9 días, que ningún niño dejara de ser feliz en navidad, y los de esa esquina no eran para nada felices.
A partir de ese momento, la navidad no fue igual nunca más.
Los regalos del niño Dios llegaron horas después sobre nuestras camas, pero esa noche, por primera vez no me importaron.
-¿Por qué eres tan bueno conmigo, pero tan malo con esos niños?-, le pregunté en voz alta al niño Dios, pero nunca me contestó.
Los años pasaron, crecí. Me di cuenta que mi ingenuidad desbordada había arruinado mis navidades. Viajé a otros sitios y aprendí que el niño Dios es realmente cada uno de nosotros, y que a través de una acción de compasión y amor desinteresado por el ajeno, podemos hacer una navidad especial para aquellos que lo necesitan tanto.
Hoy sigo celebrando mis navidades de la mejor manera. Sé con certeza plena, que cuando mis hijas lleguen a este mundo, les enseñaré que el espíritu de la navidad es dar, brindar una mano, y lógicamente, haré pesebres con ellas donde los marranos sean tan altos como los camellos, y donde ellas mismas decoren el arbolito.
Esta navidad, el mejor regalo que puedo recibir es un abrazo de mis viejos hermosos, esos que me enseñaron que cuando se da, se recibe paz en el alma. Los que me han indicado desde siempre, que estamos de paso en este plano, y que lo único que llevamos al otro lado, son las obras buenas que hagamos.
Navidad para mí es un regalo del universo para brindarnos una nueva oportunidad. La oportunidad de hacer a otros felices, de salvar un alma en pena, de abrazar a aquellos que pocos abrazos reciben durante el año, de decirle a otro que es importante y demostrarles amor puro.
En estas fechas, aprovecho para abrazarlos a todos. Aunque sea a la distancia.

viernes, 18 de diciembre de 2015

El fuego que nos une

El bullicio de la alarma de incendios me despertó de un sobresalto. La aguda sirena llegaba hasta mis oídos con tal contundencia, que inmediatamente me di cuenta que la noche acababa para mí y los demás inquilinos del edificio.

Me tiré de la cama y me puse por instinto un jean roto cualquiera y una camiseta. Luego miré el reloj para constatar que eran recién pasadas las 4 de la madrugada (solo llevaba una hora de sueño).

Entré al baño y oriné con prisa, luego me lavé los dientes al ritmo agónico de la sonora alarma que en su fondo tenía una voz robótica diciendo que por favor bajáramos a la calle.

Somnoliento, mientras me cepillaba las encías, un pensamiento terrorífico se apoderó de mi cabeza.

-Mierda, creo que dejé el horno prendido anoche, y el incendio se ha generado en mi cocina-, deduje con miedo.

Haciendo uso de mis reflejos inexistentes, abrí con prisa la puerta del baño y me dirigí a mi estufa, mientras me preparaba para fundirme en las enormes llamas del infierno dentro de mi propio apartamento.

Tomé un respiro profundo y me dispuse a enfrentar mi macabro desenlace. La suerte estaba echada: moriría envuelto en fuego, emulando la época inquisidora católica donde cientos de miles de mujeres fueron quemadas acusadas de brujería, y yo, con mi nariz de hechicera experimentada, pagaría ahora las consecuencias de una fractura de tabique en mis primeros años de vida.

Afortunadamente, el incendio no provenía de ninguna esquina de mi casa, hecho que me hizo sentir tranquilo, a pesar de que alguna casa contigua estuviese ardiendo. 

Logré ponerme unos tenis cualquiera, mientras las sirenas de bomberos y policías hacían su arribo al lugar de los hechos. Abrí la puerta de mi apartamento ubicado en un quinto piso, y me encontré con otros vecinos saliendo en sus pijamas y con cara de espanto.

-¿Qué está pasando? ¿Qué se ha quemado? ¿Dónde? ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Heridos? ¿Muertos? ¿Quemados? ¿Elevador o escaleras? ¿Salieron todos? ¿Atrapados?, y miles de preguntas idiotas, eran generadas en el ambiente, por una colectividad llena de pánico y lagañas.

Bajé las escaleras sin ver humo en ninguna parte, luego al llegar a la calle, encontré a varios uniformados entrando a la edificación mientras unos niños lloraban porque su sueño (quizá con hadas, príncipes y súper héroes) había sido interrumpido. Al pensar en esto, recordé que al escuchar la alarma, estaba soñando con una buena taza de café, que había sido interrumpida por culpa de un irresponsable que había olvidado apagar su estufa. 

En menos de cinco minutos, estábamos en la calle más de 100 personas residentes en el edificio, incluso rostros que jamás había visto, y que sé con seguridad tampoco ellos a mí. 

En medio del caos, tuve la perfecta oportunidad para acercarme a muchos vecinos y conocerlos. Mientras esperábamos las noticias de los bomberos, conversamos sobre lo paradójico que resulta vivir todos bajo el mismo techo por años y jamás conocernos. Al cabo de casi una hora, todos fuimos entrando al lobby del edificio, donde los más pequeños dormían de nuevo en las piernas de sus padres. 

Observé con detenimiento un par de piernas donde felizmente  podría dormir placenteramente, y que llevaban puestas una corta pijama blanca que llamaba la atención de todos desde que había hecho su entrada triunfal al pasillo inferior.

No dudo que el fuego (de existir alguno) se hubiese originado justamente en su apartamento, ya que al caminar todavía se podía observar destellos de chispas que salían de sus bronceados muslos.

Agradecí entonces al pirómano que había ocasionado la alarma, ya que gracias a él,  estábamos todos reunidos sin acuerdos previos, viéndonos las caras y las piernas por primera vez.

De un momento a otro, la voz gruesa de un hombre vestido de bombero indicó: 

-Hemos revisado bien y todo se trató de una falsa alarma. Pueden regresar a sus hogares-

Sin saber porqué, manifesté en voz alta las palabras que no debí pronunciar, hecho que frecuentemente me sucede, y que cuando me doy cuenta que no son bien recibidas, ya es muy tarde para verificar mi acción.

-La verdad es que yo prendí la alarma con el fin de conocernos todos espontáneamente. Feliz navidad-. 

Muchas personas no entendieron el chiste y me miraron como queriéndome matar. Para mi suerte, algunos pocos (incluyendo la dueña de las monumentales extremidades), se rieron con sinceridad. El jefe de bomberos que había dado la noticia del retorno a casa, me miró con reproche, por lo que me tocó añadir: 
-Solo bromeaba-, intentando que me perdonaran la vida y no terminara arrestado por tentativa de desvelo en primer grado, y por jaqueca agravada y caras de zombie de todos al día siguiente.

Subí entonces por las escaleras a mi quinto piso, evitando esperar a que uno de los 4 elevadores se desocupara, pues el flujo de pasajeros era evidente.

Al arribar a mi destino me despedí de otros vecinos que entraban a sus apartamentos, deseándoles que durmieran bien, y recordándoles apagar las estufas.

Entré a mi hogar, preparé café, me deshice de mi ropa y me lancé en picada a mi cama caliente, esperando que el único fuego que me despierte provenga de otra parte diferente al de una alarma ruidosa y llena de mentiras.



lunes, 14 de diciembre de 2015

El hombre que cambia al mundo


Camino por el centro de Dallas intentando descubrir la ciudad. Es la primera vez que estoy allí, y por eso he separado un par de tardes para explorarla.

Mis tenis son mi compañía, y sin prisa, comienzo a recorrer las enormes calles (ya que en Texas dicen que todo es más grande). Llego entonces al sitio donde asesinaron a John F. Kennedy, y en donde hay una X marcada sobre la calle. Saco mi celular y tomo una foto, e inmediatamente un hombre se me acerca y me narra la historia como si fuera un día después del homicidio.

El guía turístico me señala con una mano un edificio en la esquina, a más de 50 metros de distancia, y me dice que en el segundo piso del mismo estaba el asesino del expresidente.

Luego me dice invita a montarme en su bus para darme una clase y pasearme por sitios históricos, pero me niego a aceptar su propuesta de negocios, ya que mi concentración es nula y sé que terminaré mirando por la ventana del bus cualquier nube y no me daré cuenta de lo que él habla.

Nunca he servido para seguir a guías turísticos que se posan en cada esquina a narrar una historia interesante sobre un acontecimiento, ya que me aburro en dos segundos de casi todo, y fuera de eso, es difícil que mi atención se pose en un solo momento. Soy una persona con hiperactividad. Me desespero cuando me siento obligado a seguir ciertos parámetros socialmente aceptados, y pierdo con frecuencia el camino porque los desvíos me resultan mucho más interesantes.

En fin, sigo mi rumbo hacia un museo donde me pierdo a propósito por varias horas sumergido en las obras de arte que no entiendo pero siento. Luego salgo sin rumbo fijo y descubro un bar en cualquier calle, en el que me dejo consentir con una buena carne con barbacoa y una cerveza fría.

Durante mi segundo o tercer mordisco, la mesera me recomienda visitar el mirador de la Torre de la reunión, un sitio reconocido en toda el área; y me dice que desde allí visualizaré a la ciudad entera a través de telescopios, además que hay un restaurante donde se come riquísimo.

Le doy las gracias aún con salsa alrededor de mis labios, y decido emprender mi rumbo hacia aquella torre. Pero como los desvíos me atraen, logro desviarme en una esquina desconocida y me adentro hacia un callejón lleno de estatuas y murales coloridos. Al llegar allí encuentro un hombre sentado en la calle con un enorme y hermoso perro.

El cuadrúpedo se queda mirándome y me mueve la cola, entonces aprovecho su permiso silencioso para acariciarlo y llenarme de energía. Pienso que los animales y las plantas son generadores de buenas vibraciones, y debido a su sinceridad y transparencia de corazón comparten su energía fácilmente con el que quiera abrirles el corazón. Muchas personas abrazan árboles, yo acaricio animales, porque la última vez que abracé a un árbol me llené de hormigas, y estas me picaron hasta en el trasero.

El hecho es que terminé sentado junto al perro y su dueño, un hombre ecuatoriano que me dijo que había llegado a Estados Unidos en el 2012, y que debido a la falta de documentos legales, estaba pasando por un mal momento financiero y por eso estaba en la calle. Santiago adujo que en su país se graduó como psicólogo, y que además fue un buen jugador de fútbol años atrás. El hombre, de aproximadamente 40 y tantos años, me contó que todos los sábados entrena gratuitamente a un equipo de jóvenes latinos (en su mayoría mexicanos y salvadoreños), que no tienen recursos económicos para pagar clases, ya que la finalidad es que estos muchachos puedan obtener becas estudiantiles a través del deporte para ir a la universidad.

Al escuchar las palabras de Santiago, no pude evitar sentir un enorme agradecimiento por su labor desinteresada y en busca del mejoramiento de vida de estos chicos y sus familias. Imagínense, un hombre que está en la calle, y en vez de buscar su propio bienestar, decide educar deportivamente a otros para que salgan adelante.

Los minutos pasaron y nuestra conversación se diversificó a otros temas. Como buen psicólogo, Santiago me preguntó por mi vida, mi visión de la misma, mi camino, y a falta de una oficina y un sofá para acostarme, sus cartones y el perro fueron mi comodidad.

Pensé en tomarle una foto para publicarla con esta historia, pero decidí que no lo haría pues no quise que pensara que lo había usado para narrar su vivencia (a falta de recursos literarios). 

La noche fue cayendo en Dallas, y una buena cena nos arropó a los tres. Tommy no cesó de volearme la colita al decirle adiós, y en un abrazo sincero, Santiago me agradeció por el tiempo compartido, sin darse cuenta que el que me hizo un enorme favor fue él, pues me enseñó que los mejores sitios turísticos de las ciudades, son la esencia de las personas que viven allí.