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domingo, 28 de junio de 2015

La decisión del chocolate

Debo tomar una decisión en los próximos minutos, y por más sencilla, lógica y razonable que sea, mi visión de ella es totalmente diferente. ¿El motivo? Nunca he sido un tipo muy lógico.

Abro entonces mi botella de ‘scotch’ para tomarme un trago y calmarme antes de decidir. Saco hielo de mi refrigerador, lo tiro a un vasito y me sirvo un trago, pero antes de llevármelo a la boca, recuerdo en ese momento que me he tomado dos pastas para la gripe.

-¿Será que me intoxico?-, pienso con curiosidad, pero consciente de que mañana tengo un día fuerte de trabajo (no puedo faltar), tomo la primera decisión acertada, y no me lo tomo.

Luego abro la puerta de mi balcón y salgo a tomar aire fresco que oxigene mi cerebro y me ayude a pensar con calma. Y es que por más que conozco lo que debo hacer, hay una parte dentro de mí que me grita lo contrario, que me obstine y luche en contra de la razón y las conveniencias. 

Pienso entonces que sé lo que debo decidir; y en ese momento un relámpago ilumina el firmamento e inmediatamente cae un trueno que sacude mi vaso con whisky, mi guitarra y mi cabeza. 

Siento que el trueno es una señal, y nuevamente cuestiono si estaré tomando la decisión correcta, por lo que decido analizarla otra vez. Pido ayuda entonces al universo, a ese ser superior que todos llevamos adentro, y cerrando los ojos pido por otra señal.

Como por arte de magia, una piedrita cae en mi testaruda cabeza. Abro los ojos asustado pensando que el universo me ha escuchado, y la respuesta llegará a mi mente de forma inmediata. Observo en el balcón anexo a mi vecina riendo, mientras me lanza otra piedra que logro esquivar.

Me saluda con rostro mañanero de domingo, a pesar de que son pasadas las 8 de la noche. Le pregunto cómo estuvo su fiesta de cumple, y me excuso por no asistir diciéndole que no me sentía bien de la garganta y tenía un poco de fiebre. La verdad es que si tenía fiebre, pero la razón principal para no salir es la confusión que tengo sobre mi decisión.

Me cuenta lo bien que pasaron, y me invita a su casa a comer un pedazo del pastel de su cumpleaños. Acepto su amable invitación, a sabiendas que el pastel es de chocolate, y yo al chocolate jamás le digo que no. 

La bella vecina me cuenta que tiene un problema, y me pide consejo. Le digo que soy un fracaso para aconsejar a otros, pero ella insiste y me ofrece otro pedazo de pastel de chocolate, logrando que su soborno funcione a las mil maravillas. A medida que me cuenta, veo mi complicación reflejada en su historia, a pesar de que son asuntos diversos.

Es fácil ver las soluciones a los problemas ajenos. 

Le digo lo que pienso, y mientras lo hago voy generando con mis palabras la catarsis que necesito para encontrar solución a mis asuntos complicados. Luego nos damos un abrazo sincero, y me despido sabiendo qué hacer.

Nunca he sido un tipo con mucha lógica, por lo que de seguro mi decisión no será la mejor. Amanecerá y veremos...






jueves, 18 de junio de 2015

¿Dónde está mi chorizo?

He regresado hace pocos días a Miami procedente de Buenos Aires, donde pasé casi dos semanas en una asignación de trabajo. Desde que era muy pequeño quise conocer la Argentina, un país que sin saber el por qué me resultaba familiar, conocido, cercano.

Por primera vez en mis 38 años de edad, tuve la oportunidad de pisar sus calles, de conocer directamente su gente, de visitar tantos sitios que siempre me llamaron la atención, de verme cara a cara con amigos (as) que he hecho a través del tiempo en redes sociales.

Tengo que confesar que iba precavido con la población de este país, ya que la imagen que tenía de muchos argentinos en Estados Unidos, no era la mejor; pero en solamente dos días, mis prevenciones con la gente de allí cambió radicalmente y me di cuenta que la población es amable, humilde, amigable, servicial y que no se asemeja a nada con algunos que se creen de mejor familia por el simple hecho de vivir en el extranjero.

Analizándolo bien, me doy cuenta que este problema socio cultural no es solo argentino, sino además colombiano, venezolano, mexicano, y sin equivocarme podría decir latinoamericano. Pensamos que al salir de nuestro terruño de nacimiento avanzamos a un estatus social superior, sin darnos cuenta que la vida de inmigrantes es difícil, sin importar el trabajo que tengamos.

En fin, volviendo al cuento, me sorprendió agradablemente encontrarme con gente tan familiar en la calle. Personas que al notar mi acento paisa, se arrimaban a preguntarme sobre mi país. Desconocidos que no dudaban en detener su paso para ayudarme con direcciones. Extraños que en un bar y al darse cuenta de que era extranjero, me invitaban a su mesa para hacerme compañía, y que me acogieron con extremo cariño.

Y es que siempre se habla en nuestra región que los argentinos carecen de humildad, pero afirmo con convicción que esta apreciación es errada.

La Argentina es un país cultural maravilloso, que emana de sus poros una autenticidad muy peculiar. Es difícil no notar una capa de melancolía que envuelve sus calles, sus edificios, su diario vivir; pero es  esa nostalgia la que le da ese toque mágico que me dejó enamorado, y con ganas de regresar.

Después de 4 días en Buenos Aires, ya tenía suficientes amigos para ir de juerga el fin de semana, y con los nuevos conocidos quedamos en ir a cenar en un restaurante conocido en una de las zonas más frecuentadas de la ciudad. Abrazos y besos por doquier fueron parte del ritual de saludo, y luego pedimos botellas de vino para celebrar la noche de viernes.

Analicé el menú del restaurante buscando una buena carne. Tras leer varias veces los platillos, decidí por comerme un ‘bife de chorizo’, pues tenía tanta hambre que en ese momento una vaca no sería suficiente.

Entre vino, brindis, historias, risas y acentos diversos, la noche fue abrigándonos y presagiando las sorpresas que llegaron después.

Por fin la cena arribó a la mesa, luciendo tan bien como olía. Todos festejamos la llegada de los platillos, ya que imagino que el hambre era el común denominador del momento.

Todo lucía exquisito, pero al posar mis ojos en mi plato me di cuenta que algo no estaba bien. ¡Faltaba el chorizo!

-¿Será que está dentro de la carne?-, pensé en silencio, mientras esperaba al mesero para preguntarle por mi carencia.

Mis amigos de mesa, todos argentinos (as), comenzaron a comer con agrado, y yo decidí entonces abrir la gruesa carne con un corte horizontal, esperando que quizá el choricito estuviera adentro, pero no fue así.

En ese momento, el mesero regresó a la mesa para preguntar si todo estaba bien, y yo, víctima de la ignorancia, dije en voz alta:

-Disculpa, no vino el chorizo en mi plato-

Inmediatamente todos en la mesa soltaron una carcajada larga y pronunciada, que incluso llamó la atención de otras personas aledañas.

-¿Cuál chorizo?-, osó en preguntarme el mesero, jugando con mi carencia de recorrido gastronómico internacional.

-¿No era un bifé de chorizo?-, pregunté de nuevo, pero esta vez con el volumen de mi voz tan bajo que dudo alguien me escuchara. Ante el silencio tortuoso del momento, añadí:

-¿No venía un chorizo con la carne?

Una vez más las risas se escucharon en el ambiente. Ahora no solo reían mis amigos, sino el mesero y los comensales de otras mesas, quienes comenzaban a contarse entre ellos lo acontecido.

-Mirá ché-, me dijo uno de mis nuevos amigos. –El bifé de chorizo es solo un corte, no es que venga con chorizo incluido. Sos un groso y por eso ya te queremos-, añadió, mientras mi rostro se tornaba rojizo como el chorizo que nunca llegó.

sábado, 14 de marzo de 2015

Orgulloso de mi burro

Tengo un carrito viejo estacionado al frente de mi edificio. Su pintura se ha caído con el paso de las lunas, y el óxido de la vida ha carcomido parte de su cuerpo. Cuando va en carretera suena como una cafetera en ebullición, llamando la atención de todos cuantos tienen el privilegio de ver su sonoro pero gallardo andar. 

Aunque su exterior carece de la belleza que poseen otros vehículos cercanos, la mayoría de sus órganos internos están intactos y funcionan como nuevos. 

Con fuerza y potencia trabaja su cerebro, y pocos imaginarían que aquel espécimen de apariencia añeja, lleva en su interior una tropa de caballos de paso, que lo motivan a seguir, a pesar de las miradas de desprecio que recibe continuamente. Claro está decir que entre todos esos caballos se ha colado un burro caribeño, el mismo que genera un quejido constante y molesto para todos.

Debido a la carencia de ejercicio (casi no lo muevo), el carro se ha llenado de fango, caca de pájaros, y estoy seguro que unos cuantos perros visualizan en una de las llantas la figura de un chamizo, pues siempre que salgo de mi residencia, encuentro a un cuadrúpedo orinando en él.

El jueves decidí que mi cacharrito merecía un mejor trato, y fue por eso que lo quise llevar a lavar; pero cuando me acerqué a él, me di cuenta que sus llantas estaban faltas de aire, y que además estaba sediento, pues la gasolina que llevaba en su tanque, a duras penas movía la flecha indicadora en el tablero principal.

Prendí el motor, e inmediatamente los caballos y el burro me saludaron con displicencia y me reclamaron el olvido y abandono en el que los tengo sumergidos. Les expliqué que he estado ocupado, y que uso otro carrito sin burro, que aunque no es un lujo con ruedas, si me brinda mayor confianza a la hora de trasladarme, además no emana el ruido agónico que llama la atención y los comentarios de ciertos mortales.

Me perdonaron a cambio de que hiciera algo por ellos, y comprometido con mis ejemplares equinos, salimos juntos rumbo a una gasolinera cercana donde inflaría nuevamente sus cascos, y verificaría que ninguna de sus herraduras tuviese un clavo.

Pero la tarea no era nada fácil. Al llegar a la estación de aire, intenté sacar los tapitas negras que cubren las válvulas del neumático, pero solo tuve suerte con dos de ellas, ya que las traseras estaban pegadas. Haciendo un esfuerzo monumental, me tiré al pavimento caliente para buscar una posición cómoda que me permitiera maniobrar mi cometido. 

El sol del mediodía obstaculizaba mi tarea. El sudor de mi frente caía al piso hirviendo, no sin antes pasar por mis ojos y crearme un ardor del carajo. El burro se reía de mi faena inconclusa, pero yo no iba a rendirme ante dos tapas más pequeñas que la uña de mi meñique.

Saqué del baúl la herramienta que allí dormía, y con un alicate logré por fin abrir las válvulas. Aunque deshidrato por la fiereza del astro rey, una felicidad embargó mi primer triunfo. Luego me dispuse a activar la máquina del aire, pero me di cuenta que esta carecía del medidor de presión que me guiaría. 

Maldije con rabia la risa del burro, pero ya había comenzado mi batalla y no suelo rendirme ante las adversidades. Sudando la camiseta como futbolista en final de copa, entré a la estación de gasolina. La huella de mis manos sucias quedaron impregnadas en la manilla de la puerta de vidrio de aquel lugar. Mi cara engrasada y mojada me daba una apariencia de mecánico frustrado.

El hombre que trabajaba allí, me prestó el medidor de presión en un acto compasivo, indicándome cómo usarlo. Quizás sospechó correctamente que no sabría cómo hacerlo. Le agradecí, compré una botella con agua, y de nuevo salí a terminar mi labor.

Tirado en el piso, me di cuenta que la mayoría de autos que allí arribaban tenían marcas lujosas, y eran conducidos por ejecutivos que trabajan en la zona empresarial donde resido. Muchas personas se bajaron de sus elegantes carros para echar gasolina, y al verme en el suelo, sucio, con un auto sin presencia, noté que algunos de ellos hacían gestos negativos con sus bocas y cejas.

El problema es que en la zona donde vivo, muchos aparentan ser de mejor familia. Sin importar la posición económica que alguien tenga, considero que no se puede demerita a los demás, pero lamentablemente la realidad es otra.

De un momento a otro, una camioneta se posó a mi lado. De ella bajó una mujer joven que vestía un elegante sastre. El sudor en mis pupilas no me permitieron verla muy bien, además, estaba pendiente de echar la cantidad justa de aire en mis neumáticos.

La fémina caminó junto a mí, y se tropezó con mi botella de agua y mis herramientas regadas en el piso. Luego me lanzó una mirada de reproche, y con un tono de regaño se quejó por mi reguero.

Le pedí disculpas, pero al observarme tan puerco y sudoroso, me hizo un nuevo gesto de asco y se dirigió a la tienda caminando como modelo en pasarela.

Observé sus bellas curvas al compas del movimiento de su falda larga y estrecha, y su cara de rabia al tocar la manilla engrasada que minutos antes yo había dejado como recuerdo imborrable. 

Asumiendo que yo era el culpable, la enfadada (que se me hacía conocida) me miró una vez más, murmurando un insulto que entendí perfectamente. Sus ojos en llamas (por la ira y no por la pasión) se chocaron con los míos, y sonriente le lancé un besito en el aire que rozó sus sesos y pintó su cara de matices diferentes.

Me reí de la reacción extralimitada de aquella joven, y pensé que si en vez de mi carrito viejo, sucio y oxidado, estuviera en un BMW como el de ella, el besito hubiera sido bien recibido.

Y es que muchos te valoran por lo que tienes, por la fantasía irreal que perciben, por el estatus financiero que alcanzas, por la marca de la ropa que llevas, por la fama y poder que presumes, y por otras tantas visiones erradas que hacen de nuestras sociedades lugares aberrantes y desolados.

Minutos más tarde, las llantas de mi vehículo sonreían agradecidas. Ahora se veían gallardas, infladas, con un donaire de superioridad que me recordó a la dama camaleónica. Llené también el tanque de la gasolina, provocando que el rebuznar del burro fuera menos notorio y sonoro.

Después lo llevé a lavar y brillar, y una vez estuvo mejor presentado, pegué en el vidrio de atrás un letrero de venta.
Un día más tarde, al entrar al edificio donde está mi oficina, una gran sorpresa me llevé, la ver a la misma mujer conversando con un amigo que trabaja cerca a mi oficina.

Me acerqué a ellos, saludé a mi amigo, y este me presentó a su compañía. 

La mujer me miró con detenimiento. con cara de confusión me dijo que era periodista acabada de llegar de Venezuela, y que estaba buscando trabajo en los medios de comunicación, y por eso había decidido ir a CNN, lugar donde trabajo.

Mientras hablaba sobre su experiencia, me miraba con detenimiento, pensando quizás que me parecía al idiota que engrasó sus manos delicadas y bien cuidadas, y encima le lanzó un beso sucio que impactó en sus mejillas llenas de base y quién sabe cuánto maquillaje más.

Le di una tarjeta y le dije que me mandara su currículo, luego me despedí de ambos, caminé hacia el elevador, y antes de entrar en él la miré de nuevo. Ella también me estaba mirando como pensando: 

-¿Será el dueño el burro?-


Luego le lancé un beso en el aire y entré al ascensor pensando que una cosa piensa el burro y otra… (La idea es esa).

martes, 10 de marzo de 2015

La mujer que divaga por los pasillos

Estoy cansado de que uno de los porteros de mi edificio sea tan entrometido y quiera saber cada uno de mis movimientos, y seguramente el de otros residentes.

-Llegó muy tarde anoche. Y eso, ¿en dónde se le perdió la cama?-, o -¿Va a salir a esta hora?, o ¿Y esa también es su prima?, o -Pensé que se había muerto, llevaba 3 días sin salir de su apartamento-, y en fin, cada frase fuera de lugar, a las que me limito a brindarles una sonrisa irónica sin palabras de por medio.

El hombre permanece atento a cada movimiento de los vecinos, y no dudo que conozca nuestras vidas mejor que nosotros mismos. 

Pensé en un determinado momento en decirle algo, pero no vale la pena alegar con aquel hombre, ya que en el fondo siento que es un tipo bueno, noble, siempre dispuesto a ayudar a todos, y sobre todo muy curioso. No niego que a veces quiero mandarlo a la mierda y decirle que no se meta en lo que no le importa, pero me controlo para no ser grosero, y de nuevo le lanzo una sonrisa sin palabras dejándolo insatisfecho y sin respuestas a su sed de conocimiento ajeno. 

Esta noche al llegar a casa, pude observar al sujeto sentado en su escritorio. Sin planearlo mucho intenté jugarle una broma.

Abrí la puerta del edificio y fingí que alguien inexistente estaba saliendo. Sostuve entonces la puerta para que la invisible persona saliera por la puerta, y ante la mirada incrédula del ‘metido’, dije en voz alta mirando a mi amiga imaginaria:

-Hasta luego, que pase una buena noche-, mientras giraba mi cabeza hacia mi creación que en ese momento abandonaba el inmueble. Luego me volteé hacia aquel hombre y le dije:

-Qué mujer tan hermosa esa-, sin dejar que el sujeto pudiera modular palabra alguna, tomé mi celular y nuevamente fingí una llamada, al momento en que el ascensor se abría y yo subía en él muriéndome de la risa internamente.

La cara de aquel hombre merecía ser fotografiada. Su boca abierta y sus cejas arqueadas en señal de inconformismo provocaban en mí cosquillas que no podía expresar. 

Antes de que la puerta del elevador se cerrara, el hombre metió su mano y me dijo:

-Señor Héctor: ¿A quién vio saliendo del edificio?-

En aquel momento tuve que tomar una decisión rápida. Era seguir con la patraña y decirle que una mujer había abandonado la edificación, o tirar la broma por la borda, y confesarle que era todo una pantomima para joderle la vida un rato. 

Lógicamente escogí la primer opción. 

La cara pálida del portero me causó nerviosismo. 

-Yo no vi a nadie salir-, me dijo con convencimiento absoluto, pero ya la puerta del ascensor volvía a cerrarse y solamente alcancé a decirle:

-Hasta mañana Miguel. Descansa-

Una vez en mi apartamento, tomé una ducha caliente y comencé a pensar en la broma de mal gusto que le había jugado al metido sujeto. La verdad salió espontáneamente, sin planes o agendas de ningún tipo.

Mientras el agua mojaba mi espalda, analicé que era un ‘hp’, por haberle hecho eso al pobre Miguel, que aunque metidito es un buen tipo, como lo mencioné antes.

-Man, no es justo que ahora el pobre esté muerto de miedo allá abajo, pensando quizá que un espanto ronda por el lobby del edificio-, pensé para mí. 

Recordé también cuando muchos años atrás limpiaba oficinas a las 2 de la mañana en la ciudad de Nueva York, y me dijeron que en una de ellas había un fantasma que deambulaba por los pasillos de aquel edificio viejo. Yo limpiaba ese inmueble lleno de temor, e incluso (debido a la sugestión) logré ver y sentir una presencia extraña que me atormentaba.

Sin pensarlo más, decidí bajar de nuevo para hablar con Miguel y decirle que me disculpara por la broma.

Al llegar allí encontré a Alexander, otro de los porteros, a quien pregunté por mi víctima.

-Miguel tuvo una emergencia y me pidió el favor que lo reemplazara esta noche-, me dijo aquel muchacho, explicándome que lo había visto un poco pálido y nervioso.

Asustado, pedí entonces el teléfono de Miguel, para llamarlo y decirle que todo era una broma idiota proveniente de un idiota bromista.

Miguel se asustó aún más al escuchar mi voz. Le dije que me perdonara, que todo había sido inventado y que no pensé que lo afectaría al punto de irse a casa.

-No señor Héctor, es que usted no ha sido el único que la ha visto. Ya me lo han dicho varios vecinos, e incluso yo la vi una vez en el parqueadero-, indicó el hombre con voz temblorosa, y luego se despidió.

Con sentimiento de culpabilidad, le expliqué a Alexander lo ocurrido, pero este también me dijo que varios residentes del edificio habían visto en muchas ocasiones a una mujer muy bella divagando por varios pisos, y que se perdía al llegar a la pared.

Nuevamente subí a mi apartamento, ahora pensando que me encontraría a la susodicha por cualquier pasillo. Caminé rápidamente hasta mi apartamento y cerré la puerta con doble seguro.

Ahora seguramente al igual que Miguel, pasaré la noche en vela por culpa de una hermosa inexistente.


jueves, 5 de marzo de 2015

Lavo platos y escribo.

Los rayos del sol impactan en mis ojos con malicia. El sonido de mi estómago no deja lugar a equívocos: tengo hambre. Ha pasado el mediodía, y he decidido que compraré almuerzo. He estado escribiendo desde tempranas horas de la mañana y la verdad, lo único que he hecho en la cocina hoy es café.

Recordé entonces que hay un buen sitio de comida china justo a dos cuadras de mi apartamento. Me puse unos tenis viejos y opté por dejarme puesta la camiseta viejita y rota que llevaba en casa durante la mañana.
Bajé a la calle y caminé hasta el local de comidas, donde me esperaría el arroz extranjero que saciaría mi apetito. Al llegar a aquel lugar me atendió una joven que jamás haba visto allí.
Ordené mi caja de arroz y unos espaguetis con camarones.
-¿Eres mexicano?-, me preguntó aquella mujer con amabilidad.
Le dije que era colombiano, pero que había vivido por más de tres años en El Paso, Texas, una ciudad fronteriza con ciudad Juárez en México, y que quizás por esto se me habría pegado algo del acento.
Seguimos conversando, y me contó que era mitad nicaragüense y mitad mexicana, y que se había graduado en su país como arquitecta; pero debido a la situación de inseguridad prefirió venir a Estados Unidos junto a su esposo.
La muchacha se sintió un poco apenada de trabajar tomando órdenes en aquel lugar de comidas.
-Espero pronto aprender inglés y poder validar mi carrera, mientras tanto tengo que trabajar en lo que sea-, me dijo, y sentí en su voz nuevamente algo de tristeza por no poder ejercer su profesión y estar trabajando en otro oficio.
-¿Y a qué te dedicas?-, me preguntó.
Le conté que soy periodista en un canal de televisión y que me gusta escribir, pero inmediatamente, le dije que mis inicios en este país también habían sido complicados, ya que llegué sin inglés, y no precisamente a Miami (donde el español es idioma común).
Le indiqué que en Nueva York trabajé de ayudante de mesero, dishwasher (lavaplatos en un restaurante), repartidor de periódicos, aseador de oficinas, entre otros oficios, pero que siempre me empeñé en estudiar inglés y con el tiempo pude entrar a la universidad.
-Ningún trabajo es vergonzoso-, aduje, intentándola animar.
-¿De verdad fuiste dishwasher en un restaurante?-
-Sí, y allí duré varios meses. Así que créeme que estás en un buen trabajo-.
Inmediatamente, un hombre chino de aproximadamente unos 60 años, y quien creo había estado escuchando parte de nuestra conversación detrás de bambalinas, salió y me miró de pies a cabeza.
Lógicamente mi camiseta rota, mis tenis azules sucios y viejos, y mi jean caído y descolorido, causaron en él una primera impression.
-Are you looking for a job as a dishwasher?  (¿Estás buscando trabajo como lavaplatos?-, indicó el asiático, y luego añadió:
-If you are interested you can start tomorrow (Si te interesa puedes empezar mañana)
Le di las gracias y le dije que afortunadamente tenía un trabajo en este momento, pero antes de irme con mi almuerzo, le estreché su mano, pensando que nunca se deben cerrar las oportunidades, ya que mi campo laboral es inestable, y sé que nadie es indispensable en la vida.
Por ahora seguiré escribiendo y lavando platos en mi casa.

 

 

 

domingo, 1 de marzo de 2015

Perfecta imperfección


-Decreta lo que quieres, y piensa positivo en todo momento, así todas las cosas que quieres llegarán a tu vida-, me dijo una persona que había conocido minutos antes, y quien repartía consejos durante su conferencia motivacional.
En un principio acepté su exhortación sin pensar demasiado, pero minutos después, de camino a casa, comencé a analizar sus palabras vacías y sin sentido alguno.

-¿Decretando lo que quiero se me cumplen los sueños? ¿Pensar positivo en todo momento?-, uy, como difícil poder hacerlo.

Y es que ¿cómo pensar que todo es maravilloso y de color rosa cuando estás en serios problemas? Cuando se ha muerto un ser querido, cuando te han echado del trabajo, cuando pierdes un brazo, cuando el negocio en el que invertiste tanto dinero, vida y sueños se viene al piso y colapsa rompiéndote las ilusiones, cuando tienes que batallar con la vida misma diariamente solo para conseguir el pan diario para vos y tu familia, cuando no alcanza el dinero para pagar la renta y los impuestos, cuando aquellos sin alma secuestran un familiar y lo asesinan solamente porque no hubo plata suficiente para pagar su rescate, cuando un gobierno de mierda limita tu libertad de expresión y de crecimiento, ¿cómo pensar en estos y otros casos, que la vida es maravillosa?

He llegado a la conclusión que la vida no es estupenda siempre. La felicidad es momentánea, y los días tienen sus ventajas y desventajas.
Es grandioso que tengamos (muchos de nosotros) el poder de elegir con quien nos acostamos, a quien amamos, qué leer, qué comer, en qué creer. Es fenomenal tener el libre albedrío de decidir después de una caída abismal, ponernos de pie y tratar de proseguir con una lección aprendida, pero este proceso cuesta toneladas, y no es fácil asumirlo.

Aunque respeto sus trabajos, estoy en desacuerdo con aquellos ‘gurus’ motivacionales que andan por cada rincón del planeta dando clases de felicidad e intentando enseñarnos a alcanzar nuestras metas.  
Menciono que respeto este trabajo, porque conozco todo el esfuerzo que requiere. Además no es fácil lograr tener poder de convencimiento para atrapar las mentes de millones de personas que anhelan salir de sus fracasos y problemas diarios y alcanzar el edén prometido.

-Soy feliz y puedo alcanzar todo lo que me propongo-, gritará uno de estos ‘maestros’ (as), desde el ventanal enorme de su penthouse en una gran ciudad del mundo, mientras sus secretarias y asistentes anotan en cuadernillos sus frases ‘positivas’ para que posiblemente aparezcan en sus próximas publicaciones.
Mientras tanto, la señora que limpia su casa, quizás una mujer latinoamericana inmigrante, con una familia a cuestas para sostener, con poco inglés, y movilizándose en un bus público para llegar a su casa, fuera de las calles que tiene que recorrer a pie, pensará que el positivismo y el decreto al universo de sus anhelos, no son suficientes para lograr que su estatus migratorio se legalice, o que otros no la discriminen por provenir de una sociedad distinta, o poder pagar la universidad de sus hijos, o que su familia en su país de origen deje de padecer la inseguridad que viven a diario. Para ella, para otros, para mí, los pensamientos positivos constantes, los decretos diarios de mis anhelos, la sonrisa permanente que emula al hombre feliz inexistente, no significan un cambio coyuntural en la vida.

Ahora bien, estar agradecidos con la vida es una cosa totalmente distinta. Yo personalmente soy un afortunado, pero al igual que todos tengo problemas constantes que me hacen desesperar, tomar una pastilla para los nervios, llorar, gritar, golpear una pared, maldecir, querer dormirme 3 meses y no despertar al próximo día, mandar todo al carajo. Creo que estos estados de ánimo son normales, y pretender vivir en la burbuja de la felicidad es contraproducente.
¿Cómo un motivador pretende organizar mi vida sin ni siquiera saber cómo me llamo, qué hago, cuáles son mis problemas, etc.? No obstante, con sus sermones de positivismo, han logrado crear un imperio que aumenta en el mundo entero, y que se ha convertido incluso en profesión.

Muchos de ellos nos muestran una faceta de su vida donde la perfección es prioridad. Según algunos, gracias a su forma de ver la vida ahora son personas importantes, económicamente exitosas, felices, sanas, e incluso son consideradas como espiritualmente avanzadas.

No generalizo, porque conozco algunos con propósitos sinceros y enfocados en ayudar de verdad.
Seamos claros. Pienso que todos queremos vivir mejor. Negarlo sería una imbecilidad, pero ¿por qué necesitamos que un extraño (a) sea el encargado de mejorar nuestra existencia?

La respuesta la tendrá cada uno. Personalmente creo que se debe a la debilidad mental del humano. Siempre tenemos que aferrarnos a algo para sentirnos protegidos. No conocemos aun nuestro poder personal, la capacidad que tenemos, la fuerza que guardamos dentro, y que puede salir a relucir sin que otros guíen un rebaño donde perdemos individualidad.
La vida es difícil, y esa premisa hay que aceptarla con inteligencia.

-¿Por qué se murió?-, gritarán muchos ante el ataúd de su ser querido.
-Pues porque es la ley de la vida. Todos nos morimos. Yo, tú, él, ella, nosotros, vosotros y ellos. Todos. ¿Difícil de aceptar? Claro que sí, pero una vez más, así es la vida.

Hay que aprender a aceptar que en este camino llegan buenos y malos momentos, y no podemos dejar ni que los buenos nos cieguen al punto de perder la humildad, ni que los malos nos maten.
Mi motivación personal diaria es mirar por mi ventana y ver el mundo desigual. Observar los edificios lujosos, los autos con marcas que ni conozco, la opulencia, el poder y las ansias desbordadas de muchos. Luego mirar a otro lado, y ver viejos en la calle arropados con sacos rotos, mal olientes y desnutridos. Niños durmiendo en la soledad, padres intentando sacar sus familias a flote, personas que tienen dos trabajos y luego van a la escuela con miras a vivir mejor, gente de cualquier condición social que se levanta diariamente con la esperanza de un mundo mejor, y que regalan una sonrisa desinteresada sin saber el estatus social de quien la recibe.

Mi mejor motivación es saber que mi imperfección es perfecta.

 

 

martes, 17 de febrero de 2015

Un sonámbulo en mi edificio


-Excuse me. Are you ok?-, la voz provenía de una mujer joven que con delicadeza tocaba mi hombro izquierdo.

La miré sin saber de quién se trataba. Lo último que recordaba es que me acosté escuchando el audio libro del Caballo de Troya 1, el que leí muchos años atrás, y ahora quería recordar.

-It’s everything ok?-, me volvió a decir con suavidad extrema en su voz.

Las luces blancas emanadas del techo del lugar, cegaron mis ojos. No sabía quién era aquella mujer, tampoco dónde nos encontrábamos, mucho menos la hora, o el por qué estaba con ella encerrado en aquel sitio.

-¿Estaré soñando?-, me pregunté confundido.

Intenté focalizar mi mirada, y esta vez ya consciente, pude observar que viajábamos juntos en un elevador. Sin responderle a su pregunta, miré mis pies, y allí me enteré de mi gran problema.

Había acabado de despertar en el ascensor de mi edificio. Estaba vistiendo mi pantalón de pijama, una camiseta negra sin mangas, y me encontraba en medias. Mi pelo, o lo poco que queda de él, estaba erizado, tal como se erizó mi piel al enterarme de lo acontecido.

La mujer, percibiendo mi tragedia nocturna, me volvió a preguntar, esta vez con una expresión de gracia en sus labios:

-Were you asleep? - (¿Estabas dormido?)

Asustado por aquella pregunta lógica, y por despertar en el sitio menos indicado, moví mi cabeza de manera afirmativa, sintiéndome aún confundido, somnoliento, y avergonzado.

La verdad es que no esperas despertarte en un lugar diferente a una cama; y hacerlo en un sitio distinto, sin conocimiento previo, causa en mí una aversión a la que no me acostumbro a pesar de los años.

Quiero aclarar que es mi primera vez en un elevador y con una desconocida, y que la experiencia no fue agradable.

-Do you want me to take you to your apartment? - (¿Quieres que te lleve a tu apartamento?)

La miré de nuevo con ojos rojizos. Por lo general cuando despierto en medio de mis caminatas nocturnas, tengo los ojos irritados y semblante de espanto. Quizás lleve la boca abierta, y mis movimientos sean lentos y torpes (aunque por lo general son torpes, pero jamás parsimoniosos).

-No gracias. Sé donde vivo-, contesté aletargado y enrojecido. Pensando con ligereza, investigué con mi acompañante la manera en que ella me había encontrado.

Afortunadamente no me bajé del elevador mientras dormía. La nueva vecina del piso más alto del edificio, me contó que cuando ella se montó a la caja mecánica, me encontró allí parado con la mirada perdida.

-¿Te sucede esto frecuentemente?-, indagó curiosa.

-¡No!-, le dije rotundamente. La verdad ya tenía vergüenza suficiente como para explicarle que he despertado en el sofá, en la tina, sentado en la cocina, o que muchas noches doy caminatas espaciales en mi apartamento mientras manifiesto entre dientes que busco el tesoro escondido. Así que intentando salvaguardar la salud mental de mis vecinos, y evitando crear una alarma general entre quienes residen a mi lado, me limité a mentir:

-Es la primera vez que me pasa- (En un elevador, pensé).

Por fin el ascensor se detuvo en mi piso. Una vez más la miré a los ojos, le pedí disculpas, le deseé buenas noches y salí de aquella caja metálica con rumbo a mi apartamento; sintiéndome supremamente preocupado, y corroborando el por qué no puedo dormir desnudo mientras busco mis tesoros.

 

 

 

sábado, 14 de febrero de 2015

Los hijos que no quiero

-¿Cuándo encargarás hijos?-, me pregunta un amigo, mientras nos tomamos un trago en un bar conocido en Miami. (Mencionaría el nombre del lugar, pero aún no me patrocinan el blog).

-No estoy seguro. La verdad, cuando lo pienso a profundidad me asusta mucho el hecho de que alguien dependa de mí-, le contesto confundido.

-Es la mejor sensación del mundo. Yo tengo 3, y a pesar de que son difíciles, al final del día son un regalo del cielo-, argumenta aquel hombre, sin remedio alguno.

-Bebo mi whiskey en silencio, mientras observo que una llamada entra al celular de mi amigo. Es su esposa preguntándole en dónde está, y gritándole algo, que incluso con el sonido abrupto del lugar, logro escuchar.

El sujeto se despide de su mujer, termina su trago con ligereza, y se pone de pie.

-Me tengo que ir Héctor. Laura, la más pequeña, tiene fiebre y no para de llorar-

Nos despedimos con un apretón de manos, y lo observo salir de aquel lugar con cara de susto. Quizás porque le preocupa su hija, o tal vez porque sabe que le espera un regaño de su pareja al llegar a casa después de las 12 de la noche en viernes.

Conociendo a su esposa, pienso que la pequeña Laura seguramente está durmiendo en paz, y que el cuento de la fiebre es solamente una ficción que ha dado el efecto esperado.

-¿Hijos?, qué va-, pienso de nuevo, y ordeno un nuevo whiskey en las rocas a la bella ‘bartender’ que me atiende.

No estoy diseñado actualmente para compromisos serios, y un hijo (a), es una responsabilidad inmensa que no quiero tener ahora. Depender de alguien, o que alguien dependa de mí, me llena de pánico.

Tal vez es irresponsabilidad ilimitada, -lo acepto-. Quizás es mi deseo de libertad que pienso se verá mermado con la idea de tener niños. Siempre he pensado que el mundo en el que vivimos está vuelto mierda, y no es justo crear seres humanos cuando hay ya aquí tantos sufriendo abandonados.

Respeto las ideas ajenas, y adoro a los hijos de mis amigos, y a mi sobrinito bello. Comparto la felicidad de los que esperan con ansias sus bebés; pero realmente no quiero ser padre.

Tampoco quiero ser esposo, novio, hijo, hermano, amigo, sobrino, o empleado de alguien. Pienso que algo raro sucede conmigo, porque no estoy de acuerdo con ideas preestablecidas, con títulos impuestos socialmente, o con la coerción de los espacios propios.

Estamos diseñados para amar a un grupo exclusivo en el mundo en que vivimos. Amamos a nuestra pareja, familiares y algunos amigos. Pero no al extraño que pasa frente a nuestras narices con cara de ‘no me importa’, y a quien jamás volveremos a ver.

No nos importa su suerte, ni nos preocupamos por sus problemas, pues suficiente tenemos con los propios y los inconvenientes de los que amamos.

Pero incluso aquellos que cotidianamente encontramos en nuestra rutina (el portero, el vecino, el panadero, la empleada del supermercado, el cajero del banco, el jefe, la chismosa del vecindario, etc.), nos importan poco, y no tenemos afecto sincero hacía ellos.

¿La razón? Pues, porque no son nuestra familia, o amigos de toda la vida.

-Es que la sangre hala-, diría mi abuelita, pero, ¿acaso no debemos todos cuidarnos como especie, sin importar si somos o no, de diferente estirpe sanguínea?

Mientras filosofo como inerte en medio de las estepas, me doy cuenta que el mismo bar es un desierto. Hay tanta gente alrededor, pero todos están enfocados en sus propios asuntos. Y como este bar son las calles, la ciudad, el país, el mundo. Lo peor de todo, es que ahora pienso, que el mundo que es inhumano, el país que no entiendo, la ciudad que me abruma, las calles que sufren entre la apatía, y el bar que me alberga sin entenderme, son solo los míos, mi realidad, y la que puede ser diferente a la de otros.

De un momento a otro recibo un mensaje de mi mamá, en el que me bendice y me desea una buena noche, añadiendo que mi padre me manda un beso. El alma se me ilumina con el cariño de mis viejos que adoro, y sin saber cómo lo hacen, el amor que me entregan, logra irradiar en ese momento a todos los presentes en aquel establecimiento lleno de humo de cigarrillo y etanol.

Miro el reloj, son las 3 de la mañana y mi compañía son mis padres a la distancia. Sintiéndome afortunado y un poco borracho, decido pagar la cuenta y emprender mí huida hacia mi nicho, donde trataré de descansar en paz por unas horas.

Al despertar hoy, le escribo a mi amigo para preguntarle por Laura, la niña de la fiebre.

-Está muy bien hermano-, me contesta.

-¿Quieres que salgamos por un trago más tarde?-, le pregunto.

-Quisiera, pero creo que ahora el que me estoy enfermando soy yo-, indica mi amigo, mientras escucho de nuevo la voz chillona de su esposa cuando le grita: ‘Cuelga ya que te estamos esperando’.

-Espero te mejores pronto-, le deseo sabiendo que la enfermedad que padece es la prohibición y el temor a su superior.


-Gracias, y Héctor, una cosa más-, argumenta. –No te apresures a encargar hijos, aun tienes tiempo-.


martes, 10 de febrero de 2015

La muerte de todos los días


Mi vida se torna silenciosa a eso de las 3 de la tarde. A pesar del bullicio cotidiano, del timbre agudo y molesto de mi celular de trabajo, del pito de los carros, de los rayos de sol que sin piedad golpean mis irritados ojos, y de los constantes pensamientos aturdidores que rondan en mi cabeza, a eso de las 3 de la tarde, todos tienden a desaparecer, y no intento buscar explicaciones, pues es el mejor momento de mi día. Imagínense que por unos minutos todo el ruido visual y auditivo que carcome su espacio, desapareciera. ¿No le parece fabuloso?

Eso me sucede a mí, sin importar el sitio donde me encuentre, las personas que me rodean, o la situación que esté experimentando. A eso de las 3 de la tarde, mi cerebro hace un alto en el camino y me brinda una tregua de espacio y tiempo que disfruto al máximo, como si se tratara de un orgasmo múltiple.
Ignoro cuánto tiempo dure aquella gracia divina. Puede que 5 minutos, o solamente 1, o quizás un par de segundos. No me importa saberlo, porque no lo mido, solo lo disfruto. Para mí, el silencio de cada tarde dura lo suficiente.

Recuerdo aun la primera vez que lo experimenté. Fue muchos años atrás, y estaba en medio de una audiencia preliminar, defendiendo a un hombre acusado de robo a mano armada.
El juez escuchaba las declaraciones del ladronzuelo, mientras la escribiente del juzgado hacia un ruido enorme con su vieja máquina de escribir, recopilando cada palabra en el expediente del proceso. Dos carceleros esperaban en la puerta que la diligencia se terminara para trasladar al acusado de nuevo a la cárcel. El segundero del cuadriculado reloj de pared hacia una bulla monumental mientras intentaba con su artritis dar un paso hacia la derecha y seguir controlándonos el tiempo. Alguien tosía por allá, otro estornudaba por allí, y los ruidos se acrecentaban con el eco del viejo salón del palacio de justicia.

De un momento a otro hubo un silencio aturdidor en aquel sitio. Sin saber cómo, cuándo o por dónde, me esfumé de aquel lugar. Un sentimiento de tranquilidad absoluta me inundó. Sacudí mi cabeza porque no entendía bien lo que pasaba. No estaba en ninguna parte. No escuchaba ni veía nada. Era como si no existiera.

-¿Habré muerto de un infarto en el juzgado?-, pensé sin alterarme, pero el silencio era tan fuerte que calló incluso mis pensamientos y me apaciguó por completo. Decidí entonces ser uno con el silencio y fundirme en aquel momento de felicidad absoluta que duró horas.
Luego, tal como me fui, regresé a la silla incómoda de aquel juzgado, donde nuevamente el quejido enfermizo del segundero acaparó mi atención, y pude verificar que el infarto jamás ocurrió.

A partir de aquel momento extraño pero hermoso, este suceso se volvió más recurrente. Volvió a pasar días después, mientras me encontraba en la casa de mi novia de aquel momento. Estábamos sentados en la sala esperando con ansias que su hermano se despidiera y nos dejara solos. Sonaba una melodía de fondo que no recuerdo. Su hermano hablaba y hablaba como si tuviéramos toda la vida para escucharlo, pero no era así, pues ambos teníamos clase en la tarde, y queríamos aprovechar un momento a solas para hacer de las nuestras.
Recuerdo que aquel muchacho se puso de pie y caminó hacia la puerta, luego se volteó hacia mí, y me preguntó algo, pero en ese preciso momento me morí otra vez, sin dolor, o sensación de incomodidad. Solamente desvanecí. Y regresé al mismo lugar de paz en el que ya había estado. Pensé que no era normal, pero una vez más, el silencio fue más fuerte que mi raciocinio, y permití que este dirigiera mi destino.

Sin embargo, regresé a la sala, y observé a aquel hombre aun moviendo su boca mientras me hablaba. No escuchaba más que el silencio, que realmente tiene sonido.
Porque es que muchas veces se piensa que el silencio es mudo, pero no es así. Yo he comprobado a través de mis trances inexplicables que el silencio sí tiene un sonido; lo que pasa es que pocas veces tenemos la fortuna de experimentarlo, pues vivimos en un mundo donde el ruido es tan normal que al menor espacio de tranquilidad nos llenamos de temor y opacamos con nuestra mente el milagro que proporciona escuchar el maravilloso sonido que emana del silencio.

Miré entonces hacia un lado, y observé a mi bella novia (Ximena es su nombre por cierto), pero no escuché nada de lo que decían. Vi que ambos abrían sus labios, y también observé el momento en que su hermano se marchó y cerró la puerta a su espalda. Pero no oí nada.
-Por lo menos sé que no estoy muerto, sino sordo-, bromeé conmigo mismo.

Mi novia se abalanzó sobre mí y me besó, pero mi mente aun no regresaba con la ligereza que mis hormonas querían.

Lo que sucedió los segundos después lo ignoro, pues nuevamente me alejé sin querer, y créanme que intenté no hacerlo, pero una fuerza superior a mi voluntad me haló hacia aquel lugar de silencio infinito.
Esa vez mi ausencia mental duró un poco más, aunque confirmo que mi presencia corporal jamás me hizo quedar mal. Me di cuenta que era como estar sin saberlo.

Mi vida se torna silenciosa a eso de las 3 de la tarde. Han pasado muchos años, y ahora todo sucede perfectamente. He logrado aprender a quedarme a medias en el presente, pero la parte que más disfruto de mi mente, emprende su camino hacia aquel sitio de silencio que se ha convertido en mi morada preferida, en mi lugar de tranquilidad, y donde tomo decisiones y analizo mi labor en esta vida.
Pocos saben de aquel lugar, pues es difícil explicar que a eso de las 3 de la tarde, tengo un boleto comprado que me lleva a un viaje insospechado, y donde no necesito equipaje, ni compañía.

Allí no estoy solo, pero lo estoy. En aquel lugar tengo todo, pero no tengo nada, y eso es tenerlo todo. Ese espacio me proporciona lo que me falta. He intentado por años llegar a diferentes horas del día, en más de una ocasión diaria, pero no lo controlo yo (por lo menos no todavía).
¿Loco? ¿Mentalmente inestable? Totalmente de acuerdo. Pero de no ser así, jamás hubiese descubierto aquel mágico espacio donde soy yo, sin nada, sin juicios, ideas, egos, deseos o ansias. El silencio tiene el mejor sonido que hasta ahora yo he escuchado.

Mi vida se torna silenciosa a eso de las 3 de la tarde. La misma hora donde seguramente me alejaré de aquí algún día.