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sábado, 14 de febrero de 2015

Los hijos que no quiero

-¿Cuándo encargarás hijos?-, me pregunta un amigo, mientras nos tomamos un trago en un bar conocido en Miami. (Mencionaría el nombre del lugar, pero aún no me patrocinan el blog).

-No estoy seguro. La verdad, cuando lo pienso a profundidad me asusta mucho el hecho de que alguien dependa de mí-, le contesto confundido.

-Es la mejor sensación del mundo. Yo tengo 3, y a pesar de que son difíciles, al final del día son un regalo del cielo-, argumenta aquel hombre, sin remedio alguno.

-Bebo mi whiskey en silencio, mientras observo que una llamada entra al celular de mi amigo. Es su esposa preguntándole en dónde está, y gritándole algo, que incluso con el sonido abrupto del lugar, logro escuchar.

El sujeto se despide de su mujer, termina su trago con ligereza, y se pone de pie.

-Me tengo que ir Héctor. Laura, la más pequeña, tiene fiebre y no para de llorar-

Nos despedimos con un apretón de manos, y lo observo salir de aquel lugar con cara de susto. Quizás porque le preocupa su hija, o tal vez porque sabe que le espera un regaño de su pareja al llegar a casa después de las 12 de la noche en viernes.

Conociendo a su esposa, pienso que la pequeña Laura seguramente está durmiendo en paz, y que el cuento de la fiebre es solamente una ficción que ha dado el efecto esperado.

-¿Hijos?, qué va-, pienso de nuevo, y ordeno un nuevo whiskey en las rocas a la bella ‘bartender’ que me atiende.

No estoy diseñado actualmente para compromisos serios, y un hijo (a), es una responsabilidad inmensa que no quiero tener ahora. Depender de alguien, o que alguien dependa de mí, me llena de pánico.

Tal vez es irresponsabilidad ilimitada, -lo acepto-. Quizás es mi deseo de libertad que pienso se verá mermado con la idea de tener niños. Siempre he pensado que el mundo en el que vivimos está vuelto mierda, y no es justo crear seres humanos cuando hay ya aquí tantos sufriendo abandonados.

Respeto las ideas ajenas, y adoro a los hijos de mis amigos, y a mi sobrinito bello. Comparto la felicidad de los que esperan con ansias sus bebés; pero realmente no quiero ser padre.

Tampoco quiero ser esposo, novio, hijo, hermano, amigo, sobrino, o empleado de alguien. Pienso que algo raro sucede conmigo, porque no estoy de acuerdo con ideas preestablecidas, con títulos impuestos socialmente, o con la coerción de los espacios propios.

Estamos diseñados para amar a un grupo exclusivo en el mundo en que vivimos. Amamos a nuestra pareja, familiares y algunos amigos. Pero no al extraño que pasa frente a nuestras narices con cara de ‘no me importa’, y a quien jamás volveremos a ver.

No nos importa su suerte, ni nos preocupamos por sus problemas, pues suficiente tenemos con los propios y los inconvenientes de los que amamos.

Pero incluso aquellos que cotidianamente encontramos en nuestra rutina (el portero, el vecino, el panadero, la empleada del supermercado, el cajero del banco, el jefe, la chismosa del vecindario, etc.), nos importan poco, y no tenemos afecto sincero hacía ellos.

¿La razón? Pues, porque no son nuestra familia, o amigos de toda la vida.

-Es que la sangre hala-, diría mi abuelita, pero, ¿acaso no debemos todos cuidarnos como especie, sin importar si somos o no, de diferente estirpe sanguínea?

Mientras filosofo como inerte en medio de las estepas, me doy cuenta que el mismo bar es un desierto. Hay tanta gente alrededor, pero todos están enfocados en sus propios asuntos. Y como este bar son las calles, la ciudad, el país, el mundo. Lo peor de todo, es que ahora pienso, que el mundo que es inhumano, el país que no entiendo, la ciudad que me abruma, las calles que sufren entre la apatía, y el bar que me alberga sin entenderme, son solo los míos, mi realidad, y la que puede ser diferente a la de otros.

De un momento a otro recibo un mensaje de mi mamá, en el que me bendice y me desea una buena noche, añadiendo que mi padre me manda un beso. El alma se me ilumina con el cariño de mis viejos que adoro, y sin saber cómo lo hacen, el amor que me entregan, logra irradiar en ese momento a todos los presentes en aquel establecimiento lleno de humo de cigarrillo y etanol.

Miro el reloj, son las 3 de la mañana y mi compañía son mis padres a la distancia. Sintiéndome afortunado y un poco borracho, decido pagar la cuenta y emprender mí huida hacia mi nicho, donde trataré de descansar en paz por unas horas.

Al despertar hoy, le escribo a mi amigo para preguntarle por Laura, la niña de la fiebre.

-Está muy bien hermano-, me contesta.

-¿Quieres que salgamos por un trago más tarde?-, le pregunto.

-Quisiera, pero creo que ahora el que me estoy enfermando soy yo-, indica mi amigo, mientras escucho de nuevo la voz chillona de su esposa cuando le grita: ‘Cuelga ya que te estamos esperando’.

-Espero te mejores pronto-, le deseo sabiendo que la enfermedad que padece es la prohibición y el temor a su superior.


-Gracias, y Héctor, una cosa más-, argumenta. –No te apresures a encargar hijos, aun tienes tiempo-.


martes, 10 de febrero de 2015

La muerte de todos los días


Mi vida se torna silenciosa a eso de las 3 de la tarde. A pesar del bullicio cotidiano, del timbre agudo y molesto de mi celular de trabajo, del pito de los carros, de los rayos de sol que sin piedad golpean mis irritados ojos, y de los constantes pensamientos aturdidores que rondan en mi cabeza, a eso de las 3 de la tarde, todos tienden a desaparecer, y no intento buscar explicaciones, pues es el mejor momento de mi día. Imagínense que por unos minutos todo el ruido visual y auditivo que carcome su espacio, desapareciera. ¿No le parece fabuloso?

Eso me sucede a mí, sin importar el sitio donde me encuentre, las personas que me rodean, o la situación que esté experimentando. A eso de las 3 de la tarde, mi cerebro hace un alto en el camino y me brinda una tregua de espacio y tiempo que disfruto al máximo, como si se tratara de un orgasmo múltiple.
Ignoro cuánto tiempo dure aquella gracia divina. Puede que 5 minutos, o solamente 1, o quizás un par de segundos. No me importa saberlo, porque no lo mido, solo lo disfruto. Para mí, el silencio de cada tarde dura lo suficiente.

Recuerdo aun la primera vez que lo experimenté. Fue muchos años atrás, y estaba en medio de una audiencia preliminar, defendiendo a un hombre acusado de robo a mano armada.
El juez escuchaba las declaraciones del ladronzuelo, mientras la escribiente del juzgado hacia un ruido enorme con su vieja máquina de escribir, recopilando cada palabra en el expediente del proceso. Dos carceleros esperaban en la puerta que la diligencia se terminara para trasladar al acusado de nuevo a la cárcel. El segundero del cuadriculado reloj de pared hacia una bulla monumental mientras intentaba con su artritis dar un paso hacia la derecha y seguir controlándonos el tiempo. Alguien tosía por allá, otro estornudaba por allí, y los ruidos se acrecentaban con el eco del viejo salón del palacio de justicia.

De un momento a otro hubo un silencio aturdidor en aquel sitio. Sin saber cómo, cuándo o por dónde, me esfumé de aquel lugar. Un sentimiento de tranquilidad absoluta me inundó. Sacudí mi cabeza porque no entendía bien lo que pasaba. No estaba en ninguna parte. No escuchaba ni veía nada. Era como si no existiera.

-¿Habré muerto de un infarto en el juzgado?-, pensé sin alterarme, pero el silencio era tan fuerte que calló incluso mis pensamientos y me apaciguó por completo. Decidí entonces ser uno con el silencio y fundirme en aquel momento de felicidad absoluta que duró horas.
Luego, tal como me fui, regresé a la silla incómoda de aquel juzgado, donde nuevamente el quejido enfermizo del segundero acaparó mi atención, y pude verificar que el infarto jamás ocurrió.

A partir de aquel momento extraño pero hermoso, este suceso se volvió más recurrente. Volvió a pasar días después, mientras me encontraba en la casa de mi novia de aquel momento. Estábamos sentados en la sala esperando con ansias que su hermano se despidiera y nos dejara solos. Sonaba una melodía de fondo que no recuerdo. Su hermano hablaba y hablaba como si tuviéramos toda la vida para escucharlo, pero no era así, pues ambos teníamos clase en la tarde, y queríamos aprovechar un momento a solas para hacer de las nuestras.
Recuerdo que aquel muchacho se puso de pie y caminó hacia la puerta, luego se volteó hacia mí, y me preguntó algo, pero en ese preciso momento me morí otra vez, sin dolor, o sensación de incomodidad. Solamente desvanecí. Y regresé al mismo lugar de paz en el que ya había estado. Pensé que no era normal, pero una vez más, el silencio fue más fuerte que mi raciocinio, y permití que este dirigiera mi destino.

Sin embargo, regresé a la sala, y observé a aquel hombre aun moviendo su boca mientras me hablaba. No escuchaba más que el silencio, que realmente tiene sonido.
Porque es que muchas veces se piensa que el silencio es mudo, pero no es así. Yo he comprobado a través de mis trances inexplicables que el silencio sí tiene un sonido; lo que pasa es que pocas veces tenemos la fortuna de experimentarlo, pues vivimos en un mundo donde el ruido es tan normal que al menor espacio de tranquilidad nos llenamos de temor y opacamos con nuestra mente el milagro que proporciona escuchar el maravilloso sonido que emana del silencio.

Miré entonces hacia un lado, y observé a mi bella novia (Ximena es su nombre por cierto), pero no escuché nada de lo que decían. Vi que ambos abrían sus labios, y también observé el momento en que su hermano se marchó y cerró la puerta a su espalda. Pero no oí nada.
-Por lo menos sé que no estoy muerto, sino sordo-, bromeé conmigo mismo.

Mi novia se abalanzó sobre mí y me besó, pero mi mente aun no regresaba con la ligereza que mis hormonas querían.

Lo que sucedió los segundos después lo ignoro, pues nuevamente me alejé sin querer, y créanme que intenté no hacerlo, pero una fuerza superior a mi voluntad me haló hacia aquel lugar de silencio infinito.
Esa vez mi ausencia mental duró un poco más, aunque confirmo que mi presencia corporal jamás me hizo quedar mal. Me di cuenta que era como estar sin saberlo.

Mi vida se torna silenciosa a eso de las 3 de la tarde. Han pasado muchos años, y ahora todo sucede perfectamente. He logrado aprender a quedarme a medias en el presente, pero la parte que más disfruto de mi mente, emprende su camino hacia aquel sitio de silencio que se ha convertido en mi morada preferida, en mi lugar de tranquilidad, y donde tomo decisiones y analizo mi labor en esta vida.
Pocos saben de aquel lugar, pues es difícil explicar que a eso de las 3 de la tarde, tengo un boleto comprado que me lleva a un viaje insospechado, y donde no necesito equipaje, ni compañía.

Allí no estoy solo, pero lo estoy. En aquel lugar tengo todo, pero no tengo nada, y eso es tenerlo todo. Ese espacio me proporciona lo que me falta. He intentado por años llegar a diferentes horas del día, en más de una ocasión diaria, pero no lo controlo yo (por lo menos no todavía).
¿Loco? ¿Mentalmente inestable? Totalmente de acuerdo. Pero de no ser así, jamás hubiese descubierto aquel mágico espacio donde soy yo, sin nada, sin juicios, ideas, egos, deseos o ansias. El silencio tiene el mejor sonido que hasta ahora yo he escuchado.

Mi vida se torna silenciosa a eso de las 3 de la tarde. La misma hora donde seguramente me alejaré de aquí algún día.

 

 

 

jueves, 29 de enero de 2015

¿Ficción o realidad?



Abrí los ojos con un fuerte dolor de cabeza. No recordaba nada de lo sucedido, y no sabía el por qué estaba atrapado de rodillas en una oscura y estrecha celda, donde sus cuatro paredes me apretaban. Intenté levantarme, pero el techo me golpeó la frente, y una sensación de claustrofobia se apoderó inmediatamente de mí.

-Esto tiene que ser un mal sueño-, me dije tratando de tranquilizarme, pero por más que intenté despertarme no sucedió.

-No estoy soñando, esto es real-, pensé, mientras una gota de sudor se movía ligeramente sobre mi pecho acelerado y caliente.

Observé que la oscuridad se desvanecía con la luz roja de un rayo proveniente desde lejos. Posé mis ojos en aquel resplandor, y sin saber cómo, mis pupilas se llenaron de luz y pude ver todo con claridad, tal como si alguien hubiese prendido una vela, o una linterna.

Estaba atrapado en una caja metálica donde no podía estirarme. No había movimiento de la misma, y unos ruidos bruscos provenían de la parte posterior, por lo que supuse que me encontraba en un sótano.

Las paredes de aquella celda eran gruesas, pero en una esquina del techo había un pequeño agujero por donde entraba la luz y un poco de aire que me mantenía aún consciente. Intenté no perder el control, y subí mi cabeza tanto como pude para inhalar algo del oxígeno que circulaba por aquel diminuto hueco.

-Despierta, despierta-, me ordené en varias ocasiones, pero la realidad era diferente.

Toqué mi nariz con mi mano derecha, y me di cuenta que estaba sangrando. Noté además que sobre mis dedos llevaba unas finas vendas de un material desconocido, dejando al descubierto mis uñas. Miré mi otra mano, y encontré las mismas envolturas raras. Bajé la mirada a mi cuerpo, y hallé una vestimenta muy extraña. Llevaba un traje oscuro con un cinturón metálico muy grueso, en el que sobresalían varias cavidades profundas, pero vacías.

Imaginé que él, o los causantes de que me encontrara en esta caja, se habían llevado lo que cargaba en mi cinturón, y tal vez otras de mis pertenencias.

Mis pantalones estaban hechos igual de un material desconocido, con un metal liviano y fino que me permitía doblar mis rodillas sin esfuerzo. Busqué en mis bolsillos alguna pista, pero no encontré nada en absoluto.

Mis zapatos eran suaves y elegantes. Moví uno a uno mis dedos y verifiqué que todos estaban allí en perfectas condiciones. Haciendo un acto de contorsionismo como nunca antes, posé mi pierna derecha sobre mi rostro, y desatornillé el semi tacón de mi zapato. Luego y sin entender lo que hacía, encontré dentro de mi bota un dispositivo parecido a una uva pasa, y la tomé entre mis labios mientras me ponía el zapato de vuelta.

Sin que fuera difícil, partí en dos aquel aparato, y puse una mitad exactamente en el agujero posterior. Luego, eché lo más que pude todo mi cuerpo hacía atrás, giré mi cara hacia el lado opuesto, y conté hasta diez.

Una explosión externa sacudió aquella habitación, y las paredes de mi celda cayeron a lo lejos, dejándome libre y aturdido.

Me levanté con rapidez, y noté que algunas llamas se apoderaban de mi brazo izquierdo. Golpeé mi extremidad un par de veces contra una pared de aquel lugar, y pude extinguir el fuego.

Inicié mi huida, mientras escuchaba a varios hombres descender gritando por las escaleras. Con una patada derrumbé una puerta, y me atrincheré al lado de unos costales llenos de mercancía que desconocía.

Al menos quince sujetos arribaron al sótano, e ignorando mi locación comenzaron a disparar con sus armas largas. Supuse entonces que dentro de los costales no había explosivos, pues de lo contrario ellos no hubieran emitido ni una bala.

Saqué de mi boca la otra mitad de mi uva pasa, y la arrojé con fuerza a aquel salón. Esta vez no tuve que contar hasta diez, pues cuando el dispositivo hizo contacto con el piso, hubo una gigantesca explosión que iluminó todo el piso, y quebró los ventanales de la parte posterior. Lo sé porque escuché los vidrios cayendo con fiereza.

Escapé por unas escaleras que conducían a un piso inferior, teniendo como cuartada la oscuridad de la madrugada, y la luz proveniente de mis pupilas que iluminaban todo alrededor.

Corría velozmente como el viento. Mi agilidad era admirable, tanto así que pasé por el lado de varios indigentes y no me notaron. Mis movimientos eran suaves y perfectos. Metros después, pasé por un edificio de vidrio, donde por primera vez pude ver mi reflejo.

Sobre mis ojos llevaba puesto un antifaz azul oscuro que terminaba en punta al lado de mis orejas, y que se afianzaba a mi rostro sin aditamentos de ninguna clase.

Mi cuerpo esbelto y musculoso, y mi abdomen plano, llamaron mi atención por unos segundos. No recordaba tener un cuerpo como este. Mi cara era igual que la de mi memoria. Una energía indescriptible provenía desde mis entrañas, y sin pensarlo mucho, comencé nuevamente a correr sin conocer hacia dónde, pues sabía que el peligro era inminente.

Llegué a una enorme casa blanca, tan familiar y conocida como mi propia morada. Posé mis dedos envueltos en las vendas extrañas sobre la puerta de hierro roja, y un sonido nunca escuchado me dio la bienvenida. Inmediatamente la puerta se abrió.

El tiempo se paralizó. Ahora la agilidad y la destreza que me habían caracterizado, me abandonaban. Con pesados movimientos, incluso para dar un paso, traté de entrar a aquel sitio, pero hacerlo era una tarea ardua y complicada.

Un fuerte ruido cortó el viento en mi espalda. Miré hacia atrás levantando mi cabeza, y observé en el aire cientos de flechas que venían en mi dirección y a escasos metros de distancia. Quise protegerme de las puntudas saetas, pero no supe cómo.

Nuevamente los latidos de mi pecho eran caballos de paso galopando a velocidades ilimitadas.

Un grito proveniente del interior de la residencia, me sacudió con violencia, y me hizo recuperar la esencia de minutos antes.

-Vamos, entra y cierra la puerta-, dijo ella, al momento en que posaba sus ojos negros sobre mi cara confusa de idiota.

En un dos por tres introduje mi cuerpo a la casa, y el retumbar de la puerta fue interrumpido por los golpes de las flechas cayendo sobre ella.

-Tenemos que escapar Batman-, me dijo aquella hermosa mujer, pero su belleza no fue lo suficientemente poderosa para pasar por desapercibidas sus palabras.

-Espera, espera-, le dije con burla. -¿Me acabas de llamar Batman? ¿Como el súper héroe?-

Ella movió su cabeza de manera afirmativa.

Allí, parado en aquel punto, verifiqué que todo se trataba de un sueño, y usando parte de mí consciente, ese que incluso en un sueño nos deja saber que estamos soñando, me hice varias preguntas a viva voz.

-¿Estoy soñando que soy Batman? ¿Por qué tengo sueños fantasiosos de niño de 8 años, cuando en realidad soy un adulto de 37? Además yo ni siquiera veo esas películas ni leo historietas similares-, indiqué con plena tranquilidad cuestionando mis imágenes irreales.

La mujer me miró de nuevo, y con dulce tono de voz me dijo:

-¿Y quién dijo que eran fantasía? Todos estos hombres que tú llamas héroes y que son irreales en tu mundo, existen en esta dimensión y en muchas más. Cuando alguien en tu planeta los crea, los inventa, es porque se ha acordado de ellos en una vida pasada o paralela, pero son catalogados como ficción porque no pueden explicarse-.

Las palabras de la bella retumbaron en mi mente como si las flechas de la puerta me hubiesen golpeado el alma.

-¿Son reales?-, dije de nuevo en voz alta.

Inmediatamente desperté confuso, y decidí escribir mi sueño con los mayores detalles antes de que los olvide.

Ah, y a partir de ahora, escribiré mis cartas a Papá Noel porque uno nunca sabe.







 


 

 

viernes, 23 de enero de 2015

Nicotina amigable


Destapo una Budweiser escondida en mi nevera tras el tarro de la mostaza. Le doy un primer sorbo mientras suena en el fondo de mi apartamento una canción de la difunta Winehouse. Pienso que el ‘rehab’ del que tanto cantaba le hubiera sentado bien, y quizás aún estuviera por estos lares.

Son solamente las 7 de la noche de un viernes de enero, y la pasividad de esta noche comienza a agobiarme un poco. Prendo un cigarrillo mentolado y le doy unas bocanadas, pero pronto me harto de su sabor dulce, y como acto reflejo lo arrojo por mi balcón.

-Este no es un basurero, respeta-, me grita molesto el vecino del piso inferior, y quien se encuentra, para mi mala suerte, en su patio con su novio.

Les pido disculpas, y les digo que lo hice sin ni siquiera pensarlo. Argumento en la misma frase que nunca he tirado colillas de mis cigarrillos a su territorio, y que soy un idiota por hacerlo esta vez. La verdad es que soy un idiota por no haberme fijado que los vecinos estaban allí, pero ya es tarde para arrepentimientos.

Los dos hombres, con los que jamás he tenido una conversación amena, siguen lanzando quejas directas en mi contra, y entre ellos indican lo desagradable que soy con mi comportamiento.

Una vez más les digo que lo siento, y me ofrezco a bajar y recoger mi medio cigarrillo del piso, pensando para mí, que todavía puedo terminarlo con otra cervecita, pero ellos niegan mi entrada a su hogar, y a regañadientes aceptan mis disculpas.

Les ofrezco dos cervezas como tregua a nuestra guerra de nicotina, invitándolos a que fumemos la pipa de la paz con otro de mis mentolados amigos; pero ellos me dicen que no es necesario, y sin mucha simpatía se despiden y se pierden de vista.

La verdad es que es la primera vez que lanzo basura al patio de abajo, y me avergüenzo por esta acción que causa una imagen reprochable de mí mismo. Simultáneamente me alegro que los enojados chicos no hayan aceptado mis cervezas, ya que al revisar nuevamente mi electrodoméstico gigante, descubro que solo queda una botella más. (La que por cierto, me estoy tomando en este momento).

He tenido un día diferente. Una jornada donde me he preguntado si realmente estoy haciendo lo que quiero hacer con mi vida, y si me hace feliz la forma en que pasan mis días. En la tarde almorcé con una buena amiga, y entre mi lasaña y su ensalada de tomate y queso, le dije que me encantaría perderme por algunos meses en un bosque donde pudiera desintoxicarme de una cotidianidad que muchas veces me hace mal. Le dije que en muchas ocasiones me siento atrapado en un sistema que no me gusta en absoluto, y en el que hay que sobrevivir a toda costa. Le comenté que hay días en que me harto de un mundo donde la apariencia, la ignorancia, la superficialidad y las ganas de figurar, son relevantes.

Y es que analizando un poco mi ser interior, y la forma en que miro mi espacio en este momento he llegado a una conclusión que no me gusta para nada: ‘Me siento perdido’.

A mis 37 años, siento que no tengo un rumbo claro que me haga feliz. Inmediatamente pienso que la felicidad es momentánea, y que viviendo en medio de tanto sufrimiento ajeno y propio, carencia de justicia social, ignorancia, desequilibrio económico y sobrevaloración de la frivolidad, es imposible para mí ser feliz todo el tiempo.

Mientras analizo mi entorno cual estudiante primíparo de filosofía, varios golpes en mi puerta sacuden mi último trago de cerveza.

Al abrir encuentro a mis dos vecinos, quienes tras calmar su enojo decidieron aceptar mi invitación de mentiras a consumir las dos cervezas que van bajando por mi intestino delgado y que pronto desecharé emulando la clásica canción de los ‘toreros muertos’. ¿Se acuerdan?

Los saludos con amistad, y los invito a seguir a casa.

-¿Amy Winehouse?-, me pregunta uno de ellos, indicando que la vio en concierto años atrás en Londres, de donde son originarios el vecino y su comprometido.

Sonrío y les digo que ya no tengo cervezas, y que el único alcohol que me sobrevive son un par de botellas de vino tinto, y ante una sonrisa de aceptación destapo una de ellas y brindamos por el hecho de estar vivos.

Adam y Robert, me cuentan un poco de sus vidas, me dicen que se casarán pronto, y hasta me invitan a su fiesta. Brindamos nuevamente por su futuro, y luego fumamos mis mentolados desde mi balcón, mientras disfrutamos de la pasividad de la noche y de la bella voz de la británica.

De un momento a otro, Adam arroja lo que queda de su cigarrillo a su propio balcón, y al darse cuenta de lo que ha hecho, se lleva las manos a su cabeza y hace una mueca de culpa con la que va implícita una amistad que posiblemente perdure por mucho tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 20 de enero de 2015

Lágrimas de media noche

Con tan solo cuatro añitos, su mirada cansada reflejaba el sufrimiento interno de una existencia que no entendía. Su única compañía era un cachorro blanco que no la desamparaba, y que caminaba detrás de ella como su ángel de la guarda. 

La pequeña sin nombre, deambulaba por las calles empedradas a pie limpio, y recibía de algunos cuantos, sobras de comida, las que compartía dichosa con su mascota.

A pesar de su soledad y abandono, ella no se cuestionaba su presente, y en sus enormes ojos negros pude observar halos de alegría y agradecimiento sincero. Sentada en la orilla de una acera, tomaba entre sus manitas piedras y palos, y jugaba por horas con ellas, quizás convirtiéndolas con su imaginación poderosa en muñecas Barbies y unicornios, con los que viajaba a universos mágicos y lograba obviar por horas su hambre y su carencia de todo.

Al caer la tarde, y justo cuando la oscuridad comenzaba a inundar el ambiente, la pequeña se dirigía, seguida de su guardaespaldas leal, a la misma tienda de siempre. 

El propietario de aquel establecimiento comercial la esperaba con paciencia, y sin dirigirle la palabra, la dejaba seguir hasta un pasillo donde se encontraban varias sillas plásticas viejas. Allí, la menor de la cara sucia y el pelo alborotado, descansaba placenteramente durante la noche, sin una frazada pero lejos de la intemperie, y acompañada como siempre de su mejor amigo, su perrito blanco y hambriento, que no paraba de mover su cola irradiando amor puro.

El dueño de la tienda verificaba que la niña y su perro, de los que no sabía ni quería conocer su nombre, estaban a salvo, y luego cerraba con candado la puerta y se iba a descansar a su casa con su propia familia.

Muy puntual en la mañana, el hombre regresaba a abrir su negocio, encontrando a su protegida y a su guardián de vida esperándolo en la entrada, y de nuevo sin mencionar sílaba alguna, los desamparados se marchaban para comenzar una rutina sin rumbo, y confiados en la buena voluntad de otros que le ofrecían sus migajas.
Muchos pasaban por su lado durante las horas del día, pero pocos se detenían a brindarle una mano.  

-¿Pero no se dan cuenta que es solo una bebé?-, les gritaba yo con desespero, pero nadie parecía oírme.

Mientras yo pensaba la manera de hacer algo, observaba nuevamente como alguien dejaba el último pedazo de un pan en manos de la niña, y esta con una sonrisa brotada desde el alma, partía casi en partes iguales la pequeña porción y se la daba en la boca a su blanco pero sucio y mal oliente seguidor.

La noche arribó otra vez, y como una partitura aprendida de memoria, las cuatro patas del ladrador y las dos piernitas de la menor, subían y bajaban andenes hasta llegar cuadras luego a la tienda de sueños, donde sin mencionar nada seguían un protocolo creado por la costumbre y abrazaban con afecto su colchón de plástico duro en forma de silla.

El hombre se marchó, no sin antes cerrar el candado y verificar que su local estaba seguro.

-Pero déjale algo de comida y una cobija para que se cubra-, le dije en su cara, pero él no me hizo caso y sin gesto alguno emprendió su partida a su hogar.

La inocente y su perrito se acomodaron en sus aposentos con frío, pero rápidamente se quedaron dormidos uno encima del otro. Levantando los ojos al cielo, pedí con el alma en la mano que ambos pudieran soñar con la belleza y la tranquilidad, y que por algunas horas se olvidaran de su acontecer inmerecido. Creo que fui escuchado, porque en la mitad de la noche una sonrisa placentera emanó de la cara de la sucia princesa, mientras su unicornio de verdad movía su colita, tal vez porque también soñaba con un mundo diferente al que padecían cada día.

Una oleada de tranquilidad se apoderó de mí, pero este aire de paz duró poco. El agua proveniente del baño comenzó a inundar el pequeño establecimiento.

-Despierta, despierta-, le grité en varias ocasiones, pero sus fantasías rosas eran más fuertes y válidas que mis alaridos sin eco.

El agua se elevaba con los minutos, y cuando ambos despertaron ya era tarde. En medio del desespero, aquella pequeña y su perro intentaban subirse al punto más alto del lugar, (las sillas de plástico), pero incluso el líquido frío escaló con rapidez aquel obelisco horizontal, cubriéndolos hasta que los perdí de vista.

Intenté buscarlos en medio del caos, pero no los volví a ver.

Ignoro cuántos segundos pasaron hasta que la fuerza del agua quebró una de las vitrinas, arrojándolos a ambos fuera del lugar. Observé que el perrito se sacudía con ligereza, pero la pequeña permanecía inconsciente con su rostro morado.

En ese momento desperté sobre mi sofá con el corazón palpitando tan rápido que me tomó varios minutos calmarme. Mis ojos estaban llenos de lágrimas, y ahora incluso, después de más de media hora, siento una enorme tristeza por uno de los sueños más reales que he tenido en mucho tiempo.


Es la 1 de la madrugada y ya no puedo dormir.

sábado, 3 de enero de 2015

Buscando sexo online, o algo más

Comencé a trabajar en una nueva aplicación para teléfonos móviles que llevo planeando hace un par de meses. La creatividad no me falta, es más, hay días donde aprovecho su desborde para finiquitar mis ideas inconclusas, pero mi carencia en conocimientos tecnológicos dificulta un poco la realización constante de mis proyectos.

Acudí entonces a una amiga experta, y le comenté mi plan, recibiendo de ella muy buenos comentarios.

-Es fabulosa esa aplicación-, me dijo contenta, y me sugirió que estudiara varias ya existentes con aristas similares, para hacerme una idea más amplia al momento de lanzarla.

Mi gurú tecnológica me dijo que entrara a una llamada ‘Tinder’, en la que personas cercanas a tu lugar geográfico buscan compañía, desde matrimonio, pasando por noviazgo, hasta una noche de copas una noche loca.

Bajé entonces gratuitamente la aplicación, y por medio de mi cuenta de Facebook pude acceder a ella. Inmediatamente después de organizar mi perfil con unas cuantas fotos, comenzaron a aparecer en mi pantalla del celular las fotografías de cientos de personas que viven cerca de mí, con sus requerimientos específicos para conseguir lo que buscan.

Una vez miras la foto y lees (si quieres) su perfil, tienes dos opciones:

          1.     Darle un ‘me gusta’, moviendo la fotografía hacia la derecha
          2.     Darle un ‘No’, girando la misma al lado de los zurdos.

Fotos de hombres y mujeres en sus mejores poses inundaron mi pantalla. Debajo de cada perfil, aparece la edad de la víctima, las millas de distancia de las que está de vos, y después una definición corta de sus expectativas:

-Que ame los perros-

-Que no tenga perros-

-Busco hombre para relación seria. No interesada  en aquellos que pretendan sexo-, rezaba otra, haciéndome pensar que no encontrará un solo hombre sobre la faz de la tierra que no esté interesado en sexo.

-No busco noche pasional. Realmente quiero un compañero en mis aventuras, bla bla bla-

-Si no me haces reír, no me interesas-

-Separada con 3 hijos, buscando al hombre de mi vida-

Por su parte, los hombres del mismo sitio se caracterizan porque no especifican lo que buscan, ya que todos buscan lo mismo: “Sexo”. 

Claro, si hay química después, pues imagino que podría surgir una cena y una nueva noche entre sábanas.

La verdad es que entre las páginas del ‘Tinder’ encontré gente muy atractiva, con perfiles interesantes, incluso tan cerca de mí, que no dudo que cualquiera de ellos viva en mi edificio.

Después de estar metido en aquella aplicación por varios minutos, no pude dejar de pensar que vivimos en un ambiente donde la soledad impera, donde a pesar de vivir rodeados de tantas personas, al finalizar la tarde estamos solos (sin generalizar), y tenemos que recurrir a sitios como este, o los famosos match.com,  cristianos.com, agricultores.com, solterosconalergiasdecomida.com, judíos.com, y otros con nombres patéticos, cuya finalidad es encontrar compañía, sea para tomar un café, buscar un orgasmo rápido, o soñar con el futuro.

No critico en absoluto esta manera de conocer personas, es más, desde un principio les dije que estoy trabajando en una aplicación similar, aunque en la mía la finalizad es diferente. (Ya lo verán si algún día llega a salir).

Creo que estas citas con desconocidos, que ya no son a ciegas porque con las redes sociales podemos vernos en diferentes poses (con ropa y casi sin ella), resultan muy eróticas, ya que generan la adrenalina de lo incierto, del riesgo, de cumplir nuestras expectativas, aunque solo sea a medias.

Por ahora, sigo explorando nuevas aplicaciones que me ayuden a perfeccionar la mía, y de paso, intentaré conocer gente nueva en mi propio edificio. 

miércoles, 31 de diciembre de 2014

El final es un miércoles cualquiera…

Sentado en mi balcón (literalmente), veo las nubes pasar lentamente, mientras el segundero de mi reloj de pared marcha a prisa, finalizando un año más.

Fumo un cigarrillo y saboreo un whiskey sello azul (regalo de una persona muy especial), mientras pienso ¿qué realmente significa terminar un año e inmediatamente comenzar otro? Así de golpe, sin tiempo intermedio para planear nada.

Quizás entre el final de uno y el comienzo del otro, debería haber unos días sin calendario, para por lo menos tomar un respiro, pensar en lo que queremos hacer, sin tener que cargar con la despedida del que terminamos.

Pero la realidad no es esa, ni la vida da tiempo para tomar respiros. Es como si viviéramos en una competencia constante, donde no puedes detenerte a descansar porque otros seguirán corriendo y te dejarán en el último lugar.

La verdad, en este momento de mi vida no siento que esté compitiendo con nadie, ni siquiera con la existencia misma, la que he decidido vivir a mi propio ritmo. Me importa poco estar de primero o de último, porque lo importante ahora para mí es estar.

Mi whiskey sabe exactamente como tiene que saber, y mi cigarrillo se consume entre bocanadas de tranquilidad y vientos de una tarde gris.

Son casi las 4 de la tarde del 31 de diciembre. Un miércoles que marca un mito para millones de personas en el mundo entero. Despedirnos de un ciclo donde hemos puesto tantas esperanzas, y en el que repetitivamente fracasamos con muchas resoluciones que cumplimos solo por los primeros 4 días del año.

Años atrás yo seguía las supersticiones de muchos en estas épocas. Me bañaba con champaña, me llenaba los bolsillos de lentejas, salía corriendo con maletas como un loco por la calle, incluso me llegué a poner los pantaloncillos amarillos y al revés, teniendo graves problemas para orinar de afán. En fin, cada agüero sugerido con tal de tener un año lleno de abundancia económica, salud, viajes y amor.

Pero por más pendejadas que practicaba cada 31 de diciembre, siempre llegaban los inconvenientes cotidianos, la carencia de dinero, la pérdida de empleo, los corazones rotos, las despedidas eternas, las enfermedades y sus consecuencias, las enemistades, los tropiezos, y otros factores negativos que no dependían en absoluto de mis calzones amarillos.

La vida es una rueda que sube y baja, y es imposible que cada día sea un jardín de chocolates, o una pocilga en invierno. Pero he aprendido con las lunas, que mis reacciones a lo que la vida provea es lo que realmente marca la diferencia de mis días, porque son estas reacciones propias las que sí puedo controlar.

Sigo bebiendo mi trago azul, y como todos analizo mis deseos para el año que comienza en par de horas. Quizás muchos de ellos son los mismos que deseé para el 2014, incluso para el 2013, y de ahí para abajo se repetirán algunos.

Tal vez muchos de esos deseos no se cumplirán en el 2015, y los pediré de nuevo para el 2016, 2017 y 2022. Pero jamás llegarán por sí solos. La magia sucede, pero depende de nosotros crearla. El año no hace milagros. Nosotros sí.

Termino el último trago de whiskey de mi botella azul, tal como se terminan estos 365 días llenos de enseñanzas, algunos golpes leves, y mucha vida.
Deseo que el 2015 sea exactamente el resultado de tu trabajo arduo para alcanzar tus metas.


Por cierto, los calzones amarillos nunca están de más.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Erección mañanera


Camino por una zona céntrica de Miami. El día soleado se presta para que los transeúntes acaricien con sus miradas las decoraciones navideñas que se posan a lo largo y ancho de la avenida. Me detengo en un café de la esquina y disfruto con pasividad de un expreso, mientras fotografío con mi memoria a quienes pasan por mi lado.

Me gusta mirar a otros, observar sus acciones, imaginar lo que piensan, a qué se dedican, y de dónde provienen. Cada persona tiene en su interior una historia misteriosa, apasionante, loca, incluso fantasmagórica y a veces delictiva. Creo que si cada uno escribiera su historia verdadera, sin tapujos, sin querer mostrar facetas que no existen, tendríamos libros muy interesantes para divertirnos y entendernos mejor.

Pero ¿quién realmente se muestra como es todo el tiempo? Todos cargamos máscaras dependiendo el momento del día en que nos encontremos. Nuestra libertad personal no es más que una idea borrosa que creemos poseer y que nos vanagloriamos de llevar, pero que en determinados momentos escondemos en  eufemismos, acciones u omisiones para agradar a los demás.

Juzgamos lo que a veces nosotros mismos hacemos o deseamos hacer. Señalamos con nuestro dedo torcido a aquellos que obran diferente a nuestras preconcebidas ideas de lo que es bueno y malo. Nos da miedo mostrarnos como somos ante otros, especialmente ante aquellos que de una u otra manera ejercen algún poder sobre nosotros, sea económico, social, laboral o familiar.

‘El qué dirán’, es un lastre que llevamos como esclavos del tiempo, y que nos limita ante el presente y por ende el futuro. Tememos con reverencia lo que piensen los demás de nosotros, sabiendo que nadie vive nuestra propia vida, ni siente lo que sentimos, o entiende las situaciones que enfrentamos cada día.

Aun así, nos inhibimos de ser nosotros mismos en muchas ocasiones, porque tememos que nos juzguen, que nos señalen, que no les agrademos a los demás, que nos critiquen.

Decir lo que pienso, genera cada día malestar en mis círculos sociales y familiares.

-No creo en religiones, y mi fe es en mí mismo- ¡Profano!

-Esa mujer está muy bella- ¡Infiel!

-No me caen bien tus amigos- ¡Asocial!

-Qué rico unos tragos de más- ¡Borracho!

-Me encantaría un ménage à trois con ustedes- ¡Libertino!

-Claro, probemos- ¡Amoral!

-Me importa un pepino lo que pienses- ¡Irreverente!

En fin, un sinnúmero de señalamientos que ya no me afectan en absoluto, ni perjudican mi manera de actuar, pensar o sentir.

Seguí entonces tomando mi expreso caliente, cuando sin darme cuenta se acercó un hombre a mi mesa, y me saludó.

-Disculpa, ¿eres el autor de ‘La iglesia del diablo’?-, me preguntó cambiando el tono de voz por uno serio que iba acorde con sus cejar arqueadas.

-Sí señor. Yo escribí el libro-, le contesté con una sonrisa sincera, contento de saber que alguien me había reconocido en un lugar cualquiera.

-¿Querrá un autógrafo, o quizás una foto?-, pensé para mí, pero afortunadamente no abrí la boca.

-Leí tu libro, y me pareció un irrespeto a la iglesia-, indicó el sujeto.

-¿Todavía querrá la foto o el autógrafo?, pensé en silencio, pero no sentí que era lo que buscaba mi interlocutor.

-No me gusta lo que escribes, ni la manera en que te expresas de la madre iglesia y de quienes trabajamos en ella-, continuó el enorme hombre que vestía de negro.

-Imagino que no quiere foto ni autógrafo-, volví a pensar, ahora con una sonrisa de idiota.

-Es tu opinión y la respeto. Gracias por leerla-, le dije con tranquilidad, alejando mi rostro un poco de su cuerpo, pues temía en cualquier momento recibir un golpe indeseado del enojado lector.

El hombre me miró con rabia una vez más, y moviendo su cabeza en señal de desaprobación, dijo:

-Es una lástima que hayan escritores como tú en este mundo. Deberías dedicarte a otra cosa-, y sin decir nada más de lo que me acuerde, dio media vuelta y partió de aquel lugar.

-Mierda-, pensé de nuevo. -¿A qué otra cosa me puedo dedicar?-

La verdad es que soy un fracaso para otras cosas, y lo digo por experiencia propia, ya que he intentado desarrollarme en otros oficios, pero el resultado ha sido catastrófico.

Soy consciente de que el contenido de mi novela causa malestar en los más conservadores, y que el título de la misma genera controversias de muchos aspectos. Pero todo tiene una razón de ser en mi cabeza, y respeto la opinión de quienes como aquel hombre no coinciden con mis ideas.

Me gusta la diversidad de pensamientos. Me encanta que existan pros y contras en cada tema. Me fascina que seamos diferentes en cada aspecto, por pequeño que sea. Creo que lo verdaderamente importante es el respeto a la diferencia y la tolerancia con aquellos que no nos gustan.

Horas más tarde regresé a mi apartamento, donde encontré esta nota de hoy con su título inicial: “Erección mañanera”, e inmediatamente recordé que al despertarme quise escribir sobre este fenómeno constante que vivo. Pero en la vida todo cambia y a mí me gustan esos cambios improvistos.

Prometo que pronto escribiré sobre el título original, esperando que aquel hombre de negro no vaya a leer mis intimidades mañaneras, que seguramente le suceden a él también.