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martes, 2 de diciembre de 2014

6 horas después...

Vivo 6 horas después de lo acostumbrado. He llegado a Eslovaquia en los días recientes, y en esta parte del mundo el reloj ha corrido más rápido que en mi hogar.

Mi cuerpo no se acostumbra todavía al cambio y por eso duermo cuando todos despiertan, y despierto en la mitad de la tarde. (Como ahora mismo, que son pasadas las 5 de la mañana, y en mi organismo son solo las 11 de la noche).

Debido a que me he obligado a adaptarme a los horarios, pasó todo el día somnoliento, apendejado, un poco zombie y por ende cansado.

He disfrutado mucho mi estadía en esta bella tierra, pero estas 6 horas me han vuelto loco (más de lo habitual).

Quién iba a creer que solamente 6 horas pueden afectar tanto?

Mi reloj de muñeca (y no, no tiene una muñeca pintada), marca mi horario pasado. No lo he adelantado porque realmente nunca lo hago. Sin importar el país donde esté, siempre llevo la hora de la ciudad donde vivo. Quizás si lo actualizo a mi rutina, logre acostumbrarme pronto a estas 6 horas en el futuro, y así no esté tan conciente de un horario que ya no me pertenece.

Los primeros rayos de sol ya se asoman por mi ventana, indicándome que no será media noche, y que ya es hora de levantarme a comenzar una jornada que aun no he podido terminar.

Vivo 6 horas después que antes. 6 horas que he perdido y que estoy dispuesto a encontrar. Así que duerme ya, porque yo debo ir a desayunar.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Viajando sin acentos

He buscado por todas partes en mi teclado, y no encuentro la manera de acentuar las palabras. Tampoco hallo la letra que va entre la N y la O. No me gusta escribir dejando algunas letras semi desnudas, por lo que me he propuesto en el siguiente escrito, a usar solamente palabras que no necesiten acentos.
Estoy seguro que tal problema me limita en mi hojarasca, pero no tengo alternativa. Ya veremos el resultado:

Temo volar. Con la edad este sentimiento de molestia causada por las turbulencias se ha incrementado. He recurrido a diferentes posibles soluciones para hacerle frente a mi miedo, pero nada ha funcionado.

-Salta de una avioneta-, me aconsejaron algunos ‘amigos’, convencidos que sus palabras llevaban guardadas la cura a mi enfermedad.
Siguiendo los sabios profetas inexpertos, lo hice, perdiendo en aquel salto una tercera parte de mi vida. Saltar de una nave en movimiento a 13 mil pies de altura fue una experiencia que no se va a repetir (al menos que lo haga porque el alado se quema, o se va a estrellar y me da tiempo).

Al llegar a tierra y emulando al Papa, mis labios se fundieron con el verde prado. Como ratero que huye del lugar de su crimen, tuve que correr motivado por mi instinto de superviviencia, para nunca regresar.

En el siguiente vuelo pude comprobar mi fracaso.  Al primer movimiento entre nubes, el horror vino a mi silla y no me quiso abandonar hasta aterrizar.

-Toma alcohol, de esa forma te olvidas de todo-, indicaron los ‘expertos’. Les hice caso de nuevo. Botellitas de vodka, de whiskey, vino, cerveza, y ginebra rondaron por mis vasos elevados, pero cuando comenzaba a sentirme tranquilo, abrazado por el efecto del etanol en mi cerebro, regresaba una turbulencia suficientemente fuerte como para que mi cuerpo reaccionara matando cada gota embrigante.

Las oraciones tampoco sirvieron de mucho. Con cada moviemiento fuerte en el aire, rezaba todo lo aprendido, y aprovechando mi facultad de inventar frases, pude hacerle oraciones a cuanto santo pasaba por mi mente. Pero el miedo latente no me abandonaba.

-Toma una pastilla para los nervios-, me dijo mi galeno de confianza.

En el siguiente vuelo mi tranquilidad era palpable. Nada me importaba. La bendita pastilla funcionaba. Amaba al piloto, a mis vecinos de silla, a las aeromozas, incluso al chiquillo que lloraba imparable en mi oreja izquierda.
Nada me perturbaba, hasta que el enorme aparato hizo un movimiento brusco no percibido con anterioridad y las luces se encendieron. Una voz de ultratumba nos dijo que una zona de tormenta se avecinaba, y los gritos de terror de otros hicieron que la pastilla de los nervios expirara en mi organismo tembloroso.

Entonces me di cuenta que nada funcionaba, y ahora asumo el karma que va conmigo. Por cuestiones de trabajo, los vuelos se han incrementado, y con ellos el temor que tengo a las alturas. Durante las horas subido en los pajarracos alados, no puedo escribir, ni leer, ni dormir, ni ver una peli en paz.

Por lo general soy un tipo supremamente hiperactivo en tierra, y en el aire, se me triplica la ansiedad.
Camino por los pasillos, me echo agua en la cara, cruzo una pierna, cruzo la otra, me pongo de pie, abro los cajones superiores, prendo la luz, abro el aire acondicionado, vuelvo a caminar, y soy de los que pregunta a las azafatas si el movimiento es normal, a sabiendas de que la respuesta es siempre la misma.

Hace pocas lunas, un viaje al otro lado del mapa hizo que no durmiera por varias noches. Esta vez, estrenaba pastillas para dormir prescritas por mi doctor. Sin dudarlo las introduje en mi organismo siguiendo sus indicaciones.

Momentos luego, mis ojos cansados comenzaron a fundirse. Una somnolencia nunca antes experimentada era el resultado de la medicina tomada. Una cobija tapaba mis piernas, y pude apoyar mi enorme cabeza en la almohada suministrada por las auxiliares de vuelo. Recuerdo solamente a medias lo sucedido a partir de ese momento.

Creo que vivimos una turbulencia exagerada, porque evoco lejanamente los gritos de algunos bullosos pasajeros. Luego pasa por mi mente la comida puesta sobre mi mesa, y al llegar a mi destino, me dijeron mis vecinos de vuelo que les dije en varias ocasiones que prepararan sus discursos, mientras les hablaba con el tenedor en la mano, emulando a un comentarista deportivo.

Recuerdo un poco que tuve alucinaciones con mi botella de agua, y que al bajar de la aeronave las estrofas de un tema de Fito, salieron de mi garganta afinada, dedicadas a la bella abuelita que me miraba como diciendo: -Y este idiota?

El hecho es de que ahora, nuevamente en tierra, pienso en que en dos semanas el alado amigo que me lleva de un lugar a otro, me espera sonriendo en el aeropuerto, y que no es solamente un vuelo los que padeceremos para arribar a casa. Mientras tanto disfruto mis vacaciones en tierra de la mejor manera, y omito pensar en las canciones que con mi tenedor voy a dedicar a otros pasajeros y que van en nombre de mi galeno de cabecera. 

viernes, 21 de noviembre de 2014

Judas: Pobre tipo

Despierto. No sé bien qué hora es, pero percibo que es más tarde que mi hora habitual de levantarme. Llegué a casa en la madrugada, con un par de tragos de más, oliendo a cigarrillo y empapado por la noche lluviosa que azotaba la ciudad. Me duché antes de ir a la cama, me tomé una botella de agua y dormí placenteramente por horas. Bostezo y miro el reloj.

Las 11:20 de la mañana impactan mis ojos lagañosos, y me reincorporo apresuradamente sobre mi cama con un sentimiento de susto. Inmediatamente tomo el celular y veo que hay dos mensajes de voz y cinco textos.
Leo los textos primero. Un frío recorre mi piel al darme cuenta de los mensajes que contienen.

-Te estoy esperando en casa para que me acompañes al mecánico-, indica el primero
-¿Por qué no me contestas?-, dice el segundo

-Me prometiste que me llevarías a recoger el auto. ¿Estás bien?-, argumenta el tercero.
El cuarto es el que más me asusta. Es una cara de un muñequito pintada de rojo y con una horrible expresión de enojo y rabia. Tiene la boca encorvada hacia abajo y las cejas arqueadas en señal de desaprobación.

-Eres un Judas, contaba contigo-, dice el quinto.
Una gota de sudor recorre mi rostro en aquel momento de vergüenza, y recuerdo que me comprometí con una amiga a llevarla a recoger su auto al mecánico a las 8 am (como ya se habrán enterado).

Luego miro el número telefónico que me ha dejado los mensajes de voz y observo que es ella misma. Decido no escucharlos. Pienso rápidamente en una excusa para decirle. Quizás podría indicar que tuve una emergencia en la oficina, o que no pagué el celular a tiempo y me lo cortaron, o que me di un golpe en la cabeza y caí desmayado en la cocina y recién me despierto con paramédicos alrededor, así no solo evito su enojo si no que gano al mismo tiempo su atención.

Siento que a mis 37 años no debo dar tantas excusas o justificar mis errores, y que no voy a inventar una historieta para limpiar mi incumplimiento.

Tomo el celular, marco su número, pero ella no responde.
Decido entonces dejarle un mensaje de voz, en el que me disculpo, le digo que olvidé totalmente mi compromiso, y que si aún estoy a tiempo puedo salir por ella y llevarla a donde quiera. Pienso en decirle algo acerca de lo de Judas, pero no sé si refería al bueno o al malo, entonces decido obviar el comentario.

Analizo sus palabras groseras en el texto, y decido por segunda vez no escuchar sus mensajes de voz.
Luego tomo el celular, abro mi tuiter y el primer mensaje que encuentro me deja sin habla.

Es alguien que vio mi entrevista ayer en televisión hablando de mi novela, y que está en desacuerdo con el libro. El mensaje dice algo así como que soy un irrespetuoso e ignorante, y para rematar me llama Judas.
-Mierda pero hoy a todos les dio por nombrar al pobre Judas-, pienso para mí, queriendo creer que es el día del pobre tipo este que tiene que cargar con un prontuario infinito, y al que en el fondo le tengo lástima y quizás hasta entienda. (Soy tan imperfecto como él).

Sigo leyendo otros mensajes del mismo tipo, en los que lanza varios ataques contra mi libro. Analizo un poco la situación y decido no contestarle.
Voy a la cocina, preparo un café, y me siento en mi terraza a contemplar el paisaje nublado que cubre los edificios de Miami. Mientras saboreo mi amarga y dulce bebida, siento remordimiento por no haber ayudado a mi amiga, aunque siento que no es justo que me llame traicionero, ya que siempre que ha necesitado una mano ha tenido mi izquierda a su lado. Igual entiendo su descontento, y seguramente me escribirá muy pronto diciéndome que se extralimitó con su comparación bíblica. Respecto al inquisidor de las redes sociales pienso que me importa poco o nada lo que diga, y que me he recubierto con una piel metálica ante el título que asumí conscientemente para mi novela ‘La iglesia del diablo’. No es la primera vez que me critican la obra, ni será la última, como tampoco será la última vez que me dirán Judas.

Analizo un poco la historia, la traición, la avaricia, la culpa, el odio, y vuelvo a sentirme mal por el pobre Judas quien supuestamente terminó colgado de un árbol ante el remordimiento por sus acciones equívocas. Al final creo que no era tan malo, de lo contrario se hubiera gastado las monedas, y le hubiese importado un reverendo comino lo que hizo. Pienso que si el cielo existe Judas seguramente estará allí, pues cumplió con su misión. Si no hubiera sido él, sería Pedro, Pablo o cualquier otro pescador que hubiera terminado injustamente odiado por generaciones y al que la historia macabra marcaría como un traidor inhumano.
Pobre Judas. Y pobre de mi cabeza adolorida por la trasnochada musical.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

El parlante sexual

Son las nueve de la mañana, y estoy en mi apartamento intentando finalizar un capítulo en el manuscrito que escribo. La lluvia ha opacado el día, y una baja temperatura no acostumbrada en Miami, llena de melancolía mi comienzo de jornada.

Me sirvo por segunda vez una taza de café caliente que me sirve para combatir el frío que entra bajo mi puerta del quinto piso. Regreso a mi escritorio y releo por enésima vez lo escrito. Brujas, sexo y bosques, marcan la pauta de aquellas hojas inconclusas, y cuando me dispongo a continuar llenándolas con mis experiencias fantasiosas, suena mi teléfono con su timbre emulador de un campanario medieval.

Camino hacia mi cuarto donde lo he dejado conectado, y al contestar escucho buenas noticias.

-Hay un paquete en la portería que ha llegado a tu nombre-, me indica la voz serena de aquel hombre que se queja diariamente porque su esposa ya no se preocupa por él.

-¿Y vos te preocupas por ella igual?-, le he preguntado anteriormente, pero él argumenta que ella ha matado sus ganas de ser especial con su actitud negligente.

Jorge, el portero, (que habla confianzudamente con cuantos se atraviesan en su camino), indica abiertamente que su mujer ya no quiere hacer el amor con él, y ha comenzado a pensar que tiene a otro.

El hombre intenta además saberse la vida de cada uno de los residentes del edificio, y no tiene problema alguno en hacer preguntas personales de mal gusto.

-¿Y esas dos chicas que subieron a tu apartamento son tus novias?-, me dijo en una oportunidad, logrando que se santificara con mi respuesta contundente. -¿Cómo haces para salir tan temprano con lo tarde que llegas a dormir?, o ¿Te vi entrando muy tarde al 703, estaba todo bien con la vecina nueva?

En fin, me he propuesto en no hacerle caso ya que pienso que quizás su vida es muy aburrida y debe entretenerse con las ajenas.

El hecho es que bajo rápidamente a la portería a recoger mi paquete. Allí está él, con la caja en la mano moviéndola de un lado a otro tratando de adivinar de qué se trata. Cuando me ve, se asusta y la pone en el piso, fingiendo que no es la mía, luego la vuelve a levantar y me la entrega.

-Está como pesadita joven ¿qué es?-

-Juguetes sexuales y cervezas importadas-, le contesto sonriendo, luego le guiño un ojo, y entro al elevador, observando las bendiciones repetitivas que posa sobre su pecho.

Llego a mi apartamento, abro mi caja como cuando un niño abre su juguete nuevo, y con alegría encuentro mi nuevo amplificador para mi guitarra eléctrica. Inmediatamente conecto el instrumento y subo el volumen. Con las primeras notas la adrenalina me invade, como seguramente invade a los vecinos que duermen hasta tarde.

La felicidad se apodera de mi mente, y me olvido de las brujas por un momento para deleitarme con los bellos sonidos que aquel parlante proyecta y que me remontan a épocas de mi adolescencia.


Al salir horas más tarde con rumbo al trabajo, vuelvo a toparme con el portero, quien sin tapujos me pregunta ¿Será que me regalas una de las cervecitas importadas que te llegaron?



domingo, 2 de noviembre de 2014

Desandando mis pasos.

Manejaba mi auto gris por una avenida de Miami. El cielo estaba claro y el sol de la mañana iluminaba el entorno colorido, dejándome apreciar el azul claro del océano y algunas embarcaciones que allí reposaban. Prendí mi radio, cambié las emisoras hasta que encontré una canción vieja de U2.

Como no me sabía la letra, canté con la la las algunas estrofas. Miré el reloj de mi carro, eran las 3:56 de la tarde, luego miré el semáforo que estaba a escasos metros de distancia, y que cambiaba lentamente de verde a amarillo.
Aceleré un poco, pensando que podría pasar. Mi confianza desvaneció cuando me encontraba exactamente debajo de la luz amarilla, y en esa milésima de segundo vi que cambió a rojo. Ya no podía parar debido a la velocidad que llevaba. El agudo rechinar de unas llantas invadió mi espacio al momento en que escuché el pito constante del gran camión que me embestiría a mi costado derecho.

El tiempo se detuvo.
Sin saber cómo, regresé a mi jardín infantil. Allí estaba yo, parado en el patio viendo a aquella profesora de la que jamás me había acordado. La mujer empujaba el columpio de una bella niña, mientras otros pequeños corrían alegres a su alrededor. Inmediatamente pasaron por mi mente ciertas imágenes que había olvidado por completo.

El rostro amoroso de mi hermosa tía Cielo me sonrió a la distancia, mientras percibí el aroma de los tulipanes que sembraba en su jardín y que me llenaron de alegría tantas jornadas de mi niñez. Luego observé a mis bisabuelos sentados en sus sillas rojas mecedoras, y sus ojos se posaron en los míos con una dulzura indescriptible. En un pestañeo ligero, divagué por las calles de mi ciudad Pereira, vi mis montañas lejanas, aspiré el olor del café que me despertaba, caminé en la enorme casa donde crecí, recorriendo paso a paso cada cuarto, cada rinconcito lleno de secretos, magia y misterios.
Rápidamente llegué a mi colegio, y como volando pasé por sus pasillo fríos, vi mi pupitre izquierdo lleno de marcas y notas musicales; después vi a mis amigos queridos, sin entender lo que pasaba los vi a todos en el mismo momento. Héctor, Dorian, Alfredo, Alexandra, Ximena, Vero, Jorge Alberto, Diego, Juli, Sandra, a todos, cientos de ellos, vi a mi familia, los que están y los que no; pasé por todos los lugares conocidos, recorrí ciudades en un solo instante, de Bogotá a Nueva York, de Caracas a Medellín, pasé por el café Juan Valdés de Viena, sentí la pasividad de las noches en Charlotte, escuché el tren de carga en El Paso mientras miraba la frontera mexicana abarrotada con alambres e injusticia; caminé por las calles de Bratislava y al voltear la esquina estaba en Panamá viendo el gran canal, sentí el ruido de ciudad de México y me abrazó el verde panorama de Guatemala. Rostros y ciudades, aromas y sabores, sentimientos mixtos y recuerdos. Todos juntos en el mismo momento. Todos allí reunidos, esperando solo por mí.

En seguida, alguien activó nuevamente el cronómetro de mi vida, y regresé a la avenida miamense donde un camión enorme me pitaba a escasos metros de volverme papilla.
Mi pie derecho se posó con todas sus fuerzas sobre el pedal del acelerador, mientras que mi cuerpo sentía un frío de muerte y terror.

El enfurecido ruido ocasionado por el freno del camión y el chirrido de mis llantas al acelerar, se transformó en un silencio infinito.
Por escasos centímetros escapamos la colisión, centímetros a los que ahora debo mi vida, porque estoy seguro que desanduve mis pasos.

Quizás la muerte no me necesita todavía, ni yo a ella.
Metros más adelante, detuve mi auto, bajé de él temblando y verifiqué que nadie estuviera lesionado. El chofer del camión ya no estaba. Solo quedaban las huellas de nuestro accionar sobre el pavimento. El flujo vehicular regresaba a su caótico estado normal. Tomé varias bocanadas profundas de aire. Me senté sobre la acera y analicé todo lo que hubiera extrañado si me hubiera tocado partir en aquel momento.

No sé cuándo ni cómo vuelva a verme cara a cara con la parca aventurera que me regaló una visita a mi pasado. Ignoro el por qué sigo en este camino, pero tengo claro dos cosas:
1.     Cuando vea un semáforo en amarillo me detendré como si estuviera en rojo.
2.     De ahora en adelante, me dedicaré a viajar más y conocer a muchas más personas, ya que de esa manera al desandar mis pasos de nuevo, podré sentirme feliz de saber que viví al máximo.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Sin llave y sin nalgas.

Llego a casa tras un día largo de trabajo y estrés. Todo lo que quiero es acostarme en mi cama doble y dejar que mi esquelético cuerpo desgastado logre obtener por unas horas el descanso merecido. Mientras subo en el elevador hasta el quinto piso donde se encuentra mi apartamento, planeo mis próximos pasos: Haré café, luego tomaré una ducha tan caliente que se empañarán todos los espejos del baño, después abriré el libro de Vargas Llosa que he comenzado a leer, y con sorbos de café dejaré que mis párpados agotados se desplomen sobre las letras del nobel peruano que me arrullarán como cantos de cuna.

Ya con mi plan estratégico perfectamente maquinado, salgo del ascensor y camino el largo corredor hasta llegar al último apartamento del pasillo. Busco la llave en mi bolsillo, pero no la encuentro. Me meto la mano en el otro bolsillo del pantalón y no hallo nada. Pongo mi maletín de trabajo en el piso mientras me desespero pensando en dónde está la llave de mi casa. Me toco las nalgas pensando que quizás metí la llave en los bolsillos de atrás, pero no encuentro ni la llave, ni mis nalgas.

Luego con ligereza abro el maletín y saco con brusquedad los papeles que allí llevo, esperando que las benditas llaves se hayan refundido entre ellos. Todo lo que encuentro dentro de mi maleta negra de cuero, es un lapicero, un paquete de papitas, un libro, una botella de agua casi vacía, unos chicles, y tres preservativos.

Me alegro de haber encontrado finalmente los condones que llevaba buscando por semanas, pero no encuentro la llave. Me digo mentalmente estúpido por haber sacado la llave del apartamento del llavero donde van unidas con las del auto, y me prometo jamás volver a hacerlo (si es que las encuentro).

Recapitulo dónde pueden encontrarse las llaves a tan altas horas de la noche. Miro el reloj. Son casi las 12 y yo me encuentro sentado fuera de mi apartamento, con tres condones en la mano, y analizando qué haré para llegar hasta mi destino final: mi camita.

Recuerdo entonces que posé la llave sobre el escritorio de mi oficina, y también viene a mi mente la idiota razón por la que la saqué del llavero. (Pretendí sin suerte abrir la tapa de mi celular con ella). Así que ahora con una pista certera sobre el paradero de la plateada llave con dientes finos, volví a tomar el elevador hacia el parqueadero, y emprendí mi ruta de vuelta a la oficina.

Bostecé una decena de veces mientras me restregaba los ojos empañados por las 14 horas de trabajo acumuladas. Me aflojé el nudo de la corbata y prendí el radio. Mientras conducía imaginé con horror que al llegar a la oficina la llave no estuviera por ninguna parte. Pensé inmediatamente en el sofá que reside en la sala principal del canal de televisión donde laboro, y no descarté la idea de amanecer en él.

Por fin llegué a mi destino, aparqué mi auto y caminé con prisa hacia mi oficina, mientras cruzaba hasta los dedos de los pies para que la pequeña plateada con dientes sucios estuviera aún durmiendo sobre mi mesa de trabajo.

Prendí la luz, miré al techo y pedí al cielo que nos dejara volver a reencontrarnos. Y allí estaba, con sus dientecitos disparejos, temblando de soledad en una esquina empolvada al lado de mi teléfono. La tomé entre mi mano izquierda y le di un beso de agradecimiento por haberme esperado. Luego la metí al llavero de mi auto y emprendí mi camino de vuelta a mi cama.

Media hora más tarde, salí una vez más del ascensor en el quinto piso, y ahora victorioso entré a mi apartamento para descubrir que el tarro del café estaba vacío.


jueves, 17 de julio de 2014

Recuerdos sin tecnología


Viene a mi mente una vez más, un momento de mi niñez que ha marcado mi vida.
Tengo alrededor de 7 u 8 años, voy caminando de la mano de mi papá, un hombre al que veo fuerte, bondadoso, amigable. Es domingo, muy temprano en la mañana, y nos dirigimos a la iglesia para escuchar la misa.

La catedral está cerca de casa, quizás a unas 5 o 6 calles, así que no nos apuramos y nuestro paso es relajado. Desde el momento en que salimos de casa, mi padre saluda a cada persona que se le cruza en el camino.

-Adiós, buenos días, hola, saludos-, expresa aquel hombre con una sonrisa, mientras levanta su cabeza y mira el horizonte.

Por un momento me molesta que salude a tanta gente, pues debido a eso, varias personas se acercan a tocarme la cabeza mientras hablan brevemente con él.

-Don Gildardo-, escucho una y otra vez, mientras mi viejo responde a estos saludos con una amable sonrisa.

Mientras nos detenemos en una esquina, hay un hombre barriendo la calle, y al vernos nos desea los buenos días. Mi padre le da la mano y hablan por un momento, luego continuamos nuestro camino.

-¿Por qué tienes que saludar a todo el mundo?-, le preguntó incómodo.

Las palabras que siguen han sido una lección de vida que quisiera enseñar a mis hijas y nietas.

-Debes siempre saludar a todos, dedicarle algo de tu tiempo a ver lo que te rodea, a sonreír, a hablar con extraños. De todos aprendemos algo, de todos-

Lógicamente en ese momento no había internet, ni celulares inteligentes o tabletas, ya que de lo contrario la escena hubiese sido así:

Tengo alrededor de 7 u 8 años, voy caminando con mi padre mientras escucho en mi i-Pod la nueva canción de mi artista favorito. Mi viejo sale apurado de casa mientras sostiene una conferencia en su celular, por lo que no nos tomamos de la mano.

Otros pasan a nuestro lado, pero todos están sumergidos en las pantallas de sus teléfonos.

-¿Qué ruta tomamos para llegar más rápido?-, pensaría mi papá en voz alta, y antes de terminar su frase, abriría la aplicación de mapas en su Samsung Galaxy S5, y nos desviaríamos del camino mientras tomamos un atajo. Aceleramos nuestro paso, pues no hay tiempo que perder, a pesar de que es domingo.

Más adelante en la esquina, muchos mensajes de texto llegarían con sonidos, y él, diría sus saludos por miedo de caritas felices, y al llegar a la iglesia pondría en Facebook nuestra locación, no sin antes, escribir un trino en Twitter diciendo ‘buenos días’, talvez con un ‘selfie’.

Gracias al universo, la tecnología de ahora no existía mientras yo crecía; pero sin desviarme del tema, (como ya lo hice), lo que quiero dejar sobre esta hoja con fondo blanco, es la importancia de necesitar y aprender de todas las personas, sin importar a qué se dediquen, o su estatus social, cultural, económico, su color de piel o convicciones, ya que tarde o temprano alguien (del que no esperábamos), nos sorprenderá con una enseñanza de vida, o con una mano amiga para ayudarnos a proseguir en este largo camino llamado vida.

Gracias don Gildardo por esas palabras que un día no comprendí y que ahora escribo en mis redes sociales.

 

domingo, 8 de junio de 2014

LA IGLESIA DEL DIABLO TRAILER




Hola. Quiero compartir con ustedes el trailer de mi libro 'La Iglesia del Diablo', de la editorial Penguin.
Saldrá a la venta el 5 de agosto de este año, pero ya está en Amazon.com para preventa (a un precio mucho más económico que en las librerías, jajaja).

Les dejo este link para que se enteren un poco sobre el contenido del libro.
Me gustaría saber tu opinión.
Abrazos y gracias por el tiempo.HMC







 


 

jueves, 15 de mayo de 2014

El Aristóteles que no soy.


Hoy amanecí cansado. No era necesariamente un cansancio físico, no me dolía la espalda, las piernas o la cabeza, es más creo que dormí mejor que muchas de las últimas noches; pero aun así, me sentía cansado. Abrí los ojos y sabía que mi rutina comenzaba, pero obviándola, decidí volver a cerrar las ventanas de mi cara y postergar todo por un rato.

Estaba cansado mentalmente. No quería levantarme de mi cama, ni ir al baño a lavarme la cara y los dientes, ni orinar, ni bañarme, ni siquiera hacer café. Decidí entonces no asumir mi rutina mañanera, y apagué el celular para que nadie ni nada interrumpiera mi momento de hacer nada.

Intenté volver a dormir, pero ya no pude. Me senté sobre mi colchón, y comencé a pensar sobre todo lo que tenía que hacer durante el día, sobre mi rutina, mi vida, mi presente, mi futuro, y el agobio emocional me arropó de pies a cabeza.

-No quiero ir a trabajar-, pensé decidido.

-No quiero escribir más-, me dije con seguridad.

-No quiero hacer nada-, analicé.

Luego caminé hacia mi balcón del quinto piso, y me senté sobre mi silla verde a observar el paisaje verde que me adorna el apartamento.

-No quiero pensar-, me dije a mí mismo, con la certeza de que esta y las anteriores aspiraciones momentáneas no se cumplirían en absoluto. Aun así, me negué a continuar mi rutina habitual, aquella que muchas veces me automatiza como robot descompuesto y me carcome las horas sin que yo sepa a dónde fueron.

-Hoy solamente quiero sentarme aquí-, deduje complacido.

Un pajarito pasó entonces a mi lado, y tal vez dándose cuenta de mi actitud pasiva, se posó sobre los tubos metálicos del balcón. Me miró curioso y no le di importancia. Luego cantó dos melodías que jamás he escuchado en la radio, y al ver que no había ganado un fan en su carrera artística, decidió largarse, no sin antes dejarme en la camiseta un recuerdo del alpiste que había comido horas antes.

-Mierda-, dije literalmente, pero ni siquiera aquella muestra de inconformismo del ave, logró sacarme de mi apatía anormal.

-Como me gustaría sentarme todo el día a hacer nada-, pensé.

-Quizás podría ser un filósofo-, argumenté en mi cabeza. Imaginé la vida de Sócrates, Platón o el viejo Aristóteles. Tres ancianos sentados todo el día en una esquina observando las nubes, o las hermosas griegas que se contorneaban a su alrededor, o los perros callejeros en busca de un hueso.

-Solo sé que nada sé-, diría Sócrates después de años y años de estar sentado echando barriga en una banca, mientras su barba crecía hasta el cuello. A nadie le importaba cómo se veía, ni que marca de túnica usaba, lo importante era que se sentara a pensar, perdón, a filosofar.

-Wow, qué frase tan magnífica acaba de pronunciar el viejo Socra-, diría Platón, uno de sus compinches y discípulos, quien ahora para no quedarse atrás, tendría que salir con una expresión similar, de lo contrario sus años de pasividad y quietud no trascenderían por siglos, bibliotecas y enunciados.

-Ay carajo-, diría el pobre Platón, -¿Y qué digo yo ahora para no quedar como un idiota ante las generaciones venideras?-

-Ah que cagada-, se quejó de nuevo, ¿cómo es que Sócrates sale con esta frasecita tan chévere? ¿Cómo diablos no se me ocurrió a mí?-, pensaría con rabia y envidia.

Quizás pasaron los meses, y Platón no hallaba las palabras adecuadas para restregárselas a Sócrates en la cara de griego. Sin embargo, durante todo ese tiempo, no se había movido de la silla donde filosofaba la mayor parte del día.

Ese sería su único trabajo. Se levantaba a las 10 de la mañana, se tomaba un yogurt griego, y se sentaba a filosofar.

Ah, qué envidia tengo de la vida de aquellos filósofos griegos.

-Voy a ser filósofo-, pienso ahora con determinación. –Pasaré a la historia por dos o tres pendejadas que piense, y ya no tendré que moverme de mi casa a la oficina, o trasnocharme escribiendo, o planeando el futuro. ¡No! Solamente me dedicaré a filosofar sentado en mi balcón del quinto piso-

De repente una enorme nube gris tapa el sol, y los relámpagos comienzan a anunciar un diluvio inminente.

-Va a llover-, pienso filosóficamente, como lo harían los griegos pensadores famosos.

La verdad desearía no volverme a afeitar nunca más, como lo decidió un día el viejo Aristóteles.

-Pero Aristo-, mencionó su esposa enojada. –Esa barba me causa comezón. Es hora de que te la quites, ¿qué dirán los vecinos?

-No se puede ser y no ser algo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto-, habrá respondido el viejo Aristóteles, sin que su mujer entendiera ni pío.

-Ah que embarrada, ya se volvió filósofo-, mencionaría aquella.

La lluvia comienza a arreciar con violencia. Al cabo de unos minutos, mi balcón está completamente enlagunado, al igual que yo. Un trueno bullicioso sacude mi humanidad, y es ahí cuando me doy cuenta que no pertenezco al clan de los filósofos, que mis frases no trascenderán en la historia, que no tengo vocación pasiva, que debido a mi hiperactividad incontrolable debo estar haciendo mil cosas al mismo tiempo, y que se me ha hecho tarde para irme a trabajar.

-Por lo menos hoy no me afeitaré-, le digo al Aristóteles que llevo dentro, y luego continúo mi rutina.
 
 

lunes, 12 de mayo de 2014

La nevera maldita

Recientemente me trasladé a un nuevo apartamento. La razón principal fue porque mi antigua residencia quedaba muy retirada de mi lugar de trabajo. Debido a mi horario laboral, salgo a las 11 de la noche diariamente, y después tenía que manejar hasta mi casa un trayecto de 30 a 45 minutos.

Muchas veces el cansancio propinó que los ojos se me cerraran por milésimas de segundo, y asustado me daba cachetadas (suaves) para despertar y evitar un accidente.
Ahora, mi nuevo apartamento queda a pocos minutos de distancia de mi oficina, por lo que tardo aproximadamente una canción de radio en llegar.

Pero para no desviarme de lo que quiero contarles, ya no hablaré de la distancia, sino de mi nevera. Resulta que la máquina de hielo se ha negado a hacer su único trabajo, obligándome a llamar al dueño del inmueble y pedirle que me envíe a alguien para organizarla. El buen hombre, al que ahora pago renta, me dijo, ¿sabes qué? esa nevera la compré hace 9 años cuando construyeron el edificio, así que no te preocupes, compraré una nueva.

Le dije que no era necesario, que solamente había que arreglarla, pero él insistiendo me dijo que me despreocupara.

Y así fue, en horas de la mañana del primer día de esta semana, tocaron a mi puerta dos chicos que traían consigo la nueva nevera.

-We bring the new fridge-, mencionó uno de ellos en inglés.

-¿En serio?-, pensé mientras miraba el enorme aparato eléctrico en frente de mi nariz de bruja. -Jamás lo hubiese imaginado-, pensé de nuevo, y les dije que me dieran unos minutos mientras sacaba las cosas de la nevera sin hielo, y la cual ellos se llevarían hacia la morgue de los electrodomésticos.

Con rapidez saqué las cositas que tenía dentro del frigorífero, y las acomodé como pude sobre una mesa. Unas cervezas por allí, la mantequilla por allá, unas salchichas sobre el queso, unas chuletas en la esquina, la leche al lado, unos juguitos alrededor, el jamón a un costado de las zanahorias, mis huevos enseguida del pan, y la lechuga sobre unas papas.

-All yours (todo suyo), les dije a los muchachos, quienes comenzaron a sacar la enorme caja de mi apartamento, y luego maniobraron para entrar al nuevo miembro de la familia. El problema es que la nueva nevera no entraba por la puerta. Así que los encargados de alojar al bicho electrónico en mi cocina, tuvieron que realizar varios movimientos de contorsionistas de circo para lograr su cometido.

-This damn fridge-, (esta maldita nevera), mencionaban ellos una y otra vez, al momento en que sudaban la gota gorda, intentando una misión que parecía imposible.

Como un milagro del mundo de los circuitos, después de casi 40 minutos, posicionaron al elefante metálico en el rincón apropiado.

Y mientras ellos maniobraban los movimientos con la nevera, yo me metí la mano al bolsillo para saber qué dinero tenía y así darles la acostumbrada propina. Pero vaya sorpresa cuando lo único que encontré fue un billete de un dólar. Luego abrí mi billetera, a sabiendas de que nunca cargo dinero en ella, pero con la esperanza de que por arte de magia apareciera algo de efectivo, cosa que no sucedió.

Pensé entonces sí tendría dinero en algún lugar del apartamento, pero la verdad es que nunca mantengo dinero en efectivo conmigo, y me he acostumbrado a pagar todo con la bendita tarjeta plástica que nunca me abandona.

-Qué cagada-, pensé en silencio, sabiendo que aquel dúo de trabajadores saldría mani-vacío de mi casa.

-Do you guys care for some water or juice, or a beer? (¿Les apetece agua, jugo, o una cervecita?), les pregunté; pero ellos dijeron que no.

Luego me hicieron firmar un papel, y me preguntaron si tenía alguna pregunta qué hacerles. Y es allí, en ese preciso momento en que yo debía haber sacado dos billetes y dárselos por su trabajo, pero consciente del contenido de mi bolsillo, ni siquiera osé en hacer un movimiento alguno.

Are you sure you guys don’t want to drink or eat nothing? (¿están seguros que no quieren tomar o comer algo?), pregunté tratando de menguar la falta de la propina ofreciendo los pocos alimentos que me acompañaban.

-No man, we are ok- (No, estamos bien). Y luego se hizo un silencio de varios segundos, momento en el que ellos esperaban la propina que no llegaría.

Con la cara roja de vergüenza les di las gracias, en un momento tan incómodo que me costó mirarlos a los ojos.

Ellos entendieron que no habría dinero proveniente del nuevo propietario de la nevera, y sin decir nada salieron de casa; pero una vez afuera del apartamento, uno le dijo al otro en perfecto español:

-¿Este coño de su madre no nos dio nada?-

Y su amigo contestó: -Gringo tacaño de mierda. Disfruta esa maldita nevera-

Quise entonces decirles que yo no soy gringo, que soy tan latino como ellos, y que también he trabajado esperando una propina, y que no soy un tacaño de mierda, sino que no acostumbro a cargar efectivo conmigo, y que lo lamento pues debí estar preparado con algo de dinero; pero decidí no abrir la boca, y me di un golpe de mea culpa en el pecho.

Luego mire la nevera, y le dije que obviara lo que había escuchado, que ella no era maldita, y que la culpa de los insultos recibidos era únicamente de su nuevo propietario.

Sintiéndome aun mal por el episodio acontecido, comencé a llenarla con mis alimentos.

Luego destapé una cerveza, preparé un emparedado de jamón y queso, y brindé por mis amigos, los chicos latinos que me odian a mí y a mi nevera.