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jueves, 8 de mayo de 2014

La señora "I don't know"

Hace unos días me senté con mi madre a observar sus álbumes de fotos, y desempolvar muchos recuerdos que vienen con ellas. Pasamos toda una tarde viendo aquellas imágenes grabadas en papeles, y que ella guarda como uno de sus tesoros preciados. Reímos con algunas, ella lloró viendo otras, y entre suspiros, anhelos y sorpresas, volvimos a evocar tiempos lejanos.

Entre una de tantas fotografías, apareció la imagen de una señora (amiga de mis padres) y que yo no veía desde hace más de 20 años. Al verla un recuerdo agradable llegó a mi mente, y mi primera reacción fue preguntar a mi vieja:

-¿Esa no es la señora ‘I don’t know’?

Mi madre entonces soltó una carcajada, contestando así mi pregunta, y volvimos a recordar una anécdota de la cual aún reímos, y que ahora quiero escribir.

Resulta que aquella mujer viajó de Colombia a Estados Unidos a visitar a sus hijos y nietos, y se quedó allí casi seis meses. Imagino que durante su estadía vacacional, la señora (de la que no recordamos su nombre), escuchaba muchas frases en inglés, y hubo una que le llamó poderosamente la atención.

Un día, aquella mujer preguntó a uno de sus hijos:

-Oye hijo ¿qué significa ‘I don’t know’?

-No sé-, contestó aquel.

La mujer entonces pensó para sí, cómo era posible que su hijo, viviendo tantos años en aquel país no supiese todavía muchas frases en inglés, pero sin darle mayor importancia prosiguió su camino.

Días después, aquella curiosa dama, se acercó a uno de sus nietos, un adolescente que hablaba más inglés que español, y del que estaba segura le resolvería su duda.

-Papito venga pa’acá-, mencionó la confundida abuela.

-¿Qué quiere decir ‘I don’t know’?

-No sé abuelita-, respondió el muchacho, y sin decir nada más, salió rápidamente a jugar con qué se yo.

El hecho es que la señora quedó supremamente frustrada pensando, cómo su familia no sabía el significado de la frase que ella escuchaba con frecuencia.

No contenta con la negativa de sus allegados, la anciana colombiana siguió preguntando a sus conocidos sobre la frase que ya no la dejaba dormir, pero para su sorpresa la única respuesta que escuchaba era: ‘Yo no sé’.

-¿Cómo diablos nadie sabe lo que significa ‘I don’t know’?-, se preguntaba ella insatisfecha; hasta que sin aguantar más, hizo una pataleta en un almuerzo de domingo familiar, y parándose de la mesa, indicó su molestia porque ninguno de los presentes le daba una contestación válida sobre su duda apoteósica.

Imagino entonces que todos rieron, y le explicaron que realmente ‘I don’t know’ era ‘yo no sé’, y que quizás esa noche podría dormir en paz y tranquilidad.

Recuerdo que al llegar de vuelta a Colombia, aquella señora contó a todos la historia del ‘yo no sé’, ocasionando risas entre los presentes, y además que la comenzáramos a recordar como la señora ‘I don’t know’. (Que en paz descanse si ya murió).

-Mami: ¿esa señora se murió?-, pregunté.

-I don’t know-.

jueves, 24 de abril de 2014

Los invisibles Parte I.

Cuando era pequeño y mi madre me daba de nalgadas por mi mal comportamiento, mi reacción inmediata era llorar y sobarme el trasero, ya que ella siempre se ha distinguido por ser una mujer fuerte físicamente. Pensaba que nunca me iría a acostumbrar a sus palmadas, pero no fue así, ya que a medida que fui creciendo las nalgadas ya no me ocasionaban llanto, y muchas veces las recibía incluso riéndome y esquivándolas al punto de burlarme de ellas.

La primera vez que vi un muerto, tendría alrededor de 9 o 10 años. Era un hombre que estaba tirado en el piso al lado de su motocicleta y que había sido asesinado. Su cuerpo había quedado boca abajo sobre el pavimento y estaba sin cubrir con una sábana, ya que la policía no había llegado al lugar.
Esa noche no dormí en absoluto. Las siguientes, tuve muchas pesadillas. Recuerdo que despertaba abruptamente en la mitad de la madrugada viendo que el muerto se levantaba y caminaba hacia mí.

Meses más tarde, observé mi segundo cadáver. Mientras jugaba futbol en el parque con mis amigos, escuchamos varios disparos. Corrimos todos hacia la esquina, donde observamos un auto estrellado en una casa. Dentro del vehículo reposaba un hombre que había caído sobre el timón. Su cuerpo estaba ensangrentado, y aun los dedos de una de sus manos brincaban.

Las pesadillas de esas próximas semanas fueron menores que las anteriores. Aunque me impactó ver al muerto, algo dentro de mi cabeza lo asumió con mayor tranquilidad que mi primera vez.
A partir de ese momento, el número de víctimas de la violencia en Colombia que tuve que ver no fueron pocas. Incluso, mientras estudiaba mi carrera de derecho, tuve que asistir al anfiteatro a ver como el médico forense abría el cadáver de un hombre baleado horas antes. Según la policía, el sujeto era un sicario que se disponía a matar, pero no contaba con que los guardaespaldas de su víctima estaban viéndolo. El resultado era el cuerpo sin vida del hombre que yo tenía en frente, acostado en una camilla vistiendo solamente sus calzoncillos y con un casco de motociclista aun puesto.

Una bala perforó su cabeza y la materia gris se regó, impidiendo que el casco saliera fácilmente.

Tras esa amarga experiencia en el anfiteatro, dejé de comer carne por casi dos meses, y el olor que el muerto desprendió cuando le abrieron el estómago quedó grabado en mi nariz por mucho tiempo.

Recuerdo que al llegar a casa, me duché por horas, y pasé varios días aislado de todos pensando sobre lo que había presenciado.

A pesar de que no estaba preparado para asumir la muerte, ver cuerpos de asesinados ya no me afectaba tanto como antes, especialmente cuando vives en un país donde la violencia propinada por los carteles de la mafia, la guerrilla, los paramilitares, la delincuencia común, y otros, son el pan diario.

Con tristeza puedo confesar que en mi país, nos acostumbramos a la muerte.
Los seres humanos somos animales de costumbres, buenas o malas. En un principio nos aterran las injusticias sociales, debatimos sobre ellas, buscamos soluciones, muchos incluso toman acciones y generan cambios; pero cuando la misma injusticia social pasa una y otra vez, y se vuelve repetitiva, comienza a pertenecer a la triste realidad de nuestro entorno.

Y ¿cuándo realmente nos afectan estas injusticias sociales? Pues cuando nos tocan personalmente. (Sin generalizar).

Cada día salimos a trabajar o estudiar. El afán de nuestras jornadas nos mecaniza, nos absorbe. El tráfico, el estrés, las obligaciones, nos ciegan ante la realidad que existe frente a nuestras narices, esa realidad que percibimos de lejos, que ignoramos, que ya es parte del paisaje diario en el que nos movemos.

Tenemos un súper poder casi mágico de convertir a otros en invisibles.


Se han vuelto tan comunes en las calles que ya no los vemos. Ellos sufren en los rincones, en medio de todos, pero ¿qué podemos hacer?
Yo también los ignoro, no los veo. A pesar que son tantos no se notan.

No tengo soluciones al problema de los indigentes, de aquellos que no tienen nada, de los invisibles del mundo, pero sé que entre nuestras facultades también tenemos el súper poder de darles un espacio. Podemos ponernos nuestras gafas de rayos humanos y lograr verlos. Es fácil, están por doquier.
El mundo se cambia pasito a pasito. Los milagros reposan en nuestras manos. El hambre se calma con un alimento. Los invisibles merecen ser vistos.

No nos acostumbremos a la miseria, al sufrimiento ajeno, a la violencia, a la injusticia social, a la pobreza, a la ignorancia, a la corrupción que mata nuestras sociedades. No tiremos la toalla ante el caos reinante. Nuestros hijos, sus hijos y sus hijos jamás nos lo perdonarán.

 
 
 
 

viernes, 7 de marzo de 2014

Celebro desde ya!

Suena mi teléfono a las 4 de la mañana. Minutos antes he decidido que debo dormir, y es por eso que el libro que leía y mi vaso de vino rojo vacío permanecen tibios en mi mesa de noche.

Prendo la lámpara y miro la pantalla del celular. Es un número de muchos dígitos que no reconozco.

-Hola-, contesto mientras pienso que son malas noticias de mi país. No es que sea negativo, pero esas llamadas de madrugada siempre me parecen sospechosas.
Del otro lado de la línea escucho que cantan el feliz cumpleaños en un idioma desconocido. Percibo la voz de un hombre, una mujer y un infante que ríe en el fondo.

Luego, alguien me dice:
-Héctor: Felicidades en tu día hermano-

Inmediatamente sé que es uno de mis mejores amigos que vive en Ámsterdam con su esposa y la pequeña hija de ambos. Los tres me felicitan, aunque ella y la bebé no hablan ni español ni inglés, pero quiero creer que me desean lo mejor.
Agradezco aquel gesto de amistad, y dudo si debo decirles que todavía falta una semana para mi cumpleaños. Decido entonces no expresar nada de fechas aún.

Charlamos un poco sobre nuestras vidas. La pequeña Beanka de 5 añitos me dice tío (según mi amigo), y yo le digo a él, que le diga que la quiero.
-¿Cuándo vienes a visitarme?- me pregunta, y le cuento que estoy planeándolo desde hace más de 5 años, y que espero pronto ir a conocer a mi sobrina putativa.

Me habla de Ámsterdam, de su trabajo, de su familia, de sus amigas, de sus constantes fiestas, y entre una cosa y otra decido servirme un nuevo vinito, y contarle sobre mi vida, mi trabajo, mi familia, mis pocas fiestas, y mis planes futuros.
-Y… ¿qué harás hoy en tu cumpleaños?-, pregunta con curiosidad.

-La verdad es que el cumpleaños es la semana entrante-, le digo, -pero con tu llamada comienzo a celebrarlo desde hoy-
Ambos reímos, y mi amigo le cuenta a su familia sobre el error. Ahora reímos los 4 en el mismo idioma.

Tras otros minutos de charla amena, nos despedimos, no sin antes volver a escuchar a mi sobrina holandesa hablando en su idioma palabras que no entiendo.
Cuelgo la llamada. Miro el reloj de pared. Son las 5 de la mañana. Miro la botella de vino y me sirvo en la copa lo poco que queda allí, al fin y al cabo hoy comienzo a celebrar mi cumpleaños.

jueves, 6 de marzo de 2014

Pie seco, pie mojado.


Un anuncio de posible tornado invadió hoy los noticieros locales en Miami. La fuerte alarma llegó a mis ojos a través de las redes sociales. Aguaceros y vientos violentos eran pronosticados por los expertos en la materia, quienes manifestaban que la alerta estaría latente hasta las 7 de la noche.
Inmediatamente imaginé el firmamento oscuro y nubes grises posicionándose sobre la ciudad.

–Debo irme temprano a la oficina antes de que me agarre en carretera el diluvio anunciado–, pensé con preocupación. Luego me asomé por la ventana para ver el oscuro día, pero me encontré con un paisaje radiante. El sol brillaba en su esplendor, los pajaritos cantaban sobre las flores, y el cielo azul no tenía ni una sola nube que anunciara lluvia.
No pude dejar de evocar al meteorólogo que daba el tiempo durante mi adolescencia y que siempre que hablaba de lluvia, no caía ni una sola gota, o cuando indicaba que tendríamos una tarde soleada, nos empapábamos con tormentas inesperadas. Era tal su desacierto, que muchos comenzamos a hacer lo contrario de sus consejos.

–Lunes de sol en la ciudad–, indicaba el erróneo sujeto, y la primera reacción de familias enteras era ir en busca del paraguas para protegerse de la tempestad no detectada por aquel profesional del equívoco.
Tal como él, pensé que los expertos de Miami habían fallado en sus predicciones. Mi preocupación desvaneció por completo, y opté entonces por irme a nadar y tomar un poco de sol.

Horas más tarde salí de mi apartamento con rumbo al trabajo. Me acompañaba el mismo sol de la mañana, y el azul del infinito me llenaba de tranquilidad mental.
15 minutos luego, estaba atascado en el tráfico de la 1 de la tarde sobre una carretera que conduce al centro de la ciudad. De un momento a otro alguien apagó la luz, y el firmamento se llenó de capas grises que taparon el astro rey.

Un trueno espeso resonó en los 4 puntos cardinales de mi Toyota.
–Ay carajo. Creo que si habrá tornado–, pensé, mientras las primeras gotas caían sobre mi parabrisas. Las plumillas comenzaron a moverse de un lado al otro con rapidez, pero el diluvio era más ágil que ellas, y mi visión empeoró.

Un nuevo trueno invadió el ambiente. Apague entonces el radio para ver mejor (como siempre me pasa), y esperé a que las trompetas del apocalipsis iniciaran su función; pero para mi suerte los trompetistas no llegaron.
El congestionamiento vehicular se acrecentó con los segundos. Supuse que al igual que yo, nadie veía casi nada, y lo confirmé con el choque de dos carros en la línea izquierda de la carretera.

Evitando terminar estrellado, me pasé al extremo derecho, -donde circulan los autos que viajan a menor velocidad-, pero donde tardaría el doble en arribar a mi destino.
–Es mejor perder un minuto en la vida, y no la vida en un minuto–, imaginé me diría mi sabio padre, así que decidí perder muchos minutos e irme seguro.

Después de casi una hora, llegué a mi edificio sano, salvo y seco. Entré al parqueadero techado, pero no encontré lugar en el primer piso, tampoco en el segundo, tercero, cuarto o quinto, y el único sitio que me faltaba por explorar era la terraza destechada, donde pensaba estarían disponibles muchos espacios para dejar mi carro. Pero no fue así, ya que incluso la azotea del edificio estaba llena, y el único puesto disponible quedaba al extremo opuesto de la puerta de entrada.
Ingenuamente busqué un paraguas en el auto, pero caí en cuenta que ni siquiera tengo uno en casa.

Intentando ser creativo comencé a planear mi salida del vehículo:
Un saco viejo reposaba en el puesto trasero, así que me lo pondría en la cabeza como gitana de feria. Saqué un paquete de papitas y una coca cola de una bolsa plástica, y me puse la bolsa como bota, haciéndole un nudo sobre el zapato. El problema es que no había otra bolsa, así que me empaparía el otro zapato.

El vendaval no menguaba en absoluto. Pensé en recorrer otra vez el parqueadero buscando un nuevo sitio, pero desistí de la idea al ver subir nuevos autos que tenían que bajar sin encontrar espacio.
Resolví entonces quitarme la media del pie sin cubrir, y metérmela en el bolsillo. Calculé el camino hacia la puerta principal, (mi meta). Si todo salía como lo había planeado llegaría allí en aproximadamente tres truenos más, y me tendría que ir recostado a los otros autos aparcados, para evitar meterme en charcos y terminar nadando en aquel techo.

–A la una, a las dos–, respiré hondo…– Y a las tres–.
Salí entonces del carro dando brincos como un renacuajo, y esquivando las lagunas formadas por el aluvión. Tras unos breves metros, sentí que el zapato izquierdo ya estaba hecho un desastre. Mis dedos comenzaban a flotar sin salvavidas. Miré la distancia que me faltaba, pero la puerta cada vez estaba más lejos.

El saco viejo de mi cabeza no me protegía como lo habíamos acordado. Los tres truenos pasaron y aún mi llegada no era contundente.

Por fin arribé a la meta, pero mi esqueleto estaba ya pasado por agua, especialmente las 5 extremidades de mi pie izquierdo, que buceaban en búsqueda de un espécimen marino.
Agradecí tener las medias en mi bolsillo. Bajé entonces a mi oficina, fui al baño y me sequé con papel, luego me puse la media, y salí caminando con un zapato en la mano, esperando que nadie lo notara. Efectivamente nadie lo hizo.

Pasé la tarde entera sentado en mi escritorio trabajando, y cruzando los dedos para que no tuviera que asistir a una reunión inesperada, ya que me tocaría usar el zapato enlagunado.
La noche llegó, la lluvia menguó por completo, y yo terminé mi día laboral.

Metí muchas servilletas en el zapato mojado antes de ponérmelo nuevamente.
Los estornudos no se hicieron esperar, como tampoco pospondré la compra del paraguas que no tengo.

martes, 4 de marzo de 2014

Un posible avistamiento.

Llego a la oficina y me concentro en mi trabajo diario. Respondo los correos pendientes, me reúno con mi equipo de trabajo a programar las semanas próximas, contesto algunas llamadas telefónicas “urgentes”, escribo algunos contenidos cotidianos, y entre una cosa y la otra las horas van pasando sin que me entere. Al mirar el reloj me doy cuenta de que son las 10:30 de la noche. Comienzo entonces a empacar mi maletín y a organizar mi escritorio para ir a casa a descansar, pero antes de abandonar mi lugar de trabajo observo una lucecita roja en mi teléfono de escritorio, indicándome que tengo un nuevo mensaje de voz.

–Mañana lo escucho–, me digo por unos breves segundos, pero me conozco demasiado bien y sé que no podré esperar hasta el día siguiente.
Vuelvo a sentarme en mi silla negra, y marco las claves para acceder al mensaje.

Al escucharlo, un frío me recorre el cuerpo, y debo apretar la tecla 0, para oírlo dos veces más.

Es un hombre que se identifica plenamente y que me dice con voz misteriosa que lleva 3 madrugadas seguidas observando un ‘Objeto Volador No Identificado’ –OVNI–, sobre la bahía en la que se encuentra mi edificio.

Intento reconocerle la voz, pensando que es posible que un amigo me quiera jugar una broma, pero por más que me enfoco en la grave voz telefónica, no la asocio con ninguno de mis conocidos.

–El objeto aparece a las 3 de la mañana, es similar a una estrella gigante pero con luces rojas y verdes–, menciona aquel hombre en el mensaje telefónico.

Miro el reloj en mi muñeca izquierda. Son las 10:45 pm.

Me pregunto si de pronto el aparato espacial está ya afuera con sus luces coloridas, y me dan ganas de salir corriendo hacia el final de la bahía para echarle un vistazo, pero me contengo siguiendo mi instinto nulo, y pensando que primero debo hablar directamente con el autor material de la llamada que ahora me tiene en ascuas.
Queriendo saber más de aquel mensaje, decido entonces llamar de vuelta al supuesto sujeto del avistamiento, aunque estoy consciente que bien se podría tratar de una broma radial, o de alguno de mis amigos con sed de venganza.

Nunca he dudado de la existencia de vida extraterrestre, es más, he tenido algunas experiencias personales con el tema (que me reservo). Pero no esperaba que alguien me llamara casi a medianoche para decirme que ve un Ovni prácticamente afuera de mi oficina.
La versión de aquel hombre suena sincera. Me cuenta con pelos y señales lo que ha observado en las tres madrugadas anteriores, y añade que está seguro que aquel objeto se posará allí una cuarta vez.

Aunque logro interesarme en la conversación, no puedo dejar de mirar a ambos lados esperando que alguien aparezca con burlas y diciéndome: ‘Caíste en la broma’, pero nadie llega, además no imagino qué clase de chiste pudiera llegar a ser este.
–Pasaré por allí ahora–, le digo a mi interlocutor, pero este me dice que tiene que ser a las 3 de la mañana, hora en la que comienza a aparecer en el firmamento la supuesta nave.

Tomo todos los datos de aquel hombre, al que le pregunto si tiene alguna foto que me pueda mostrar, pero me dice que su celular no captó bien el objeto y aparece solamente una luz movida en su pantalla.
–Usé unos binoculares para verlo. Alrededor de las 4 am el aparato luminoso sube rápidamente en el aire, y vuelve a bajar con fuerza, como si fuera un yoyo–, indica el sujeto, que al juzgar por su voz está llegando a los 60 años.

Imagino los yoyos con los que jugué en mi adolescencia y que nunca aprendí a controlar. Un día casi me quiebro un diente tratando de hacer la vuelta al mundo en 360 grados.
Cuelgo la llamada, tomo de nuevo mi maletín, pero en vez de dirigirme a mi auto, cambio el destino y camino hacia el final de la bahía, esperando ver o una estrella colorida moviéndose en círculos, o conocidos riéndose de mí. Incluso pienso por instantes que seré víctima de un asalto, por lo que tomo precauciones aprendidas en las calles colombianas.

Al llegar al destino encuentro una plazoleta solitaria. Hay un par de estrellas en el firmamento, pero ninguna se mueve ni emite colores. El viento helado proveniente de las aguas atlánticas se introduce en mis brazos, y lamento no tener un saquito para combatir las bajas temperaturas.

Tomo algunas fotos de lo que me rodea, del mar, de las estrellas, del puerto, de los edificios, hasta que la batería de mi iPhone decide que no me acompañará más.
Emprendo mi huida a casa, con la mente puesta en el posible avistamiento de las próximas horas, y aun dudando en la veracidad de aquella llamada.

Mientras conduzco a mi hogar (45 minutos de camino) no paro de observar cualquier luz que brilla en el cielo, y por momentos me tiento a devolverme, pero no lo hago.
–Mañana me preparo bien y me quedo–, pienso con convicción.

Hoy, he llamado nuevamente a aquel sujeto a preguntarle si volvió a ver el “ovni”, pero ahora su teléfono aparece desconectado.
Realmente no sé si me quede esta noche en la bahía o no, pero por si las dudas, tengo conmigo un saco de lana y una bufanda que bien pueden acompañarme.

viernes, 28 de febrero de 2014

El niño que fuí...


Salí a caminar en la mañana con la intención de hacer un poco de ejercicio. Quise ir al gimnasio a correr, pero llevo varios días semi inmovilizado por un espasmo muscular que tengo en la espalda desde hace una semana, y al darme cuenta que todavía no soy capaz de ponerme los zapatos solo, decidí que mejor caminaría.

La mañana estaba fría y el viento se metía en mi piel haciéndome querer regresar a mi cama caliente y tomarme un café; pero opté por continuar y seguir con mi caminata. Mis pasos eran lentos como los de un hombre cansado, y muchas personas mayores que yo pasaron corriendo a mi lado, y mirándome extrañados de “mi mal estado físico”.

Como mi velocidad era nula, comencé a concentrarme en la naturaleza que me rodeaba, dándome cuenta que he pasado decenas de veces por esas mismas calles, y que jamás había visto aquellos árboles frondosos que adornan la avenida principal de mi barrio.

Más adelante encontré un lago inmenso, que si había visto, pero que nunca visité.

Me sorprendió un tronco en forma de oso que se apostaba en una esquina, y el que seguramente había sido tallado por adolescentes vecinos del lugar. Mientras más me concentraba en la madre naturaleza, más detalles iba descubriendo. Sin pensar en nada más me maravillé con algunas palmeras grabadas con corazones, y con figuras diversas hechas por la misma natura.

Sin destino alguno proseguí, hasta que hallé un cafecito en una esquina e hice mi primera estación.

Un café y un croissant calentaron mi organismo. Allí sentado en aquella banca de madera, me di cuenta de lo perdido que estoy en este mundo. Analicé que son tan pocas las ocasiones en que realmente vivo el momento presente, ya que ahora paso mi tiempo absorto en mis responsabilidades cotidianas, dejándome hundir en el túnel del corre-corre y la ceguedad de lo que realmente es importante.
Recordé que cuando era niño sobresalía por mi extrema curiosidad y mi hiperactividad descontrolada. Siempre saltando de un lado a otro, escalando árboles, preguntando todo, metiéndome donde no me dejaban, tocando lo que me prohibían, hablando con las hormigas e imaginando que me respondían, perdiéndome en un parque cualquiera, maravillándome por una nube, riéndome constantemente y encontrando un misterio en cada rayo de sol; y ahora, todas esa energía se hallaba guardada en un cajón del pasado, pues inconscientemente me había vestido de adulto, y como tal asumí un rol equivocado.

No puedo mentir que una sensación de nostalgia me invadió al pensar en que quizás ahora era un hombre serio, tal vez amargado, y que esa luz con la que brillaba en mis primeros años me había abandonado. El croissant se me atascó en el tragadero, y el café me supo diferente, como si no tuviera azúcar, a pesar de las tres cucharas que le había puesto con anterioridad.

¿Y qué tal si vuelvo a ser como antes?-, pensé motivado, pero antes de digerir la pregunta, me contesté que no era posible, ya que mi edad, mis responsabilidades, mi trabajo, mi vida en general no me lo permitirían.

-Imagínate encaramado en un árbol afuera de tu oficina-, me dijo mi voz interior, y juntos reímos.
Regresé por el mismo camino, con mis pasos lentos y mi dolor de espalda latente. Volví a observar el lago y me deleité con el color del agua y la calma que me inspiraba; toqué nuevamente el tronco en forma de oso, grabé en una palmera mis iniciales, como lo hubiese hecho a mis 10 años, pateé un par de piedritas que encontré en el camino, olí algunas hojas y nuevamente me maravillé con la forma de unas nubes que se asemejaban a la cara de una bruja.

-Creo que he cambiado, y no puedo luchar contra la naturaleza-, me volví a decir a mí mismo, pero antes de terminar mi frase, encontré en la respuesta que buscaba.

Sobre el pavimento que pisaba, había nacido una pequeña flor. ¿Cómo? Ni idea, pero al observarla detenidamente no tuve dudas de que aquella pequeña creación de la naturaleza me daba un mensaje.



 

 

 
¿Si esta flor había sido capaz de crecer en medio del asfalto, porque yo no podía volver a ser la persona alegre que era cuando chico?

Creo que no importa la edad que tengamos, ni los cargos que ostentemos, o la posición social o económica que alcancemos; si no podemos maravillarnos con los detalles más simples del planeta, no somos seres felices.

Me di cuenta que mi riqueza no se mide en una cuenta bancaria, en mi trabajo, o logros profesionales. Mi riqueza consiste en disfrutar el olor de la vida, en poder estar consciente de mi entorno, en no tener miedo a subirme a un árbol, o de sonreír al ver una nube que me recuerde algo.
Paso tanto tiempo ocupándome de ser adulto, que he olvidado que dentro de mí aún hay un niño que de vez en cuando quiere salir y expresarse.

Pienso que el mundo puede ser un mejor sitio si todos nos enfocamos más en apreciar lo que nos rodea, si nos maravillamos más, si logramos ser más libres de mentes y de acción, y si jugamos más y no nos da miedo a dejar salir cada niño que llevamos en el alma.

Hasta pronto, me iré a tratar de vivir mi presente.


 

 

viernes, 20 de diciembre de 2013

En busca del espíritu navideño


Llego al taller de mi mecánico de confianza para cambiarle aceite a mi vehículo. Su nombre es Fabio, un bogotano que conozco desde hace casi 5 años, y que al hoy considero un amigo.

Mientras cambia el filtro del aceite, Fabio me cuenta que no está satisfecho con su trabajo, ya que siente que no es valorado por sus jefes.

Le recomiendo que busque abrir su propio taller, ya que debido a su vasta experiencia no tendrá problema con conseguir nuevos clientes, además estoy seguro que los antiguos lo seguirían.

Argumento que es muy difícil conseguir un mecánico de confianza, ya que la mayoría de ellos se quieren aprovechar de tu ignorancia y abusan con los precios, o por lo menos me ha pasado a mí en otras ciudades.

Me dice que lo ha pensado, pero que le da temor lanzarse a esta aventura, donde tendría que invertir sus ahorros, con el riesgo de que fracase. Fabio es un tipo casado con dos hijas que pronto irán a la universidad, por lo que entiendo perfectamente la razón de sus miedos.

Aún está pagando su casa, los carros de sus hijas, además de enviarle mensualmente dinero a su madre en Colombia.

Seguimos conversando, y me pregunta cómo marcha mi vida. Le cuento sobre mis problemas, mi cotidianidad, y otras cosas más.

El dueño del taller, un hombre que casi siempre está malhumorado, entra al local cargando en su mano una botella de ‘coquito’, un licor que él mismo ha preparado en casa, y que es típico en Puerto Rico.

Nos saludamos cordialmente, y luego me sirve un pequeño trago navideño, al igual que al resto de los clientes. Esta vez tiene una sonrisa permanente, que inclusive lo hace tararear una melodía navideña. Los clientes se contagian de su alegría, y ahora la mayoría de ellos destellan sonrisas repentinas.

-Ya está tu auto listo-, me dice Fabio con amabilidad, añadiendo que me rotó las llantas, además de revisar todos los fluidos, frenos, y otras piezas más.

-¿Cuánto te debo?

-Olvídalo, el cambio de hoy es mi regalo de navidad-, indica.

Me niego a aceptarlo, y le digo que no permitiré que regale su trabajo.

Tras su insistencia, le sugiero que mejor saque unos minutos y comamos algo en una tiendita cubana que está al frente de su taller.

-Pero yo invito-, replica.

Nos tomamos dos refrescos, y algunas empanadas de pollo en su nombre. Luego regresamos al taller, donde le pago su trabajo, y nos damos un abrazo engrasado de navidad.

Comienzo a manejar mi auto sintiéndome bien. Me doy cuenta que la navidad tiene un espíritu especial que nos toca los corazones y nos vuelve más amables y bondadosos.

Mientras conduzco, una mujer atraviesa su camioneta gigantesca sin poner luces, pero logró maniobrar y evitar un choque.

Paso por su lado molesto, pero inmediatamente me pide disculpas. Reacciono con tranquilidad y le indico que tenga cuidado, ya que no quiere estrellarse por ahí. Nos deseamos suerte y partimos con una sonrisa.

-El espíritu de la navidad-, vuelvo a pensar, sintiendo en el aire una mejor vibración.

Llego entonces al centro comercial, para comprar algunos regalos que aún me faltan.

Volteo cerca de 40 minutos buscando un espacio para aparcar, pero la tarea parece imposible.

Al fin logro ver un pequeño espacio, por lo que apresuro mi marcha, pero al llegar sale un auto de quien sabe dónde y me intenta robar el puesto.

Bajo mi ventana y le digo que llevo esperando ratos, pero aquel hombre me grita que me vaya al carajo (en inglés), además me muestra sus dientes como perro rabioso.

Subo la ventana y dejo que aquel hombre sin espíritu navideño haga lo que quiera, además ahora no sabes quién es quién, y es mejor prevenir un problema mayor.

Al cabo de otros 15 largos minutos encuentro un nuevo lugar donde dejo mi auto.

Al entrar al centro comercial encuentro a cientos y cientos de personas realizando sus compras navideñas.

Canciones de navidad resuenan por las 4 puntas. Un Papa Noel se ubica en la puerta de cada tienda, mientras tocan una campana chillona que comienza a generarme jaqueca.

Entro a una tienda y busco lo que compraré, mientras otros muchos siguen entrando al mismo almacén, generando empujones y otros contactos físicos.

Me dispongo a pagar, pero me encuentro con una fila de  más de 30 personas. Solamente dos personas atienden las cajas registradoras. Miro con detenimiento a quienes están delante de mí, y me doy cuenta que la mayoría de ellos cargan varios artículos, por lo que deduzco que será al menos otra hora perdida en línea.

Salgo de la tienda entonces sin los regalos, un toque molesto, y pensando que mañana sábado tendré que regresar, a pesar de que será peor.

La campana del gordiflón Papa Noel me resuena en un oído, dejándome un eco agudo que duró por horas. Lo miro seriamente y me provoca meterle su campanita por…, pero el hombre al notar mi disgusto me dice:

-Jo jo jo, feliz navidad-

Respiro hondo, y le digo feliz navidad entre dientes.

Luego salgo del enorme edificio y me dirijo a mi auto, pero no lo encuentro.

Sé que cabe la posibilidad de que haya salido por una puerta diferente a la que entré, y debido a mi retentiva de dos pesos, me demoro casi 40 minutos más buscando mi transporte, hasta que después de vueltas y vueltas, lo veo al final del parqueadero.

Me subo al auto y me doy cuenta que el espíritu navideño ya no me acompaña, es más estoy convencido que no lo tuve nunca, y que mi buen estado de ánimo mañanero fue un reflejo de las acciones buenas de otros.

Siempre he pensado que no podemos controlar lo que pasa a nuestro alrededor, pero sí la manera en que reaccionamos y por tanto nuestro estado mental y anímico. A pesar de saberlo, pocas veces lo aplico a mi cotidianidad, ya que es muy fácil saberse la teoría, pero ejercitarla es una tarea que conlleva un largo camino.

Al escribir estas líneas pienso que mañana asumiré una mejor actitud cuando vaya a hacer mis compras navideñas, a pesar de que el Papa Noel de cada tienda quiera sacarme de casillas con su campanario manual.

Espero que el espíritu navideño me contagie durante las próximas horas y mi actitud sea positiva, a pesar de que la de otros no sea así.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Mi desvelada favorita


He tenido una noche perfectamente imperfecta. Intenté acostarme alrededor de las 11 y descansar, pero al cabo de unos minutos me di cuenta que dormir sería una tarea complicada, así que decidí prender la tele. Canal tras canal, y programa tras programa, llegué a la conclusión que no había nada que me interesara. Fui entonces a la cocina a saciar mi ansiedad, pero al abrir el refrigerador, no encontré nada que me apeteciera.

Pensando que un poco de aire fresco me haría bien, me puse un jean viejo y unos tenis cualquiera, y caminé alrededor de casa, pero la pasividad de mí vecindario me carcomió los deseos atrapados en el pecho.

Prendí el auto, y partí sin rumbo fijo, confiando que mi cacharrito supiera más o menos a dónde ir. Sin GPS, ni canciones de radio, llegué a una plazuela comercial, a la que nunca había ido, a pesar de pasar por allí casi todos los días.

Bajé del vehículo, y comencé a husmear alrededor. Al final de la calle, se escondía tímidamente un bar pequeño, y sin avisos publicitarios.

-De pronto un trago es lo que requiero para poder dormir como merezco-, pensé errado.

Al entrar a aquel lugar, me sorprendí al ver que los pocos clientes pertenecían a la tercera edad, o incluso a la cuarta y quinta.

El hombre que atendía tras la barra, también llevaba en su rostro las arrugas derivadas de mínimo siete décadas. Los presentes me miraron preguntándose lo mismo que yo me preguntaba. ¿Qué diablos hago aquí?

Pedí un whiskey doble en las rocas, y me senté junto a un hombre que fumaba un cigarro mentolado, y que bebía una cerveza cualquiera.

-¿No puedes dormir?-, indagó aquel extraño, dejándome de una sola pieza.

Moví mi cabeza de un lado a otro, y tomé otro trago. Luego miré el reloj. 12:22 am.

-¿Quieres un cigarrillo?-

Acepté sin palabras, al momento en que echaba de nuevo un vistazo a los otros ancianos. Todos tomaban la misma cerveza que el hombre sentado a mi lado, por lo que asumí que había una oferta especial. Quizás un dos por uno, o algo así.

Una mujer hermosa de aproximadamente 60 años, se sentó a mi lado derecho, y al notar que tenía el cigarrillo en la mano, prendió su encendedor y lo acercó a mi boca.

Asentí con una leve sonrisa. Aquella señora no dijo palabra alguna, pero el bartender destapó una cerveza, la sirvió en un vaso, y la acercó a su lado.

Levanté mi vaso, y ofrecí un brindis a mis compañeros de insomnio. Ambos respondieron a mi requerimiento, y el choque de los vidrios resonó en el aire.

Los ojos verdes de aquella dama, no tenían edad. Su belleza al grado de la sensualidad era notoria. Sin embargo, el único que parecía notarlo era yo, y ella lo sabía.

Pedí un segundo trago, y la plática con mis aliados comenzó.

Hablamos de todo y de nada, de sus vidas y la mía, de la vida y la muerte, del amor y el desamor, de otros, del poder de la madrugada; y mientras afloraban las frases espontáneas, las risas hacían lo mismo, generando una energía perfecta.

Nuestra compinchería era única. Brindamos una y otra vez, hasta que el reloj de pared marcó las 3 de la mañana, y el cantinero indicó que era hora de partir.

Margaret, Raymond y yo fuimos a comer algo en un restaurante cercano abierto las 24 horas. Nuestra conversación fue más que interesante.

La noche se hizo día, el whiskey se convirtió en café, el insomnio se vistió de tranquilidad, Raymond se transformó en consejos, y ella en una musa digna de inspiración.

La edad es solamente un pretexto social para limitar nuestras alas. Margaret y Raymond son mucho más jóvenes que mis amigos, inclusive que yo mismo, que en contadas ocasiones me siento caduco para vivir nuevas experiencias.

Pasadas las 6 de la mañana, nos despedimos.

Mi cama me esperaba ansiosa, y en un abrazo nos fundimos hasta las 8:30 am, hora en la que el timbre de mi casa replicó incesante.

Mis pastillas para dormir habían arribado, aunque ahora, prefiero pasar mis desveladas madrugadas en compañía de mis nuevos viejos amigos.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Dar es recibir.

Diciembre es el mes favorito de muchos de nosotros. 31 días de colores, sabores, abrazos, familia, amigos, regalos, cantos, oraciones, y descanso. Árboles decorados con bolas rojas y doradas, luces alrededor de las casas, aroma de familia, galletas especiales, regalos empacados en hermosos papeles navideños, moños de todos los tamaños, sonrisas, comida por todas partes, tragos, música con mensajes alegres, en fin, un sin número de factores que a todos nos gustan.

Justo es que disfrutemos esta época de fin de año como nos plazca, especialmente después de trabajar meses sin parar, quizás de no ver a nuestros amigos o familiares, o de saborear aquellos platillos favoritos que solamente probamos en diciembre, pero algo muy importante que no debemos olvidar es que la navidad tiene un significado más profundo.

No se trata de religión, o creencias espirituales, pero aprovechemos este mes para dar un poco de afecto a quienes carecen de todo.
 
 

Regálate la satisfacción de hacer algo bueno por aquellos que lo necesitan. Ningún niño del mundo merece pasar una noche a la intemperie, o pensando con ansias en un plato de arroz o unas cuantas galletas, o pasar la noche de navidad sin ni siquiera un carrito de plástico, o una muñeca de trapo.

Hay cientos de miles de seres que no tienen nada que comer, y que pasarán este mes de la misma forma: sin nada.

Sin poder comprarle a sus familiares nada nuevo, sin poder cocinar un plato navideño, sin árbol de navidad, ni lucecitas, o fiestas.

Pero lo que es aún peor, es que hay quizás muchos más que teniendo bienes materiales, carecen de algo mucho más importante: amor. Seres que viven en la soledad a pesar de estar rodeados de personas.

Diciembre es un mes para compartir, para dar. Abraza más, sonríe más, abre tu corazón al mundo. No se trata de regalos, sino de dar eso que llevas en la mitad del pecho. Una palmada en la espalda, un te quiero, un me importas, un abrazo, una sonrisa, un apretón de manos, son esas las acciones que hacen milagros en esta tierra que habitamos.

Despojémonos de nuestros egos, por lo menos intentémoslo. Pensemos que todos somos iguales, y que la única forma de mejorar la vida como la conocemos es pensando de manera colectiva. Si quieres milagros, comienza a hacerlos.

Un abrazo para todos y feliz diciembre.

domingo, 1 de diciembre de 2013

El mejor amigo de todos: El condón


 
Entro a un supermercado, me dirijo al pasillo de productos de salud, y escojo una caja de preservativos de mi gusto.

Mientras estoy escogiendo los que me llevaré a casa, veo a varias personas que pasan por mi lado y me miran como si mi acción fuera ilegal.

Al lado de los condones, hay varios productos similares. Les echo un vistazo, leo algunas de las cajas, y decido también llevarme un lubricante.

Mientras camino a la caja registradora, recuerdo que sólo queda en mi cocina un poco de vino. Decido entonces ir por una botella.

Al llegar a la fila para pagar, noto que delante de mí hay un hombre con su esposa de la tercera edad. La mujer observa mis productos, y luego me mira fijamente a los ojos, como queriendo preguntarme lo que haré con ellos.

-Sí, el vino me lo tomaré, el lubricante lo usaré, y el preservativo me protegerá-, me provoca decirle, pero me abstengo de hacer comentario alguno.

Luego, su esposo observa mi cajita de condones, mi botella de vino, y mi lubricante, y me encorva sus cejas en señal de descontento.

La cajera que observa la escena incómoda, se une a la actitud de la pareja, y tras sus anteojos me lanza una mirada de reproche.

Me dan ganas de dejar mi compra sobre el mostrador y salir rápidamente del sitio, pero al intentarlo me doy cuenta que detrás de mí hay unas jovencitas que tampoco han quitado su mirada sobre mis productos, y quienes se ríen mientras juegan a crear una historia ficticia sobre mi noche.

Mi rostro se torna rojo. Sé que no estoy haciendo nada de malo, pero me siento nervioso, tal como si me alistara a robar aquel supermercado.

Recapacito instantáneamente, y me doy cuenta que no tengo nada que esconder.

Aun así, es supremamente incómodo comprar preservativos, sobre todo cuando todos juzgan una compra tan normal y saludable.

Es mi turno de pagar. La cajera vuelve a mirarme, y no me saluda. Escanea mis condones, luego mi lubricante, y después me pide una identificación para constatar mi edad, y poder entregarme el vino.

Me doy cuenta nuevamente que todas las miradas están sobre mi cara rojiza.

-¿Le empaco los condones?-, me pregunta el hombre que está encargado de las bolsas plásticas.

-No, si quiere me los llevo puestos-, pienso dentro de mí.

-Por favor-, le contesto nervioso.

Hasta ahora me entero que el sexo es un delito que se paga con la vergüenza de buscar protección.

Salgo de aquel supermercado sudando, y listo para destapar la botella de vino y tomarme un trago que me quite el estrés de los últimos minutos.

La verdad, ir a comprar preservativos resulta una tarea difícil en sociedades donde todos opinan sobre tus actos, pero no por eso, debemos dejar de protegernos durante nuestras relaciones sexuales.

No permitas que la ignorancia de otros atente contra tu salud y tu futuro.

Hoy, primero de diciembre, es el día mundial de la lucha contra el Sida. Según la Organización de Naciones Unidas, existe un promedio de 35.6 millones de personas en el planeta viviendo con esta enfermedad.

A nadie le debe importar con quien te vayas a la cama, o la manera en que practiques el sexo, o cuántas veces lo hagas, nada de eso es problema de otros. Pero hay algo que a todos nos concierne, y es nuestra salud y la de nuestra pareja sexual.

Protegerse es tan sencillo como ponerte un condón, o exigir a tu pareja que lo haga.

No dejes que tus hormonas sean más rápidas que tus neuronas. Usemos un preservativo, cuidémonos y cuidemos a nuestra pareja.

Comprar un preservativo debe ser tan normal como comprar cualquier alimento cotidiano. Recuerda que tu vida puede depender de tu decisión.

El sexo nos puede tomar por sorpresa en cualquier momento, pero si estás preparado para protegerte, lo disfrutarás mucho más.

Abrazos y ¡salud con mi vino!