Mary y Destiny son dos mujeres que, aunque no se conocen entre ellas, tienen algo en común. Ambas nacieron en Estados Unidos, y aunque residen actualmente en Miami, no hablan español. Pero desafortunadamente eso no es lo que las asemeja.
Mary tiene 67 años y Destiny acaba de cumplir 26, están muy cerca la una de la otra, pero quizás jamás se han visto, como es posible que muchas personas que las rodean nunca se han fijado en ellas.
Mary lleva durmiendo casi 8 meses en una banca localizada a pocas cuadras de Brickell, una de las zonas chics de Miami, donde el lujo, la buena comida, la vida nocturna y las apariencias de muchos, marca una pauta importante. Yo la veo cada mañana, tipo 6 am, en mi camino al gimnasio. A veces hace mucho frío, otras veces el calor es insoportable, en ocasiones muchas llueve fuerte; y sin importar las condiciones atmosféricas, ella sigue durmiendo a la intemperie mientras se cubre con un plástico grande al que se ha acostumbrado, tal como nos acostumbramos todos a invisibilizar a quienes residen en las esquinas de nuestras ciudades.
Por su parte, Destiny ha encontrado una esquina más iluminada en el área turística de la pequeña Habana. Allí lleva durmiendo solo 10 días. Procedente de California, la joven emana una buena energía y destila positivismo, pues sabe firmemente que es solo una mala racha y que en algún momento podrá acceder a uno de los pocos refugios que hay en la ciudad, que por cierto están atiborrados, y luego conseguir un trabajo que le brinde dignidad.
Mary se alegra de que la llamen por su nombre, señala que lo único que quiere es un techo, que ha intentado que la reubiquen en un refugio, pero que por su condición de discapacitada física no ha sido posible. Afirma, con una sonrisa triste, que no quiere morir en la calle.
Mary y Destiny aspiran a sobrevivir otra noche, esperanzadas aún en un futuro mejor, mientras batallan con las inclemencias de la vida, los riesgos de la calle al amanecer, la penuria de un baño para sus necesidades básicas, la invisibilidad que las caracteriza.
Yo he visto a Mary y a Destiny en cada ciudad a la que voy, en muchas esquinas, con otros nombres, con otras caras, con otras necesidades, pero ahí siguen, invisibles para muchos. A veces todo lo que necesitan es un par de minutos para compartir sus historias de vida, quizás una conversación sincera las llena de mayor satisfacción que un billete, porque a todos nos gusta sentirnos parte del mundo del otro.
Al fin y al cabo ellas siguen vivas, a veces más vivas que muchos de nosotros, que robotizados por la cotidianidad vamos dejando que se nos enfríe el alma y la empatía, esa que necesitamos tanto en este momento.