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miércoles, 27 de agosto de 2025

Quememos al mundo

Recientemente publiqué un libro de anécdotas personales que había tenido guardado por años. Jamás esperé que aquellas historias de errores cometidos como inmigrante, tuvieran tanto éxito en tan poco tiempo.

Como lo he mencionado en varias entrevistas públicas, la idea de escribir mis metidas de pata fue por la necesidad propia de hacer catarsis ante las humillaciones vividas en esos momentos. La verdad hubiese preferido una terapia con una profesional, pero mi escaso presupuesto no me lo permitía, así que terminé plasmando mis sentimientos arrugados, mis frustraciones y miedos, en papeles que guardé mucho tiempo en un carpeta negra que nunca dejó de seguirme.

Chicken Parmigiana: la historia de un torpe inmigrante, comenzó a tener vida propia tras la acumulación no buscada de situaciones embarazosas a las que me veía abocado por mi premura, por esa torpeza innata que se originaba en mi nerviosismo, en la ignorancia del idioma, en el desconocimiento del sistema, en la soledad no provocada, en esa nostalgia que me ha acompañado por siempre.

Hoy, más de 20 años después de haber llegado a Estados Unidos, un país que ahora es tan propio como aquel en el que nací, puedo decir con seguridad que he hallado mi voz interior y que, ahora más que nunca la expreso sin presunciones, sin filtros. 

En una sociedad mundial erróneamente marcada por darle más valor a las adquisiciones materiales que a las del intelecto y del alma, donde todos aparentamos ser lo que no somos para encajar, y en la que todavía pensamos que la vulnerabilidad es una forma de debilidad y no de humanidad, es necesario una revolución en las relaciones interpersonales, esas que ya ni siquiera tenemos a profundidad y que nos sumergen en el vacío, las comparaciones, y por ende, en la depresión, no solamente a nivel individual, sino además colectiva en la que estamos inmersos como sociedad. 

No estoy escribiendo este blog para promocionar mi libro, eso poco importa, pero sí, porque entiendo que nunca es tarde para humanizar nuestras historias, y no dirijo mi mensaje a escritores ni oradores públicos, es para todos. Nuestras historias están enmarcadas en la forma de comportarnos, en la manera de expresarnos con el mundo, con nosotros mismos. No somos números, ni robots en modo automático que divagan en sus cotidianidades -aunque a veces lo parezcamos-. En cada uno de nosotros hay una llama de pasión por algo, no tiene que ser por la vida misma, pero todos pudiéramos  quemar a alguien si abriéramos esa puerta y compartiéramos una historia simple, y la razón es sencilla: hay una historia en cada uno que merece ser compartida. 

Imagínense como sería este cuento en el que vivimos donde cada uno hiciera lo que le apasionara, donde se comunicara desde el alma y no desde la conveniencia. Quiero pensar que no es utopía, es solo que nos malacostumbramos a transmitir lo que no somos.

La vida, esa cápsula de tiempo que aun cuesta tanto entender y que genera miles de preguntas sin solución, es corta, tan corta. Y además pasa tan rápido, que bien vale la pena hacer un alto en el camino y replantearnos por lo menos la forma en que la vivimos. No dejemos que la pasión que nos inundaba el pecho de niños, de jovenes, se extinga del todo. Nunca es tarde para revivir esa llama y decir en algún momento: me quemo los sesos, el alma, las entrañas, con lo que me mueve en realidad. Y si no es pedir mucho, quememos al mundo, o un poquito de él con eso que tanto amamos.


martes, 10 de junio de 2025

¿Miopía o astigmatismo?

Mary y Destiny son dos mujeres que, aunque no se conocen entre ellas, tienen algo en común. Ambas nacieron en Estados Unidos, y aunque residen actualmente en Miami, no hablan español. Pero desafortunadamente eso no es lo que las asemeja. 

Mary tiene 67 años y  Destiny acaba de cumplir 26, están muy cerca la una de la otra, pero quizás jamás se han visto, como es posible que muchas personas que las rodean nunca se han fijado en ellas.

Mary lleva durmiendo casi 8 meses en una banca localizada a pocas cuadras de Brickell, una de las zonas chics de Miami, donde el lujo, la buena comida, la vida nocturna y las apariencias de muchos, marca una pauta importante. Yo la veo cada mañana, tipo 6 am, en mi camino al gimnasio. A veces hace mucho frío, otras veces el calor es insoportable, en ocasiones muchas llueve fuerte; y sin importar las condiciones atmosféricas, ella sigue durmiendo a la intemperie mientras se cubre con un plástico grande al que se ha acostumbrado, tal como nos acostumbramos todos a invisibilizar a quienes residen en las esquinas de nuestras ciudades.

Por su parte, Destiny ha encontrado una esquina más iluminada en el área turística de la pequeña Habana. Allí lleva durmiendo solo 10 días. Procedente de California, la joven emana una buena energía y destila positivismo, pues sabe firmemente que es solo una mala racha y que en algún momento podrá acceder a uno de los pocos refugios que hay en la ciudad, que por cierto están atiborrados, y luego conseguir un trabajo que le brinde dignidad. 

Mary se alegra de que la llamen por su nombre, señala que lo único que quiere es un techo, que ha intentado que la reubiquen en un refugio, pero que por su condición de discapacitada física no ha sido posible. Afirma, con una sonrisa triste, que no quiere morir en la calle.

Mary y Destiny aspiran a sobrevivir otra noche, esperanzadas aún en un futuro mejor, mientras batallan con las inclemencias de la vida, los riesgos de la calle al amanecer, la penuria de un baño para sus necesidades básicas, la invisibilidad que las caracteriza.

Yo he visto a Mary y a Destiny en cada ciudad a la que voy, en muchas esquinas, con otros nombres, con otras caras, con otras necesidades, pero ahí siguen, invisibles para muchos. A veces todo lo que necesitan es un par de minutos para compartir sus historias de vida, quizás una conversación sincera las llena de mayor satisfacción que un billete, porque a todos nos gusta sentirnos parte del mundo del otro. 

Al fin y al cabo ellas siguen vivas, a veces más vivas que muchos de nosotros, que robotizados por la cotidianidad vamos dejando que se nos enfríe el alma y la empatía, esa que necesitamos tanto en este momento.





miércoles, 4 de junio de 2025

No puedo escribir.

No puedo escribir. Lo he intentado en el silencio de la madrugada frente a mi ventanal pintado de palmeras que duermen bajo la luna, también en el caótico bullicio que se forma dentro de un café a mediodía, incluso internado por días en el campo, con la naturaleza en su máximo esplendor iluminando mis páginas en blanco, esas que no logro llenar con las ideas que tengo. 


No puedo escribir lo que quiero; no por carencia de argumentos narrativos, tampoco por falta de vivencias cotidianas -que bien merecerían ser grabadas en palabras gráficas. Intento, intento e intento, y el resultado es el mismo, no logro escribir lo que quiero. Entonces me he internado en la lectura, en la magia de aquellos que sí pudieron escribir y que odio con pasión desenfrenada, la misma pasión con la que me pierdo en sus renglones convertidos en pinturas que se graban en el museo de mi mente. 


Dos libros a medio comenzar que me esperan hace más de 5 años, una serie que agoniza hace 3 años en su tercer episodio, varias entradas en este blog que no logro finiquitar… y el resultado no cambia, siguen todos ahí, paralizados como su autor, abandonados, con un futuro incierto. 


Ya incluso pensé que es momento de dejar de intentarlo, que debo ser realista y entender que no debo luchar contra mis incapacidades, que es hora de dejar de escribir, al fin y al cabo, me va mucho mejor leyendo que escribiendo. Pero luego, el desespero infinito me carcome el pecho y me doy cuenta que, no es que me niegue a aceptar el presente, lo que pasa es que corroboro otra vez que mi escritura es la forma de catarsis mundana que mejor encuentro para liberarme de mis demonios.


Si tan solo pudiera plasmar en letras todo lo que quiero escribir…


Le llaman el bloqueo del escritor, una condición de incapacidad que puede ser temporal o duradera para continuar escribiendo, a pesar de existir la intención de hacerlo. Algo que era tan sencillo como sentarme frente a mi máquina y dejar fluir sílabas hasta que llegara un punto final, ahora se ha convertido en un reto, tal como ha sido el reto de escribir estos párrafos sin editar, pero que se traban entre ellos y ahogan el sentido armónico de lo que era uno de mis placeres diarios: escribir.


No quiero que se convierta en un flagelo, en una práctica dolorosa. No quiero dejar de amar mi vicio favorito. 


Después de dos novelas publicadas, coautorías en varias obras, documentales, un blog donde podía interactuar con algo más de 40 mil personas, pensé que escribir era una de mis habilidades; pero ahora no logro hacerlo más, y me horroriza la idea de que sea definitivo.


Siempre dije que yo no escribía para nadie, que solo escribía para mí; qué equivocado estaba.